•※ Capítulo 156: La verdad de la ciudad Heisha.
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La
mirada del comandante Qingxi era intensísima. Al fin y al cabo, existe el dicho
“amar la casa y hasta los cuervos”, pero el Maestro de la Puerta de las Nubes
no era un “cuervo”, sino más bien otro pabellón celestial junto a la casa,
lleno de aire inmortal, elegante y extraordinario, tan bien emparejado con el
príncipe Xiao.
Yun
Yifeng, al sentirse observado con tanto fervor, se estremeció en la espalda y
no tuvo más remedio que compartir la mitad de la sopa de pollo, sentándose
frente a él. Conversaron un par de frases sobre la batalla contra la tribu de
las enredaderas del noroeste, y el comandante Qingxi, con los ojos brillantes,
exclamó:
—¡Cuando
el príncipe atacó de sorpresa en Luqiu, fue como un ejército caído del cielo,
pillando al enemigo desprevenido!
Yun
Yifeng: “…”
«¿Dónde
estaba Luqiu?»
El
Maestro de Secta Yun abrió con calma su abanico y ordenó:
—Cuéntalo.
Una
vez abierto el cofre de las palabras, cerrarlo era imposible. El comandante Qingxi,
que llevaba tiempo conteniéndose, aprovechó la ocasión y habló sin parar, con
gestos y entusiasmo. Suponía que el Maestro Yun conocía todo, así que omitía
detalles que consideraba innecesarios, lo que dejaba a Yun Yifeng bastante
confundido: no entendía cómo el príncipe Xiao podía estar un momento atrapado
en el campamento enemigo y al siguiente aparecer en Wang Cheng. Pero preguntar
estaba prohibido, así que se limitó a mantener la compostura, dejando que el
viento agitara sus ropas blancas, confiando en su porte celestial.
Una
hora después, el príncipe Xiao llegó y mandó al comandante Qingxi de vuelta al
campamento.
—Así
que el príncipe llegó a matar solo a cientos de enemigos —dijo Yun Yifeng.
—Fue
hace cinco o seis años —respondió Ji Yanran.
El
Maestro de Secta Yun se sintió aún más turbado. Si el príncipe hubiera dicho
“eso es invención de los relatos”, podría excusarse. Pero al confirmarlo,
resultaba ser verdad, y él mismo no sabía nada de semejante hazaña, quedando
por debajo incluso del comandante Qingxi.
Ji
Yanran le tomó la mano y sonrió:
—Si
no estás contento, te contaré algo que el comandante Qingxi no sabe.
Yun
Yifeng se interesó de inmediato:
—¿Qué
cosa?
Ji
Yanran le susurró unas palabras al oído.
El
Maestro se quedó rígido, levantó el pie para darle una patada, pero fue
sujetado por la cintura y llevado en un salto hasta el segundo piso. El dolor
de la espalda de la noche anterior aún no se había aliviado, y al caer Yun
Yifeng se tambaleó, cayendo en sus brazos. Los guardias, alarmados, bajaron la
cabeza y fingieron no ver nada.
—¿Yun’er
tan dispuesto? —se sorprendió Ji Yanran.
Yun
Yifeng lo agarró del cuello de la ropa y lo arrastró dentro de la habitación.
Por
la tarde, todo el campamento lo sabía: el comandante Qingxi había estado
hablando con el Maestro de Secta Yun durante una hora… nadie sabía exactamente
de qué. Pero lo cierto es que, tras escucharlo, el Maestro arrastró al príncipe
Xiao a la habitación y hasta ahora no habían salido.
El
comandante Qingxi no podía defenderse: ¿cómo había acabado convertido en el
causante de todo? Al principio intentó explicar, pero pronto descubrió que
aquel grupo de bribones no le daba oportunidad de hablar, solo querían burlarse
y hechar leña al fuego. Con el brazo colgando, levantó la espada con una mano
para “matar testigos”. En el campo de entrenamiento se desató una persecución
entre risas y gritos, casi levantando el cielo, y al menos disipando la tensión
acumulada de tantos días.
