Capítulo 69
Pero Du Jindan no parecía tener intención
de continuar con el tema. Tras decir aquello, guardó silencio.
—¿Y eso… cómo se explica? —Xiao Jin esperó
un momento, pero no pudo evitar preguntar.
Sabía que aquello concernía a la reputación
del Príncipe Regente, y que indagar en secreto no era lo más correcto. Pero no
podía reprimir la oleada de anhelo y curiosidad que lo desbordaba. En ese
momento, Chen Zeming era para él una forma de deseo. Solo quería saber más.
Sabía que eso era codicia.
Así que solo pudo consolarse pensando que,
si era en secreto, codiciar no era un pecado.
Du Jindan adoptó un aire vacilante.
—Este viejo Ministro solo ha oído rumores
vagos… cosas que se dicen en las calles. No pueden tomarse como verdad, y no me
atrevería a mancillar los oídos del Su Majestad con palabras imprudentes.
Xiao Jin estuvo a punto de levantarse de
golpe. Le habría gustado tomar a ese anciano por el cuello y arrancarle cada
palabra.
Se contuvo. Con esfuerzo, dijo con
lentitud:
—Te absuelvo de toda culpa. Habla sin
temor.
Du Jindan sonrió, se inclinó levemente y
aceptó la orden.
Cuando Du Jindan se retiró lentamente del
pabellón lateral, Xiao Jin aún permanecía aturdido en el trono imperial.
Cuando aún era el Príncipe Rong, ya había
oído rumores sobre la afición de Xiao Ding por los hombres. Que un emperador
tuviera ciertas inclinaciones no era asunto que los ministros debieran juzgar.
Xiao Jin nunca lo tomó en serio, ni se atrevió a pensarlo demasiado. Pero jamás
habría imaginado que el Príncipe Regente, Chen Zeming —ese hombre de porte
marcial, forjado en mil batallas— pudiera ser también uno de ellos…
«Entonces… ¿cuál fue la verdadera cara de
aquella revuelta? ¿Cuál fue el motivo real por el que mi hermano mayor fue
depuesto y confinado?»
De pronto, Xiao Jin sintió que el corazón
le daba un vuelco.
El joven Xiao Jin comprendía que había una
cuenta turbia en todo esto, que la verdad estaba oculta tras algo llamado
“política”. Y era precisamente eso lo que había dado forma al presente que él
vivía… mientras él no sabía nada.
Se miró a sí mismo, y se dio cuenta con
horror de que aquel trono imperial estaba, en realidad, asentado sobre arenas
movedizas.
Y que él, desde siempre, había estado en el
ojo del huracán… sin saberlo.
La luz del sol se filtraba por la puerta
del salón. Sus hombros jóvenes y delgados se encogían, pegados al respaldo del
trono. Él y el trono estaban a unos pasos del haz de luz. Con la mirada baja,
el ceño fruncido y el gesto perdido, su expresión lo decía todo: una súbita
revelación, y una confusión que lo desbordaba.
Du Jindan lo observó un momento, y en la
comisura de sus labios se dibujó una sonrisa extraña, que bien podría llamarse
satisfacción.
El eunuco condujo a Du Jindan fuera del
palacio.
Al llegar a un rincón apartado, el eunuco
se detuvo, se volvió y dijo:
—Mi señor.
Du Jindan miró a ambos lados, asintió y
bajó la voz:
—¿Qué dice el señor Huang?
El eunuco respondió en susurros:
—En estos días, la vigilancia en palacio se
ha vuelto mucho más estricta. Las rondas se han multiplicado… El señor Huang
dice que, por ahora… será difícil actuar.
Du Jindan frunció el ceño, sus cejas
blancas se apretaron.
—¿Qué ha pasado?
—Se dice que la orden vino del Departamento
de la Guardia Imperial —dijo el eunuco
Du Jindan murmuró con duda:
—¿Yan Qing?… No —se corrigió de inmediato.
«Acaba de llegar a Beijing, su base es aún
débil. No podría haberlo percibido. Debe haber alguien más detrás… ¿Podría ser
Chen Zeming?»
Cayó en profunda reflexión.
Justo cuando ambos guardaban silencio, el
eunuco frente a él se inclinó y alzó la voz:
—¿Se siente mejor, mi señor? Por favor,
acompáñeme.
Al fondo del callejón, dos sirvientes del
palacio pasaban con cajas de comida en las manos. Una silueta esbelta cruzó
fugazmente.
Du Jindan, al ver que el lugar no era
propicio, no dijo más y recogió sus pensamientos.
Uno detrás del otro, llegaron hasta la
puerta del palacio. Du Jindan se volvió y dijo:
—Dígale al señor Huang que, ya que es así,
hablaremos en unos días.
A sus espaldas, las lanzas y espadas de los
guardias brillaban al sol. Él lo dijo con total naturalidad, sin embargo, nadie
lo miró.
Así es el mundo: cuanto más se actúa bajo
la luz del sol, menos sospechas se despiertan. Nadie imagina que pueda tratarse
de una conspiración.
El eunuco respondió con respeto.
Tras el caos interior, Xiao Jin sintió de
pronto un impulso: quería ver a Xiao Ding. Aunque no sabía qué haría al verlo.
Hasta ahora, nunca había tenido el valor de
hacerlo. Pero en ese momento, sentía que no podía evitarlo.
