RT 96

 

Capítulo 96: Una hoja en blanco.

¿Quién eres tú, quién soy yo?

 

Al ver que Lu Zhui pasaba todo el día metido en la biblioteca, Ah Liu también quiso ayudar. Pero no había pasado de la segunda página cuando ya estaba tan adormilado que el cielo y la tierra le daban vueltas, y se quedó profundamente dormido, roncando a todo pulmón. Al final, porque sus ronquidos eran demasiado fuertes, lo echaron sin piedad.

 

—Tú mejor dedícate a partir leña —dijo Yue Dadao.

 

—En realidad sí sé leer —intentó defenderse Ah Liu—. No es que no pueda estudiar.

 

—Un joven como el joven maestro Lu… —respondió Yue Dadao— solo se ve bien sentado entre libros. Tú no. Tú te ves bien cuando peleas, y también cuando ayudas a partir leña.

 

Al oír la primera mitad, Ah Liu se deprimió. Pero cuando ella terminó de hablar, volvió a alegrarse: al fin y al cabo, “había” momentos en los que se veía bien.

 

Así que cuando Ye Jin llegó, vio a los dos jovencitos tomados de la mano, charlando y riendo mientras caminaban hacia la cocina.

 

«¿Será que ya debería preparar un regalo de felicitación…?» pensó el divino médico Ye, mientras subía despreocupadamente a la biblioteca.

 

Lu Zhui apartó la pila de libros que tenía delante, se levantó y estiró sus músculos doloridos.

 

—Hace un momento, de camino aquí, me encontré con el anciano Lu —dijo Ye Jin al empujar la puerta y entrar. Le entregó una caja de comida—. Me pidió que te recordara que descanses más.

 

—Solo estoy leyendo, no cansa —respondió Lu Zhui. Abrió la tapa, miró dentro y olfateó—. ¿Hoy cambiaste la medicina?

 

Ye Jin suspiró con gravedad melancólica:

—Si mi madre oyera eso, seguro se sentiría muy herida. ¿Qué medicina ni qué medicina? Es sopa. Muy nutritiva. Con un ginseng larguísimo.

 

Lu Zhui guardó silencio.

 

—¿Todo esto lo escribió el segundo jefe Lu? —Ye Jin tomó el fajo de papeles sobre la mesa. Estaban llenos de pequeños caracteres, y más atrás había muchos diagramas de formaciones dibujados a mano. Se notaba el esfuerzo.

 

Lu Zhui asintió, sosteniendo el cuenco mientras seguía bebiendo la sopa caliente. Al poco rato, sus mejillas se pusieron sonrosadas y una fina capa de sudor le cubrió la frente.

 

—¿Está rica? —preguntó Ye Jin.

 

—Nutritiva —respondió Lu Zhui.

 

Ye Jin le dio unas palmaditas en el hombro. No hacía falta decir más.

 

Pasar los días enterrado entre montones de libros era un poco aburrido, sí, pero mientras pensara en Xiao Lan, no sentía cansancio alguno. No fue sino hasta bien entrada la noche que Lu Zhui levantó la cabeza de los libros y caminó despacio hacia su habitación.

 

En el cielo titilaban las estrellas; en el jardín, las cigarras cantaban sin parar. La brisa veraniega despeinó los mechones de su frente, haciéndole cosquillas. A lo lejos, la superficie del lago destellaba con ondas plateadas que rompían la luz de la luna; entrecerrando los ojos, parecía como si flotaran incontables gemas.

 

Su mente, antes embotada, recuperó la claridad. Lu Zhui chasqueó los dedos y lanzó una pequeña ráfaga de viento, despertando a las luciérnagas escondidas en la hierba. Una tras otra se elevaron, encendiendo diminutas lámparas que flotaban y titilaban en la oscuridad de la noche.

