Capítulo
95: Un frasco de insectos gu.
¿Se puede
aprender formaciones por sí mismo?
Alrededor, el círculo de guardias seguía
inmóvil como esculturas de piedra, sin pronunciar palabra. Solo la vela sobre
la mesa crepitaba suavemente; un hilo de humo azul ascendía desde la llama,
subía recto hacia lo alto y, al llegar a mitad del aire, se dispersaba,
añadiendo un toque acre al ambiente ya espeso.
Borroso.
Silencioso.
Helado.
Oscuro.
Aquel pequeño cuarto sombrío era como
una miniatura de la propia Tumba Mingyue: una opresión antigua y podrida flotaba
como un demonio en cada rincón, envolviéndolo todo sin dejar resquicio,
trayendo una ansiedad casi asfixiante.
Xiao Lan no sabía cómo alguien como Lu
Zhui —tan amante del viento claro y la luna luminosa— había soportado noche
tras noche en un lugar tan negro como un abismo.
La manta que Ahun le había traído era
grande y gruesa, suficiente para envolverlo por completo y aislarlo en un mundo
aparte. Con un movimiento apenas perceptible, palpó la parte que quedaba bajo
su cuerpo: en efecto, había un pañuelo escondido dentro.
La luz en la cámara ya era tenue como
una luciérnaga; al quedar cubierta por la manta, no entraba ni un rayo. La
carta de Kong Kong Miaoshou, escrita con tinta medicinal, emitía un brillo
verde oscuro en la penumbra, lo justo para distinguir cada carácter. Decía que
había sustituido en secreto los insectos gu preparados por la boticaria, y que
Xiao Lan solo debía seguir el plan original.
—Tía —se oyó una voz desde fuera.
Xiao Lan cerró los ojos y siguió
durmiendo en el suelo.
La tía Fantasma abrió la puerta. Vio la
comida desparramada por el suelo, los cuencos rodando por todas partes. En el
centro de la jaula, la manta abultada, y Xiao Lan durmiendo con brazos y
piernas extendidos. Frunció el ceño y regañó a los guardias:
—¿Están todos ciegos? ¿No saben limpiar
el suelo?
Xiao Lan no abrió los ojos. Con un brazo
bajo la cabeza y una pierna cruzada, respondió con desgana:
—Si a tía le molesta mi aspecto
desaliñado, puede regañarme a mí. ¿Para qué desquitarse con quienes no quieren
hacerlo?
—Sé que estás molesto —dijo la tía Fantasma,
despidiendo a los guardias y quedándose sola frente a la jaula—. Desde pequeño
has tenido roces conmigo más de una vez. No es nada nuevo.
—¿Tía investigó lo de Black Spider y la Bestia
Devoradora de Oro? —preguntó Xiao Lan.
Ella asintió.
Xiao Lan por fin abrió los ojos y se
incorporó, sentándose con las piernas cruzadas.
—¿Y qué averiguó?
—Tenías razón —respondió la tía Fantasma—.
Black Spider sí ha estado confabulándose con alguien en secreto. Ha excavado
muchos pasadizos nuevos en la tumba… y ha sacado fuera bastantes tesoros.
—¿Y qué piensa hacer con él? —preguntó
Xiao Lan.
—En esos pasadizos —dijo ella— hay
muchos lugares que yo desconocía por completo. Lugares donde jamás imaginé que
pudiera abrirse un camino. Él… o mejor dicho, él y esa Bestia Devoradora de Oro…
tienen habilidades considerables.
Xiao Lan tanteó:
—Entonces… ¿tía piensa…?
La tía Fantasma no respondió. Solo lo
miró, con una expresión cargada de desolación y decepción.
—Si no me equivoco, tía también quiere
abrir esta Tumba Mingyue,
¿verdad? —Xiao Lan soltó una risa leve, alzando una ceja mientras la miraba de
frente.
—¿Y por qué habría de abrirla? —preguntó
la tía Fantasma.
—Por los tesoros, por los manuales
marciales, por todas esas rarezas inimaginables —respondió Xiao Lan—. Muchos en
el Jianghu se desviven por ello. ¿Tía, guardando esta tumba durante tantos
años, nunca ha sentido ni un poco de tentación?
—Antes nunca te importó nada de eso
—dijo ella.
—Antes no entendía por qué tía dejaba
que Black Spider hiciera lo que quisiera, reuniendo seguidores —dijo Xiao Lan—.
Ahora lo comprendo: sus movimientos en secreto le ahorran a tía mucho trabajo.