El
comandante Qingxi, sostenido en el aire y gritando de dolor, de pronto vio un
corcel veloz que llegaba desde lejos, como una flecha atravesando el aire hacia
la puerta de la ciudad.
Era
gente del Campamento del Dragón Negro del noroeste.
*****
En
la posada, Yun Yifeng estaba recostado sobre la cama, vestido de blanco como
flores de escarcha, con el cinturón de brocado marcando una cintura esbelta. El
príncipe Xiao, bajo el pretexto de “déjame masajearte”, apenas había presionado
dos veces cuando se dejó caer sobre él como una montaña, apoyando la barbilla
en su hombro terso y diciendo con descaro:
—Yun’er
hoy huele demasiado bien, me embriaga y me duele la cabeza, déjame descansar un
rato.
—Mmm
—Yun Yifeng respondió con pereza, sin hablar más, solo tomó su mano inquieta y
comenzó a apretarle los dedos uno por uno. El tiempo se consumía lentamente, el
sol declinaba afuera, y las sombras moteadas caían sobre ambos, recogiendo en
una sola escena la última canción de cigarras y pájaros del otoño junto con
aquella ternura íntima.
Ji
Yanran besó suavemente su cuello, provocando cosquillas; Yun Yifeng sonrió y se
apartó, derribando sin querer la cortina de gasa de la cama, que cubrió la
escena con un velo difuso. Ji Yanran le levantó el mentón, dispuesto a
acercarse, cuando desde el patio se oyó un grito:
—¡INFORME!
La
atmósfera íntima se desvaneció. Yun Yifeng apartó al hombre de encima, se
arregló la ropa apresuradamente y preguntó:
—¿Hay
movimiento en el bosque?
Ji
Yanran miró por la ventana:
—Son
hombres del noroeste.
Venían
con tanta prisa que seguramente Lin Ying ya había descubierto el paradero del arma
oculta “Zijue”. Al llegar al salón, lo confirmaron: además del lugarteniente de
Lin Ying, había un hombre de mediana edad, de unos cuarenta o cincuenta años,
vestido con una túnica gris común, pero con el aire curtido de quien ha vivido
en campamentos militares.
Al
ver a Ji Yanran, el hombre quiso arrodillarse, pero fue detenido:
—Parece
que tiene una dolencia en la pierna. Siéntese, no hace falta tanta
ceremonia.
El
lugarteniente de Lin Ying se llamaba Song Tao, famoso por su meticulosidad.
Gracias a sus pesquisas en el noroeste, había encontrado al dueño del “Zijue”,
perdido en el desierto: aquel hombre era Li Fu, antiguo miembro del Ejército Xuanyi
y compatriota del general Lu Guangyuan.
Cuando
Lin Ying y Song Tao lo hallaron, Li Fu no quería hablar del pasado. Pero al
enterarse de la situación en el suroeste, de cómo la tribu Mustang agitaba la
bandera de “vengar al general Lu” para sembrar caos y sangre en todo el Liang,
cambió de idea. Aceptó acompañar a Song Tao hacia el sur, dispuesto a contar la
verdad de aquellos años.
—He
vivido oculto en el noroeste durante muchos años, y a menudo escuché las
hazañas del Campamento del Dragón Negro. Comparado con el antiguo Ejército Xuanyi,
incluso lo supera en tres grados —dijo Li Fu con admiración—. Si el gran
general lo supiera desde el más allá, seguramente estaría tranquilo de entregar
estas tierras y al pueblo en manos de Su Alteza.
Ji
Yanran preguntó:
—Señor
Li, en aquel entonces, ¿por qué llevó el Zijue hacia el noroeste?
Li
Fu respondió con vergüenza:
—Fue
por cobardía. Al llegar a la ciudad de Ganyuan, hui del campo de batalla.
