La Orden Del General 70

   

Capítulo 70

 

Aquel breve intercambio de palabras encerraba en realidad un significado profundo. Xiao Jin quizás no lo percibió, pero Xiao Ding sabía que, en ese instante, había tomado una decisión de vida o muerte.

 

La repentina visita de Xiao Jin ya había despertado en él una fuerte alarma.

 

Llevaba encerrado allí más de un año y medio. Xiao Jin nunca se había presentado, ni siquiera había enviado mensajes. Era evidente que no le importaba demasiado. Y ahora, justo cuando Chen Zeming había sido enviado a la guerra, Xiao Jin aparecía de pronto. Por el momento elegido, era un presagio ominoso.

 

Después, Xiao Jin comenzó a mostrar cortesía, a preguntar por su salud, hasta que, con torpeza, logró llevar la conversación hacia el Príncipe Regente. Solo entonces Xiao Ding comprendió: el peligro inmediato no era él… sino Chen Zeming, que en ese momento ostentaba un poder descomunal.

 

Xiao Ding no sabía cómo habían llegado esos rumores a oídos de Xiao Jin, pero el resultado era claro: la confianza de Xiao Jin en Chen Zeming se había tambaleado.

 

Por lo que podía deducirse, su primera sospecha recayó sobre Du Jindan.

 

En realidad, todo aquello no le concernía directamente. Y tenía cierto sabor a “perros mordiéndose entre sí”. Si pudiera mantenerse al margen, lo disfrutaría como una obra teatral, y hasta haría comentarios con una sonrisa.

 

Pero no podía.

 

Aunque él y Chen Zeming se guardaban rencores, ahora eran como dos insectos atados por la misma cuerda. Xiao Ding sabía muy bien que era gracias a Chen Zeming que los intentos de asesinato, tanto abiertos como encubiertos, no habían tenido éxito.

 

Aunque no quería admitirlo, en ese momento había entre ellos una especie de dependencia mutua. Cada vez que pensaba en esa expresión —“como labios y dientes”— no podía evitar estremecerse, fruncir el ceño y sentirse irritado por largo rato.

 

Por eso, aquellas palabras suyas no buscaban protegerse a sí mismo… sino a Chen Zeming.

 

Solo si Chen Zeming no caía, él tendría una oportunidad de sobrevivir.

 

Necesitaba que Xiao Jin creyera que entre él y Chen Zeming había una oposición absoluta. Que, tanto en el pasado como en el presente —incluso en lo íntimo—, la relación era la de un agresor y un forzado.

 

Y eso, de hecho, era cierto.

 

Por supuesto, antes había considerado su propia seguridad.

 

Pero que un Emperador se divirtiera con algún ministro… no era gran cosa. Ya antes, Xiao Jin había perdonado crímenes mucho más graves, como el incendio que arrasó con toda la familia imperial. Por respeto a la virtud de la clemencia, no lo había ejecutado. Así que esta supuesta “pasión por los hombres” no podía servir como excusa. Incluso si Xiao Jin ardía de celos, tendría que buscar otro motivo más aceptable para deshacerse de él.

 

Y para entonces, Chen Zeming ya debería haber regresado del frente.

 

Fue con base en ese cálculo que Xiao Ding decidió cargar con toda la culpa.

 

Para su sorpresa, ese tonto de Xiao Jin parecía haber disipado por completo sus dudas, y hasta mostraba una sonrisa de satisfacción.

 

Ante tal reacción, Xiao Ding sacó otra conclusión: ese muchacho sentía por Chen Zeming una admiración servil, una especie de amor no correspondido.

 

Aunque Chen Zeming hubiera yacido bajo él, mientras no hubiera sido por voluntad propia, Xiao Jin era capaz de ignorarlo con total complacencia.

 

Xiao Ding se sentía entre irritado y despreciativo. ¿Cómo podía la familia Xiao haber producido semejante inútil… y encima hacerlo emperador? Consentir a un ministro ya era bastante, pero… ¿jugar así?

 

«Chen Zeming, de verdad que tienes talento» pensó, con una risa fría.

 

Después de todo esto, no pudo evitar reírse. «¿Qué haría Xiao Jin? ¿Cómo reaccionaría Chen Zeming?»

 

En cualquier caso, el futuro de la corte prometía ser caótico. Lo pensaba con calma, pero no lograba sacudirse una extraña inquietud que le rondaba el pecho.

 

Du Jindan también se enteró de aquel encuentro. El anciano quedó estupefacto.

 

Sabía que Xiao Jin tenía el corazón de un adolescente, pero que fuera tan ingenuo como para preguntar directamente… y sacar conclusiones a partir de eso… no era algo que cualquiera pudiera hacer.

 

No hacía falta preguntar: Xiao Ding, con su astucia de viejo zorro, había engañado al joven con suma facilidad.

 

Du Jindan se sentía profundamente frustrado. De haberlo sabido, habría redactado su informe secreto con mayor contundencia, sin tanta ambigüedad.

 

Siempre había creído que cuanto más vagas eran las palabras, más fácil era que los demás se confundieran. Porque la mayoría de los detalles no se reciben… se imaginan. Y uno tiende a aferrarse con terquedad a sus propias deducciones.

 

Su intención original era despertar en Xiao Jin el deseo de eliminar a su hermano mayor. Esquivar la estricta vigilancia de Dugu Hang para matar a alguien… no era tarea fácil. Y más aún después del reciente movimiento de tropas por parte del Departamento de la Guardia Imperial, que lo había dejado tan sorprendido que tuvo que suspender su plan largamente preparado, además, le quitó el valor para intentar cualquier otra acción.

 

Pero que el Príncipe Regente estuviera fuera de la capital… era una oportunidad única. No hacer nada y dejar que el momento se perdiera… sería un desperdicio imperdonable.

 

Además, esos viejos asuntos servían de paso para avivar las sospechas de Xiao Jin hacia Chen Zeming.

 

Du Jindan se decía a sí mismo que era una jugada de doble filo, bastante ingeniosa.

 

Pero Xiao Jin, en su torpeza, fue directamente a preguntarle a Xiao Ding.

 

Du Jindan sintió como si hubiera lanzado un puñetazo… y hubiera golpeado algodón. No tuvo más remedio que admitir que esa acción tan directa y carente de sutileza había arruinado por completo el efecto que él buscaba.

 

Según los rumores que llegaban desde palacio, el emperador depuesto había llorado sin cesar ante Su Majestad, mostrando un sincero arrepentimiento. Y el emperador, fiel a su fama de benevolente, incluso le había otorgado nuevos sutras budistas como recompensa.

 

Du Jindan estaba furioso, aunque no podía mostrarlo en lo más mínimo.

 

Él y Xiao Ding competían a través de un tercero, y estaba claro que el otro no había perdido terreno.

 

A pesar de tener el poder en sus manos, seguía sin poder eliminar a Xiao Ding.

 

Esa frustración le hizo comprender que debía cambiar su forma de actuar.

 

La superficialidad de Xiao Jin lo obligaba a transformar sus intrigas —antes sutiles y refinadas, motivo de orgullo— en maniobras más directas y evidentes, si quería que surtieran efecto.

 

Y en ese mismo momento, Lü Yan enviaba emisarios, intentando poner fin a la guerra por medios pacíficos.