 

Como si estuviera dentro de un cuadro maravilloso, respiró hondo el aire impregnado del aroma terroso y sintió cierta renuencia a regresar. Desde que dejó Wang Cheng, parecía no haber vuelto a contemplar un paisaje con tanta calma y placer. Ahora que coincidían la belleza del entorno y la serenidad del ánimo, Lu Zhui decidió buscar una loma cubierta de flores para sentarse un rato a solas. Aunque no tenía buen licor a mano, bastaba con confiar sus sentimientos a la clara luna para que aquello fuera algo excelente.

 

La hierba plateada y verde alcanzaba casi la altura de medio hombre. Lu Zhui apartó las hojas con la mano y avanzó con la brisa, pero no había dado dos pasos cuando su expresión se congeló.

 

Lu Zhui: “…”

 

Vio una figura alta y negra saltando desde el centro del matorral, llevando a otra persona en brazos. El borde verde-azulado de la túnica brilló apenas un instante bajo la luz de la luna antes de desaparecer sin dejar rastro, volando sobre los tejados y hundiéndose en el interior de la residencia principal.

 

Una pieza de jade yacía tranquila entre la hierba: tenía forma de hoja de arce, y sobre ella estaba grabado un delicado carácter “”*.

(N.t.: “Jin”)

 

El qinggong de la familia Shen era famosa en todo el mundo, pero por muy número uno del Jianghu que fuera el líder de la Alianza Shen, lo único que podía hacer era correr más rápido con alguien en brazos, no volverse invisible.

 

Lu Zhui se arrepintió profundamente. ¿Por qué, después de salir de la biblioteca, no se había ido directo a dormir como una persona sensata? ¿Por qué tuvo que venir al jardín a contemplar la luna? Volvió a su residencia sin saber si reír o llorar.

 

Ah Liu, que estaba en el patio, lo miró sorprendido:

—Eh, padre ¿por qué parece que tuvieras las piernas débiles?

 

«Que las tuviera débiles era lo normal.» Lu Zhui le dio unas palmadas en el hombro. «Mañana no se te ocurra ir a ninguna parte; debes recordar de venir a la biblioteca a comer “huanglian” conmigo.»

 

En la residencia principal, las hierbas medicinales desprendían un aroma tenue. En la alcoba, la vela aún no se había apagado, y la sombra de dos personas se proyectaba sobre el papel de la ventana: sentados uno frente al otro, como un par de mandarines unidos.

 

El sirviente de guardia salió apresuradamente, no sin antes cerrar la puerta del patio.

 

Ye Jin se hundió en la almohada, envuelto en la manta, rodando sobre la cama como si su vida hubiera perdido todo sentido. Tenía unas ganas terribles de correr a la Tumba Mingyue y pedirle a la vieja bruja alguna medicina para olvidarlo todo.

 

Shen Qianfeng lo observaba divertido. No dijo nada, dejándolo desahogarse solo, hasta que estuvo a punto de patearlo fuera de la cama. Entonces lo atrapó y lo encerró entre sus brazos.

—Compórtate.

 

—¡Todo es tu culpa! —lo acusó Ye Jin con ferocidad.

 

—¿Y en qué me equivoqué? —preguntó Shen Qianfeng, a propósito, para provocarlo.

 

—¡En todo estás mal! ¡Te dije hace tiempo que dejaras de juntarte con Qin Shaoyu, es un completo bribón! Si hubiera estado yo solo, ¡jamás habría pasado algo así afuera! —Ye Jin, montado sobre él, lo señaló con furia—. ¡Mañana vas a pedir la pieza de jade!

 

—Mañana vas a ese matorral y la recoges. El segundo jefe Lu, es demasiado perspicaz; ¿cómo iba a quedarse esperando a que tú fueras a pedírsela? —Shen Qianfeng le sujetó la cintura con ambas manos para que no se cayera de encima.

 

Ye Jin pensó un momento y volvió a sentir deseos de estrellarse contra la pared, arrepintiéndose de todo.

