Capítulo 118.
Tres días después, el tratado quedó
finalmente sellado.
Durante más de un mes, las disputas
verbales y el incesante regateo entre los enviados de ambos países habían
continuado sin descanso, pero por fin llegaron a su fin. A partir del día en
que se firmó el tratado, los dos ejércitos se retiraron cien li, y desde
entonces ninguno podría avanzar sin autorización.
En aquel documento escrito sobre brocado de
dragones, los imperiales y los hunos se llamaban mutuamente “hermanos”,
y acordaban no atacarse durante diez años, además de abrir el comercio
fronterizo.
En realidad, aquella paz duró mucho más de
lo que cualquiera habría imaginado. Años después, la resurgida Brigada de Túnicas
Negras se apostó en la frontera como una daga apoyada en la garganta de
cualquier enemigo inquieto. Los tres sucesores de An-Tu fracasaron en sus
sueños de conquista, todos por culpa de esa fuerza formidable.
La larga paz dio lugar a una era próspera
pocas veces vista. En los cien años siguientes, innumerables relatos y obras
teatrales narraron esta historia llena de giros y grandeza. El personaje más
llamativo, por supuesto, fue el único Emperador en más de trescientos años que
reinó dos veces: Xiao Ding.
Tras superar aquella crisis, la autoridad
de Xiao Ding se volvió aún más incuestionable. Desde entonces, nadie se atrevió
a dudar de la legitimidad de su trono. El caso de incendio y parricidio de años
atrás se transformó poco a poco en un rumor nebuloso, desvaneciéndose en el
polvo de la historia, sin que nadie volviera a mencionarlo.
Muchas veces, la justicia cede ante el
poder, especialmente cuando la gente desea que así sea.
Pero todo esto pertenece al futuro.
Cuando Yang Ruqin y los demás, eufóricos
por haber cumplido su misión, regresaron al campamento imperial, lo que
encontraron fue blanco por todas partes y un mar de lamentos. Atónitos,
supieron que antes incluso de su partida, el comandante en jefe del imperio
había muerto por las heridas sufridas en el ataque nocturno. El campamento
había mantenido el luto en secreto, y solo cuando llegó la noticia del éxito
del tratado se instaló la capilla mortuoria.
Dugu Hang, siempre tan frío y reservado,
lloraba desconsoladamente ante el altar de Chen Zeming.
Yang Ruqin, aunque nunca había congeniado
del todo con Chen Zeming desde que entró en la administración, lo conocía desde
hacía muchos años. Ver aquella escena lo llenó de tristeza. Sin querer,
encontró la mirada de Dugu Hang y comprendió que la relación entre ambos había
llegado a su fin; ya no habría vuelta atrás.
Así, Yang Ruqin se convirtió en el
funcionario de mayor rango en el campamento, con la obligación de encargarse de
los asuntos posteriores. Llamó a Lu Congyun y le preguntó por qué, tres días
antes, cuando él había partido, Lu Congyun y los demás habían ocultado la
noticia.
Lu Congyun respondió:
—El
último hombre que mató el general fue el arquero que lo hirió. Ese asesino
murió por una estocada en el pecho, pero en realidad tenía dos heridas. Antes
de matarlo, el general le cortó la garganta. Está claro que, para él,
silenciarlo era más importante que vengarse. No quería que se supiera que había
sido atacado.
Yang Ruqin lo comprendió al instante. Chen
Zeming no quería que surgiera ninguna anomalía que pudiera retrasar o
entorpecer una negociación que estaba a un solo documento de concluir.
Lu Congyun añadió:
—Aunque
los guardias mataron a todos los atacantes que aparecieron, seguramente hubo
quienes escaparon. Puede que aún estén cerca del campamento. Si anunciábamos su
muerte, la noticia se habría difundido y todo su esfuerzo habría sido en vano.
Yang Ruqin lo observó un largo rato y dijo:
—¿Cuándo
lo comprendiste?
Lu Congyun dijo:
—Fue el canto del general al golpear su
espada. Al principio pensé que lo hacía para intimidar al enemigo, pero en
realidad eran pocos; no parecía necesario fingir tanta fuerza. Cuando vi al
general sentado allí… pero ya muerto… entonces comprendí que quizá lo hizo para
ocultar el hecho de que estaba a punto de fallecer.
Yang Ruqin guardó silencio. Recordó el
canto de aquella noche, las risas y las voces que aún parecían resonar en sus
oídos. Jamás habría imaginado que entre ellas estaba la última voz de Chen
Zeming.
Yang Ruqin redactó un memorial detallando
el proceso y el resultado de la negociación, y lo envió a la capital por
mensajero urgente.
