ASOF-159

 

Capítulo 159: Tenerte en esta vida [Fin]

 

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En aquella batalla, las tropas del Gran Liang apenas sufrieron bajas, tan pocas que podían ignorarse. Con un costo mínimo lograron capturar al jefe de la tribu Mustang, aniquilar y apresar a incontables rebeldes, obteniendo una victoria limpia y contundente. Sin embargo, aunque la guerra se ganó, el ambiente en la ciudad de Yuli seguía sombrío. Los soldados, al pasar frente a las posadas, bajaban la voz y aceleraban el paso. Los rumores sobre el tercer hijo de la familia Jiang flotaban por todas partes: algunos decían que era un traidor, otros que era espía del príncipe. Había versiones de todo tipo, pero todos sabían una cosa con certeza: la muerte de Jiang Lingfei era como una nube oscura que envolvía por completo a Ji Yanran, y lo mejor era mantenerse lejos de él si no había necesidad. 

 

Fuera de la ciudad de Yuli corría un río: en verano era impetuoso, en otoño e invierno se volvía claro y sereno. Jiang Lingfei yacía en silencio sobre una balsa de bambú, vestido con una túnica azul celeste, fresca y ligera. Era una prenda que la vieja Gran Concubina había cosido a mano en la capital, con delicados bordados de nubes y aves en los puños. El cielo y el mar eran vastos, y ya no había ataduras. 

 

Su rostro estaba tranquilo, como si durmiera. En el saquito de fragancias de su cintura guardaba flores de yan yunmei, también llamadas “flor de la inmortalidad”. Yun Yifeng no sabía si ese símbolo de buen augurio realmente podría garantizarle una próxima vida sin enfermedad ni preocupaciones, pero aun así llenó el saquito con pétalos secos, cuyo aroma fresco evocaba los cielos del noroeste, con el viento nocturno rozando hierbas y estrellas. 

 

Li Jun sostenía la espada Cabeza de Fantasma, dispuesto a colocarla sobre la balsa, pero Ji Yanran lo detuvo: 

—Déjala contigo. 

 

—¿Yo… yo quedármela? —preguntó sorprendido. 

 

—Lingfei nunca amó la matanza. En adelante no necesita esa espada. —La voz de Ji Yanran era ronca—. Alguna vez prometió llevarte a recorrer el Jianghu. Ahora… esta espada puede considerarse medio Jianghu. 

 

Li Jun asintió en silencio y apretó con más fuerza la empuñadura. 

 

La corriente arrastró la balsa bamboleante, alejándola poco a poco. 

 

El paisaje del suroeste era hermoso: árboles frondosos en ambas orillas, flores desconocidas que florecían con vivos colores, pintando manchas de púrpura y escarlata. Cientos de mariposas rosadas revoloteaban primero entre los bosques, y luego, atraídas por el aroma de la flor de la inmortalidad, se posaron sobre la balsa, deteniéndose en el rostro de Jiang Lingfei, con las alas temblando suavemente. 

 

El río desembocaba en un profundo desfiladero, cubierto de verdor y envuelto en neblina blanca, semejante a las montañas ocultas de los ermitaños de las que hablaban los cuentacuentos. 

 

La balsa de bambú se deslizó hacia la ensenada, oculta por capas de árboles, hasta desaparecer por completo en los resplandores del atardecer. 

 

Las mariposas, como si hubieran visto algo, se dispersaron de pronto, asustadas. 

 

Yun Yifeng sostuvo a la vieja Concubina y el grupo regresó lentamente hacia la ciudad de Yuli. Mu Chengxue, apoyado contra un árbol con la espada en brazos, miró una vez más el río lejano. Como hombre del Jianghu, no pudo evitar sentir compasión; acarició al hurón gordo que llevaba en el pecho y suspiró: 

—Al final, eres tú quien vive más feliz. 

 

El hurón siguió durmiendo profundamente, ajeno a todo lo ocurrido. 

 

De verdad, libre y despreocupado. 

