•※ Capítulo 158: Va a llover, ¿verdad?
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En
la isla Perdida, el médico divino Gui Ci había permanecido durante años,
cultivando su cuerpo con venenos y e insectos gu hasta volverse medio monstruo.
La hoja del Espada Feiluan se hundió en su pecho, pero en vez de brotar sangre,
estalló una nube de insectos verde fosforescentes, del tamaño de granos de
sésamo, que dejaron en la mano de Yun Yifeng una hilera de bultos rosados. El
comandante Qingxi, al verlo, sintió que el cuero cabelludo se le erizaba:
aquello era realmente repugnante. Alzó su cuchillo para acudir en ayuda, pero
Yun Yifeng lo apartó con un movimiento de manga.
—¡Manténganse
todos alejados!
Gui
Ci soltó una risa áspera y dijo:
—¿Temes
que me lo coma?
El
comandante Qingxi pensó que sus oídos le engañaban. «¿Comérselo? ¿Cómo podía
ser posible?»
—Durante
todos estos años, siempre has dañado primero y curado después, usando artes
torcidas y perversas. ¿Cómo podrías merecer siquiera medio carácter de
“médico”? —Yun Yifeng lo acorraló contra un árbol—. Ahora te has aliado con los
rebeldes, propagando pestes y perjudicando a los inocentes. Tu crimen merece
mil muertes.
El
médico divino Gui Ci chasqueó los dedos, y una oleada de energía interna hizo
vibrar la espada Feiluan. Yun Yifeng sintió el entumecimiento en la muñeca y
casi se le escapó la hoja. El enemigo le sujetó el hombro, torciendo la
articulación hasta que crujió, y rio con voz sombría:
—Todo
tu arte marcial lo enseñé yo con esmero. ¿Y ahora pretendes usarlo contra
mí?
Yun
Yifeng lanzó una patada que lo hizo retroceder varios pasos, y con el giro de
su blanca manga arrojó una lluvia de armas ocultas hacia su rostro.
—¡INSENSATO!
—maldijo Gui Ci, sacando de la cintura un látigo en forma de serpiente, de
color azul oscuro y cubierto de púas. El comandante Qingxi lo vio con claridad:
un solo golpe bastaría para matar a cualquiera. Su corazón se encogió, pero no
podía hacer nada, solo observar cómo las dos figuras, una blanca y otra negra,
se enredaban en combate dentro del bosque, sacudiendo los árboles como si un
vendaval los azotara, mientras las hojas caían como cascada.
Tras
cientos de intercambios, el látigo serpentino se enroscó firmemente en la
espada Feiluan. De la manga negra de Gui Ci salieron varias serpientes rojas,
que abrieron sus fauces y se lanzaron hacia adelante. Yun Yifeng se vio
obligado a soltar la espada, que cayó al suelo con un estrépito metálico. Gui
Ci aprovechó para sujetarlo y arrastrarlo velozmente hacia lo profundo del
bosque. Todo ocurrió tan rápido que el comandante Qingxi y los demás de la
vanguardia apenas pudieron reaccionar; aún tenían la vista nublada cuando las
dos figuras desaparecieron con un silbido.
El
comandante Qingxi, aterrorizado, recogió la espada Feiluan y ordenó
apresurado:
—¡Ustedes,
sigan guardando esta entrada! ¡El resto, conmigo!
Un
grupo de simios salvajes huyó despavorido. Gui Ci estrelló a Yun Yifeng contra
un árbol y rio con voz ronca:
—Has
progresado en tu habilidad marcial, pero si crees que con las artes de la isla
Perdida puedes vencerme, aún te falta mucho.
Yun
Yifeng, aturdido por el golpe, apenas pudo preguntar con dificultad:
—¿Qué
es lo que quieres hacer?
—Naturalmente,
llevarte de vuelta a la Isla Perdida. —Gui Ci le dio unas palmadas en la
mejilla—. Buen discípulo, no intentes engañar a tu shifu. Sobre el Ganoderma
Lucidum y el asunto de la ciudad de Hisbisco, la perdiz ya me lo ha contado.
Además, en su palacio subterráneo encontré muchas cosas valiosas. Cuando
regresemos, te haré probarlas una por una.
Yun
Yifeng intentó forcejear, pero las garras huesudas del enemigo se aferraban a
su cuello como pus viscoso, sin soltarlo. En ese momento, de entre los árboles
irrumpió una mujer vestida de rojo, presa del pánico. Yun Yifeng la reconoció
y, ladeando la cabeza, frunció el ceño:
—¡Quiere
estrangularme!
