Capítulo 97
Xiao Panyun palideció de terror; los
generales de la Guardia del Palacio se miraron entre sí, desconcertados. Xiao
Panyun gritó con urgencia:
—¡Formad filas para recibir al enemigo!
La orden se transmitió, pero mientras
algunos obedecieron de inmediato, otros dudaron y se quedaron inmóviles a
propósito.
En un momento tan crítico, lo primero que
pensaban ya no era en la disciplina militar, sino en su propio porvenir. El
vuelco repentino de la situación era sorprendente, pero los cambios del corazón
humano eran aún más imprevisibles que el propio caos.
La formación no terminaba de tomar forma.
Xiao Panyun, viendo que el instante decisivo estaba a punto de escaparse, se
enfureció y rugió contra varios subcomandantes que retrasaban deliberadamente
sus movimientos.
Esos oficiales se intercambiaron una
mirada.
Xiao Panyun bramó:
—¡ESE NO ES MÁS QUE UN EMPERADOR DEPUESTO!
¡EL VERDADERO SOBERANO SIGUE EN MANOS DE LOS HUNOS! ¿ACASO QUERÉIS COMETER
TRAICIÓN?
No había terminado de hablar cuándo, desde
lo alto, se escuchó una carcajada. Los hombres de la Guardia del Palacio
levantaron la vista: era Du Jindan, asomado medio cuerpo sobre la baranda de
los escalones de jade. Se reía mientras decía:
—Comandante Xiao, parece que al fin tú y yo
hemos llegado al mismo destino —Señaló a Xiao Ding— Con ese hombre
apareciendo, ¿para qué sigues preocupándote por ese otro Emperador Xiao…? En el
camino al inframundo, cuantos más compañeros, mejor.
Al oírlo, los presentes quedaron aún más
desconcertados.
Xiao Panyun vio la vacilación en sus tropas
y se llenó de rabia. Pensó para sí que el Príncipe Regente ya debería haber
cortado de una vez a ese loco. Desde donde estaba, al pie de los escalones, no
podía ver el estado de aturdimiento en que se encontraba Chen Zeming.
Pero no era Chen Zeming el único que
actuaba de forma extraña.
Tras unos instantes, una figura saltó por
encima de la baranda y cayó entre los soldados. De un manotazo arrebató un arco
poderoso, lo tensó hasta formar una luna llena y apuntó directamente hacia la
Puerta Chaohua.
Xiao Panyun fijó la mirada: era Dugu Hang.
Aquel joven general ya no tenía el
semblante frío de siempre. Su rostro alternaba entre rojo y pálido; la frente
le brillaba de sudor. Sus ojos parecían arder, y la punta de la flecha temblaba
ligeramente, como si la agitación le impidiera controlar la respiración.
Xiao Panyun ya estaba sumido en el pánico;
al ver que incluso Dugu Hang mostraba tal pérdida de control, el sudor le
corría por la frente. Enfurecido y ansioso, giró el caballo y levantó el látigo
para golpear a los subcomandantes que no obedecían sus órdenes.
Pero aquellos hombres, tras presenciar la
escena de Xiao Ding apareciendo con sus tropas como un dios descendido sin
ruido alguno, ya habían perdido toda voluntad de luchar y albergaban intención
de rendirse. Cuando Xiao Panyun los reprendió antes, ninguno se atrevió a
replicar, pero todos habían visto en los ojos de los demás la misma idea.
Ahora, aprovechando que él se acercaba, los
subcomandantes espolearon sus caballos al unísono, formando una línea que lo
separó de sus guardias. Uno de ellos desenvainó la espada y, en el instante en
que Xiao Panyun quedó paralizado por el susto, le clavó la hoja en el pecho.
Los guardias apenas tuvieron tiempo de
reaccionar: su comandante ya había caído del caballo, muerto.
Los soldados que formaban la línea al
frente escucharon el alboroto detrás y no entendieron qué ocurría. Cuando la
noticia de la muerte de Xiao Panyun se propagó, la formación, que apenas
empezaba a tomar forma, se desmoronó al instante.
Aunque Xiao Panyun no era un general de
gran prestigio, llevaba tiempo en el ejército y tenía algunos hombres leales.
Al verlo morir injustamente, cabalgaron de inmediato para vengarlo.
Y aquellos que deseaban rendirse,
precisamente pensaban matar a esos leales para ganar méritos.
Así, antes de que Xiao Ding y los suyos
siquiera actuaran, la Guardia del Palacio, descabezada, comenzó a matarse entre
sí.
Los gritos y el estrépito despertaron a
Chen Zeming de su aturdimiento.
Miró hacia abajo y, horrorizado por la
escena, aspiró una bocanada de aire.
A su lado, la risa triunfal de Du Jindan no
cesaba. Chen Zeming no pudo contenerse; giró la cabeza y preguntó en voz baja:
—¿Por qué te aliaste con los hunos?