 

*****

 

Zhuge, Yu Ying, Chang You y Gui Ci fueron escoltados a la capital, y Fu’er también. El día de la batalla, ella había planeado actuar en la ciudad, pero fue capturada por Ling Xing’er y Qing Yue. Furiosa, exclamó: 

—¡Así que ya sospechaban de mí! 

 

—No exactamente —respondió Yun Yifeng—. Sólo escuchamos al anciano Mei decir que tu cabeza no tenía heridas, pero nunca sanabas. Así que probamos. Tu papel de madre doliente estaba bien interpretado, siempre hablando de tu hijo, pero no notaste que lo que te devolví fue una niña mucho más débil. 

 

Que no lo notara en su delirio era comprensible, pero después, ya consciente, capaz de señalar que “Mei Zhusong era cómplice de los rebeldes”, seguía abrazando y llorando sobre una niña ajena. Eso era demasiado. Y al recordar la caída por el precipicio, parecía claro que intentó arrastrar al comandante Qingxi consigo, mientras ella escapaba por las lianas. No esperaba que el joven, astuto y valiente, le estrellara la cabeza contra una roca y la dejara inconsciente. 

 

—¿El príncipe está bien? —preguntó el comandante Qingxi con cautela. 

 

—Está bien —Yun Yifeng le dio una palmada en el hombro—. Ordena que en tres días regresemos a la corte. 

 

****

 

Medio año después, en Wang Cheng. 

 

Las flores de primavera llenaban calles y callejones, todo rebosaba vida. 

 

El Emperador ofreció un banquete familiar en palacio. La música de cuerdas y flautas flotaba, las bailarinas agitaban sus mangas de agua, los platos rebosaban manjares, y entre copas y risas, algunos ya estaban ebrios, desplomados sobre las mesas de madera roja, derramando vasos y platos. Li Jing no se enojó; sonrió y ordenó a los sirvientes que los llevaran a descansar. 

 

Al terminar el banquete, cerca de la medianoche, la vieja Concubina, tras beber dos copas de vino dulce, fue acompañada por Yun Yifeng al pabellón Ganwu.

 

Li Jing despidió a los sirvientes y paseó con Ji Yanran por el jardín imperial. La brisa agitaba dos faroles anaranjados en el corredor, proyectando una luz suave sobre el suelo. 

 

—Cuando Padre Emperador vivía, hubo un día en que, tras beber, lloró con pesar. Se arrepentía de no haber permitido el matrimonio entre el general Lu y Xie Hanyan, por temor a la familia Xie. —Li Jing se detuvo junto al lago, mirando las ondas plateadas, con tono melancólico—. En aquel entonces no entendía cómo un asunto tan trivial podía atormentarle tanto. Ahora pienso que, tras la derrota del ejército Xuanyi en el pueblo Hibisco, él ya había adivinado la razón por la que el general Lu insistió en luchar. Por eso se lamentaba con tanto dolor. 

 

—Borrar por completo el pueblo Hisbisco del mapa debió ser la compensación de Padre Emperador. —dijo Ji Yanran—. Así, para el mundo, Lu Guangyuan seguía siendo el gran general sabio y valiente, sin haber cambiado imprudentemente la ruta de campaña. La derrota del ejército Xuanyi se debía únicamente a la abrumadora cantidad de rebeldes, nada más. 

 

—Sea lo que haya ocurrido en el pasado, hoy todo ha quedado atrás. —Li Jing lo miró a los ojos y añadió—. Todos estos años, gracias a ti se ha mantenido el Gran Liang. Te lo agradezco. 

 

—Hermano, exageras —Ji Yanran inclinó la cabeza—. Me fui del palacio a los diez años, me crie en los desiertos del noroeste, sin aprender reglas ni protocolos. Sólo por la bondad de tu corazón has soportado mis defectos. 

 

Li Jing sonrió y siguió caminando con él, conversando de asuntos familiares y triviales. 