 

¿Por qué demonios había salido corriendo? ¿No podía haberse quedado allí, tranquilo, cortando un manojo de hierba para alimentar al burro? ¿O aflojando un poco la tierra, diciendo que iba a plantar medicinas? ¡Pero no! se dio media vuelta y huyó sin decir palabra, y encima lo hicieron correr “en brazos de otro como princesa”. Por donde mirase, el motivo era extremadamente, ¡extremadamente indecoroso!

 

Así que, naturalmente, todo volvía a ser culpa del líder de la Alianza Shen, con la lógica de: «“Si yo te digo que corras, ¿no se supone que te tengo que cargar y salir corriendo?”»

 

Una lógica impecable, no se aceptan refutaciones.

 

Shen Qianfeng lo aceptó todo sin resistencia.

—Ajá.

 

Ye Jin abrió los ojos de par en par.

—¿Encima te estás riendo?

 

—No me estoy riendo.

 

«¡No te estás riendo, mis nalgas!» Ye Jin, feroz, se remangó dispuesto a ejercer violencia doméstica, pero la diferencia de fuerza era abismal. No pasó mucho antes de que sus feroces acusaciones se transformaran en jadeos lascivos y entrecortados, ambiguos, casi imperceptibles.

 

El espejo de bronce de la cabecera cayó al suelo, sobre la ropa verde-azulada esparcida, reflejando dos siluetas entrelazadas, ondulantes, rebosantes de deseo primaveral.

 

A la mañana siguiente, Lu Zhui bebió obedientemente un cuenco de sopa medicinal y devolvió el cuenco con ambas manos, con toda cortesía.

—Muchas gracias.

 

El divino médico Ye tenía el rostro solemne y la espalda recta.

 

La habitación estaba sumida en un silencio mortal.

 

Un momento después, Lu Zhui dijo:

—No vi nada.

 

«Muy bien que no hayas visto nada, porque yo no hice nada, ¡soy purísimo!» Ye Jin tosió dos veces y cambió de tema.

—¿Ya descifraste la formación?

 

—Me llevará algo más de tiempo —Lu Zhui le pasó los papeles de la mesa—. Cuando la señora Tao me enseñó la Formación de Añoranza, dijo que era solo un jueguito para enamorados. Pero ahora veo que debió modificar muchas cosas.

 

—¿Por qué no le escribes una carta y le preguntas si conoce esta versión de la formación? —dijo Ye Jin—. Si la conoce, todos felices.

 

—La señora Tao siempre anda errante; ni siquiera Xiao Lan podría saber dónde está. —Lu Zhui suspiró—. Pero ya envié una carta la Cresta Fuhun. Habrá que ver si responde.

 

***

 

En la Tumba Mingyue, una lámpara parpadeaba, iluminando medio rostro de Xiao Lan sobre la cama. Desde que el gu entró en su cuerpo, llevaba inconsciente tres días y tres noches. La tía Fantasma estaba a su lado, mirando ese semblante tranquilo y dócil; por un instante, sintió que había regresado al pasado, más de diez años atrás, a aquel joven que siempre la acompañaba.

 

Cuanta esperanza había depositado en él, tanta era ahora la desilusión. Pero por suerte no era demasiado tarde; aún tenía tiempo para remediarlo. Tomó un frasco de medicina de manos de la boticaria, levantó el mentón de Xiao Lan y vertió lentamente el líquido en su boca.

 

El frescor humedeció sus labios y su cuerpo reseco, como un rayo de luz en la oscuridad. Xiao Lan, sumido en el sueño, se movió apenas.

 

La tía Fantasma apretó los puños sin darse cuenta, sin apartar la mirada.

 

La boticaria murmuró:

—No se preocupe, señora. El joven maestro Xiao despertará muy pronto.

 

Apenas terminó de hablar, Xiao Lan abrió los ojos. Miró el techo con desconcierto, sin decir palabra durante un largo rato.

 

La tía Fantasma lo llamó con cautela:

—Lan’er.