¿Por qué traicionaste a tu país?
Esa pregunta tocaba el núcleo de toda su fe
en la vida, por eso la formuló con tanta solemnidad.
Du Jindan, de cabellos y barba blancos,
siempre había cuidado su porte. Pero tras la persecución de Dugu Hang, su moño,
antes impecable, estaba deshecho, y la corona que debía llevar en la cabeza
había desaparecido quién sabía dónde. Su aspecto era lamentable, pero en sus
ojos no había rastro de derrota; solo miraba a Chen Zeming con una sonrisa.
—¿Y por qué habría de ser siempre un
miembro de la familia Xiao quien ocupe el trono? Una familia donde el padre
sospecha del hijo y el hijo mata a la madre… ¿qué tiene de especial? El trono
debe pertenecer al más capaz. ¿Qué hay de malo en eso?
Chen Zeming inhaló bruscamente.
—¿Tanta ambición tenías?
Pero aún dudaba. Aunque Du Jindan tenía
amplias conexiones y raíces profundas en la corte, sus hombres de confianza
nunca habían ocupado cargos clave ni tenían poder militar. Por eso ni él ni
Xiao Jin lo habían considerado una amenaza real. Sin tropas, ¿qué podía lograr
solo con intrigas?
Sin embargo, al escucharlo admitirlo tan
abiertamente, Chen Zeming ya no sabía qué pensar.
Du Jindan dijo:
—A estas alturas, contártelo no cambia
nada. De todos modos, no escaparás. Esta oportunidad no la busqué yo… fue su
padre quien me la entregó en bandeja.
Chen Zeming preguntó:
—¿Te refieres al edicto póstumo del difunto
emperador? ¿Entonces ese edicto era realmente auténtico?
Du Jindan ladeó la cabeza y, de pronto,
soltó una carcajada.
—Por supuesto que era falso. ¡El verdadero
ya lo quemó Xiao Ding hace mucho! Junto con su madre adoptiva… y junto con la
mujer que tú amabas. ¿Ya olvidaste aquel fuego? Ardió toda la noche, tan alto
que iluminó medio cielo sobre la capital.
Las palabras golpearon a Chen Zeming como
un mazazo; casi se desplomó.
Du Jindan lo observaba riendo. Aquel viejo
sabía que no tenía escapatoria, así que, antes de morir, arrastrar a otro
consigo era un consuelo. Y si ese “otro” era precisamente el enemigo que lo
había acorralado hasta este punto, la sensación de revancha era
indescriptiblemente deliciosa.
Los ojos de Chen Zeming se enrojecieron;
respiraba tan agitado que apenas podía pronunciar:
—Entonces hiciste un edicto falso… ¡y me
arrastraste contigo!
Du Jindan soltó una carcajada aún mayor.
—¿Y quién te mandó a odiarlo tanto? ¿Quién
mandó a su padre a no confiar en él ni en su lecho de muerte? ¿Y quién mandó a
que solo yo hubiera visto ese edicto? Una oportunidad así solo ocurre una vez
en la vida. ¿Por qué no iba a intentarlo?
Chen Zeming tambaleó. Los escalones de jade
eran demasiado altos; sentía que los pies le fallaban y que en cualquier
momento caería rodando.
Tantas noches de insomnio, de dolor y
culpa… y todo era merecido. Todo lo que había hecho, traicionando sus propias
convicciones, no había sido más que el instrumento de otro. Ahora que todo
había llegado a un punto sin retorno, ¿qué debía hacer? ¿Cómo podrían descansar
los espíritus de los soldados muertos en el campo de batalla?
«… ¿Qué clase de hombre podría cargar con
un pecado tan grande?»
Miró a Du Jindan, aunque parecía no verlo;
en sus ojos asomaba un brillo húmedo, a punto de desbordarse.
Du Jindan sonrió.
—Xiao Ding ha recuperado el poder. Parece
que ya tiene la victoria en la palma de la mano. Si yo fuera él, no te mataría…
Dejarte vivo serviría para luchar contra los hunos y, de paso, calmar al
pueblo. Y cuando todo estuviera resuelto, ya habría tiempo de hacerte vivir
peor que la muerte…
Chen Zeming murmuró, aturdido:
—…Peor que la muerte…
Du Jindan murmuró, como si compartiera un
secreto:
—Él es justamente ese tipo de persona…
Se acercó lentamente a Chen Zeming,
extendió la mano y le sujetó la muñeca, intentando aflojar la espada de sus
dedos.
Chen Zeming, ausente, dejó que le tomara la
mano y le abriera los dedos uno a uno. Pero en el instante en que el arma se
desprendió de su palma, un estremecimiento lo despertó de golpe. Retrocedió
bruscamente y alzó el pie, pateando la espada, justo cuando pasaba a manos de
Du Jindan.
