Capítulo
68
Lü Yan dio órdenes una tras otra, y la
táctica de los hunos cambió de inmediato. Los soldados que habían sido
separados por los jinetes de negro comenzaron a retirarse, dejando libre el
centro del campo, como si intentaran formar una maniobra envolvente.
Chen Zeming fruncía el ceño una y otra vez,
admirando en silencio la rapidez con que Lü Yan se adaptaba.
Wei Hanjue, a su lado, comentó:
—Este viento puede durar media hora. Es
tiempo suficiente para que el general Jiang rodee al ejército de los hunos.
Chen Zeming asintió.
—El joven maestro Wei ha calculado con gran
precisión.
Wei Hanjue se rascó la cabeza y sonrió con
torpeza:
—Bah, estas son cosas de poca monta.
Chen Zeming le devolvió la sonrisa, pero
pronto la ocultó. Alzó la vista hacia el cielo, cubierto de arena amarilla.
La tropa sorpresa ya había salido. Si
tendría éxito o no, era imposible saberlo. En este momento y en este lugar,
solo quedaba luchar con todas las fuerzas. Por suerte, la tormenta de arena
afectaba por igual a ambos bandos. Si era difícil para ellos, también lo era
para el enemigo. Todo dependía de quién resistiera más tiempo.
A cuarenta li de distancia, Wuzile
también vio la tormenta de arena, y no pudo evitar sentirse inquieto.
Observó un momento más, y solo entonces
logró tranquilizarse un poco. En las tierras del norte, aquella no era una
tormenta especialmente severa, pero su corazón seguía inquieto, incapaz de
hallar sosiego.
Su padre había estado gravemente enfermo, y
apenas se había recuperado cuando insistió en salir a campaña. En el fondo, Wuzile
sabía que todo se debía a su propia falta de madurez, a su incapacidad para
sostener el peso de la situación. Una marcha tan larga, sumada al clima
inclemente… Si los han salían a combatir, ¿no recaería su padre de nuevo? Esta
preocupación no lo abandonaba.
No guardaba rencor por haber sido enviado
al campamento de provisiones. Sabía que su padre quería darle una oportunidad
para lograr un gran mérito y así acallar las críticas.
Había tendido una emboscada fuera del
campamento y llevaba medio día esperando sin que nadie apareciera. No pudo
evitar empezar a dudar de su juicio. ¿Sería que los tambores de Chen Zeming
solo buscaban confundir?
Pero tras un momento, recobró la confianza.
No, hoy, sin duda, vendrían tropas enemigas.
En ese instante, la tormenta de arena
comenzó a amainar. Uno de sus hombres, de vista aguda, divisó una unidad de
soldados han que se acercaba sigilosamente, ya habían rodeado el campamento por
la retaguardia. Corrió a informar con urgencia.
Wuzile se sintió exultante. Ordenó a sus
tropas rodear por completo a los han junto con el campamento, decidido a
atraparlos como peces en una vasija.
Los soldados Han, al verse
descubiertos, cayeron en el pánico. Corrieron en todas direcciones, pero los
guardias personales de Wuzile los obligaron a retroceder a punta de lanzas y
espadas.
El cerco se estrechaba poco a poco. Por más
que corrieran, no había escapatoria.
Wuzile soltó una carcajada. Capturar a esos
hombres era poca cosa, pero si llevaba sus cabezas al frente de batalla, sería
un golpe demoledor para los defensores de la ciudad y para el general enemigo.
Mientras se desarrollaba la búsqueda y la
matanza, un soldado cubierto de sangre irrumpió a toda prisa. Traía un mensaje
urgente: el ejército de Lü Yan había sido sorprendido por los Han aprovechando
el viento, y ahora se hallaban en un caos total, al borde de la derrota. El
propio Lü Yan estaba cercado, y pedía con urgencia que Wuzile marchara de
inmediato con treinta mil hombres para rescatarlo.
Al oír esto, Wuzile sintió como si un rayo
lo hubiera partido. Comprendió, de pronto, el origen de su inquietud anterior,
y se llenó de angustia.