«Ganyuan…» más adelante estaba el viejo pueblo Hubisco,
donde crecían hongos Ganoderma Lucidum de Sangre y se apilaban restos óseos. El
corazón de Ji Yanran se agitó: ¿acaso aquella verdad, oculta bajo rumores y
tormentas durante más de veinte años, estaba por fin a punto de revelarse?
Li
Fu continuó:
—El
gran general y yo éramos del mismo pueblo, crecimos juntos desde niños. Aunque
no éramos hermanos, nuestra relación era más cercana que la de cualquier otro.
Más
tarde, cuando Lu Guangyuan se convirtió en general, Li Fu permaneció siempre a
su lado. En aquel tiempo, el Gran Liang estaba envuelto en penumbra y
tormentas: plagas de langostas en el centro, inundaciones en el sur, disturbios
en las fronteras, y dentro del país, bandidos y refugiados que aprovechaban el
caos para ocupar montañas y proclamarse reyes. Entre ellos, los más famosos
eran los rebeldes de la ciudad de Heisha, el “Ejército de la familia Liu”, cuyo
líder, Liu Fei, era inteligente, cruel y hábil para atraer seguidores,
convirtiéndose rápidamente en una fuerza formidable y difícil de
enfrentar.
—En
ese entonces acabábamos de librar la batalla naval del Mar del Este —prosiguió
Li Fu—. El ejército y el tesoro aún no se habían recuperado. Por eso algunos
ministros aconsejaron al Emperador que buscara la paz, enviando emisarios para
ofrecer a Liu Fei la rendición oficial.
Aunque
sonaba vergonzoso, podía dar al país un respiro. Li Xu también se inclinaba por
aceptar la tregua, e incluso se decía que el edicto imperial ya estaba
redactado. Pero Lu Guangyuan presentó una petición voluntaria: suplicó comandar
personalmente al ejército para enfrentarse a los rebeldes de Heisha.
—Cuando
escuché esto, me sorprendí —dijo Li Fu—. Le pregunté de dónde sacaba tanta
confianza. En aquel momento, Liang estaba exhausto, el tesoro vacío, mientras
que Liu Fei tenía tropas fuertes y abundante provisión.
Li
Xu le hizo la misma pregunta. Lu Guangyuan solo respondió que estaba seguro de
conquistar la ciudad de Heisha.
—El
Emperador terminó convencido por el gran general.
En
realidad, aquella “persuasión” era comprensible. Primero, porque si la corte se
inclinaba ante los rebeldes, Li Xu, por más que entendiera la conveniencia, no
podía evitar sentirse humillado; ganar sería, por supuesto, lo mejor. Segundo,
porque Lu Guangyuan jamás había sido derrotado: lo llamaban la reencarnación
del dios de la guerra. Si él decía que vencería, entonces vencería.
Así,
Lu Guangyuan partió desde el corazón del imperio al frente del Ejército Xuanyi,
dispuesto a exterminar a los rebeldes. Liu Fei, al enterarse, no iba a quedarse
sentado esperando al gran general en su puerta. Durante el año siguiente, ambos
bandos libraron decenas de batallas en Ziyu, Feicheng, Lingcheng y otros
lugares. Aunque el Ejército Xuanyi llevaba ligera ventaja, no era decisiva. Y
más adelante se alzaba la fortaleza del pueblo Hibisco, difícil de atacar y
fácil de defender.
Lu
Guangyuan ordenó descansar medio mes. Li Fu, herido en la pierna, fue asignado
a tareas de archivo. Un día, adormecido, se quedó dormido en el diván del
comandante. Al despertar, escuchó voces tras el biombo.
Uno
era Lu Guangyuan; el otro, un emisario secreto enviado por el Emperador.
Conversaban sobre la próxima campaña.
Li
Fu relató:
—La
batalla de Lingcheng fue dura, y los rebeldes en el Pueblo Hisbisco son aún más
numerosos. El anterior Emperador, preocupado, envió a su emisario para advertir
al general: si el ejército quedaba atrapado en el Pueblo Hibisco, la corte no
tendría fuerzas para enviar refuerzos. Le pidió que lo pensara bien antes de
decidir.