—¡No!
—Zhu’er, estimulada por el miedo, gritó y se lanzó hacia adelante, intentando
arrebatar a Yun Yifeng de las manos de Gui Ci. Éste, casi derribado por el
tirón, se llenó de furia y le descargó una palma en el pecho, rompiéndole los
huesos y lanzándola por los aires. Con la otra mano se abalanzó de nuevo sobre
Yun Yifeng, pero fue sorprendido por una finta: un puñal cortó su muñeca, y
antes de que el dolor se propagara, un destello blanco atravesó su pecho como
un dragón plateado emergiendo del mar. La fuerza interna hizo que los insectos
de su cuerpo huyeran en tropel, la piel ennegrecida se agrietó, y Gui Ci
escupió sangre antes de desplomarse, incapaz de levantarse otra vez.
Yun
Yifeng descendió suavemente, con las amplias mangas blancas agitadas por el
viento:
—Las
artes de la Isla Perdida no podían contigo. Por eso esa técnica se llama Dragón
Volador en el Cielo.
Gui
Ci, lleno de odio, murmuró:
—Ji
Yanran… Ji Yanran te la enseñó. Fue mi descuido.
Yun
Yifeng no respondió a eso, sólo dijo:
—¿No
querías saber cómo el Ganoderma Lucidum de sangre neutraliza el veneno del Rey
Gu? Entonces conserva tu vida. Cuando regrese a Wang Cheng, te lo explicaré con
detalle.
Los
ojos de Gui Ci brillaron con un destello:
—¿De
veras?
—De
veras. Pero tengo una condición. —Yun Yifeng se inclinó frente a él—. ¿Dónde
están Jiang Lingfei y la tía Yu?
—De
la tía Yu no sé nada… sólo sé de Jiang Lingfei. —Gui Ci tosió sangre negra—.
Él… él fue envenenado con un gu. No hay remedio, no hay remedio.
El
puño de Yun Yifeng se cerró con fuerza.
En
ese momento, el comandante Qingxi llegó con sus hombres y, al ver a Yun Yifeng
ileso, se tranquilizó. Ataron a Gui Ci con sogas firmes. Zhu’er, agonizante
bajo un árbol, apenas respiraba. Con los ojos muy abiertos, murmuró con voz
desgarrada:
—Aunque
muera… aunque muera, quiero seguir al lado de usted. En este mundo no hay
nadie… nadie más que yo pueda servirle, sólo yo.
—No
necesito que nadie me sirva. —Yun Yifeng la miró y suspiró—. Si de verdad
existe otra vida, abandona tu obsesión y sé una persona común.
—¡Joven
Maestro! —Al verlo girar para marcharse, Zhu’er alzó la voz con desesperación.
Arrastró su cuerpo debilitado dos pasos, extendió la mano para aferrarse al
borde de su túnica blanca, pero la sangre que le corría por la frente le nubló
la vista. Como un pez moribundo, se agitó dos veces y exhaló su último aliento
con renuencia.
Así,
la perdiz, Yu Ying y Gui Ci fueron capturados. En el palacio subterráneo sólo
quedaba la jefa rebelde, Xie Hanyan.
El
sol descendía poco a poco; la hora ya se acercaba al ocaso.
El
viento agitaba la fronda verde del bosque, acentuando aún más el silencio de
los alrededores. Yun Yifeng advirtió:
—Según
la confesión de Gui Ci, el hermano Jiang no sólo sigue con los parásitos de
sangre en sus meridianos sin resolver, sino que además Xie Hanyan le ha
impuesto un nuevo veneno gu, refinándolo como un títere asesino. A estas
alturas, temo que ya haya perdido la razón. Cuando el príncipe entre en el
palacio subterráneo, debe ser extremadamente cuidadoso.
La
entrada había sido destruida, y la vanguardia penetró en fila. En las paredes,
perlas incrustadas iluminaban la gran sala como si fuese pleno día. Los
corredores se entrecruzaban con ingenio, y las habitaciones se conectaban de
manera sorprendente. En la búsqueda, algunos soldados y sirvientes escondidos
fueron capturados por las tropas del Gran Liang; sin embargo, tras los
interrogatorios, nadie sabía el paradero de Xie Hanyan y su grupo. Sólo un
criado, temblando, confesó que Jiang Lingfei había irrumpido en la prisión esa
misma mañana, como si buscara algún rehén. Sus ojos, rojos como los de una
bestia, resultaban aterradores.