Y si por suerte lograra activar por accidente algún mecanismo y abrir la tumba,
entonces la Linterna del Loto Rojo sería hasta innecesaria. ¿Para qué
pelear por ella?
La tía Fantasma no lo refutó. Solo
preguntó:
—¿Te gusta la tumba Mingyue?
—En su momento sí. Al menos era
tranquila —respondió Xiao Lan—. Pero ahora, cada cosa que tía hace es para
echarme de aquí.
—Claro que quiero echarte —dijo ella,
aferrándose a los barrotes con una mano. Su voz era ronca, como si viniera
desde el inframundo—. Quiero que te vayas… y que te lleves la Tumba
Mingyue contigo. Pero tú,
tú solo tienes a Lu Mingyu en el corazón. Has desperdiciado todos mis años de
esfuerzo. ¡Eres un loco!
—Así que tía quiere mudar la casa a la
superficie —suspiró Xiao Lan—. Qué asunto tan simple. ¿Era necesario tanto
alboroto?
La tía Fantasma agitó la mano. Una
ráfaga de energía lo golpeó, haciéndolo tambalear.
Un sabor metálico le subió entre los
dientes. Xiao Lan se sujetó el pecho y cerró los ojos un instante.
—Haciéndote el tonto —dijo ella desde
arriba, con voz helada.
La luz amarillenta de la vela parpadeó.
La última lágrima de cera cayó, dejando solo la mecha, que ardía débilmente,
casi invisible.
Xiao Lan quedó sumido en la oscuridad.
Tras un largo silencio, habló:
—Tía quiere llevarse los tesoros de la
tumba y marcharse para siempre, ¿verdad? Desde pequeño me decía que yo tenía el
corazón demasiado salvaje… pero al final, la que más detesta esta tumba oscura
es usted.
La tía Fantasma no lo negó.
Tras siglos de existencia, la tumba se
volvía cada día más podrida, fría y húmeda. Las gotas que se filtraban, las
pequeñas flores rojas que brotaban por todas partes… todo le recordaba que
algún día la tumba colapsaría, enterrando para siempre sus secretos y tesoros.
Y cuando eso ocurriera, aunque los mecanismos se destruyeran, incontables
guerreros del Jianghu acudirían como buitres al olor de la carroña.
Sin la Formación Espejismo Floral,
sin los intrincados mecanismos de los pasadizos, ¿cómo podrían los discípulos
de la tumba enfrentarse a ellos? Solo encontrando antes los tesoros y manuales
ocultos podría cumplir su sueño: fundar una nueva secta que hiciera temblar al
mundo marcial.
Ella siempre había sido prudente,
avanzando paso a paso. Solo había cometido unos pocos errores en su vida: Hai Bi,
Fei Ling… y Xiao Lan. Lo irónico era que los tres habían sido quienes más
quería, y los tres la habían traicionado en el momento decisivo.
Con toda la rabia y la frustración
acumuladas, Hai Bi y Fei Ling ya no estaban. Solo quedaba Xiao Lan.
Y esta vez, sin importar el método, ella
no pensaba dejarlo ir jamás.
—¿Tía quiere repetir el mismo truco y
arrebatarme todos los recuerdos? —preguntó Xiao Lan.
—En el futuro me lo agradecerás
—respondió la tía Fantasma—. Agradecerás todas las decisiones que hoy tomo por
ti.
Xiao Lan apoyó la cabeza contra los
barrotes.
—Volví esta vez para hablar con usted calmadamente…
no esperaba acabar así.
—¿Hablar conmigo? ¿O averiguar qué tipo
de gu ha sufrido Lu Mingyu para volver y desintoxicarlo? —preguntó ella.
Xiao Lan sonrió en la oscuridad, sin
responder.
—Sabías perfectamente que volver era
peligroso, y aun así viniste —dijo la tía Fantasma—. Viéndolo así, debería
agradecerle a Lu Mingyu. Te tiene tan embelesado que, aunque veas un pozo de
espinas delante, cierras los ojos y saltas. Me ahorra mucho trabajo.
—Ahora estoy atrapado aquí. Como mucho,
en tres o cinco días habré perdido todos mis recuerdos —dijo Xiao Lan—. Ya que
voy a morir sabiendo la verdad, tía debería decirme qué es exactamente el
Hehuan Gu.
—No volveré a creer una sola palabra
tuya —la tía Fantasma metió la mano entre los barrotes y deslizó el dorso frío
y áspero por su mejilla—. Ni siquiera en el último instante, cuando pierdas la
memoria por completo, te diré nada. Resígnate.
Xiao Lan giró el rostro para esquivarla.
Ella lo observó largo rato en silencio
antes de retirar la mano.