Yun
Yifeng, sorprendido, miró a Ji Yanran. Durante años, los rumores populares, así
como las palabras de Xie Hanyan y la tribu Mustang, habían repetido que “el Emperador,
por celos, tendió una trampa: empujó al general Lu a internarse en territorio
enemigo y luego se negó a enviar ayuda”. Pero ahora parecía que, desde el
principio, el Emperador anterior nunca había tenido intención de enviar
refuerzos.
Li
Fu prosiguió:
—El
general dudó, pero al final decidió seguir con el plan y atacar en el pueblo
Hisbico. Yo estaba inquieto. Tras la partida del emisario, le pregunté por qué
tenía tanta confianza en derrotar a Liu Fei.
—¿Y
qué respondió el general? —preguntó Ji Yanran.
—Dijo
que sus probabilidades eran de un sesenta por ciento —contestó Li Fu.
Sesenta
por ciento no era imposible, pero la corte tenía la opción de una “tregua
temporal”, mucho más segura. Li Fu añadió:
—Como
crecimos juntos, podía intuir sus pensamientos. Así que busqué la ocasión para
tantearlo: le pregunté si su empeño en atacar la ciudad de Heisha tenía
relación con la señorita Xie.
Yun
Yifeng se sobresaltó:
—¿La
señorita Xie estaba relacionada con los rebeldes de Liu Fei?
—No,
no fue así —se apresuró a decir Li Fu—. Pero en aquel entonces la señorita Xie
ya era hija de un funcionario caído en desgracia, y según la ley debía ser
desterrada a la frontera como esclava del gobierno. El gran general la
consideraba su tesoro más preciado, ¿cómo iba a dejarla? Por eso quiso, con la
gloria de derrotar a Liu Fei, pedir al Emperador que le concediera su
mano.
Ji
Yanran frunció el ceño en silencio. Que una derrota tan sangrienta tuviera su
origen en asuntos de amor era… difícil de aceptar. Inconscientemente apretó la
mano de Yun Yifeng. Él mismo sabía lo doloroso que era renunciar a la persona
amada: en el noroeste ya había pasado por ello, cuando decidió abandonar el Ganoderma
Lucidum y atacar a la tribu Genteng. Fue como mil cuchillas atravesando el
corazón. Pero como comandante con miles de soldados bajo su mando, frente al
dilema de patria o familia, rara vez había otra elección.
Lu
Guangyuan, sin embargo, eligió a Xie Hanyan. Tal vez pensaba que con un sesenta
por ciento de probabilidades bastaba para arriesgarse. Li Fu, en cambio, se
llenó de temor y lo suplicó durante tres días, hasta sangrar de tanto
inclinarse, y solo obtuvo una respuesta:
—Llévate
a unos cuantos paisanos y marcha esta misma noche.
Desertar
era un crimen castigado con la decapitación en el Ejército Xuanyi, pero esta
vez fue el propio general quien lo ordenó.
—En
aquel momento —relató Li Fu—, el gran general parecía poseído, como si se
hubiera convertido en otro hombre.
Indignado
de que por un deseo personal arriesgara a decenas de miles de soldados, y
preocupado por su familia, Li Fu huyó con sus paisanos. Arrastraban consigo el
Zijue en un carro, temiendo encontrarse con los rebeldes de Liu Fei. Al llegar
al noroeste y comprobar que estaban a salvo, abandonaron el arma secreta en el
desierto. Después trasladaron a sus familias en secreto y vivieron ocultos bajo
nombres falsos.
Yun
Yifeng preguntó:
—¿El
general Lu y la señorita Xie tuvieron algún hijo?
Li
Fu negó con la cabeza:
—El
Emperador nunca permitió su matrimonio. Con los años, ambos envejecieron… La
señorita Xie sí quedó embarazada una vez, pero perdió al niño antes de nacer.