 

Xiao Lan giró la cabeza hacia ella, sin hablar. Sus facciones no habían cambiado, su aspecto no había cambiado, pero era como si desde los huesos se hubiera convertido en otra persona. De una espada afilada y fría, había pasado a ser un niño ignorante y sin despertar, con una mirada limpia y confundida, una expresión que jamás había tenido antes.

 

La tía Fantasma volvió a llamarlo.

 

Xiao Lan se sostuvo para incorporarse y miró a su alrededor, aún en silencio. Sus cejas afiladas se fruncieron, y en su rostro apareció una alerta nueva.

 

La boticaria, a un lado, murmuró:

—¿El joven maestro Xiao no reconoce a la señora?

 

La mirada de Xiao Lan pasó sobre ella, como si buscara algo entre fragmentos dispersos de memoria. Pero al final no encontró nada, y su inquietud fue creciendo. La boticaria dio un paso para tomarle el pulso, pero Xiao Lan le sujetó el cuello de un golpe; con un crujido seco, casi le partió los huesos.

 

—¡Lan’er! —la tía Fantasma lo reprendió con severidad, avanzando para apartar su mano de un manotazo.

 

La boticaria cayó rodando hacia un lado, encorvada, tosiendo con desesperación. Las chispas doradas que le nublaban la vista tardaron en disiparse. En su interior, una sorpresa amarga: Xiao Lan había crecido en la Tumba Mingyue y ella creía conocer bien su estilo de combate. Pero aquel movimiento… ella no había tenido ni la más mínima posibilidad de defenderse.

 

El gu solo borra la memoria; jamás aumenta la fuerza de nadie. Solo había una explicación: Xiao Lan siempre había ocultado su verdadera habilidad, incluso frente a la tía Fantasma. Solo ahora, perdido y asustado, había olvidado disimular.

 

Al comprenderlo, la mirada de la boticaria se volvió oscura. Se inclinó hacia la tía Fantasma y le susurró unas palabras al oído.

 

—¿Qué pretenden hacer? —Xiao Lan habló por fin. Su voz era baja, sombría, cargada de intención asesina.

 

—Señora… —la boticaria frunció el ceño.

 

—Basta. Lo importante es que ha despertado —suspiró la tía Fantasma—. Lo demás, ya se hablará después.

 

La boticaria quiso replicar, pero la tía Fantasma ya se había acercado a la cama. Le acomodó el cabello ligeramente revuelto.

—¿No recuerdas quién soy?

 

Xiao Lan no respondió; instintivamente apartó el rostro.

 

—¿No quieres preguntar qué ha pasado? —preguntó ella, observándolo.

 

La nuez de su garganta se movió. Repitió, con voz ronca:

—¿Qué ha pasado?

 

—Estabas herido. La boticaria dijo que, al despertar, quizá olvidarías lo ocurrido antes —explicó la tía Fantasma—. Viéndote ahora, parece que no se equivocó.

 

—No lo olvidé —dijo Xiao Lan.

 

—Entonces dime: ¿quién soy yo? —preguntó ella—. ¿Y quién eres tú?

 

Xiao Lan abrió la boca, pero no supo qué decir. Los tendones de sus puños tensos sobresalieron bajo la piel.

 

Al ver cómo su expresión se volvía la de una bestia acorralada, la tía Fantasma suavizó la voz:

—Si lo olvidaste, lo olvidaste. Pregunta lo que quieras; te lo diré de nuevo.

 

—Quiero saberlo todo —respondió Xiao Lan.

 

—Este lugar es la Tumba Minyue. Tú eres su joven maestro, Xiao Lan —dijo ella—. Y yo soy tu maestra. Te crie desde pequeño. Soy tu único pariente en este mundo.

 

—¿Joven maestro? —repitió Xiao Lan.

 

—Todo lo que ves aquí será tuyo algún día —continuó ella—. Pero antes de eso, debes recuperar tu salud.