Tres agujas plateadas salieron
disparadas desde la pared y se clavaron en el cuello de Xiao Lan.
Frías.
Afiladas.
Devoraron toda conciencia, dejando solo
una oscuridad eterna.
La tía Fantasma se levantó y salió de la
cámara. Los guardias entraron de nuevo, rodeando al inconsciente Xiao Lan.
***
Afuera, Ahun estaba desesperado, pero no
se atrevía a preguntar nada. Solo daba vueltas por el salón, inquieto.
Kong Kong Miaoshou, en cambio, seguía
recostado contra una viga, ojos cerrados, como si estuviera descansando
plácidamente.
—Señor… señor anciano… —Ahun no pudo
contenerse y lo llamó en voz baja.
Kong Kong Miaoshou frunció el ceño. Su
sueño glorioso de recorrer la tumba con su nieto se vio interrumpido, y abrió
los ojos con brusquedad.
—¿Qué pasa?
—¿No va a hacer algo? —preguntó Ahun—.
El joven maestro Xiao está encerrado en una jaula de hierro, muy miserable.
—¿Miserable? Eso no es nada —dijo Kong Kong
Miaoshou.
—Y la tía… aunque se enfade, nunca lo
castiga así. Esta vez debe estar realmente furiosa. Ha ido muchas veces a ver a
la boticaria, y esa anciana no es buena. —Ahun Bajó
aún más la voz—. ¿El anciano no está preocupado por el joven maestro Xiao?
—Tranquilízate —dijo Kong Kong Miaoshou,
cerrando los ojos otra vez—. Estoy más preocupado que tú.
Ahun se quedó esperando la siguiente
frase, al menos alguna pista del plan. Pero Kong Kong Miaoshou ya se había
vuelto a dormir. Ahun solo pudo pisotear el suelo en silencio y seguir
caminando en círculos, con el corazón hecho un nudo.
***
Mientras tanto, en la Mansión del Sol y
la Luna…
Lu Zhui estaba sumergido en el gran
barril de baño medicinal. El cabello mojado se le pegaba a los hombros; las
mejillas, sonrosadas le daban un aspecto muy sano.
Ah Liu llamó a la puerta y entró con un
cuenco de nueva infusión medicinal, que vertió en el agua del baño.
La temperatura subió un poco,
filtrándose entre los huesos, haciéndolo aún más cómodo.
Lu Zhui casi no quería ni abrir los
ojos.
Ah Liu se sentó a su lado en un banquito
y lo observó un rato.
—Padre.
—¿Mn?
—Descubrí que el médico divino Ye es
increíble —comentó Ah Liu—. El rostro de padre está mucho mejor que cuando
estábamos en la Montaña Qingcang.
Lu Zhui sonrió.
—El mejor médico del Jianghu no tiene
fama vacía.
—Esta Villa de la Mansión del Sol y la
Luna es un lugar maravilloso —dijo Ah Liu, encantado—. Padre debería quedarse
más tiempo.
—Esta es la casa de otro. El anciano
Shen no acepta dinero; no podemos quedarnos eternamente con la cara dura —Lu Zhui le dio un golpecito en la
cabeza— Vinimos para curarme. Cuando esté casi bien, debemos irnos.
—¿Cómo que “casi”? Hay que curarse del
todo —replicó Ah Liu—. Hoy ayudé en la cocina a partir un cuarto entero de
leña, y también arreglé la piedra de moler. Si trabajo todos los días, no será
como comer y dormir gratis.
Lu Zhui soltó una carcajada.
—¿Y la señorita Yue?
—Durmiendo —respondió Ah Liu—. Quería
venir a ver a padre, pero cuando oyó al médico divino Ye decir que el baño
debía durar más de una hora, decidió venir mañana por la mañana.
—¿Cuándo podrán casarse? —preguntó Lu
Zhui.
Ah Liu se dio un golpe en el pecho.
—¡Ahora mismo!
—Qué bonito sueñas —rio Lu Zhui—. Es una
buena muchacha, con muchos pretendientes. ¿Y tú, sin mediador ni regalos de
compromiso, ya quieres llevártela a casa?
Ah Liu se rio.
—Solo bromeaba. Ya le pregunté a la
señorita Yue. Dijo que esperemos a que todo esto se calme, y entonces podré ir
a pedir su mano. Y que la boda debe celebrarse en el Acantilado Chaomu. Quiere
ir allí.
—Tienes buena suerte —dijo Lu Zhui.
—Padre también la tendrá —dijo Ah Liu—.
