La Orden Del General 106

   

Capítulo 106.

 

Al entrar en palacio, por todas partes brillaban las luces; resultaba que Xiao Ding tampoco se había desvestido ni había conciliado el sueño.

 

Al ver llegar a Chen Zeming, Xiao Ding ordenó que trajeran un taburete ceremonial para concederle asiento. Chen Zeming se sobresaltó y se apresuró a rechazarlo.

 

Aquel taburete no era algo que cualquiera pudiera disfrutar ante el soberano; solo los cancilleres del Consejo de Asuntos de Estado podían sentarse en él.

 

Xiao Ding dijo:

Zhen ha redactado ya el edicto para nombrarte vicecomandante del Secretariado. Tendrás plena autoridad para manejar el asunto de la confusión en el ejército causada por Duan Qiyi. Mañana este edicto se emitirá junto con el sello correspondiente. Ese taburete, naturalmente, te corresponde.

 

Chen Zeming agradeció con solemnidad y, solo entonces, obedeció y tomó asiento.

 

Los dos quedaron frente a frente. A la luz de las lámparas, se veía en el entrecejo de Xiao Ding una nube de preocupación, evidente muestra de su ansiedad interior. Sin embargo, en sus palabras había una notable consideración: lo que mencionaba eran, en su mayoría, muestras de preocupación por Chen Zeming y por los soldados, sin el menor rastro de reproche.

 

El corazón de Chen Zeming era un torbellino de emociones. Estaba algo abstraído cuando oyó a Xiao Ding mencionar asuntos del pasado: dijo que el difunto padre de Chen Zeming, Chen Du, había sido un alto funcionario de la corte, que había dedicado toda su vida con diligencia y entrega; y que, retrocediendo una generación más, el padre de Chen Du también había servido al anterior emperador. La familia Chen podía considerarse tres generaciones de leales funcionarios.

 

Chen Zeming, que mantenía la cabeza baja en actitud respetuosa, no pudo evitar alzar la mirada hacia Xiao Ding al escuchar aquello.

 

Xiao Ding había estado atento a sus expresiones; en ese momento, sus ojos estaban fijos en él.

 

Así, esa mirada no la evitó ninguno de los dos.

 

Cuando sus miradas se cruzaron, ambos se sobresaltaron en silencio. Tras unos instantes de tensión, Chen Zeming fue quien finalmente bajó los párpados y dijo:

—Este funcionario una vez se desvió del camino; mis palabras y actos fueron una traición imperdonable. He avergonzado a mi familia… ¿cómo podría atreverme a hablar de lealtad…?

 

Dicho esto, abandonó el asiento y cayó de rodillas.

 

Xiao Ding se levantó, tomó su brazo derecho con sus propias manos y lo ayudó a incorporarse. Luego lo observó unos instantes más y dijo con solemnidad:

—Querido funcionario, en este momento sales a luchar por el país. Eso es lealtad.

 

 

Al decirlo, su expresión y su tono eran de una sinceridad tal que no permitían la menor duda.

 

Chen Zeming lo miró en silencio. Sabía bien que probablemente era fingido, y aun así sintió cierta conmoción.

 

Terminada la conversación, Chen Zeming se retiró del salón. Un asistente lo condujo a una de las habitaciones del ala norte dentro de la Puerta Longzong, donde se alojaban los guardias y los ministros de turno. Chen Zeming había servido muchos años como guardia del palacio, así que conocía cada rincón de aquel lugar como la palma de su mano.

 

El asistente escogió una habitación vacía y lo dejó entrar. Al salir, de pronto todo se oscureció a sus espaldas; al volverse, vio que la lámpara de la habitación se había apagado, y solo entonces se marchó tranquilo.

 

Aquel lugar estaba cerca de la puerta del palacio; incluso en plena noche, las torres de la entrada permanecían iluminadas. Por eso, aunque la habitación estaba oscura, aún se distinguía vagamente el mobiliario. Si el eunuco hubiera sido curioso y hubiese mirado dentro antes de irse, habría visto que las mantas de la cama estaban intactas y que, frente a la mesa, Chen Zeming, aún con la armadura puesta, permanecía sentado, absorto.

 

Xiao Ding lo había llamado solo para ganarse su favor; no había ningún asunto urgente.

 

Eso revelaba el desorden en el corazón de Xiao Ding. La situación era demasiado grave, algo que nadie había experimentado antes. La escasez de grano podía provocar disturbios; desde el pueblo hasta la corte, los problemas iban apareciendo capa tras capa. Xiao Ding temía ya no poder contener la situación, y por eso lo había convocado a medianoche. A veces, una persona necesita un compañero para que la presión no resulte tan insoportable.