Luego preparó otro memorial sobre el
atentado contra Chen Zeming, y añadió al mismo paquete la carta que Chen Zeming
no había alcanzado a terminar antes de ser atacado. Días después, tras designar
a los funcionarios que se encargarían provisionalmente de los asuntos militares
y dejar todo dispuesto, entregó el paquete a Lu Congyun para que lo enviara de
inmediato a la capital y llegara a oídos del emperador. Solo entonces emprendió
el regreso con su comitiva.
***
En la capital, la salud de Xiao Ding había
empeorado.
Las medicinas de los médicos imperiales
parecían cada vez menos capaces de contener el veneno en su cuerpo. Xiao Ding
preguntó varias veces, y la respuesta de la Oficina Médica fue siempre la
misma: «No hemos usado la medicina equivocada.»
Xiao Ding se irritaba. «Si no está mal
aplicada, ¿por qué sigo tosiendo sin parar cada noche?»
La falta de sueño lo dejaba exhausto, y
tuvo que reducir la frecuencia de sus audiencias: de una cada tres días, pasó a
una cada cinco.
Pero cuando se sentía un poco mejor,
insistía en revisar personalmente los memoriales.
Aun así, los documentos se acumulaban cada
día más sobre su escritorio, y solo de verlos le dolía la cabeza.
Aquella tarde, tras una breve siesta, se
levantó con un raro momento de energía y se dirigió al estudio imperial para
continuar trabajando. Revisó algunos memoriales y, cuando empezaba a marearse,
de pronto vio una caligrafía muy familiar. No pudo evitar reír entre dientes y
se incorporó para leer con atención.
Era un memorial de Chen Zeming.
Desde que Chen Zeming había salido de la
capital para perseguir a los hunos, casi no había enviado noticias;
cuando lo hacía, siempre eran escritos por otros. Xiao Ding sabía que debía de
estar ocupado con asuntos militares, pero aun así no podía evitar prestarle
atención.
Aquel beso antes de partir… Xiao Ding aún
lo tenía atravesado.
«¿En qué momento empezó Chen Zeming a
permitirse ese tono conmigo?»
Sin embargo, Xiao Ding aún estaba dispuesto
a ser indulgente con Chen Zeming. Tal vez aquel hombre, después de haber sido
reprimido por él durante tantos años, había desarrollado una especie de inercia
y no sabía reaccionar de inmediato. Xiao Ding estaba convencido: tenía maneras
de hacerle entender a Chen Zeming que no pretendía presionarlo.
¿No era Chen Zeming quien tanto deseaba ser
un ministro leal? ¿No había anhelado siempre el reconocimiento del soberano,
una historia ejemplar de encuentro entre monarca y servidor?
Podía hacerle saber que ya confiaba en él.
¿Acaso no era eso lo que Chen Zeming más deseaba?
A veces, Xiao Ding también lo encontraba
increíble. Antes, cuanto más lo miraba, más sospechoso le parecía: cada gesto
era el de alguien a punto de rebelarse. Pero una vez que estuvo seguro de su
lealtad, todo lo que veía le resultaba agradable. Cuando la posición de uno
cambia, también cambian por completo sus juicios.
Sin embargo, la noticia que llegó después
hizo que el siempre tan seguro Xiao Ding oscureciera el rostro de golpe: Chen
Zeming había liberado en secreto a Xiao Jin.
No porque Xiao Jin pudiera causar ya algún
problema —ese muchacho no tenía capacidad para levantar ninguna tormenta—, sino
porque Chen Zeming se había atrevido a actuar por su cuenta, ignorando por
completo las leyes de la corte imperial.
«¿Ahora que tiene méritos, ya no me
respeta?»
La desconfianza innata de Xiao Ding brotó
de inmediato. Aunque intentó contenerse y no pensar lo peor, la parte más fría
y dura de su corazón le recordaba que, fiel o no, Chen Zeming se había
convertido en un riesgo.
De inmediato degradó a Xiao Jin, fingió
reprender a Chen Zeming y le descontó su salario. Por supuesto, no era que él
fuera magnánimo; simplemente no podía dejar que nadie lo notara. Si los
censores percibían algo extraño y se lanzaban a atacarlo, ni él mismo podría
proteger a ese hombre.
«¿Quién le mandó a Chen Zeming ser tan
descuidado y dejar un flanco abierto?»
Xiao Ding rara vez hacía este tipo de
“limpieza” por otros; hacerlo una vez le resultó casi novedoso. Tomó el pincel
y escribió una carta, medio en broma, ordenándole a Chen Zeming que encontrara
a Xiao Jin: vivo o muerto. Sabía que Chen Zeming entendería el mensaje oculto: «Compórtate;
sé lo que estás haciendo.»