Ya está mejorando. Al fin y al cabo, tener al mejor médico del Jianghu
cuidándolo día y noche… eso antes solo era privilegio del líder de la Alianza Shen.
—Vete a descansar —dijo Lu Zhui.
—Falta una medicina más. Tengo que
esperar al médico divino Ye —Ah Liu
arrastró el banquito un poco más cerca y sonrió—. Padre…
—Con esa cara de pícaro pareces ladrón
—dijo Lu Zhui.
Ah Liu se sintió ofendido. «¿Pícaro?
¡Si yo soy purísimo!»
—Como no hay nada que hacer… ¿puede
hablarme de mi madre?
Lu Zhui guardó silencio.
Ah Liu empujó el borde del barril,
haciendo temblar el agua. Lu Zhui sintió que casi se le volcaba encima.
Ah Liu seguía mirándolo con ojos
brillantes.
—¿Quién crees que es tu madre? —preguntó
Lu Zhui.
—¿Cómo voy a saberlo? —preguntó Ah Liu.
—Adivina.
—¿La conozco?
Lu Zhui asintió.
Ah Liu se puso a pensar con todas sus
fuerzas.
Conocía a pocas muchachas. Y si él las
conocía y su padre también… eran aún menos.
Repasó una por una las pocas
posibilidades en su mente y preguntó con cautela:
—¿Es la señorita Li?
—¿La señorita Li? ¿Quién es esa?
—preguntó Lu Zhui.
—Li Cuicui.
—Me suena un poco…
Ah Liu suspiró, decepcionado.
—Entonces no es ella.
Lu Zhui recordó:
—¿La dueña del puesto de té que vende
cabezas de cerdo marinadas al pie de los Acantilados Chaomu?
—Oh, sí, esa —dijo Ah Liu.
Lu Zhui: “…”
—¿Cómo se te ocurrió ella? —preguntó Lu
Zhui, incrédulo.
—Porque padre dijo que mi madre era una
mujer imponente, alta, fuerte y muy dominante —explicó Ah Liu—. ¿Quién más
podría ser? Esa señorita Li es casi tan alta como yo, y cuando corta cabezas de
cerdo, hasta los huesos los deja hechos papilla. Fuerte, feroz, poderosa.
Lu Zhui sintió deseos de tirarle un cubo
de agua en la cabeza.
Ah Liu siguió balanceando el borde del
barril.
—Si no es ella, entonces no sé. Padre,
dígamelo.
El ruido ya le estaba provocando dolor
de cabeza.
—Si padre me lo dice, yo también le
intercambio un secreto —propuso Ah Liu.
Lu Zhui frunció el labio.
—¿Qué secreto podrías tener tú?
«¡Claro que tengo!» Ah Liu bajó la voz:
—Tiene que ver con Xiao Lan.
Lu Zhui guardó silencio.
Ah Liu extendió la mano.
—Palabra de caballero.
Lu Zhui le apartó la mano de un manotazo
y se recostó en el borde del barril, perezoso, flotando en el agua tibia.
El aire húmedo y cálido, el cuerpo
relajado… en momentos así, hablar del futuro con alguien cercano, hablar de la
persona amada, parecía algo natural.
Y tarde o temprano tendría que saberlo.
—Es la persona más hermosa que he visto
—dijo Lu Zhui.
Ah Liu asintió con total seriedad:
—La señorita Yue también es la más
hermosa para mí.
«A tus ojos, el amor vuelve hermoso al
ser amado.»
—Nos conocimos de muy pequeños, cuando
aún vivíamos en la Tumba Mingyue —continuó Lu Zhui—. Era el único de mi edad. Al principio
no hablaba mucho. Luego, una vez que yo andaba correteando por todas partes, me
colé en su habitación. Los guardias pensaron que quería escapar y fueron a
avisar a la tía Fantasma. Él me salvó, se interpuso y evitó que me castigaran. Yo
estaba aterrorizado, convencido de que me iban a azotar otra vez. Pero él me
llevó a una habitación cálida, con dulces y té sobre la mesa…
Desde que tenía memoria había vivido en
la tumba, acostumbrado a la cautela, al miedo constante. Y de pronto entré en
otro mundo: un mundo distinto, un mundo con estrellas y flores.
A diferencia de mí, Xiao Lan había
vivido fuera, aunque solo unos pocos años, aunque esa vida hubiera sido dura y
llena de humillaciones. Pero había visto con sus propios ojos el sol del verano
y la nieve del invierno, las calles abarrotadas, torres de más de diez pisos,
mercados bulliciosos llenos de puestos de comida… mundos que para mí solo
existían en los libros, pero que él había vivido de verdad.