Dejó mil hombres en el lugar, ordenándoles
que, en cuanto capturaran a los soldados Han restantes, les cortaran la
cabeza y se reunieran con él. Dicho esto, montó a caballo y partió a toda
prisa.
A medio camino, alguien gritó:
—¡Maldita sea, el campamento de provisiones
está en llamas!
Wuzile giró el caballo. A lo lejos, una
columna de humo negro se alzaba hacia el cielo. Quedó paralizado.
Cuando por fin reaccionó, su rostro ya
había perdido todo el color.
Buscó al mensajero… pero no había rastro de
él. Solo entonces comprendió que había caído en una trampa: el enemigo lo había
alejado del campamento con una maniobra de distracción.
El corazón le latía con fuerza, como si
fuera a salírsele por la boca.
No se atrevía a imaginar la expresión de su
padre al ver aquella humareda. Solo de pensarlo… sintió el impulso de quitarse
la vida.
Tras quedarse atónito un buen rato, Wuzile
apenas logró pensar que debía ejecutar a los responsables del incendio para
recuperar algo de ventaja. Condujo apresuradamente a sus treinta mil hombres de
regreso.
Pero al llegar al campamento de
provisiones, solo vio llamas descomunales elevándose al cielo. Ya no había
forma de salvar nada, ni rastro alguno del enemigo.
Aquel grano era la vida del ejército
entero. Su padre, confiando plenamente en él, le había entregado esa
responsabilidad. Al pensar en ello, Wuzile se sintió abrumado por el
remordimiento. Alzó la vista hacia el fuego que cubría el cielo, sin saber qué
hacer.
Justo en medio de su desconcierto, se alzó
un estruendo ensordecedor a sus espaldas. Todos se sobresaltaron.
Al volverse, vio que, sin saber cuándo ni
cómo, una multitud de soldados han había surgido de la nada y ya los tenían
completamente rodeados.
Las tropas de Wuzile cayeron en el caos.
En medio de la confusión, Wuzile no tuvo
más opción que liderar una carga para abrir paso. Pero justo al frente se
encontró con un general.
Aquel hombre de cejas espesas y ojos
grandes tenía un porte imponente. Al ver que los soldados lo protegían en
retirada, comprendió que era el comandante. El general de túnica negra se
alegró enormemente y cargó directo hacia él.
Los guardias personales de Wuzile se
interpusieron, pero no pudieron resistir la fuerza del enemigo. En apenas unos
instantes, el general de negro ya estaba frente al caballo de Wuzile.
Tras unos cuantos intercambios, Wuzile no
pudo resistir. Fingió una abertura y giró para huir. Pero justo cuando
galopaba, sintió que algo le apretaba la cintura: el general lo había atrapado
con el látigo y lo derribó con fuerza.
Wuzile rodó varias veces por la arena. Alzó
el brazo y cortó el látigo con su espada.
El general esquivó a los demás y se acercó.
Alzó su arma y la descargó sobre él. Wuzile no tuvo tiempo de esquivar, solo
pudo levantar su espada con ambas manos para bloquear. Pero el golpe era tan
pesado como mil jin.
El cuerpo de Wuzile se estremeció. Escupió
sangre al instante y quedó inmóvil por un largo rato.
El valiente general, al ver que lo había
capturado, soltó tres carcajadas. Lo levantó de un tirón, lo subió al caballo y
le dio un golpe en la nuca, llevándoselo prisionero.
Los guardias personales no pudieron
alcanzarlo. Todos quedaron horrorizados.
*****
—¡Señor Yang!
Yan Qing se levantó de golpe, sacudiendo la
manga.
Yang Ruqin alzó la vista hacia él,
imperturbable. Solo sonreía.
Yan Qing guardó silencio un momento.
Al ver que el otro permanecía impasible, no
pudo evitar reprenderlo:
—… Ya no recibes salario del gobierno, no
eres más que un civil. ¿Cómo te atreves a soltar semejantes disparates y
calumniar a un alto funcionario de la corte imperial?
Yang Ruqin sonrió:
—Si el Comandante no me cree, bien podría
asignar más guardias al palacio. Quién sabe, tal vez hasta logre una gran
hazaña protegiendo al Emperador.
Dicho esto, juntó las manos en señal de
despedida.
