•※ Capítulo 150: Media botella de antídoto.
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La
cabaña estaba construida de manera muy precaria. Las ventanas, cubiertas con
papel delgado, ya estaban desgarradas por el viento. Dentro había una cama de
tablas, sobre la cual yacía un anciano de cabellos blancos, envuelto en mantas,
dormitando. Otro anciano, vestido con ropa gris de tela basta, se sentaba junto
al fogón, removiendo con cuidado un sucio puchero de sopa aguada.
El
viento y la lluvia golpeaban con más fuerza.
El
anciano de gris dejó la cuchara, dispuesto a despertar a su compañero para que
comiera, cuando escuchó golpes en la puerta. Se sobresaltó:
—¿Quién?
—Somos
una caravana del norte, nos perdimos en la montaña —respondió un guardia—.
Afuera hay demasiados insectos y pedimos refugio por una noche.
—No
es que no quiera recibirlos —dijo el anciano con dificultad—. Aquí dentro hay
alguien con peste, los aldeanos lo trajeron para esperar la muerte. Será mejor
que se vayan.
En
ese momento, el enfermo en la cama gimió con dolor. Los guardias y Mei Zhusong
escucharon, sintiendo compasión. Recordaron que aún les quedaban algunas
píldoras preparadas y dijeron:
—Nuestro
señor es médico. Ha visto muchos enfermos en el suroeste y ha preparado algunas
recetas. Aquí tenemos dos frascos de medicina. Si no le incomoda, déjelos para
probar.
Al
oír que eran médicos, el anciano abrió la puerta.
El
guardia le entregó las píldoras con amabilidad:
—Una
por la mañana y otra por la noche. Le aliviarán mucho.
—Esto…
—En el suroeste, la medicina valía más que el oro. Los pobres, al enfermar,
solo podían esperar la muerte en lugares apartados. Recibir de pronto dos
frascos era un milagro. El corazón del anciano se llenó de gratitud—. Gracias,
doctor, gracias.
La
tormenta seguía tronando. El anciano de gris, viendo que Mei Zhusong no podía
apoyar la pierna, sugirió:
—Si
no les molesta, quédense bajo este techo. Prepararé agua caliente y encenderé
un brasero.
No
había otra opción. Mei Zhusong, con un paño en la boca, examinó al enfermo.
Aunque su rostro estaba pálido, el pulso era estable:
—Con
buen cuidado, quizá logre resistir.
—El
viejo Wang siempre fue fuerte —dijo el anciano, trayendo agua—. Nuestro pueblo
es remoto, sin contacto con extraños. Él enfermó porque fue a la ciudad a
comprar arroz y harina.
Los
guardias taparon las rendijas de las ventanas con sus ropas. Vieron que los
marcos estaban tallados con delicadeza, con motivos de flores y aves, un diseño
que había sido popular en Wang Cheng. Preguntaron curiosos:
—¿Es
usted de Wang Cheng?
—¿Eh?
No, no —se sorprendió el anciano, negando con la cabeza—. Somos del noroeste del
Gran Liang. Hubo sequía, no hubo cosecha, y bajamos al sur como refugiados.
Llevamos años aquí.
Mei
Zhusong acarició el brazo de una silla, también tallada con gran arte. Era un
trabajo refinado, poco común en campesinos del noroeste. Pero el anciano no
quiso hablar más, así que no insistió. Solo pidió agua caliente y trató sus
heridas.
La
noche cayó, la lluvia se calmó. Exhaustos, todos se quedaron dormidos. Al
amanecer, se escuchó un tintineo. El anciano de gris, llamado Song, despertó y
vio sorprendido a su compañero enfermo de pie junto al fuego. Se alegró y lo
sostuvo:
—¿Ya
estás mejor?
—Lo
que estoy es hambriento —respondió el viejo Wang, hurgando el fondo del puchero
con una cuchara, con gesto amargo—. ¿Hay bollos al vapor?