 

El eunuco Desheng, cargando dos capas, iba detrás de los hermanos. También pensaba que el jardín primaveral era magnífico: arriba, un cielo estrellado; abajo, flores como un tapiz; el aire, dulce y perfumado. Realmente, un lugar que ensanchaba el espíritu. 

 

Un haz de luna caía sobre el río de jade blanco, iluminando el palacio entero con un resplandor difuso. 

 

A la mañana siguiente, Ji Yanran y Yun Yifeng salieron temprano del palacio, diciendo que irían a un callejón a comer pastelillos de azúcar. La vieja Concubina, sonriente, les pidió que fueran y regresaran pronto. Luego, asistida por sus sirvientes, se levantó y se bañó, pero en vez de volver a la mansión del Príncipe Xiao, se dirigió directamente al estudio imperial, donde Li Jing, recién salido de la corte, revisaba memoriales. 

 

Desheng la ayudó a sentarse y le susurró: 

—Señora Gran Concubina, lo que Su Majestad le entregó aquel día no era veneno, sino simples píldoras de ginseng. 

 

La anciana se sorprendió: 

—¿Píldoras tónicas? 

 

En aquel tiempo, el suroeste estaba en caos. Ji Yanran, a miles de li de distancia, movilizaba tropas con fuerza, reuniendo bajo su mando a todos los soldados del suroeste y trasladando gran parte de las fuerzas del centro. Parecía decidido a provocar una tormenta sangrienta. Los ministros discutían sin cesar; los memoriales casi inundaban el estudio imperial. Algunos acusaban al príncipe Xiao de ambición desmedida, otros aprovechaban el caso de Jiang Lingfei para hacer ruido, y algunos incluso pedían permiso para traer de vuelta a Ji Yanran desde el suroeste. Todo era como un aguacero de truenos, que irritaba a Li Jing, cuyo rostro permaneció sombrío durante días en la corte. 

 

Entre los cortesanos, algunos más astutos decían que el príncipe Xiao siempre había sido leal, y que mientras la vieja Gran Concubina permaneciera en la capital, no habría problemas graves, así que no era necesario preocuparse demasiado. 

 

Pero la anciana, por el asunto de Jiang Lingfei, estaba llena de angustia. Aunque sabía que no debía, aún quería viajar personalmente al suroeste. En esa situación, tomar una píldora que requería regresar al palacio para recibir el “antídoto” parecía la solución más viable. 

 

Li Jing descendió del trono y dijo: 

—Aquel día no tuve más remedio que mentir. Espero que la Gran Concubina no me guarde rencor. 

 

La anciana hizo una profunda reverencia: 

—Majestad, no tema. Yanran jamás sabrá de este asunto. 

 

En cuanto a por qué la píldora de veneno se convirtió en un simple tónico, quizá fue por la confianza natural entre hermanos, o tal vez porque Li Jing aún recelaba del poder militar de Ji Yanran, temiendo que, si llegaba a enterarse de que su madre había sido obligada a tomar veneno, las consecuencias fueran irreparables… En realidad, ya no importaba. 

 

Lo importante era que todos tenían sus propias preocupaciones, y mientras se pudiera hallar un equilibrio para seguir viviendo en paz, eso bastaba. 

 

En mayo, Wang Cheng ardía bajo el sol abrasador. 

 

Ese día, al regresar Ji Yanran a la mansión, un sirviente vino sigilosamente a informarle que el maestro Yun había descubierto una nueva receta de pastel refrescante contra el calor, y había mandado comprar doscientos jin de judías verdes, ocupado ahora en la cocina. 

 

Ji Yanran sintió un zumbido en los oídos: 

—¿Cuánto? 

 

El sirviente repitió:

—Doscientos jin. 

 

Y añadió con tono compasivo: 

—Tal vez Su Alteza deba refugiarse en palacio imperail, o invitar al Rey de Pingle a ayudar. De otro modo, si lo hace solo, no acabará ni para el año próximo. 

