Capítulo 107.
Qingqing seguía preocupada por la dolencia
de la cabeza de su esposo. Al preguntarle, Chen Zeming dijo que acababa de ir a
buscar un nuevo remedio y que no debía inquietarse por ello.
Tras conversar un rato, cuando Chen Zeming
volvió a prepararse para marcharse de casa, Qingqing, entristecida al pensar
que no sabían cuándo volverían a verse, no pudo contenerse y dijo:
—Joven maestro, cuídese mucho.
Chen Zeming se volvió y sonrió:
—Morir en batalla es una fortuna; no es
algo que le toque a cualquiera.
Qingqing sabía que estaba bromeando.
Intentó acompañarlo con una sonrisa, pero por más que lo intentó, los ojos se
le llenaron de lágrimas.
Chen Zeming se puso nervioso y repitió una
y otra vez que había dicho una tontería.
Qingqing, entre lágrimas y sonrisa, dijo:
—Joven maestro, ¿no puede evitar decir esas
cosas?
Chen Zeming la miró un largo momento,
suspiró levemente y luego recobró el ánimo para consolarla.
El tío Gu ya había traído el caballo y lo
esperaba en la puerta. Cuando Qingqing se calmó un poco, Chen Zeming salió y
montó para partir.
Qingqing corrió hasta la entrada. Solo vio
cómo la figura de su esposo, cabalgando, se hacía cada vez más pequeña hasta
desaparecer al doblar la esquina. Inquieta, volvió a la habitación, sacó el
papel que él le había dado y lo examinó con detenimiento, pero seguía sin
entender su significado. Al ver la caligrafía firme, como hierro y plata, con
un eco de armas y acero, no pudo evitar presionar el papel contra su pecho.
Solo después de un largo rato logró tranquilizarse.
Pasaron unos días, y la escasez de grano en
la capital se volvió aún más grave. Aquel día, Qingqing se sentía pesada y se
levantó más tarde de lo habitual. Mientras se lavaba, oyó alboroto en el patio
y envió a una sirvienta a averiguar.
Pasó un rato sin que la sirvienta
regresara; en su lugar, el tío Gu llegó corriendo, agitando los brazos y
gritando con desesperación. Qingqing se sobresaltó. Solo escuchó al tío Gu
balbucear:
—¡Pasa algo malo, algo malo! La gente está
siendo caótica… la gente está golpeando la puerta.
Qingqing quedó horrorizada.
En esos días, debido a la escasez de
alimentos, la capital estaba sumida en el caos. Entre los vecinos ya había
familias acomodadas que habían sido saqueadas por hambrientos. La residencia de
los Chen, gracias a los guardias que Chen Zeming había entrenado años atrás
—hombres robustos, hábiles con el arco y el caballo—, aún imponía cierto
respeto, y nadie se había atrevido a acercarse. Pero ahora, incluso ellos se
atrevían a tirar de los bigotes del tigre.
Tras el primer momento de pánico, Qingqing
logró serenarse. Pensó que aquellos alborotadores no buscaban venganza, sino
que estaban desesperados por el hambre. Dijo apresuradamente:
—¿Y si… les damos un poco de grano?
El tío Gu golpeó el suelo con el pie:
—¿Cómo podríamos darles ahora? Primero,
porque ya no queda mucho en casa; segundo, si les damos a unos pocos, en cuanto
corra la voz vendrán cientos. Cuanta más gente, más caos. ¿Cómo van a resistir
unos pocos guardias y dos puertas?
Mientras hablaba, los gritos y maldiciones
afuera se intensificaron.
El tío Gu palideció:
—¡Ah, ah, esto es malo! Aún no hemos
repartido ni una cucharada de sopa y ya hay más y más gente. Por el ruido, me
temo que van a entrar por la fuerza.
Antes de que terminara la frase, un
estruendo sacudió la entrada: parecía que la puerta había sido derribada. El
clamor se precipitó hacia el interior.
Qingqing se quedó lívida. El tío Gu,
olvidando cualquier reparo de decoro, la tomó del brazo y la arrastró hacia el
sótano del patio trasero.
En medio del caos y la confusión, de pronto
un trueno lejano retumbó. El suelo tembló, haciendo difícil mantenerse en pie.