Solo eso bastaba para que yo lo
envidiara hasta quedarme sin palabras. Quería saber más, más que todo lo que
los libros podían contar.
Al principio Xiao Lan se impacientaba,
pero aun así se sentaba obedientemente en la silla y me hablaba del mundo
exterior. La memoria de un niño es borrosa, así que lo que contaba era un
revoltijo de cosas, desordenado y confuso. Yo escuchaba mitad fascinado, mitad
perdido. Cuando algo no tenía sentido, lo interrumpía para preguntar por qué un
gran héroe del Jianghu podía derrochar fortunas un momento y al siguiente no
tener ni medio cobre para pagar…
Xiao Lan tartamudeó un buen rato y, al
final, simplemente dijo:
—¿Para qué preguntas tanto? En el
futuro… en el futuro yo te llevaré a ver el mundo exterior.
Lu Zhui se quedó pasmado.
—¿Yo puedo salir?
—Claro que puedes. ¿No vine yo desde
afuera? Si yo pude entrar, tú también podrás salir —respondió Xiao Lan con
firmeza, empujándole un pastelito—. Come más, engorda un poco. Para caminar
fuera necesitas fuerza. Las ciudades son enormes, las montañas muy altas, y hay
que caminar mucho.
Lu Zhui infló las mejillas y masticó con
todas sus fuerzas.
Más adelante, cuando Tao Yu’er dejó la Tumba
Mingyue, Xiao Lan se mudó
al Gran Salón del Loto Rojo. La primera noche fue a buscar a Lu Zhui con
entusiasmo, llevándolo a la entrada de la tumba para mirar las estrellas.
El viento de la montaña les rozaba el
rostro. Aunque las estrellas eran tenues, una luna llena colgaba en el
horizonte. A su alrededor, todo era un mar plateado de hierba jianlan,
meciéndose con la brisa, con pequeñas flores que desprendían un aroma fresco.
Un paisaje así… dos cabecitas juntas,
sin querer marcharse hasta pasada la medianoche.
Lu Zhui sonrió.
—Ese fue mi mejor recuerdo en la Tumba
Mingyue. Puro, limpio… sin
ninguna preocupación. Solo la compañía de un amigo de la infancia, y la
profunda dependencia que teníamos el uno del otro.
La habitación quedó en silencio. Ah Liu
tenía la boca abierta.
Lu Zhui, apoyado en el borde del barril,
la barbilla sobre los brazos se rio.
—¿Qué pasa? ¿Te quedaste tonto
escuchando?
—Mi… madre… —Ah Liu habló con enorme
dificultad.
Lu Zhui ladeó la cabeza, mirándolo con
burla.
Ah Liu preguntó con la voz temblorosa:
—¿Es ese sujeto de apellido… Xiao?
Lu Zhui sonrió.
—Pensé que la señorita Yue ya te lo
había dicho.
«¡Pero ella no había dicho nada!»
Ah Liu estaba al borde del llanto, como
si un rayo le hubiera partido el alma. Su fe se derrumbaba. Su rostro se
marchitaba.
«¿Por qué… por qué tenía que ser así?»
Lu Zhui le dio unas palmaditas en el
hombro.
—Todos lo saben. Pensé que tú también.
—¡¿Por qué tendría que saberlo yo?! —Ah Liu
estaba indignado.
Con razón Lin Wei le había repetido
tantas veces: “Cuidado con el fuego, con los ladrones y con Xiao Lan”.
Él pensaba que era por hermandad, por
miedo a que su padre adoptara otro hijo. ¡Pero resultaba que era por esto!
—Ahora ya lo sabes —dijo Lu Zhui—. No es
tarde.
—¡¿Y qué tiene de bueno ese tal Xiao?!
—protestó Ah Liu.
—Es guapo —respondió Lu Zhui.
Ah Liu se atragantó.
Lu Zhui sonrió.
—Todo en él es bueno. Y me trató muy
bien. La vida en la tumba era dura. Además de esperar ver a mis padres, Xiao
Lan era la única fuerza que me permitía seguir adelante.
—Pero no pudo protegerte —refunfuñó Ah Liu,
recordando las heridas y enfermedades que cargaba.
—Un hombre no puede esperar que lo
protejan en todo. Además, yo soy dos o tres años mayor que él —Lu Zhui estiró
los músculos reblandecidos por el baño—. Éramos demasiado pequeños. Solo
podíamos depender el uno del otro.
Ah Liu no supo qué decir. Solo agarró
una toalla y empezó a frotarle la espalda con fuerza, dejándola roja.
Lu Zhui apretó los dientes del dolor,
suspirando con amargura.