Lo que Du Jindan había dicho no tenía por
qué ser la verdad. El viejo mismo había admitido que eran rumores.
Aun así, él seguía aferrado a esa
esperanza.
La vigilancia frente al Palacio Jinghua era
estricta.
Tras preguntar, Xiao Jin se enteró de que
quien custodiaba el lugar era Dugu Hang —el general favorito de Chen Zeming.
En otro tiempo, al ver aquello, solo habría
sentido admiración por la eficacia de la División de Túnicas Negras, por su
vigilancia impecable, por la tranquilidad que ofrecía. Pero en el presente, esa
solemnidad le resultaba extrañamente hiriente.
¿Lo hacía el Príncipe Regente Chen para
proteger a su hermano?
¿O era, en realidad, una forma de
mantenerlo bajo control?
Cuanto más pensaba, más sentido le
encontraba a aquella idea. Y cuanto más sentido le encontraba, más incómodo se
sentía, hasta que las piernas comenzaron a flaquearle.
Al entrar en el patio, el aroma persistente
del sándalo lo tranquilizó un poco. La madre de Xiao Jin era devota, y en la
residencia del príncipe, aquel perfume había sido una presencia constante
durante años.
Xiao Jin se detuvo bajo un árbol. Aquella
quietud le ayudó a calmar el impulso que lo había traído hasta allí.
Xiao Ding, al enterarse de su llegada,
salió de inmediato. Al verlo, se sobresaltó y, acto seguido, se postró en el
suelo.
Xiao Jin contempló con asombro a su hermano
mayor, a quien no veía desde hacía tanto tiempo, ahora postrado ante él.
Xiao Ding estaba visiblemente más delgado,
con el semblante apagado, vestido apenas con ropas sencillas. Parecía haber
perdido toda aquella aura imponente que antes lo envolvía como una hoja
afilada. Su luz, otrora deslumbrante, se había apagado.
Ya no era aquel soberano altivo y dominante
de antaño.
El contraste era tan grande que Xiao Jin
apenas podía asimilarlo. Había llegado lleno de resentimiento, pero al ver el
estado en que se encontraba su hermano mayor, comprendió que este ya llevaba
tiempo sumido en la ruina.
Tras vacilar un momento, solo pudo llegar a
una conclusión: el Príncipe Regente no parecía haberle dado trato preferente a
este prisionero.
Sintió una punzada de vergüenza por sus
sospechas anteriores. La lealtad del Príncipe Regente… probablemente no era
fingida. De pronto, su corazón se sintió más firme.
Xiao Ding seguía arrodillado en el suelo,
sin atreverse a levantarse. Tenía los ojos llenos de lágrimas y se declaraba
culpable.
Xiao Jin guardó silencio un momento, sin
saber qué hacer. Ese Xiao Ding que tenía delante parecía haber desbaratado
todos sus planes, y aunque se sentía decepcionado, también le invadía una
extraña culpa.
Pero… ¿acaso ese hermano mayor no había
merecido su castigo?
Su corazón oscilaba entre el juicio y la
sangre. Al final, fue la melancólica obstinación de Xiao Ding lo que lo
conmovió. Dio un paso adelante y lo ayudó a incorporarse.
Xiao Ding no se mostró altivo por ello.
Caminaba con cautela detrás de su hermano menor, sin decir una palabra, sin
cruzar ningún límite.
Xiao Jin lo miraba, y por momentos tenía la
impresión de que ese hombre no era su hermano, ni el antiguo Emperador que
había estado por encima de todos.
«¿Debería preguntar?»
Sabía que solo gracias a un impulso
repentino había logrado llegar hasta allí. Si no preguntaba ahora, quizás nunca
volvería a tener el valor de hacerlo.
—He oído decir… que el Príncipe Regente
fue… fue huésped íntimo de mi hermano mayor. ¿No será solo un rumor?
Al fin, tras muchas vueltas, logró llevar
la conversación hacia Chen Zeming. Aprovechó el momento para fingir
indiferencia y soltó la frase con ambigüedad. En su interior, respiró aliviado.
Xiao Ding mostró una expresión extraña.
Luego pareció comprender, se arrodilló y dijo:
—Este culpable actuó con ligereza en el
pasado. Llegué a forzar al Príncipe Regente Chen… Pero eso fue hace más de diez
años. No fue más que un juego. Si Su Majestad desea castigarme, no tengo queja
alguna.
Y se inclinó hasta tocar el suelo.
Xiao Jin se apresuró a decir:
—Entonces… ¿fue mi hermano quien lo forzó?
No fue que…
Al decirlo, se sonrojó. Las palabras se le
atragantaron. Al pensarlo mejor, hasta el cuello se le calentó. Con esta
pregunta… había arrastrado también la dignidad del Príncipe Regente.
Avergonzado, sin saber por qué, también se
sentía feliz.
Xiao Ding alzó la vista. Su sonrisa fugaz
fue tan tenue que apenas se percibía.
—Fue culpa de este culpable.
El ánimo de Xiao Jin se despejó de pronto.
Ya no tenía ganas de demorarse. Intercambió unas pocas palabras más y regresó
al palacio imperial con alegría.
Xiao Ding observó las siluetas que se
alejaban. De pronto, su expresión cambió. Entrecerró los ojos… y esbozó una
sonrisa cargada de burla.