 

Li Jun, en la nueva mansión frente a la calle, recitaba poemas cuando de pronto sintió un escalofrío en la espalda. Reflexionó con seriedad: no sabía qué iba a pasar, pero la sensación era mala. Mejor huir pronto, antes de que lo “invitaran” de nuevo a la mansión del séptimo hermano, donde la vez pasada no lo dejaron irse hasta que se comió dieciocho bollos. 

 

El príncipe Xiao, sin apoyo, no tuvo más remedio que dirigirse a la cocina. Allí encontró al maestro Yun, mangas arremangadas, moliendo las judías, sin haber puesto aún la masa al vapor. Ji Yanran, entre divertido y desesperado ante tal escena de laboriosidad, le tomó la delicada muñeca, le arrebató el mortero y, entre ruegos y engaños, dijo: 

—Te llevaré a un lugar divertido. 

 

Yun Yifeng, arrastrado, protestó con pesar: 

—Pero apenas había conseguido encender el fuego. 

 

Ji Yanran pensó: si tanto valoraba encender un fuego, cuánto más un pastel al vapor. No podía permitir que continuara. Lo levantó en brazos y, con un silbido, llamó al Dragón de Hielo Volador, que los llevó velozmente hacia el sur de la ciudad, al pequeño pabellón real. 

 

Allí había un estanque de lotos inmenso, todo verde y fresco, un lugar agradable. 

 

Remaron una pequeña barca hasta la sombra, con una jarra de vino afrutado y dulce a un lado. Yun Yifeng, con el cabello suelto, reposó la cabeza en el regazo de Ji Yanran, medio cerrando los ojos, disfrutando de la brisa fresca. Pensó que era mucho más cómodo que estar en la cocina, envuelto en humo. 

 

—Hace unos días recibí de mi hermano un saco de perlas rojas, redondas y brillantes. —dijo Ji Yanran—. Justo para dárselas a Qing Yue como dote. Con esa muchacha vivaz, le quedarán perfectas. 

 

—Dentro de dos meses será la asamblea marcial. —respondió Yun Yifeng con pereza—. Aunque se casen, será en la segunda mitad del año. No hay prisa. 

 

Ji Yanran le tomó la mano: 

—¿La asamblea marcial? ¿Por qué nunca me lo mencionaste? 

 

—No es gran cosa, lo olvidé. —Yun Yifeng se acomodó mejor—. Además, yo no voy a meterme en ese bullicio. 

 

Quizá este haya sido el “líder de la alianza marcial” más ocioso de la historia: nunca se ocupaba de los asuntos de las sectas, sólo quería encerrarse en la cocina de la mansión del príncipe Xiao para experimentar con judías verdes. Pero, paradójicamente, bajo su mando el Jianghu se mantenía en calma y orden. Los cinco grandes maestros trabajaban unidos para preservar la justicia y la paz. En la ciudad de Danfeng, la residencia de la familia Jiang, gracias a los esfuerzos de Jiang Lingchen y los jóvenes de la casa, seguía ocupando el primer puesto del mundo marcial. Yue Yuanyuan, al fin convertida en administradora de la mansión Jiang, no se mudó a la gran residencia, sino que levantó una cabaña junto al patio Yanyue, donde a veces encendía incienso, tocaba el guqin y preparaba té, mirando el solitario patio vecino envuelto en la luz plateada de la luna. 

 

—Anoche soñé con el hermano Jiang. —dijo Yun Yifeng. 

 

Ji Yanran se detuvo un instante: 

—… Ajá… 

 

—Me dijo que estaba muy bien. 

 

—¿Qué tan bien? 

 

Yun Yifeng pensó qué significaba “estar bien”, y al final respondió: 

—Libre, sin ataduras. Me pidió que cuidara de Su Alteza y que cocinara más. 

 

Ji Yanran le besó la mano: 

—Si vuelve a decir eso, dale un golpe en la cara. 

 

Unas libélulas se posaron sobre los tiernos lotos, durmiendo también en la calma del mediodía. 