 

Chen Zeming incluso pensó que, aunque Xiao Ding parecía sereno, en realidad debía de estar bastante perdido. Si él hubiera aprovechado el encuentro para preguntar por los asuntos del pasado, Xiao Ding quizá habría adoptado de inmediato una postura humilde, como arrepentido. ¿Tres generaciones de leales? Chen Zeming casi rió. ¿Cuánta presión debía soportar Xiao Ding para poder alabarlo con el rostro impasible? Pero ese hombre, en los momentos cruciales, era capaz de tragarse el orgullo; lo que otros no soportarían, él podía soportarlo a la fuerza. Eso era lo que Chen Zeming más admiraba de él.

 

Al final, Chen Zeming no dijo nada. Dejó que aquella escena se desarrollara en armonía, tal como estaba escrita en su guion.

 

Los asuntos del pasado ya no importaban; lo importante era un momento futuro. Él soportaba en silencio, aguardaba, ocultaba su filo y alimentaba su fuerza, todo por la esperanza de que algún día pudiera cumplir su deseo. Para él, en ese instante, solo aquel anhelo secreto e innombrable tenía peso; lo demás carecía de importancia.

 

Además, él también compartía esa sensación de agobio que tenía Xiao Ding. Ambos cargaban el mismo peso, viajaban en el mismo barco que hacía agua; solo remando juntos podrían hallar una salida. Poner zancadillas en la oscuridad no haría más que conducirlos a la destrucción.

 

Pero, aun así, podía ver la cautela de Xiao Ding. Estaba alerta, sin permitir que su verdadera intención se revelara, y al mismo tiempo mostraba un leve matiz de compasión. Durante su conversación, Chen Zeming lo vio toser varias veces. En su momento, él solo había logrado administrar dos dosis del veneno “Tres Ciruelas”, pero aquel veneno, de naturaleza extremadamente fría, seguía haciendo efecto.

 

Lo extraño era que Xiao Ding no mencionaba ni una palabra. Chen Zeming se sintió conmovido: «Realmente era capaz de no decir ni una sola sílaba al respecto.»

 

Así permaneció sentado en silencio, hasta que, al volver en sí, descubrió que por las celosías ya se filtraba un tenue resplandor. Estaba por amanecer; pronto abrirían las puertas del palacio.

 

Al llegar frente a la puerta, vio que el oficial de guardia se acercaba con su equipo. Eran viejos conocidos. Tras intercambiar unas palabras, el oficial ordenó que trajeran su caballo.

 

Chen Zeming tomó las riendas, pero no montó de inmediato. Tras despedirse con un gesto, salió del palacio caminando, llevando el caballo del ramal.

 

Entre el sonido de sus pasos y el roce de su ropa, el repiqueteo de los cascos del caballo resonaba con un ritmo abrupto y sorprendente. Después de avanzar un trecho, Chen Zeming se volvió. La niebla matinal del otoño era tenue y helada; a lo lejos, la puerta del palacio se abría como la boca de una bestia serpentina.

 

En la luz incierta del alba, solo los altos y majestuosos palacios lo observaban en silencio.

 

Lo contempló largo rato y, finalmente, montó y partió al galope.

 

Era un pequeño patio elegante, con muros blancos y tejas negras. Sobre el muro asomaban ramas de bambú tan verdes que parecían destilar agua, como en una pintura de tinta.

 

Chen Zeming se detuvo ante la puerta y llamó suavemente al aldabón.

 

El sonido metálico se extendió por el callejón en un eco apagado. Nadie salió a mirar; no se sabía si la gente de aquella calle había abandonado sus hogares o si todos estaban ya acostumbrados a esa quietud.

 

Pasó un buen rato antes de que la puerta se abriera. En el umbral apareció un niño hermoso, bostezando mientras se frotaba los ojos, con una pereza adorable que casi parecía sacada de un cuadro.

 

Chen Zeming dijo:

—Pequeño hermano, ¿el señor Wang sigue aún en la capital? 

 

Su voz era suave y profunda, como si temiera romper aquella calma ociosa.

 

El niño bajó la mano, lo miró unos instantes y, de pronto, pareció comprender:

—¿Tú eres… el general Chen?

 

***

 

Qingqing llevaba muchos días sin ver a Chen Zeming.

 

Como mujer embarazada de varios meses, deseaba de verdad que alguien pudiera venir de vez en cuando a preguntarle cómo estaba, a ofrecerle un poco de calor humano. Pero su esposo estaba en el frente, y ella solo podía esperar en casa.

 

Aunque la familia Chen era conocida como una casa militar, en este tipo de asuntos las noticias no les llegaban con facilidad. Dependían sobre todo de que el tío Gu fuera y viniera cada día para entregar medicinas, y así traer de vuelta alguna información del ejército.