Al
oírlo, Ji Yanran suspiró con alivio: si aún recordaba buscar un rehén,
significaba que conservaba un mínimo de cordura, no estaba completamente
enloquecido. El palacio subterráneo era vasto y majestuoso, difícil de rastrear
a una sola persona. Yun Yifeng dobló un corredor y empujó una puerta de piedra;
el pesado portón se abrió con estrépito. Dos figuras pasaron velozmente a lo
lejos: Jiang Lingfei cargaba a la inconsciente tía Yu, como si quisiera sacarla
de allí. Su carrera fue tan rápida que en un parpadeo desapareció.
—¡LINGFEI!
—Ji Yanran lo vio también y, sin tiempo para pensar, lo persiguió hasta un
salón vacío. Allí no había salida.
Jiang
Lingfei dejó a la tía Yu a un lado, desenvainó la espada de Cabeza de Fantasma
y miró con frialdad a Ji Yanran:
—Vas
a morir.
Ji
Yanran levantó las manos, intentando calmarlo, y tanteó:
—¿Todavía
me reconoces?
Los
ojos ensangrentados de Jiang Lingfei estaban turbios y rojos. Respondió con
rigidez:
—Quiero
matarte.
—Primero
baja la espada —le rogó Ji Yanran con paciencia—. Podemos hablar.
Los
puños de Jiang Lingfei crujieron al apretarse. Fijó la mirada en los dos
hombres frente a él, como si intentara recomponer fragmentos dispersos de
recuerdos en medio de un vacío blanco. Los colores fluctuaban en torno,
recuerdos que debían ser familiares y entrañables, pero permanecían ocultos
tras la niebla. La furia volvió a apoderarse de él; la espada temblaba en su
muñeca, y la intención asesina impregnaba el salón.
Yun
Yifeng dejó deslizar tres cuentas de jade en su palma, listo para actuar. Pero
en ese instante la tía Yu recobró el sentido y emitió un débil sonido. Las
pupilas de Jiang Lingfei se contrajeron; giró de inmediato y, como garras de
águila, sus manos se cerraron sobre la garganta de la mujer, arrastrándola con
fuerza. Ella pataleó desesperada y, sin saber cómo, activó algún mecanismo
oculto. Un estruendo infernal brotó del suelo, las columnas comenzaron a
sacudirse. Yun Yifeng comprendió el peligro y se lanzó a detenerlo, pero el
salón entero se volcó con estrépito. Las pinturas de sol, luna y estrellas se
trastocaron, y todos perdieron el equilibrio, cayendo al vacío.
A
su alrededor sólo había oscuridad; en los oídos, únicamente el sonido del
viento.
Ji
Yanran alcanzó la muñeca de Yun Yifeng y lo protegió en la caída. Con varios
golpes sordos, los demás también se estrellaron contra un montón de pieles
gruesas, magullados.
Jiang
Lingfei fue el primero en levantarse. Se tambaleaba, con la mirada aún
extraviada. La luz de las antorchas era más tenue que en el salón superior, y
las sombras hacían que todo pareciera irreal.
Yun
Yifeng ayudó a Ji Yanran a incorporarse y luego tendió la mano a la tía
Yu:
—¿Estás
bien?
—No
pasa nada, estoy bien. —La tía Yu tenía el rostro pálido—. Esto… ¿todavía
podremos salir?
Mientras
hablaba, la tía Yu se acercaba temblorosa a los dos hombres, pero de pronto, le
sujetaron la muñeca: un arma oculta de color escarlata cayó al suelo con un
estrépito metálico. En sus ojos brilló un destello de intensión asesina; alzó
los brazos y de sus mangas salieron cientos de agujas plateadas. Con una mano
empuñó una espada y se lanzó contra Yun Yifeng, gritando con frenesí:
—¡MATA
A JI YANRAN!
Los
ojos de Jiang Lingfei se nublaron, como un títere recibiendo la orden de su
amo. Desenvainó la espada y atacó a Ji Yanran. Su mente estaba confusa, incapaz
de reconocer quién tenía delante; sólo descargaba toda su destreza, y el aire
helado de su espada llenó la sala de escarcha, casi congelándola por completo.
Ji Yanran bloqueó el golpe con el rugido del dragón y bramó:
—¡DESPIERTA
DE UNA VEZ!