«Un hijo tonto está bien… pero ¿por qué
tenía que ser tan fuerte? Qué sufrimiento.»
«Con lo buen padre que es…» Pensó Ah Liu, desesperado mientras
frotaba su espalda. «¿Por qué tuvo que llevárselo ese tal Xiao?»
«¡Hubiera sido mejor la señora Li, la
que vende cabezas de cerdo!»
Al día siguiente, durante la acupuntura,
Ye Jin vio la espalda de Lu Zhui llena de ronchas rojas y se asustó, creyendo
que había ocurrido algún desastre. Cuando por fin entendió la causa, se
enfureció, fue a la habitación de al lado y le dio una paliza a Ah Liu. Luego
volvió, se sacudió las manos y dijo con sinceridad:
—A los hijos no hay que consentirlos
demasiado.
—Sí, sí, sí —asintió Lu Zhui.
Ye Jin terminó la acupuntura y preguntó:
—¿Cómo te sientes hoy?
—Me siento despejado y renovado —dijo Lu Zhui.
Claro que sí. Ye Jin, muy satisfecho, se
sentó al borde de la cama.
—Después de la acupuntura de hoy, la
mayoría de los insectos gu en tu cuerpo ya han sido eliminados. Debo regular el
veneno frío, que debe tratarse poco a poco. Pero con el calor del verano y los
medicamentos, no debería activarse. No hay de qué preocuparse.
—Muchas gracias —respondió Lu Zhui.
—Solo queda el Hehuan
gu…
Ye Jin no había terminado la frase
cuando Lu Zhui ya negaba con la cabeza.
—No ha vuelto a actuar.
«Por favor que no me haga escribirlo
otra vez.»
—El Hehuan gu solo puede resolverse tan pronto como
Xiao Lan regrese —Ye Jin carraspeó—. Necesito verlos juntos para saber cómo
desintoxicarte.
—Él está investigando las pistas de la Bestia
Devoradora de Oro en la Tumba Mingyue —dijo Lu Zhui—. No sé cuánto habrá avanzado.
—¿Investiga por el muñeco de brujería
con tu fecha de nacimiento? —preguntó Ye Jin.
Lu Zhui asintió.
—Tengo demasiados venenos e insectos gu
en el cuerpo. En esa época me atacaban cada dos por tres. Sumado a Fu y al
muñeco, empecé a sentir que me faltaba un tramo de memoria. Me agarraba la
cabeza, lloraba y me retorcía… asusté a todos. Para estar seguros, mi padre y
él decidieron separarse temporalmente: uno volvió a la tumba a buscar pistas,
el otro me trajo aquí a la Mansión del Sol y la Luna para buscarte. Así al
menos uno de los dos sería útil y no perderíamos tiempo.
Tras decirlo, añadió:
—No es que dude de la habilidad de Lord
Ye, solo que…
—Lo sé —lo interrumpió Ye Jin—. No
importa. Además, esa memoria perdida tuya… yo realmente no encuentro la causa.
Eso sí depende del joven maestro Xiao.
—Mn —asintió Lu Zhui.
Ye Jin hizo que los sirvientes trajeran
la medicina y lo observó mientras la tomaba. Conversaron un rato, hasta que Lu
Zhui dijo:
—Hay otra cosa que quisiera preguntarle.
—¿Qué cosa? —preguntó Ye Jin.
—Aquel gu que extrajo del cuerpo de Qiu
Zichen en la Residencia Fengming… —dijo Lu Zhui—. ¿Ha descubierto qué era
exactamente?
Al oírlo, Ye Jin sintió el pecho
apretarse.
«No. No preguntes eso.»
Lu Zhui, comprensivo, le sugirió:
—¿Por qué no vamos al patio a jugar una
partida de ajedrez?
—¿Ajedrez para qué? —Ye Jin resopló—.
Aún no he averiguado qué demonios era esa cosa. Pero te prometo que, en cuanto
tenga una pista, te lo diré. Después de todo, las marcas en el cuello de Qiu
Zichen cuando el veneno se activó eran idénticas a las de Xiao Lan. Es normal
que te preocupe.
—Lord Ye, no se esfuerce demasiado —dijo
Lu Zhui—. Si no, el líder de la Alianza Shen se preocupará.
Ye Jin se sonrojó ligeramente.
«¿De verdad?»
Lu Zhui apartó la mirada, fingiendo
estar sumido en la melancolía por su ser amado.
«No vi nada… No vi nada.»
De lo contrario, seguro lo golpeaban
otra vez.