 

Por eso, cada vez que él entregaba las medicinas, Qingqing siempre lo llamaba para interrogarlo durante un buen rato.

 

Sin embargo, lo que el tío Gu podía contar era siempre muy limitado: él mismo tenía pocas oportunidades de ver a Chen Zeming. Solo sabía que había combates todos los días, que la gente seguía resultando herida sin parar, y que Chen Zeming estaba siempre ocupado.

 

Qingqing se sentía muy frustrada.

 

Las respuestas del tío Gu eran siempre las mismas; ella casi podía recitarlas de memoria. Aun así, insistía en preguntarle personalmente cada día. Aunque lo que saliera de su boca fueran las mismas frases de siempre, mientras supiera que Chen Zeming seguía a salvo, podía sentirse un poco más tranquila.

 

Los días pasaban uno tras otro en esa espera.

 

Poco a poco, incluso ella, recluida en lo más profundo del patio, empezó a notar que la situación no era buena. El tío Gu se quejaba sin parar, y así toda la familia se enteró de los rumores sobre el alza descontrolada del precio del arroz. Los alimentos y el aceite eran cada vez más caros. Por fortuna, la casa aún tenía reservas suficientes para aguantar unos días más… pero ¿y después? Toda la ciudad empezaba a sumirse en un estado de pánico. El tío Gu repetía cada día a los sirvientes que cerraran bien las puertas, temeroso de que alguien aprovechara el caos para causar problemas.

 

Todo eso lo manejaba el mayordomo; Qingqing no tenía que intervenir, ni tenía ánimo para hacerlo. Lo que más la angustiaba era Chen Zeming. Con la ciudad en tal estado, ¿cuánto debía de dolerle a él el corazón? Qué ardua debía de ser la tarea de defender la ciudad en un momento así.

 

No esperaba que, al abrir la puerta aquella mañana, lo primero que viera fuera precisamente a la persona por la que había perdido tantas noches de sueño.

 

Chen Zeming estaba de pie afuera, con la mano levantada como si estuviera a punto de llamar. Al verla salir, no pudo evitar mostrar cierta sorpresa. Su mirada descendió, y vio que el vientre de Qingqing estaba ahora mucho más abultado que antes.

 

Chen Zeming la observó unos instantes, luego alzó la vista hacia ella y sonrió levemente.

 

Qingqing se quedó boquiabierta, mirando a su esposo aún con la armadura puesta y el rostro lleno de cansancio, incapaz de pronunciar palabra durante un largo rato.

 

Al ver que las lágrimas ya estaban a punto de caer de los ojos de Qingqing, Chen Zeming extendió los brazos y la atrajo hacia su pecho.

 

Qingqing apoyó la cabeza en su hombro. Entre lágrimas, vio cómo el tío Gu, que estaba no muy lejos, se ponía repentinamente nervioso y se retiraba de puntillas.

 

Chen Zeming había vuelto a casa hacía ya un rato; había hablado con el tío Gu sobre los asuntos domésticos antes de dirigirse al patio trasero para ver a Qingqing.

 

Una vez dentro de la habitación, Chen Zeming volvió a recordarle algunas cosas, nada más que advertencias para que cuidara su salud. Qingqing lo examinó con sumo cuidado, de arriba abajo. Chen Zeming sonrió:

—¿No has visto nunca a tu esposo con armadura?

 

El corazón de Qingqing latía sin responder.

 

Tras intercambiar unas palabras, Chen Zeming sacó de su pecho una carta y le pidió que la guardara bien.

 

Qingqing la tomó. En el papel solo había escrita una dirección, con una caligrafía muy familiar: la de Chen Zeming.

 

Qingqing se quedó desconcertada.

 

Chen Zeming dejó de sonreír y dijo:

—Esto es lo que sostiene la vida de la familia Chen. Guárdalo bien. Si algún día muero en el campo de batalla, busca la oportunidad de entregar esto al señor Yang o al señor Wei, y luego procura abandonar la capital. En la familia Chen solo quedo yo como único hijo; no puedo permitir que la sangre se extinga conmigo.

 

Al oír estas palabras, Qingqing lo miró atónita, y no pudo evitar sentir pánico y angustia.

 

Chen Zeming suspiró levemente, tomó sus manos entre las suyas y dijo:

—Es solo por si acaso.

 

Qingqing permaneció un buen rato con las manos atrapadas entre las suyas, hasta que sus dedos helados recuperaron el calor. Al ver la sonrisa en su rostro, el dolor en su corazón se volvió insoportable, pero no se atrevió a preguntar más. Solo pudo contener su inquietud y guardar aquel papel en el fondo de su caja de joyas.