Pero
Jiang Lingfei no escuchaba. Giró la muñeca y lanzó otra estocada mortal. Ji
Yanran recordaba los parásitos en sus meridianos y no se atrevía a presionarlo
demasiado; sólo podía luchar mientras retrocedía, buscando ganar tiempo. Con el
rabillo del ojo vio cómo Yun Yifeng derribaba a la tía Yu y le arrancaba el
rostro de piel humana, revelando una faz demacrada, marcada por el odio: era
Xie Hanyan.
—Maestro
de Secta Yun, realmente astuto y desconfiado. —Escupió sangre—. Te
subestimé.
—Lo
que menos quería creer era que hasta la tía Yu fuese una traidora. —Yun Yifeng
apuntó su espada a su pecho—. Ya fuese en el Pico Piao Miao, en Wang Cheng, o
incluso desde el inicio en la ciudad de Yuli, siempre la consideré una pariente
cercana, jamás dudé de ella. Pero todo era un engaño desde el principio.
Incluso el hurón en el Pabellón Shangxue, que servía para transmitir mensajes,
no era más que una pantalla. El verdadero cerebro estaba siempre a nuestro
lado, observando fríamente día tras día. ¿Para qué necesitabas a Jin Huan como
tu carta?
La
tía Yu —o mejor dicho, Xie Hanyan— le preguntó:
—¿En
qué momento me delaté?
—En
ninguno. —Yun Yifeng negó con la cabeza—. No fue la tía Yu quien mostró una
fisura, sino tu “hija”. Tu disfraz era impecable.
Como
cocinera, cualquiera pensaría que tenía incontables oportunidades de envenenar
la comida. Pero Yun Yifeng era inmune a los venenos, y cada bocado de Ji Yanran
debía ser probado varias veces antes de llegar a la mesa. Así que Xie Hanyan
abandonó ese plan y prefirió permanecer más tiempo a su lado, esperando una
ocasión mejor.
Xie
Hanyan se apoyó contra la pared y limpió lentamente la sangre de sus
labios:
—Ya
que descubriste mi identidad, ¿por qué viniste a salvarme?
—Nadie
quiere salvarte. —respondió Yun Yifeng—. El príncipe sólo ha querido salvar,
desde el principio hasta el final, al hermano Jiang.
Xie
Hanyan, al escucharlo, soltó una risa fría. Alzó ligeramente la mirada, y en su
voz se mezclaron el odio y la malicia:
—Me
temo que ya no podrán salvarlo.
Jiang
Lingfei sacudió el brazo y lanzó una estocada directa al hombro izquierdo de Ji
Yanran. Sin posibilidad de retroceder, Ji Yanran temía que cualquier
contraataque sólo provocara que la sangre de su adversario se agitara aún más.
Apretó los dientes, recibió el golpe y, al mismo tiempo, sujetó con fuerza sus
hombros, empujándolo contra la pared de piedra con violencia. Entre el
estruendo, le gritó al oído:
—¡TU
MADRE AÚN TE ESPERA EN LA CAPITAL! ¿HASTA CUÁNDO VAS A SEGUIR CON ESTA
LOCURA?
Jiang
Lingfei se estremeció. En sus ojos rojos apareció por fin otra emoción,
mirándolo con desconcierto.
—¡Esa
mujer de apellido Xie no es tu madre! —Ji Yanran lo encaró, con el pecho
agitado—. Tú no tienes nada que ver con Lu Guangyuan ni con Xie Hanyan. ¿Lo
entiendes?
—¡MENTIRAS!
—chilló Xie Hanyan—. ¡Ji Yanran es el asesino de tu padre, no escuches sus
engaños!
—No
son mentiras —Ji Yanran ignoró a la enloquecida mujer y mantuvo sus manos sobre
los hombros de Jiang Lingfei—. Despierta, y te contaré todo con detalle.
La
sangre seguía brotando de su hombro, tiñendo la armadura de rojo, como un río
ardiente que atravesaba los campos nevados del invierno. Bajo ese calor, los
recuerdos enterrados comenzaron a emerger: el vino y las flores de primavera,
los duelos de espada en la mansión del Príncipe Xiao, la alegría de la familia
reunida. Todo regresó de golpe. Jiang Lingfei, exhausto, perdió la turbidez en
la mirada y se desplomó en el suelo, preguntando con voz ronca:
—¿Mi
madrina… está bien?
