Capítulo 124.
Xiao Ding no tomó medidas inmediatas contra
el príncipe heredero.
Siguiendo la última media carta de memorial
que Chen Zeming había dejado, envió hombres a inspeccionar el terreno y
estableció tres guarniciones en la frontera, apostando allí tropas pesadas.
Fue en ese momento cuando la Brigada de las
Túnicas Negras comenzó a reconstruirse poco a poco, recuperando su antigua
gloria.
En los enfrentamientos posteriores contra
los hunos, de aquel cuerpo de soldados de armadura negra surgieron una y
otra vez generales célebres, brillantes como estrellas en el firmamento
nocturno. En distintos momentos de los años venideros, dominaron los campos de
batalla y su fama resonó por todas partes. Entre ellos estaban Lu Congyun, que
había sido guardaespaldas personal de Chen Zeming; Jiang Zhongzhen, capturado
en la gran derrota de la Mansión Xuanhua y luego devuelto por el enemigo; e
incluso Duan Qiyi, que había tenido con Chen Zeming una relación tan mala que
casi no podían verse sin enfrentarse. Quizá cada uno pertenecía a una facción
distinta, quizá no todos eran amigos, quizá ni siquiera se tenían buena
voluntad. Pero juntos forjaron el esplendor de la Brigada de las Túnicas
Negras, haciendo temblar a los bárbaros que se atrevían a invadir, y
sosteniendo durante veinte años una paz edificada sobre las vidas de cientos de
miles de personas.
Sin embargo, para el Xiao Ding de ese
momento, todo aquello era un futuro imposible de prever.
Lo que lo inquietaba ahora no era eso.
Una decena de días después, Xiao Ding
encontró un pretexto para arrestar a Wang Xiangyong y volvió a ascender a Cao
Chenyu —el eunuco que había sido destituido por hablar en favor de Chen Zeming—
al cargo de jefe de la Oficina de Ceremonias.
Cuando se lo llevaron, Wang Xiangyong
clamaba su inocencia sin cesar.
Todo esto lo vio el joven médico imperial
Meng Weixian, que acudía con frecuencia al palacio para atender al Emperador.
Pero no entendía por qué la lealtad absoluta de Wang Xiangyong había terminado
en semejante destino. Era demasiado joven para comprender qué era lo que pasaba
por la mente de aquel soberano.
Un día, en una conversación casual, Xiao
Ding mencionó el asunto y le preguntó con una sonrisa:
— ¿Te intriga por qué me deshice de Wang Xiangyong?
Meng Weixian balbuceó, sin atreverse a
responder.
Xiao Ding lo miró y dijo:
—El príncipe
heredero lleva mucho tiempo investigando ese rumor. Ha tenido incontables
oportunidades; si hubiera querido actuar, ya lo habría hecho. ¿Por qué
esperar hasta ahora? Wang Xiangyong lo sabía
perfectamente, y aun así
vino a contármelo, intentando
sembrar discordia entre el Hijo del Cielo y el príncipe heredero. Qué
intención tan siniestra. Ese
hombre parece honesto, pero no es alguien de buen corazón. Para obtener favor, no duda en usar
cualquier medio; mantenerlo a mi lado sería
un peligro futuro. En comparación, el ahijado de Cao Chenyu recibió ayuda de
Chen Zeming, y él habló en su favor: al menos eso demuestra que es alguien con
un mínimo de lealtad y sentimiento.
El Príncipe Jing recibió la noticia muy
pronto. Al comprender que, sin quererlo, había caminado al borde de la muerte,
un sudor frío le recorrió todo el cuerpo. De inmediato corrió al palacio para
pedir perdón.
Xiao Ding observó detenidamente a su hijo.
El Príncipe Jing, aún más aterrorizado,
permaneció postrado sin atreverse a levantar la cabeza.
De pronto, Xiao Ding sintió un leve dolor
en el pecho. Su hijo tenía apenas quince años, y ya poseía una profundidad de
carácter tan insondable, incluso frente a su propio padre.
Recordó cómo era él mismo a los quince:
todavía provocaba alborotos en todo el harén por el asunto de Yang Liang. Quizá
así era la vida: las olas del río Yangtsé siempre empujan a las anteriores.
El propósito de Xiao Ding al deshacerse de
Wang Xiangyong era enviarle un mensaje al Príncipe Jing: «Sé lo que has
hecho; he castigado al delator; aún tengo el poder para controlarte, pero elijo
confiar en ti.»
La respuesta del Príncipe Jing fue igual de
velada: había investigado, sí, pero reconocía su error.
El asunto quedó así, enterrado sin más.
A esas alturas, aunque ninguno de los dos
lo había dicho abiertamente, ambos entendían perfectamente la posición del
otro.
Xiao Ding se sentía agotado. Había pasado
la vida entera entre intrigas y cálculos, y ahora descubría que incluso con su
propio hijo debía jugar el mismo juego.
Antes de que el Príncipe Jing se marchara,
lo llamó. Incapaz de contenerse, preguntó:
— … En tu corazón… ¿Odias a tu padre?
Era la frase más directa de toda la
conversación.
El Príncipe Jing quedó visiblemente
atónito. Permaneció en silencio un largo rato antes de responder en voz baja:
—Padre…
yo ya no recuerdo el rostro de mi madre. Solo pienso que… si…
si pudiera verla una vez más… qué
maravilloso sería…
El corazón de Xiao Ding se hundió.
El hijo no había eludido la franqueza del
padre; había respondido con la misma sinceridad.