Todos quedaron petrificados, sin entender qué ocurría. Tras unos segundos, otro
estruendo resonó; esta vez se escuchó con más claridad. El sonido sordo parecía
venir de fuera de la ciudad, y el suelo vibraba con cada golpe, uno tras otro,
sin fin.
Los que habían irrumpido en la residencia
de los Chen se miraron entre sí. Aunque no comprendían qué era aquel ruido,
sabían que era señal de una calamidad inminente. Sin preocuparse ya por el
grano que no habían conseguido, huyeron en desbandada.
El tío Gu y Qingqing permanecieron atónitos
un buen rato antes de darse cuenta de que habían escapado por un pelo. Durante
ese tiempo, aquellos estruendos, semejantes a truenos ahogados, no cesaban.
Qingqing los escuchó con atención durante largo rato; el corazón le dio un
vuelco y quedó rígida, incapaz de moverse.
Aquellos extraños estampidos provenían
precisamente del lugar donde los dos ejércitos combatían en lo alto de la
muralla.
Y en ese momento, las calles que antes se
alineaban ordenadas dentro de la ciudadela eran ya un campo de ruinas y
desolación.
Entre los restos de tejas y ladrillos se
incrustaban enormes bloques de piedra. Caían del cielo y se hundían siete pies
en la tierra; todo lo que alcanzaban quedaba pulverizado, y los soldados del
Departamento de la Guardia del Palacio estaban completamente desorientados.
Los hunos habían levantado durante
la noche, al pie de la muralla, cientos de gigantescos cañones de piedra. Al
despuntar el alba, comenzaron a bombardear la ciudad sin descanso. Lo que
lanzaban eran bloques de varios cientos de jin cada uno. Nadie había
visto jamás semejantes máquinas. El imperio también tenía catapultas, sí, pero
ninguna capaz de arrojar piedras de ese tamaño. Nadie podía comprender cómo
aquellas estructuras de madera soportaban tal peso sin derrumbarse.
Las bajas de los días anteriores,
comparadas con esto, ya no significaban nada. Bajo aquella lluvia de rocas, el
número de heridos y muertos aumentó de forma vertiginosa. La moral del
Departamento de la Guardia se desmoronó de inmediato.
Aquello era demasiado aterrador: cuando se
ponían en marcha, el estruendo sacudía el cielo y la tierra, y nadie sobrevivía
a un impacto directo.
Chen Zeming, sorprendido por el repentino
cambio, quedó horrorizado; luego apretó los dientes hasta casi romperlos. Por
fin comprendió la verdadera razón por la que los hunos habían atacado
con tanta calma en los días anteriores: Lü Yan había estado esperando este
cañón. Qué rabia le daba haberse empeñado en contraatacar sin darse cuenta de
nada.
«¡He sido un obstinado!»
Sentía que el fuego abrasador de la
ansiedad le carbonizaba el pecho. No podía aceptar fracasar así, pero el cielo
nunca parecía ayudarlo. El odio le hacía arder los ojos.
—¡REFUERZOS…
YANG RUQIN, DUGU HANG… ¿DÓNDE ESTÁN?!
Las murallas de la capital estaban
construidas con una mezcla de barro y gachas de arroz glutinoso, famosas por su
solidez. Pero bajo semejante impacto, comenzaron a agrietarse y derrumbarse.
Chen Zeming envió de inmediato a reparar: se caía un tramo, se reparaba un
tramo. Bajo aquella lluvia de piedras, de cada cien hombres enviados, con
suerte regresaban setenta u ochenta; con mala suerte, apenas la mitad. Pero no
tenía alternativa: solo podía enviar hombres a morir.
Por fortuna, aquellos enormes cañones eran
difíciles de apuntar. De lo contrario, si los hunos se concentraban en
un solo punto, no habría forma de repararlo.
La lluvia de piedras continuó durante
varias horas, y desde la muralla no había manera de responder.
Chen Zeming estaba al borde de la
desesperación cuando, por fin, el enemigo detuvo el ataque. Tras un recuento
apresurado, las bajas ascendían a más de mil hombres. Chen Zeming recorrió los
campamentos; en cada lugar, los soldados estaban pálidos, temblorosos,
incapaces de articular palabra. El corazón de Chen Zeming se hundía más y más.