—Tu
madre aún te espera. —Ji Yanran selló dos de sus puntos de acupuntura y
preguntó—: ¿Dónde está la salida?
—Este
es un portal de la muerte, desde dentro no puede abrirse. —Jiang Lingfei
sacudió la cabeza, aturdido y recordó algo—. ¿El anciano Mei? ¿Lo salvé?
—A’Kun
siempre ha estado en la ciudad de Yuli, nunca fue secuestrado. Aquel día la
perdiz sólo capturó a Li Jun. —respondió Ji Yanran—. No te preocupes.
Jiang
Lingfei suspiró aliviado:
—Eso
está bien. —El dolor en su pecho lo obligó a cerrar los ojos un momento, antes
de preguntar de nuevo—. El príncipe dijo que no tengo relación alguna con el
general Lu… ¿es cierto?
—Sí.
—Ji Yanran miró hacia Xie Hanyan—. La gente de la secta Feng Yu ha encontrado a
los antiguos conocidos de la familia Jiang. Eres descendiente del ejército de Xuanyi,
pero no hijo de Lu Guangyuan ni de Xie Hanyan. Tus verdaderos padres son Pu, el
general de vanguardia y Luo Ruhua, de la ciudad de Beiming Feng.
Jiang
Lingfei quedó como fulminado por un rayo, incrédulo:
—¿Qué
has dicho?
—He
dicho que eres hijo del general Pu. —explicó Ji Yanran—. En aquel entonces, la
señorita Luo viajó al sur para unirse a la tribu Mustang. Llevaba consigo a dos
bebés: uno era Yun’er, y el otro… eras tú.
Aquel
día, para huir de Wang Dong, Luo Ruhua cayó por un precipicio mientras sostenía
a su hijo. Por fortuna, una cuadrilla de monjes ascetas la rescató y la llevó a
un convento de monjas en la ciudad, donde permaneció un tiempo. La antigua
herida de Jiang Lingfei, que requería medicación constante, se debía a haber
quedado demasiado tiempo expuesto en la nieve, lo que le dejó una dolencia
crónica.
En
el convento reinaba la bondad, pero no había recursos suficientes para ayudar a
madre e hijo. Al ver que la enfermedad del niño empeoraba, Luo Ruhua,
desesperada, no tuvo más remedio que arrodillarse cada día en la calle con el
pequeño en brazos, esperando la caridad de algún alma compasiva. Fue allí donde
conoció al matrimonio Xu Lu, amigos de Jiang Nanshu.
—En
aquel entonces, Xu Lu vio que tu estructura ósea era extraordinaria y tu
destino resistente. Propuso acogerte como hijo adoptivo y llevarte al sur, a
Jiangnan, para criarte. —explicó Ji Yanran—. Luo Ruhua, aunque con el corazón
desgarrado, sabía que sola no podría curarte. Por eso aceptó.
Así
madre e hijo se separaron. Xu Lu viajó hacia las tranquilas aguas del sur y
entregó al bebé a Jiang Nanshu. Aquella pareja llevaba tiempo deseando tener un
hijo, pero por problemas de salud no lo habían logrado. Recibir al niño fue
para ellos la manera de colmar esa ausencia. Luo Ruhua, una vez recuperada,
recordó las palabras de su esposo y emprendió el arduo camino hacia el
suroeste, hasta encontrar a Xie Hanyan.
En
ese tiempo, Wang Dong ya había sido enviado a la capital. Por consideración a
Pu Chang, Xie Hanyan acogió a Luo Ruhua, y ambas se trataron como hermanas,
viviendo unos años de relativa calma.
Jiang
Lingfei comenzó a comprender:
—Entonces…
—Ese
año, Xie Hanyan y Luo Ruhua se hicieron pasar por ama y sirvienta para entrar
en la familia Jiang. Su propósito era averiguar si la muerte del joven Xie
tenía relación con Jiang Nanzhen. Pero Luo Ruhua se topó allí con el matrimonio
Xu Lu y dedujo tu verdadera identidad.
El
reencuentro de madre e hijo tras diez años fue para Luo Ruhua una emoción
incontenible. Sin pensarlo demasiado, reveló todo a Xie Hanyan.
Y
ese gesto, inesperadamente, selló su destino.