En la habitación contigua, Ah Liu seguía
lamentándose. Su madre, tan bella como una flor, había desaparecido de su
imaginación… y además el médico divino Ye lo había golpeado. La vida no tenía
sentido.
«¡Y todo es culpa de ese tal Xiao!
¡Hmph!»
«¡Esta situación es muy digna de una
pelea!»
Las pestañas de Xiao Lan temblaron
levemente en su sueño profundo.
—¿Tía ya tomó la decisión? —preguntó la
boticaria.
—Has repetido esa frase al menos una
decena de veces —respondió la tía Fantasma.
La boticaria se cubrió la boca para
reír.
—Solo temo que tía se arrepienta.
Después de todo, en estos más de veinte años dentro de la tumba, el joven
maestro Xiao ha vivido a su lado. Ese afecto supera incluso el de una madre.
Sería una pena olvidarlo.
—En estos veinte años, además de mí,
también tuvo a Lu Mingyu, a Tao Yu’er, y a muchas otras personas que no debería
recordar —la tía Fantasma pasó lentamente los dedos por el cabello de Xiao
Lan—. Mientras pueda recuperar al Lan’er de antes, prefiero que no me recuerde.
—Tía realmente se desvive por el joven
maestro Xiao —dijo la boticaria.
La tía Fantasma cerró los ojos un
instante para estabilizarse. Luego sacó un frasco de porcelana de su pecho,
rompió el sello de cera y lo colocó junto a una pequeña herida en el cuello de
Xiao Lan.
Los diminutos insectos gu salieron en
tropel, deslizándose por la sangre, recorriendo su cuerpo hasta desaparecer sin
dejar rastro.
La mano de la tía Fantasma se aflojó. El
frasco cayó al suelo con un “clang clang”, rodando hasta la puerta.
—Felicidades, tía —dijo la boticaria con
una sonrisa—. Cuando el joven maestro Xiao despierte dentro de tres días, en
toda la
Tumba Mingyue, aparte de
usted, nadie podrá decirle qué ocurrió en los últimos veinte años.
La tía Fantasma frunció el ceño. Pasó un
largo rato antes de dejar escapar un suspiro profundo.
Xiao Lan seguía dormido, respirando con
calma, como si no percibiera nada de lo que ocurría a su alrededor.
Más tarde, Ahun, que no se sabía de
dónde había sacado la información, se enteró de que Xiao Lan había caído
inconsciente. Se asustó tanto que corrió a buscar a Kong Kong Miaoshou, pero
antes de decir tres palabras ya lo habían echado fuera, casi haciéndolo llorar.
Tao Yu’er salió de su escondite,
apretando los dientes.
—¿Por qué no lo consultaste conmigo
antes?
—¿Y por qué tendría que consultarlo
contigo? —replicó Kong Kong Miaoshou con sarcasmo—. ¿Acaso no conoces mejor que
yo lo que Lan’er puede hacer y lo que hará? ¿Todavía necesitas que yo te lo
diga?
—¡Tú…! —Tao Yu’er estaba furiosa.
—¿Cómo podría yo dañar a mi propio
nieto? —Kong Kong Miaoshou la examinó de arriba abajo—. En cambio tú, como
madre, nunca quisiste quedarte tranquila en la Tumba Mingyue. No sé si has venido porque de verdad
te preocupa la seguridad de Lan’er… o por la tumba y la Linterna del Loto Rojo.
—No quiero discutir contigo —Tao Yu’er
contuvo la ira—. ¿Qué clase de insectos gu eran esos?
—Los insectos gu del boticario no los
cambié —respondió Kong Kong Miaoshou con indiferencia. Antes de que ella
explotara, añadió—: La boticaria es demasiado astuta. ¿Cómo iba yo a engañarlo
bajo sus narices? Solo puse un poco de “rocío de nieve” en el frasco. Una vez
que esos gu entran en la sangre, no sobreviven más de media hora.
La expresión de Tao Yu’er se suavizó un
poco, aunque no dejó de fulminarlo con la mirada.
—Cuando Lan’er despierte esta vez
—continuó Kong Kong Miaoshou—, todo será mucho más fácil. Es el método más
rápido y sencillo para que recupere la confianza de la tía Fantasma.
—Y después de recuperar esa confianza…
¿qué piensa hacer Lan’er primero? —preguntó Tao Yu’er.
—Ir tras la Black Spider, por supuesto
—respondió Kong Kong Miaoshou—. Ya sea para investigar los secretos de la tumba
o para seguir la pista de la Bestia Devoradora de Oro, no hay razón para
dejarlo pasar.
Luego añadió:
—Si de verdad te preocupa Lan’er, usa
tus formaciones de ilusión y vigila a la Black Spider desde las sombras. No
vaya a causar otro desastre.