 

El reino estaba en paz, los mares tranquilos. Los dos habían planeado viajar a los pueblos acuáticos de Jiangnan para descansar, pero no pudieron: los trece jefes tribales de las praderas se reunirían en la capital el próximo mes para proponer nuevas rutas comerciales. Los proyectos para frenar las tormentas de arena ya habían comenzado; en unos años, los retoños formarían bosques. La pradera de Qingyang, bajo los hermanos Gegen, prosperaba: el viento movía la hierba y el ganado abundaba. La vida mejoraba poco a poco, y seguiría mejorando.

 

Así, el noroeste no tendría guerras por largo tiempo.

 

Los informes militares de Lin Ying se volvieron triviales: hoy decía que veinte hombres del campamento del Dragón Negro se habían casado; mañana, que en el mercado fronterizo aparecieron curiosidades occidentales y compró un carro para que el maestro Yun las disfrutara en Yancheng; pasado mañana, que llovió tres días seguidos en el noroeste, lágrimas de él y del viejo Wu por extrañar al príncipe. 

 

Ji Yanran respondió con un trazo firme: 

—Entonces piensen en mí tres horas más cada día. El noroeste está seco, el pueblo espera su lluvia. 

 

Lin Ying: “…” 

«Mejor no haber dicho nada.»

 

«¿Y los demás viejos conocidos?» 

 

Di Wugong obtuvo méritos en el suroeste y recibió un bastón imperial de “Santo Ladrón”, adornado con una gran campana dorada que sonaba a cada paso. 

 

—Romper un objeto imperial es delito de decapitación. —le advirtió Yun Yifeng. 

 

Di Wugong suspiró: 

—Con esta campana no puedo trabajar. 

 

—Ya has trabajado toda la vida. Mejor retírate y lava tus manos en oro. —Yun Yifeng le dio una palmada en el hombro—. Te he comprado una mansión y tierras en Yunze, con sirvientes y comodidades. 

 

El nuevo “Santo Ladrón” suspiró de nuevo, sintiendo que había perdido en el trato. 

 

Gui Ci fue condenado a prisión perpetua en la prisión imperial. Yun Yifeng, a cambio del Ganoderma Lucidum, obtuvo de él casi cien fórmulas médicas y antídotos, entregadas a los médicos imperiales y a Mei Zhusong, con la intención de verificarlas y luego publicarlas en todo el Gran Liang. Li Jing decretó la construcción de nuevos hospitales en la pradera Qianlun y en Wang Cheng, para que Mei Zhusong pudiera curar y enseñar. 

 

Mu Chengxue se embarcó con mercaderes hacia altamar y no volvió en tres años. Algunos decían que había tomado un gran negocio, otros que huía de enemigos, y otros que escapaba de Yun Yifeng… pues el hurón estaba cada vez más gordo, brillante y suave, y hasta el maestro Yun decía que era agradable al tacto. 

 

La pequeña barca seguía meciéndose en el lago, formando ondas concéntricas. 

 

Yun Yifeng dormía plácidamente. Unos mechones negros caían sobre su mejilla y se deslizaban dentro de su túnica, donde colgaba de un cordón rojo un jade tallado en forma del Ganoderma Lucidum de sangre. Ji Yanran sonrió, recordando la primera vez que lo vio, aquellos ojos hermosos como flores de melocotón y la frase inocente: “Según lo que describió Su Alteza, tallé un Ganoderma Lucidum para protegerme”. Entonces sintió culpa; ahora, sólo gratitud: gratitud por haber encontrado, entre millones, a ese único ser. 

 

La nieve de Pico Piao Miao, el cielo estrellado de Ciudad Wangxing, Wang Cheng bordada de esplendor, el noroeste con su río y su ocaso, Jiangnan con sus primaveras, incluso en la frontera de la ciudad de Yuli las muchachas hilaban jade en campanillas que sonaban con el viento veraniego. 

 

Sin darse cuenta, ya habían contemplado innumerables maravillas y probado mil sabores. 

 

Y aún les quedaba una vida muy, muy larga. 

 

 

**Fin de la Historia Principal**