«¿Y esto… era la respuesta?»
Xiao Ding volvió a mirar el memorial en sus
manos, pero en él no había ni una sola palabra sobre Xiao Jin.
La caligrafía de Chen Zeming, tan recta y
firme como él mismo, hablaba de que, tras años en la frontera, había encontrado
tres pasos estratégicos; si se establecían guarniciones en cada uno, formando
un triángulo defensivo, podrían contener futuros ataques desde el norte.
A medida que Xiao Ding leía, su expresión
se volvió grave. Comprendía lo que Chen Zeming quería decir: el tratado estaba
firmado, sí, pero nadie sabía cuántos años duraría la paz. Prepararse con
antelación era algo bueno, y era admirable que Chen Zeming tuviera esa
previsión.
Pero lo extraño era que, a mitad del texto,
la escritura se interrumpía de repente. Ni siquiera había firma.
Xiao Ding le dio vueltas durante un buen
rato, cada vez más irritado.
«¿Chen Zeming se atreve a presentar un
memorial sin terminar?»
Aquello era una falta de respeto.
«¿Acaso cree que, por haber expulsado a los
hunos, podía darse aires?»
«Esto sí que es un ejemplo vivo de “méritos
que intimidan al soberano”.»
«Un ministro que ni revisa lo que escribe
antes de entregarlo… ¿y sus consejeros tampoco lo revisan?»
Xiao Ding arrojó el memorial al suelo con
fuerza. El eunuco a su lado se sobresaltó y se inclinó para recogerlo, pero
Xiao Ding dijo:
—No lo recojas. Déjalo ahí.
Y siguió leyendo.
La siguiente carta era de Yang Ruqin:
informaba que la negociación había concluido con éxito y que el tratado estaba
firmado.
Aunque la noticia ya había llegado antes
por mensajero urgente, ver el informe oficial por escrito hizo que Xiao Ding
casi no pudiera contener su alegría.
«Por fin está hecho.»
Y con ello, no habría más guerra, su fama
quedaría asegurada, el pueblo lo apoyaría, y su trono quedaría firme.
Tras reflexionar un momento, dijo al
eunuco:
—Recoge ese memorial.
El sirviente, sorprendido, se apresuró a
obedecer.
Debajo había otro memorial, también de Yang
Ruqin. En él solicitaba que Su Majestad nombrara de inmediato a un nuevo
comandante para las tropas fronterizas, pues el anterior comandante, Chen
Zeming, había muerto en un atentado en vísperas de la firma del tratado.
Xiao Ding casi no podía creer lo que leían
sus ojos.
Releyó las palabras “muerto en un
atentado” más de diez veces.
Luego volvió a mirar el nombre.
Allí estaban claramente escritos los tres
caracteres: «Chen Zeming.»
De pronto sintió que debía de estar
soñando.
«Si hace un momento acabo de ver un
memorial escrito por él…»
«¿Qué demonios estaba haciendo Yang Ruqin?»
El eunuco recogió el memorial del suelo y
estaba a punto de colocarlo sobre la mesa cuando Xiao Ding se lo arrebató de
las manos.
Abrió de nuevo el memorial incompleto.
Al ver otra vez aquella caligrafía tan
familiar, comprendió de golpe por qué estaba sin terminar.
El eunuco, al notar su expresión, levantó
la vista hacia él.Apenas lo vio, lanzó un grito:
—¡MAJESTAD! ¡MAJESTAD!
Xiao Ding, aturdido, incapaz de ordenar sus
pensamientos, se irritó ante el alboroto.
El eunuco, temblando, señaló su rostro:
—¡SANGRE… MAJESTAD! ¡ESTÁ SANGRANDO!
Solo entonces Xiao Ding sintió algo cálido
deslizándose por su nariz y su boca.
Se llevó la mano al rostro: estaba cubierta
de sangre. Se incorporó sobresaltado.
Ese movimiento brusco hizo que algo en su
garganta se rompiera; ya no pudo contenerlo.
Un chorro de sangre brotó de golpe, cayendo
sobre el memorial y llenando de rojo las partes donde no había escritura, para
luego deslizarse lentamente hacia abajo.
Los eunucos y sirvientas gritaron
aterrados.
Xiao Ding tambaleó unos pasos.
A través de la neblina que nublaba su
vista, contempló aquella mancha espantosa de sangre y pensó, casi con calma:
«Así sí parece algo escrito en los últimos
momentos de la vida.»