El general, quizá por culpa, deseaba aún más casarse con ella.
—¿Seguro
que lo perdió? —insistió Yun Yifeng—. ¿Nunca llegó a dar a luz?
—Seguro
que no —afirmó Li Fu—. De lo demás no sé, pero esto sí lo puedo confirmar.
Así
que Xie Hanyan no había dicho una sola verdad. Si la identidad de la madre era
dudosa, la situación de Jiang Lingfei en el palacio subterráneo era peligrosa.
Ji Yanran preguntó:
—¿Cuánto
falta para que llegue la pólvora a la ciudad de Yuli?
—Siete
días —respondió Yun Yifeng, dándole una palmada en la mano—. Ya envié hombres a
recibirla en secreto. Alteza, tenga paciencia, iremos paso a paso.
******
En
el palacio subterráneo, Zhegu, Yu Ying, Gui Ci y Xie Hanyan observaban un
cuenco de porcelana donde reptaba un insecto rojo sangre.
—Criar
esta criatura es extremadamente difícil. He gastado enormes esfuerzos y solo
logré obtener esta única —dijo Gui Ci—. Basta con introducirla en el cerebro de
Ji Yanran, y obedecerá al jefe sin resistencia, controlando a decenas de miles
de soldados del Gran Liang para marchar directamente sobre Wang Cheng.
—Sí
que es un buen objeto —dijo Zhegu con un chasquido—. Pero lograr que se meta en
la cabeza de Ji Yanran es casi imposible. Solo temo que se desperdicie en
vano.
—No
necesariamente —respondió Xie Hanyan, golpeando con la punta del dedo el cuenco
de porcelana—. Guárdalo. Aunque no podamos controlar a Ji Yanran, para nosotros
sigue siendo un tesoro.
Yu
Ying aventuró:
—¿Hermana
Xie, quieres decir…?
La
voz de Xie Hanyan se volvió ronca:
—No
podemos criarlo para nada, ¿verdad?
Yu
Ying bajó la cabeza:
—Sí.
****
En
el sendero montañoso, dos caballos galopaban bajo el sol otoñal.
Eran
Qingyue y Ling Xing’er. Ya habían llegado al suroeste y, en unos días,
entrarían en la ciudad de Yuli. Durante el viaje descubrieron que la región no
estaba tan convulsa como se temía: la peste había sido controlada, las puertas
de las ciudades seguían cerradas, pero la vida cotidiana de los habitantes
apenas se veía afectada. Muchos esperaban la llegada del “príncipe de la Paz”,
pues ver a un alto funcionario del imperio les daba seguridad.
Para
Li Jun era la primera vez en su vida que recibía tanto afecto y expectativa del
pueblo. Se sentía abrumado y, por ello, actuaba con mayor cuidado: no quería
pasar por alto ni una aldea. Ya no necesitaba memorizar discursos llenos de
retórica, porque había comprendido que lo que más preocupaba a la gente eran
unas pocas cosas: tener comida, techo, ropa y paz. Con eso ya estaban
satisfechos.
«¡Qué
sencillez! Qué pureza.»
El
príncipe de la Paz sostenía dos bollos de verduras que le habían dado unos
campesinos, y con gran emoción se sentó al borde del camino para devorarlos. Mu
Chengxue, con la espada en brazos, descansaba contra un árbol, mientras un
hurón gordo dormitaba sobre su hombro. El trayecto no había sido fácil: la
tribu Mustang había enviado al menos cuatro grupos de asesinos para eliminar a
Li Jun, pero todos murieron antes de acercarse, abatidos por Mu Chengxue. El
Maestro Yun había advertido repetidas veces antes de partir: “El Príncipe de la
Paz es tímido y asustadizo, así que lo mejor es matar en secreto, que nunca se
entere.”
Li
Jun se limpió la boca y rio:
—Está
bastante tranquilo.