Si en ese momento no lograba estimularlos, la batalla sería imposible de
continuar. Pero nadie sabía cuándo volvería la lluvia de piedras.
Ordenó a los generales que buscaran de
inmediato lugares seguros donde ocultarse para la próxima ronda de ataques. Por
otro lado, no tuvo más remedio que “hundir sus barcos” y declarar que había
recibido el mensaje y que había refuerzos en camino. La moral se elevó.
Sin que nadie lo supiera, el corazón de
Chen Zeming estaba lleno de ansiedad y terror.
«¿Qué hago? ¿qué hago? ¿qué hago?»
Ese único pensamiento le martilleaba la
mente.
«¿Usar fuego?» Las estructuras de madera de los cañones
de piedra arderían con solo tocarlas, pero su alcance superaba con creces al de
los arcos: era imposible alcanzarlos.
«¿Usar ballestas de bastidor?» Su alcance era suficiente, pero tenían el
mismo defecto que los cañones: eran demasiado grandes para apuntar con
precisión, muy difícil acertar.
«¿Atacar por sorpresa para destruirlos?» Lü Yan sin duda habría previsto esa
jugada; debía de haber colocado trampas por todas partes.
Chen Zeming exprimió su ingenio hasta el
límite, pero todo fue en vano.
La desesperación lo invadió. ¿Acaso el
cielo quería ponerle trabas y negarle la oportunidad de redimirse? Xiao Ding se
la había dado, pero el cielo no. ¿Por qué? ¿Su enemigo no era Xiao Ding, ni Lü
Yan, sino el propio cielo? Se sintió aturdido. ¿Por qué? ¿Por qué debía
arrastrar a tantas personas a la muerte? ¿Qué había hecho para cargar con un
pecado que arruinaba al país y lo perseguiría hasta el inframundo…?
«¡No! ¡No! ¡Eso no es voluntad del cielo!» Volvió a recobrar el ánimo.
Mientras nada estuviera decidido, nadie
podía saber cuál era la voluntad del cielo. Sacudió de su mente todas aquellas
conjeturas pesadas o ligeras, absurdas o posibles. No tenía tiempo para pensar
en eso; lo que quería hacer iba mucho más allá.
No veía el camino bajo sus pies, así que
solo podía seguir avanzando, hasta el instante en que su cuerpo se hiciera
pedazos.
Al caer la tarde, el enemigo reanudó el
bombardeo. Desde lo alto de la muralla, los soldados vieron a los hunos arrastrar
carros en formación; en ellos transportaban aquellos enormes bloques de piedra.
También ellos necesitaban tiempo para preparar todo, por eso había pausas entre
ataque y ataque.
Esta vez, el Departamento de la Guardia del
Palacio estaba preparado. Se ocultaron con orden en las cámaras huecas del
interior de la muralla, y las bajas fueron mucho menores que antes. Sin
embargo, la muralla temblaba con cada impacto, y los tramos derrumbados seguían
necesitando reparación. En comparación con el ataque anterior, poco había
cambiado.
Todos contenían la respiración. Estaban
esperando algo. Nadie sabía qué les depararía el futuro.
Chen Zeming también estaba dentro de una de
esas cámaras. Apretaba la espada en su cintura y alzaba la cabeza para escuchar
cada golpe sordo. El sonido de las piedras al caer parecía justo encima de él;
solo por el estruendo ya podía aplastar a un hombre. Con cada vibración, una
capa de polvo se desprendía y caía sobre su cuerpo. Él no se movía, como si no
lo sintiera.
El tiempo pasaba lentamente en aquella
tortura, como una dama que arrastra una larga falda, aferrándose con languidez
a quienes la contemplan. Poco a poco, la gente notó que la frecuencia de las
piedras disminuía; el estruendo ensordecedor se hacía más escaso. Chen Zeming
envió a un soldado a inspeccionar la muralla. Al cabo de un rato, un soldado
regresó tambaleándose:
—¡GENERAL, GENERAL!… ¡LOS REFUERZOS! ¡LOS
REFUERZOS HAN LLEGADO!
Chen Zeming quedó atónito.
Hubo un instante de silencio. Luego, un
estallido de vítores llenó la cámara. Los gritos rebotaron en las paredes de la
bóveda, sin poder contenerse, y de pronto irrumpieron hacia afuera, explotando
en el aire.