Luo
Ruhua detestaba los cálculos y las disputas. En su momento ni siquiera quiso
tatuar el mapa en el cuerpo de su hijo, y mucho menos deseaba que él se viera
envuelto en viejas rencillas. Sólo anhelaba que siguiera siendo un joven
acomodado, y que ella pudiera contemplarlo de lejos, satisfecha con eso. Pero
Xie Hanyan albergaba otros pensamientos: el primer gran clan del Jianghu, la
posibilidad de convertirse en su futura líder, un talento innato y brillante…
todas esas condiciones eran demasiado tentadoras. Si se le entrenaba con
cuidado, podría convertirse en la clave de sus ambiciones.
Las
dos mujeres discutieron. Luo Ruhua conocía bien la obsesión de Xie Hanyan, y
esa noche, cuanto más lo pensaba, más miedo sentía. En un arrebato, corrió a
arrodillarse ante la tercera esposa de la familia Jiang, revelándole todo lo
ocurrido y suplicando que liberara a su hijo.
—Ella
quería llevarte consigo, huir una vez más, esconderse en un lugar donde nadie
los conociera. —explicó Ji Yanran—. Pero la tercera señora Jiang se asustó. En
aquel entonces, el tercer señor Jiang ya había muerto de enfermedad, y ella no
tenía a quién recurrir. Así que buscó a la pareja Xu Lu, y juntos discutieron
un plan durante la noche, con la intención de hablar de nuevo con Luo Ruhua.
Sin embargo, al regresar a la mansión Jiang al día siguiente, las “dos
bordadoras” ya habían desaparecido misteriosamente, y nunca volvieron a
aparecer.
La
señora Jiang y los Xu Lu vivieron mucho tiempo con el corazón en vilo, temiendo
que alguien los descubriera. Año tras año, hasta que finalmente se convencieron
de que nadie vendría a buscarlos, y poco a poco olvidaron el asunto.
Jiang
Lingfei, al escuchar todo, se quedó lívido. Tenía diez años… justo a los diez
años apareció aquella supuesta “madre”, que le habló de viejas historias
familiares, conocía la ubicación de sus lunares y sus antiguas heridas. Todo lo
sabía con precisión. Parecía tan creíble, cariñosa y dulce, como una lámpara
cálida que iluminaba su infancia fría y solitaria.
Su
mirada se perdió en la esquina, hacia esa “madre”. En su mente volvió a
aparecer el pozo seco y el esqueleto blanco en su interior. Sus ojos se
llenaron de venas rojas; la fe que había sostenido durante años, su propia
alma, se quebraron como bajo el filo de una espada. El mundo entero se
derrumbó, y sólo pudo pronunciar, palabra por palabra:
—Fuiste
tú quien la mató.
—¡Yo
la estaba ayudando! —Xie Hanyan respondió con dureza—. Esa madre inútil tuya
pretendía huir contigo, y aún se atrevía a preguntarme por qué debía serle fiel
al general. ¡Ella no pensó! Si no fuera por el general, ¿habría tenido esposo e
hijo? ¿Por qué no habría de matarla?
Aquellas
palabras altisonantes y absurdas hicieron que Ji Yanran negara con la cabeza en
silencio. Ayudó a Jiang Lingfei a incorporarse y le dijo en voz baja:
—Tienes
parásitos de sangre en tu cuerpo, no te alteres. Las viejas cuentas se saldan
poco a poco.
Luego
miró a Xie Hanyan:
—¿Sabes
que quien te salvó en aquel entonces no fue Zhou Jiuxiao, sino el difunto Emperador?
Si él no hubiera dado la orden en secreto, ese general cobarde y ambicioso
habría deseado estar a diez mil li de distancia de ti.
—¡Imposible!
—replicó Xie Hanyan.
—Hay
muchas cosas que no crees, o más bien no quieres creer. —prosiguió Ji Yanran—.
Incluida la batalla de Ciudad de Heisha. El difunto Emperador ya había
advertido que, si el ejército Xuanyi quedaba atrapado, la corte no tendría
fuerzas para enviar refuerzos. Sin embargo, el general Lu insistió en luchar,
negándose a aceptar la vía de la rendición. ¿Sabes por qué?
—¿Por
qué? —murmuró Xie Hanyan.
—Porque
quería ganar méritos militares para canjear tu libertad. —explicó Ji Yanran—.
La familia Xie había cometido un crimen atroz; sólo con una victoria
deslumbrante podría el Emperador ceder y aprobar ese matrimonio.