Mu
Chengxue rascó distraídamente al hurón gordo sobre su hombro y respondió con
indiferencia:
—Mn.
La
luz del atardecer se filtraba entre las hojas. Un príncipe y un asesino
implacable, en medio de una tierra convulsa, se hallaban unidos por una misión
común. Y no solo ellos: también los pobladores y los soldados compartían el
mismo deseo, que el suroeste recuperara pronto la paz, que la peste
desapareciera y que las llamas de la guerra se extinguieran para siempre.
******
Cuando
Ling Xing’er y Qingyue llegaron a la ciudad de Yuli, coincidió con la llegada
de grandes cargamentos de pólvora. Toda la ciudad estaba bajo estricta
vigilancia, envuelta en un aire solemne. Ji Yanran, tras planear con sus
oficiales el ataque al palacio subterráneo, regresó ya entrada la tarde. Yun
Yifeng estaba sentado junto a la ventana, inquieto, mirando el cielo teñido de
rojo.
—¿Qingyue
y Xing’er ya descansan? —preguntó Ji Yanran, tomando su mano, sorprendido al
sentirla húmeda—. ¿Por qué tanto sudor frío?
—Debemos
iniciar la batalla cuanto antes —respondió Yun Yifeng, mirándolo a los ojos,
inusualmente nervioso—. Tenemos que rescatar pronto al hermano Jiang.
****
En
el palacio subterráneo, Jiang Lingfei sentía como si hubiera dormido durante
mucho tiempo.
Los
sueños se sucedían sin fin, hasta detenerse en una vasta llanura helada y
solitaria. Una luz cegadora lo despertó.
Xie
Hanyan estaba de pie junto a la cama:
—Has
despertado.
Jiang
Lingfei la miró y trató de incorporarse, pero descubrió que sus manos y pies
estaban sujetos por cadenas cortas, incapaz de moverse.
—¿Qué
pretendes ahora? —preguntó con voz ronca, agotado.
—No
me culpes, hijo —dijo Xie Hanyan, sentándose a su lado y limpiando con un paño
el sudor de su frente—. Durante todos estos años, lo único que he deseado es
vengar a tu padre. No he podido pensar en nadie más. Ahora que lo reflexiono,
te he descuidado demasiado.
—Madre,
detente ya —suplicó Jiang Lingfei—. Libera al mundo… y libérate a ti
misma.
Xie
Hanyan preguntó:
—¿Quieres
vengar a tu padre?
—Quiero
—respondió Jiang Lingfei, esforzándose por incorporarse apenas unos
centímetros—. Pero ni tú ni yo conocemos la verdad de la batalla de Heisha. Y
aunque el Emperador anterior realmente hubiera traicionado a mi padre, ¿qué
culpa tienen los inocentes? ¿Acaso porque con el tiempo lo olvidaron, todos
deben morir?
—Esta
conversación ya la hemos repetido demasiadas veces —dijo Xie Hanyan, tomando un
cuenco de porcelana de manos de la sirvienta—. Tú consideras a Ji Yanran tu
confidente. Pues bien, aquí tengo algo que Gui Ci preparó como gran obsequio
para él. Ahora lo recibirás tú.
El
sonido de un caparazón arrastrándose salió del recipiente. Las pupilas de Jiang
Lingfei se contrajeron:
—¡MADRE!
—Lei
San ha sido capturado, la tribu Mustang ha sufrido enormes pérdidas —prosiguió
Xie Hanyan con calma—. La última batalla está a punto de llegar.
Jiang
Lingfei miró el insecto rojo que se retorcía en las pinzas de plata. Comprendió
lo que ocurría y apretó los dientes con fuerza, pero Xie Hanyan le abrió la
boca de un golpe. Un hilo de sangre corrió por la comisura de sus labios. Ella,
furiosa, casi rompía sus propios dientes:
—¡La
muerte de tu padre aún no ha sido vengada! ¿Y tú, hijo del Ejército Xuanyi,
pretendes suicidarte?