Du Jindan no tuvo tiempo de reaccionar; el
golpe le dio de lleno en la muñeca. El dolor fue tan agudo que tuvo que
llevarse la mano al brazo herido.
Chen Zeming saltó y atrapó la espada en el
aire.
Un destello de acero pasó… y la cabeza de
Du Jindan salió volando varios pasos, girando en el aire. Un chorro de sangre
brotó con fuerza, golpeó la puerta del salón y luego resbaló lentamente hacia
abajo.
Su mano izquierda apenas alcanzó a tocar la
muñeca derecha antes de caer, y su cuerpo entero se desplomó sin vida.
Tras matarlo, Chen Zeming quedó inmóvil un
instante. Luego avanzó, recogió la cabeza y caminó con pasos firmes hasta la
baranda. La alzó y rugió:
—¡Todos, deteneos!
Los soldados que se mataban entre sí
quedaron atónitos y levantaron la vista.
La sangre que goteaba de la cabeza cayó
sobre los rostros de los soldados de abajo, aún tibia.
A lo lejos, bajo la Puerta Chaohua, Xiao
Ding observó sorprendido que Chen Zeming había matado a Du Jindan. No sabía si
lo hacía por sobrevivir o por otra razón, pero no mostró nada en su rostro;
simplemente aguardó.
Chen Zeming, tras detener la matanza,
comenzó a descender los escalones.
Xiao Ding no apartó la mirada.
Chen Zeming bajó la escalinata de jade,
pasó junto a Dugu Hang —que aún sostenía el arco—, pasó junto a los soldados
que habían detenido sus armas, y avanzó hasta el espacio vacío entre los dos
bandos enfrentados.
Desde ambos extremos de la plaza, todos lo
observaban en silencio.
Con la cabeza ensangrentada en alto, su
figura solitaria parecía aún más aislada en aquel círculo de varios metros
donde no había nadie más.
El viento rozó los bordes de su túnica,
pasó por su frente; era un viento travieso, incapaz de ver el dolor de aquel
hombre.
Yang Ruqin, al mirarlo, pareció comprender
algo y bajó la vista.
Tras un momento de silencio, Chen Zeming
arrojó la cabeza de Du Jindan.
El gesto estaba cargado de desprecio y de
un odio que le calaba los huesos. La lanzó con tal fuerza que parecía querer
convertirla en pulpa. Ya no necesitaba mostrar respeto hacia un muerto.
Yan Qing apretó con fuerza la empuñadura de
su espada, pero no llegó a desenvainarla. Vio cómo su antiguo superior
vacilaba, como si apenas pudiera mantenerse en pie.
Y entonces, Chen Zeming se arrodilló.
Los ojos de Yan Qing se abrieron de par en
par.
Chen Zeming se inclinó hacia Xiao Ding y
realizó tres postraciones y nueve reverencias, exactamente como lo había hecho
años atrás.
Todos quedaron petrificados. Contuvieron el
aliento mientras observaban cada uno de sus movimientos.
Chen Zeming casi no respiraba.
Al terminar, se incorporó.
Su cabello estaba cubierto de polvo; la
frente, enrojecida por el golpe contra el suelo. No le importó. Miró a Dugu
Hang y a los demás, que seguían boquiabiertos.
Luego volvió la vista hacia Xiao Ding y,
con una voz ronca, temblorosa, pero profunda y poderosa, gritó para que todos
pudieran oírlo:
—¡LARGA VIDA A SU MAJESTAD! ¡LARGA VIDA!
¡LARGA VIDA SIN FIN!
Los generales de la Guardia del Palacio
—tanto los que habían matado a Xiao Panyun como los que querían vengarlo—
quedaron paralizados ante aquel giro inesperado.
Miraron la espalda de Chen Zeming sin saber
qué hacer.
Solo después de un largo instante
comenzaron a comprender. Uno tras otro, desmontaron y se arrodillaron.
Du Jindan estaba muerto. Xiao Panyun
también. Entre los ministros que quedaban, el de mayor rango era Chen Zeming, y
el único capaz de controlar a la Guardia del Palacio también era él. Si él se
rendía, no había razón para seguir luchando.
La realidad era clara y contundente. Los
generales la aceptaron y se postraron ante Xiao Ding.
El clamor de las aclamaciones llegó hasta
fuera de la Puerta Chaohua. Los funcionarios, al darse cuenta de que la batalla
había terminado, también se arrodillaron. Dentro y fuera del palacio, todos
corearon “¡LARGA VIDA AL EMPERADOR!”, sus voces retumbando como un trueno. El
viento rugía sobre los tejados, uniéndose al estruendo.
La Puerta Chaohua era la más majestuosa y
elevada de todo el palacio, imponente y de vista amplia. Xiao Ding había
recibido allí a innumerables enviados, mostrando la grandeza del imperio.
Y hoy, allí mismo, recuperaba su mundo.