No dijo que odiaba, pero tampoco dijo que
no odiaba. Eso significaba que sí. Él había matado a su madre; era imposible
que el Príncipe Jing no guardara resentimiento. Quizá nunca haría nada al
respecto, pero en el fondo… lo culpaba.
…Lo culparía toda la vida.
Su hijo lo odiaría toda la vida.
Xiao Ding agitó la mano bruscamente para
despedirlo. El Príncipe Jing lo miró, como si quisiera decir algo más. Xiao
Ding esperó. Pero el muchacho se dio la vuelta y se marchó.
El salón quedó súbitamente en silencio.
Xiao Ding se recostó en el trono del
dragón, sintiéndose exhausto.
De pronto recordó a Chen Zeming. Recordó
aquellas ideas absurdas, aquellas esperanzas que lo mantenían despierto por las
noches.
En ese instante, por fin lo creyó: Chen
Zeming estaba muerto. Había muerto en el campo de batalla, bajo aquella lluvia
de flechas. Él, que nunca había tenido piedad con nadie, ¿cómo podía esperar
que los dioses la tuvieran con él?
Xiao Ding llevó a su séquito al Palacio
Jinghua.
Desde su restauración, nunca había vuelto a
aquel palacio abandonado. Nadie lo limpiaba; las hojas caídas estaban ya medio
podridas, y al pisarlas era como hundirse en barro empapado.
Cuando abrieron las puertas, los muebles
seguían colocados tal como estaban en el pasado.
Recordaba haber bebido allí muchas veces
con Chen Zeming. Chen Zeming era realmente un hombre extraño: ¿por qué se
relacionaba con tanta cercanía con un prisionero?
Se volvió hacia las puertas del palacio.
También recordaba la escena de Yang Ruqin irrumpiendo con sus tropas.
Cao Chenyu se apresuró a ordenar que
limpiaran el lugar. Xiao Ding permaneció en el patio, observando a la gente
trabajar. Había estado allí muchas veces; entonces, aunque prisionero, nunca
había perdido la determinación.
A lo lejos, le llegó el eco de tambores y
música. Lo escuchó sin interés, pero en su corazón empezó a resonar la melodía
que Chen Zeming había tocado aquella noche con los palillos de marfil: suave
como agua rozando un banco de arena en los pasajes tranquilos, feroz como
tormenta en los momentos abruptos.
El golpeteo de los palillos sobre la mesa
era tan estremecedor que cada impacto parecía caer directamente sobre su
corazón.
De pronto, Xiao Ding despertó de golpe.
Aguzó el oído: no era una ilusión. Aquello
que escuchaba era exactamente el ritmo que Chen Zeming había marcado aquella
vez con los palillos. Alguien lo estaba interpretando.
Sobresaltado, salió del palacio y miró a
ambos lados. El eco metálico y firme de los golpes, rebotando entre los muros,
se volvía aún más nítido.
Cao Chenyu corrió tras él, repitiendo una y
otra vez el saludo ritual al Emperador, y ese sonido le resultó
insoportablemente molesto.
Xiao Ding se detuvo en seco, se volvió y
gritó:
— ¡SILENCIO!
Cao Chenyu se quedó mudo al instante. Xiao
Ding alzó la cabeza: el ritmo seguía girando sobre él, sin desvanecerse.
Escuchó un momento, incrédulo, y no pudo evitar avanzar tras el sonido.
Solo cuando los tambores se hicieron más
fuertes, tan cercanos que parecían estar justo al otro lado, Xiao Ding redujo
el paso.
Ya había distinguido que el sonido venía de
la Oficina de Música del palacio. No era ninguna fantasía suya.
Aquello era el golpe de un tambor, y no un
tambor cualquiera: un gran tambor de guerra. A través del muro, su estruendo
era ensordecedor, majestuoso, impetuoso. Nada que ver con la melodía etérea que
él había imaginado.
Era demasiado real. Tan real que le produjo
un leve temblor de miedo.
La puerta parecía pesar mil jin;
Xiao Ding no lograba empujarla.
Se quedó fuera, con la mano apoyada en el
aro dorado, sin atreverse a moverlo, temeroso de hacer el más mínimo ruido.
Dentro, el tambor superó su clímax, como un torrente que se aquieta, y de
pronto volvió a acelerarse, cortante como una hoja que secciona seda, hasta
que, en el punto más feroz, se extinguió de golpe.
Xiao Ding quedó paralizado. En ese
instante, la puerta se abrió.
El hombre que salió, al reconocer la
vestimenta imperial, se sobresaltó y cayó de rodillas, suplicando perdón una y
otra vez.
Xiao Ding no le prestó atención. Miró hacia
el interior. En el centro del salón había un gran tambor erguido; el hombre que
lo había tocado estaba con el torso desnudo, empapado en sudor, y acababa de
juntar los mazos antes de inclinarse y arrodillarse ante él.
Era un rostro desconocido. Nunca lo había
visto.
Xiao Ding, lleno de una emoción que lo
desbordaba, dio un paso en falso; por un instante su mente quedó en blanco, sin
oír nada. Cuando volvió en sí, escuchó al hombre decir:
—… Es
la música que se usará en el banquete para recibir al general Lu
cuando regrese victorioso. El príncipe
heredero nos ha ordenado practicarla con diligencia…
Xiao Ding lo observó con atención. Era un
funcionario de la Oficina de Música, alguien a quien había visto antes, aunque
en ese momento no lograba recordar su nombre. Tras un instante de desconcierto,
preguntó en voz baja:
—¿Qué… melodía
es esta?
El funcionario respondió:
—Originalmente era música militar para intimidar al enemigo en
el frente. El príncipe la mandó adaptar. Se llama “La Orden del General”.