 

—¿Por qué estoy herido? —preguntó Xiao Lan.

 

—Naturalmente, fuiste herido por un malvado —respondió la tía Fantasma.

 

—¿Quién es ese malvado? —preguntó Xiao Lan.

 

—Lu Zhui.

 

Mientras pronunciaba esos dos caracteres, no apartó la mirada de los ojos de Xiao Lan. Solo cuando confirmó que en el rostro del joven no surgía ninguna emoción, dejó caer el peso que llevaba atorado en la garganta.

 

—¿Por qué quiere matarme? —la voz de Xiao Lan era ronca.

 

—Eres el joven maestro de la Tumba Mingyue y él es enemigo de este lugar —dijo la tía Fantasma—. En esta tumba hay incontables tesoros enterrados. Quienes quieren matarte no son solo él.

 

Xiao Lan cerró los ojos.

—Cuéntame todo desde el principio.

 

La boticaria lo observó desde un lado, sintiendo que aquel Xiao Lan le resultaba extraño. El Xiao Lan de antes jamás habría tratado a la tía Fantasma con ese tono imperioso, ni habría emanado una frialdad tan distante. Pero también sabía que, comparado con el joven cálido y humilde de antes, la tía Fantasma preferiría sin duda a este que tenía delante.

 

Una hoja en blanco, sí, pero teñida de un aura siniestra: fría, dominante, altiva. Ese era el Xiao Lan que debía ser el futuro joven maestro de la Tumba Mingyue, no aquel que tenía el corazón lleno de Lu Mingyu y que incluso había querido traicionar a su secta por asuntos de amoríos.

 

En la Tumba Mingyue no existía el paso del día y la noche. Cuando terminó aquel largo relato, era como si hubieran atravesado media vida.

 

—Apenas te has recuperado de tus heridas, no te esfuerces demasiado —dijo la tía Fantasma—. Vuelve a descansar.

 

—Bien —respondió Xiao Lan.

 

Ella lo acompañó personalmente hasta su residencia, le dio algunas instrucciones más y finalmente se marchó.

 

En el Gran Salón del Loto Rojo, los sirvientes ya habían sido reemplazados por completo. Ahun no estaba por ninguna parte; los que quedaban eran rostros desconocidos.

 

Xiao Lan se sentó al borde de la cama y cerró los ojos para regular su energía interna.

 

Un leve sonido llegó a sus oídos. Kong Kong Miaoshou apareció de quién sabe dónde, riéndose.

 

—Lan’er…

 

Xiao Lan abrió los ojos y lo miró con frialdad.

 

Kong Kong Miaoshou se acercó.

—¿Qué tal?

 

—¿Y tú quién eres? —preguntó Xiao Lan.

 

Con solo esta frase, Kong Kong Miaoshou quedó petrificado, como si le hubiera caído un rayo encima.

—¿No me reconoces?

 

Xiao Lan lo miró fijamente durante un largo rato y, de pronto, soltó una risita.

 

—¡Muchacho insolente! —Kong Kong Miaoshou no sabía si reír o llorar. Le dio una palmada, suave, incapaz de hacerle daño: al fin y al cabo, era su único nieto.

 

—Gracias por tu ayuda, anciano —dijo Xiao Lan.

 

—Mientras estés bien… —Kong Kong Miaoshou suspiró—. Esto fue realmente arriesgado. Estos días he estado con el corazón en la garganta, y tu madre… tu madre casi me mata.

 

—¿Mi madre también lo sabe? ¿Dónde está? —preguntó Xiao Lan—. ¿Y Ahun? ¿Dónde lo tienen encerrado?

 

—Los demás en este salón conservaron la vida, pero Ahun no tuvo esa suerte —dijo Kong Kong Miaoshou—. Hace dos días, tu tía Fantasma envió a Black Spider para matarlo.

 

—¿Qué?

 

Kong Kong Miaoshou seguía lamentándose:

—Decapitado… pobre muchacho.