Yan Qing estaba a punto de ordenar su
arresto, cuando Yang Ruqin alzó la vista y dijo:
—No tengo a dónde huir. ¿Por qué no
aprovecha esta oportunidad para comprobar si lo que digo es cierto o no? Luego,
si lo desea, puede venir a juzgarme.
Mientras hablaba, volvió a mostrar su
sonrisa habitual.
Yan Qing quedó paralizado. Si lo que Yang
Ruqin acababa de decir era cierto, entonces se trataba de un secreto capaz de
sacudir los cimientos del imperio.
Había navegado por la política durante
años, y ahora que por fin había alcanzado el cargo de Comandante de la Guardia
Imperial, creía haber llegado a la cima. ¿Quién iba a pensar que el cielo aún
le tenía reservada una oportunidad más?
Con tales pensamientos en mente, se
encontró incapaz de decidir. Solo pudo mirar, sin hacer nada, cómo Yang Ruqin
se marchaba con paso sereno.
Chen Zeming llevaba ya varios días fuera, y
Xiao Jin no dejaba de pensar en él.
De por sí, nunca había sido amante de los
asuntos de Estado. Ahora que nadie lo vigilaba, su desgano era aún mayor.
Por suerte, Du Jindan seguía allí, y todo
se mantenía en orden.
Du Jindan, veterano cortesano experto en
leer rostros y silencios acudió un día al palacio imperial para tratar asuntos
de gobierno. Al ver que Xiao Jin escuchaba con desinterés, comprendió de
inmediato. Aprovechando que no había nadie cerca, murmuró:
—¿Acaso Su Majestad está pensando en el Príncipe
Regente?
Apenas oyó esas dos palabras, Xiao Jin
pareció recobrar el ánimo. Miró a Du Jindan:
—¿Acaso este Querido Ministro tiene
noticias?
Du Jindan negó con la cabeza:
—Noticias, no. Pero si el Príncipe Regente supiera
cuánto lo estima Su Majestad, seguro se conmovería hasta las lágrimas.
Xiao Jin no pudo evitar murmurar:
—¿Y para qué Zhen quiere que se
conmueva?
Du Jindan sonrió:
—Un favor así no es algo que cualquiera
pueda recibir. Solo alguien como el Príncipe Regente es digno de la mirada de
Su Majestad.
Xiao Jin lo miró de reojo, y su rostro se
tiñó de un leve rubor.
Al meditar sus palabras, sintió que
escondían un significado más profundo. Era como si ese viejo cortesano hubiera
visto con claridad lo que a él mismo le costaba admitir.
No sabía cuándo había comenzado a sentir
aquello. Cuando por fin lo comprendió, se sintió inquieto por un momento. Pero
luego pensó: «Después de todo, soy el Hijo del Cielo. ¿Acaso desear algo…
puede considerarse un error?»
Solo así logró calmarse.
Chen Zeming era un hombre severo y
meticuloso. Xiao Jin siempre le había tenido cierto temor, y jamás se atrevió a
albergar el menor pensamiento irreverente, mucho menos a tratarlo con descuido.
Apenas aquellas dos frases que le dijo
antes de la partida ya le habían quitado el sueño durante toda una noche. Y,
sin embargo, el otro no mostró la menor reacción, como si ni siquiera hubiera
entendido. Para Xiao Jin, que había reunido todo su valor para atreverse a
tanto, aquel resultado fue profundamente desalentador.
Ahora, al escuchar las palabras de Du
Jindan, su ánimo, antes decaído, pareció agitarse de nuevo. Al parecer, los
demás no consideraban tan extraña esa relación ambigua. ¿Sería que en Beijing este
tipo de afectos eran más comunes de lo que él creía?
Xiao Jin reflexionó un momento y murmuró en
voz baja:
—¿Qué quiere decir mi querido ministro?
Du Jindan también bajó la voz:
—Según lo que este viejo ministro ha oído…
el Príncipe Regente Chen… lleva años sin tomar esposa. Tal vez… por esta misma
razón.
Xiao Jin dejó escapar un “ah” apenas
audible. Su corazón, de pronto, comenzó a latir con fuerza desbocada.