Tao Yu’er bufó y salió agitando sus mangas.
***
En la Mansión del Sol y la Luna, Lu Zhui
acercó la piedra de tinta a la nariz y la olió suavemente.
—¿Qué hace el joven maestro Lu?
—preguntó Yue Dadao al entrar.
—El médico divino Ye me regaló una barra
de tinta aromática —respondió Lu Zhui—. Hoy hace buen tiempo. Pensé en escribir
unas cuantas piezas en el patio, para estirar un poco los músculos.
Yue Dadao arrastró una silla y se sentó
a mirar.
La caligrafía de Lu Zhui era magnífica:
salvaje, libre, serpenteando como dragones y serpientes, como tinta derramada
sobre montañas y mares, grandiosa y poderosa.
Ah Liu también observó un buen rato.
Después de diecisiete u dieciocho hojas, solo reconocía menos de diez
caracteres.
«Demasiado cursiva.»
«Pero hermosa.»
«Más bonita que un dibujo.»
—Me gusta esta escritura —dijo Yue
Dadao—. Joven maestro Lu, ¿por qué no le enseña a Ah Liu?
Ah Liu puso cara de tragedia.
«¡¿Por qué a mí?! No quiero aprender.»
Lu Zhui tomó una hoja nueva de papel de
arroz y esta vez escribió un poema más ordenado. Lo secó y se lo entregó a Ah Liu
para que lo copiara.
—Esta es la canción de añoranza favorita
de la señorita Yue.
Ah Liu tuvo que tragarse la negativa que
estaba a punto de soltar y se puso a copiar obedientemente. Yue Dadao se quedó
a su lado, metiéndole algo de comer en la boca de vez en cuando; así que Ah Liu
volvió a estar feliz, pensando que incluso podría copiar otras setenta u
ochenta páginas sin quejarse.
Lu Zhui los miró a ambos, tan cercanos y
juguetones, y negó con la cabeza entre risas. Apoyó la mejilla en una mano, siguió
escribiendo y dibujando sobre el papel. Mirándolo de cerca, era un mapa.
Más exactamente, un mapa de la Tumba
Mingyue. Con la memoria
propia y la de Xiao Lan, y los viejos libros heredados de la familia Lu, ya
podía dibujar el mapa con bastante rapidez… aunque, por supuesto, incompleto.
Nadie había entrado jamás en lo más profundo de la tumba, pero al menos servía
para estudiarlo.
Antes le parecía un mapa sin nada
especial. Pero desde que supo de la Dama de Jade Blanco y descubrió que en su
interior había misterios muy parecidos a los de la Formación de Añoranza,
el mapa adquirió un significado distinto.
Lástima que la dama Tao no estuviera
allí. Lu Zhui pensó un momento, tamborileando los dedos sobre la mesa. Él no
dominaba bien ese tipo de formaciones; solo podía ver vagamente algunos
indicios. Si intentaba profundizar, se mareaba y se le desordenaba el espíritu.
Como en la Mansión del Sol y la Luna no
tenía nada más que hacer, respiró hondo y decidió completar por sí mismo el
mapa de la Tumba Mingyue.
Sonaba descabellado, pero si la
disposición de la tumba estaba realmente relacionada con la Formación de
Añoranza, entonces deducir el mapa completo a partir de la formación no era
del todo imposible.
Ye Jin le prestó la biblioteca sin
dudarlo, incluso envió a dos aprendices para ayudar, y le advirtió:
—No toques el gran cofre del lado oeste.
—De acuerdo —asintió Lu Zhui, sin
preguntar más.
Pero Ye Jin añadió, con gravedad:
—Son… de “ese” tipo de libros…
Lu Zhui: “…”
«Y parece que hay bastantes.» El médico divino Ye se marchó con aire
tranquilo. «Yo no los he leído.»
—¿Qué está haciendo el joven maestro Lu
estos días? —preguntó Yue Dadao desde abajo, mirando hacia la biblioteca—. No
nos deja subir.
—Estudia formaciones —respondió Ah Liu.
—¿Y quién le enseña? —preguntó Yue
Dadao.
—Él mismo —dijo Ah Liu.
Yue Dadao se quedó boquiabierta. «¿Eso
se puede aprender solo? ¿No saldrá mal?»
Lu Zhui se metió una ciruela en la boca,
pasó la página del libro y siguió estudiando los métodos de deducción de los
ocho trigramas.
Si realmente lo lograba, cuando volviera
a ver a Xiao Lan, ese mapa podría ser un regalo perfecto.


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