—¡NO
PIENSES EN ENVENENARME CON TUS ARTES! —rugió Jiang Lingfei.
—Si
no lo hago, ¿estarías dispuesto a matar a Ji Yanran? —se inclinó ella hacia
él—. No lo harías. Por eso este camino lo eliges tú mismo.
—¡Estás
loca! —jadeó Jiang Lingfei—. ¡Eres una completa demente!
—Entonces
enloquece conmigo —respondió Xie Hanyan. Su furia se desvaneció y en sus ojos
apareció una calma extraña, incluso una sonrisa, como la de un viajero exhausto
que al fin encuentra descanso en el desierto. Colocó el insecto rojo en el
cabello de Jiang Lingfei y murmuró:
—Cuando
todo esté hecho, iremos juntos a ver a mi esposo, a tu padre, y a los miles de
soldados del Ejército Xuanyi. Todos nos esperan.
Jiang
Lingfei gritó con desesperación, tirando de las cadenas hasta que se clavaron
en su carne y dejaron nuevas marcas sangrientas. El insecto rojo desapareció
poco a poco, y su resistencia se fue apagando hasta caer en un nuevo sopor.
Gui
Ci, desde la puerta, elogió:
—La
señora Xie tiene verdaderas artes.
Xie
Hanyan no levantó la cabeza:
—¿Cuándo
despertará?
—Tras
un día y una noche —respondió Gui Ci—. Una vez que el insecto haya entrado en
su cerebro, al despertar ya no recordará al príncipe Xiao ni a la vieja
Concubina. Solo obedecerá a la señora.
Xie
Hanyan asintió y vendó con cuidado las heridas de la muñeca de Jiang
Lingfei.
—Qué
inútil…
En
el gran salón, Yu Ying encendía una a una las velas:
—Hermana,
ya has usado el insecto rojo para refinar a Jiang Lingfei.
—Qué
lástima —dijo Zhegu, sacudiendo la cabeza—. Si pudiéramos cambiarlo por Ji
Yanran, o mejor aún, meterlo en la cabeza del Emperador, entonces, aunque
quisiéramos sentarnos en el trono del dragón de Wang Cheng, no sería
difícil.
Yu
Ying frunció el ceño:
—¡No
digas lo de sentarse en el trono, no sea que la hermana lo escuche!
—¿Y
qué si lo escucha? Al fin y al cabo, vamos a matar al Emperador —replicó Zhegu,
recostado en la silla, acariciándose la barbilla con una mano—. Solo que ahora,
con la derrota de Lei San, la próxima batalla será más complicada para
nosotros.
—Dicen
que hace poco, aunque Ji Yanran estaba enfermo en cama, aún pudo decidir la
victoria a mil li de distancia. Con solo dos cartas, ordenó a Zhou Jiong tomar
la ciudad de Dianhua —comentó Yu Ying—. ¿El jefe cree en eso?
—Pura
fanfarronería —respondió Zhegu con desprecio—. Yo no lo creo.
Yu
Ying apagó la antorcha y advirtió:
—Pero
al fin y al cabo es el comandante supremo del ejército del Gran Liang. No puede
ser que no tenga ninguna habilidad. No debemos subestimarlo.
—Si
Jiang Lingfei logra matarlo, no habrá sido en vano el insecto rojo —dijo
Zhegu—. El tercer hijo de la familia Jiang, el supuesto número uno del Jianghu,
digno de ser líder de la alianza… esta vez no debe decepcionarnos.
Cientos
de velas temblaban, iluminando los cientos de cestos de mimbre alrededor.
Una
masa negra de insectos venenosos se agitaba frenéticamente, con un sonido como
lluvia torrencial.
Un
hedor nauseabundo impregnaba la noche, grotesca y repulsiva.
Y
a varias decenas de li de distancia, en el camino montañoso, una comitiva
escoltaba una carreta, avanzando entre nubes de polvo.
El
cielo estaba a punto de clarear.