 

—Dígame la verdad —dijo Xiao Lan.

 

Kong Kong Miaoshou guardó silencio.

—¡¿Cómo sabes que te estoy mintiendo?! —refunfuñó.

 

—Porque ya había previsto que la tía Fantasma actuaría contra Ahun. Quise enviarlo fuera a hacer un encargo, pero usted dijo que, en ese momento, sacarlo de improviso levantaría sospechas. Me prometió que lo protegería.

 

Kong Kong Miaoshou replicó:

—¿Y si resulta que lo protegí, pero fallé?

 

Xiao Lan se llevó una mano a la frente.

—¿Dónde lo escondió?

 

Kong Kong Miaoshou, aún molesto, respondió:

—Afuera. La tía Fantasma sí quería matarlo, pero tu madre estuvo vigilando a Black Spider. Cuando lo oyó, se adelantó y se lo llevó.

 

—¿Cómo reaccionó la tía Fantasma? —preguntó Xiao Lan.

 

—Naturalmente, se enfureció. Concluyó que Black Spider había sido negligente y dejó escapar la noticia. Pero, enfadada o no, un discípulo menor no es suficiente para que pierda demasiado tiempo. A lo sumo enviará más gente a vigilar el Salón del Loto Rojo para asegurarse de que Ahun no regrese.

 

—Está bien —dijo Xiao Lan—. Él siempre anheló el mundo exterior. Esto, al menos, es libertad para él.

 

—¿Y ahora qué planeas? —preguntó Kong Kong Miaoshou.

 

—Ir a por Black Spider—respondió Xiao Lan.

 

—Ya sé que él será el primero en tu lista. Te pregunto por el plan, ¡el plan! —Kong Kong Miaoshou se sentó a su lado, con los ojos brillando de emoción.

 

Xiao Lan sonrió.

—La tumba de la Dama de Jade Blanco que descubrimos antes… será útil.

 

Mientras tanto, en otro lugar, Black Spider avanzaba con inquietud. Ni siquiera notó que se cruzaba de frente con la tía Fantasma; solo cuando alguien a su lado lo advirtió, volvió en sí y se inclinó.

 

—¿A dónde vas? —preguntó la tía Fantasma.

 

—A ver al joven maestro Xiao —respondió Black Spider.

 

La tía Fantasma negó con la cabeza.

—Lan’er está débil. No lo molestes.

 

Black Spider asintió, con la cabeza baja, ocultando su expresión.

 

En teoría, la amnesia de Xiao Lan no era una mala noticia para él: todos los conflictos previos podían borrarse, y el joven maestro Xiao ya no lo tendría entre ceja y ceja. Menos problemas en el futuro.

 

Pero tampoco era una buena noticia. Significaba que la tía Fantasma lo valoraba tanto que, incluso a costa de borrar todos sus recuerdos, quería retenerlo. El puesto de líder de la Tumba Mingyue se alejaba cada vez más de su alcance, volviéndose casi inalcanzable.

 

Y además… había algo más. Una sensación ominosa, como si una tormenta mayor se ocultara tras las nubes, lista para desatar un trueno devastador.

 

«No debería seguir esperando.»

 

En la oscuridad, Black Spider avanzó lentamente. Su cuerpo encorvado y delgado se fundía casi por completo con las sombras.

 

Nota de la Editora:

Liska: Hubo dos errores: el primero: desde el capítulo 86 se corrigió el género de la boticaria, ya que en acasiones se traduce como hombre y otras como mujer. En realidad es una mujer, así que se cambia a "boticaria". Segundo: a partir del capítulo 90, 91 y 92, por error coloqué "Dama Baiyu", el nombre que en realidad escogimos para ella es: "Dama de Jade Blanco". Significa lo mismo, pero nos gusta más el nombre en español. Realicé las correcciones. A partir de ahora, el resto de la historia se manejará el último nombre asignado a la belleza del sarcófago de jade. 


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