Xie
Hanyan quedó atónita, sus ojos reflejaban confusión y desconcierto, aunque
pronto volvieron a llenarse de odio. Con voz aguda y sarcástica dijo:
—¿Pretendes
cargarme con toda la culpa? ¿Quieres decir que por mi causa el gran general y
el ejército Xuanyi perecieron en el pueblo Hibisco?
—No
busco culpar a nadie, sólo decir la verdad. —respondió Ji Yanran—. Cada cual
debe asumir la responsabilidad de sus decisiones, y el general Lu no fue la
excepción. Por un deseo egoísta, dio un paso en falso y arruinó a todo el
ejército. Tú, en cambio, guardaste rencor al Emperador durante más de veinte
años, y luego no dudaste en usar a Nan Fei para provocar la masacre de Baihe,
intentando culpar al Emperador y al viejo canciller. ¡Eso sí que es
perversidad!
La
garganta de Jiang Lingfei volvió a llenarse de sangre.
«Baihe…», recordaba que su primer encuentro con
Yun Yifeng fue precisamente para investigar la verdad de Baihe. El anciano que,
en su agonía, señaló al “canciller Xing” había sido sobornado de antemano, y
así lograron desviar a Yun Yifeng y Ji Yanran hacia una falsa verdad. En aquel
momento no lo pensó demasiado, pero ahora comprendía que había manipulado lo
más valioso de su vida. El dolor en su pecho era insoportable; todo el pasado
le parecía una burla. Con voz ronca dijo:
—En
esta vida he fallado al príncipe. Si existe otra, me esforzaré en
compensarlo.
Ji
Yanran no prestó atención a esas palabras delirantes. Señaló a Yun Yifeng que
buscara el mecanismo para salir cuanto antes.
Xie
Hanyan, en cambio, volvió a reír, como quien disfruta de un espectáculo. Con
calma y lentitud dijo:
—Me
esforcé en disfrazarme de la tía Yu para atraerlos aquí, decidida a morir junto
con ustedes. Así lo quiso el destino. Dicen que sabían de mis malas
intenciones, ¿y aun así entraron? —Su
risa era como la de un cuervo negro— En fin, si no puedo matar a Li Jing,
acabar con un farsante como tú, que busca robar el título de “Dios de la
Guerra” del gran general Lu, tampoco será en vano.
Mientras
hablaba, la pared tras ella comenzó a emitir un leve crujido: innumerables
flechas relucientes asomaban sus puntas, listas para dispararse. Ji Yanran se
alarmó y, de inmediato, tomó la muñeca de Yun Yifeng, colocándolo detrás de sí
para protegerlo. Al ver esto, Xie Hanyan sonrió con mayor perversidad; se
enjugó las lágrimas turbias de los ojos y, con voz delirante, dijo:
—Al
fin y al cabo, una pareja de pequeños amantes dispuestos a vivir y morir
juntos.
Luego,
con un tono más feroz:
—Sólo
que, por desgracia, por mucho amor que se tengan, pronto no serán más que una
pareja de mandarines fantasmas. Este mecanismo se llama “Qianjun”. He volcado
en él todo lo que aprendí en mi vida. Una vez activado, es como olas furiosas,
una tras otra. Incluso si Su Alteza el Príncipe Xiao posee gran destreza
marcial, ¿cuántas embestidas podrá resistir en esta estrecha cámara?
—Señora
Xie, no se enoje. —aconsejó Yun Yifeng—. Hablemos con calma, ¿qué necesidad hay
de acabar en un desastre mutuo y romper la armonía?
—Ya
es demasiado tarde. —respondió ella.
—Aún
hay tiempo, aún hay tiempo. —insistió Yun Yifeng con cortesía.
—Cuando
el salón se derrumbe, “Qianjun” se activará solo. No está bajo mi control.
Yun
Yifeng guardó silencio. Luego apretó la espada Feiluan y dijo con calma:
—Una
mujer tan brillante y extraordinaria como usted, al crear un mecanismo, debió
dejarse al menos una salida…
No
alcanzó a terminar la frase: cientos de flechas se dispararon de golpe,
atravesando la espalda de Xie Hanyan. Yun Yifeng quedó horrorizado, jamás pensó
que ella fuese capaz de tal crueldad contra sí misma. Sin tiempo para
reflexionar, retrocedió junto a Ji Yanran y barrió con su espada la lluvia de
proyectiles.
La
primera oleada terminó, pero la pared giró con un chasquido y nuevas flechas
emergieron, brillando con luz fría, silbando con estrépito, desgarrando el
aire. El nombre “Qianjun” no era en vano: una oleada tras otra, interminable.
Aunque los tres eran expertos, apenas podían resistir. En el salón no había
dónde refugiarse. Yun Yifeng esquivó hacia un lado, pero una ballesta lo
alcanzó en la pierna; trastabilló y cayó. Ji Yanran lo cubrió con su cuerpo,
dispersando las flechas con la energía de la espada Longyi, aunque recibió una
herida en la espalda.
La
pared seguía girando, preparando nuevas descargas. Jiang Lingfei miró a los dos
y dijo con voz ronca:
—Cuídense.
—¡Qué
piensas hacer! —Ji Yanran sintió un mal presagio y quiso detenerlo, pero fue
repelido hacia la esquina por la espada Cabeza de Fantasma.
Jiang
Lingfei apretó los dientes y, como un leopardo negro, se lanzó contra la pared
llena de mecanismos. Con su espada descargó toda su fuerza, haciendo retumbar
el salón entero. Los engranajes ocultos se hundieron, disparando restos de
proyectiles en desorden, y finalmente la pared se tambaleó y se desplomó con
estrépito.
Una
nube de polvo se levantó.
—¡LINGFEI!
—¡HERMANO
JIANG!
Ji
Yanran corrió hacia adelante y sacó a Jiang Lingfei de entre los escombros. El
cuerpo del joven estaba cubierto de sangre; nadie sabía cuántas veces lo habían
herido los proyectiles restantes. Con voz débil, apenas respirando, murmuró:
—Que
ustedes estén bien… eso basta.
—Te
llevaré con el anciano Mei. —Los ojos de Ji Yanran estaban enrojecidos—. ¡No
hables!
—No…
no resistiré mucho más. —Jiang Lingfei sacudió la cabeza con esfuerzo—. Sólo
lamento… lamentar no poder beber en su banquete de bodas, ni preparar el
festín.
Yun
Yifeng, con manos temblorosas, rasgó la túnica para intentar detener la
hemorragia, pero los innumerables agujeros sangrantes le hicieron arder los
ojos. Con la voz quebrada dijo:
—Hermano
Jiang…
—En
la próxima vida beberemos juntos. Entonces no volveré… no volveré a engañarte.
—La vista de Jiang Lingfei se nublaba; quiso aferrar su mano, pero no tenía
fuerzas. Cerró los ojos, cansado, pensando que quizá era mejor así. Sólo… sólo…
Su
mente era un torbellino, como si aún quedara un deseo sin cumplir, aunque no
lograba recordarlo. En medio de la confusión, escuchó una voz familiar que
gritaba a lo lejos:
—¡LINGFEI,
HIJO MÍO!
Sorprendido,
abrió los ojos y reunió sus últimas fuerzas para incorporarse. Entre lágrimas y
sangre vio a Li Jun, que sostenía a la vieja Gran Concubina, apresurándose
hacia él.
—…Madrina.
—Hijo.
—La anciana se soltó de Li Jun y lo abrazó con ternura—. Tu madre está aquí, tu
madre está aquí.
—Madrina…
—Los ojos de Jiang Lingfei se llenaron de lágrimas—. Madrina, lo siento.
—Tu
madre está aquí. —Ella le limpió torpemente la sangre y las lágrimas del
rostro—. No pasa nada, no te culpo.
Entonces
Jiang Lingfei recordó su último deseo. Buscó en su pecho y sacó un pequeño
paquete de tela, empapado en sangre:
—El
próximo mes… el próximo mes es tu cumpleaños. Este brazalete de jade… temo que
ya no podré ir a Wang Cheng.
—Sí
podrás, claro que podrás. —La anciana, con el corazón desgarrado, apretó su
mano helada—. Tu madre ha venido a llevarte a casa.
—Entiérrenme
en el río. —balbuceó Jiang Lingfei, con la conciencia difusa—. No sé si así
podré limpiar toda esta suciedad.
Sus
ojos se movieron con dificultad, mirando uno por uno a quienes lo rodeaban: la
madre que lo amaba, los hermanos que luchaban a su lado, los amigos con quienes
compartió el vino. Esta vida, al fin, podía considerarse… completa.
En
sus oídos resonó un trueno lejano.
Pensó:
«Afuera caerá una tormenta.»
Después
de la lluvia, el cielo se aclarará, y todo volverá a estar limpio.