—Aquí
tienes bollos, espera —el viejo Song lo ayudó a sentarse, emocionado—. ¡Hay que
agradecer al médico de afuera, un verdadero sabio! Con una sola píldora,
mírate, ya puedes levantarte y caminar.
Mei
Zhusong y sus acompañantes se despertaron con el alboroto. Al abrir la puerta,
vieron al enfermo que la noche anterior no podía moverse, ahora devorando pan y
sopa. El viejo Song les ofreció también tortas, disculpándose porque no tenía
mucho alimento guardado. Invitó al médico a descansar allí, mientras él mismo
iría al pueblo a buscar comida y ropa limpia.
Un
guardia comentó:
—Acaba
de llover, el camino de montaña debe estar difícil. Lo acompañaré.
Pero
el viejo Song insistió en que no hacía falta, recogió su cesta y se marchó
rápidamente, como temiendo que lo detuvieran.
El
guardia frunció el ceño. Venía del Ministerio de Justicia y su instinto le
decía que aquel pueblo y aquel anciano ocultaban algo. Mei Zhusong, en cambio,
pensaba en otra cosa: la medicina entregada la noche anterior tenía efecto, sí,
pero nunca tan rápido. Sospechó algo y preguntó al viejo Wang sobre su dieta.
Al revisar la cesta, encontró un puñado de setas secas.
—He
estado tan enfermo que ni sé qué he comido —explicó el viejo Wang—. Pero esta
sopa de hongos la hacemos siempre en el pueblo. Los pobres la toman cuando
tienen fiebre o resfriado, como si fuera medicina.
En
los bosques del suroeste abundaban los hongos. Aquellos, de color azul verdoso,
ni nombre tenían, crecían tras la lluvia en cualquier patio, sin valor alguno.
Pero al oír que Mei Zhusong quería ir al pueblo, el viejo Wang se mostró
incómodo, dudando en aceptar.
—Hermano
—dijo Mei Zhusong, levantándose con esfuerzo y saludando—. Ahora que el
suroeste sufre peste, este hongo puede ser la medicina que salve vidas.
—Doctor,
no haga eso —el viejo Wang lo detuvo, suspirando—. Ni yo ni el viejo Song somos
de corazón de piedra. Solo tememos problemas. Pero con miles de vidas en juego,
¿cómo mirar hacia otro lado? Vengan conmigo.
Se
apoyó en un bastón y, cojeando, los guio por el sendero del bosque.
*****
En
el palacio subterráneo, Xie Hanyan dijo:
—Pensé
que te quedarías en Yuli y no volverías.
—¿Por
qué madre hace esto? —preguntó Jiang Lingfei.
—Porque
el suroeste de antaño era así, caos y miseria —descendió los escalones del
salón—. No, incluso peor: peste, pobreza, guerra y saqueo. Fue tu padre, mi
esposo, quien puso fin a esa era.
Su
voz ardía de ira:
—Tu
padre dio hasta la última gota de sangre por el Gran Liang y por el reino. ¿Y
qué recibió? El rechazo de los ministros, la sospecha del Emperador, la
ingratitud del pueblo. Apenas veinte años después de su muerte, ya nadie lo
recuerda. Hoy, ¿quién piensa en Lu Guangyuan al oír “invencible”?
—¿Entonces
madre quiere destruir el mundo? —Jiang Lingfei la miró con voz quebrada—.
Siempre me engañaste. No solo odias al difunto Emperador, no solo al actual,
tampoco piensas entregar el reino al príncipe Xiao como dijiste. Solo quieres
arrasar con todo.
—¡Sí!
—Xie Hanyan, casi histérica—. ¡Quiero que el mundo sea el funeral del general!
¿Por qué los Li pueden gozar de riqueza y poder, mientras mi esposo ni siquiera
tiene tumba digna?
—Dame
la medicina contra la peste —pidió Jiang Lingfei.
—No
hay cura —rio con frialdad—. ¿Acaso Ji Yanran te envió a buscarla? Él tampoco
resistirá mucho.
Jiang
Lingfei desabrochó la manga, mostrando su brazo ensangrentado:
—Acabo
de ir al pabellón norte. Encontré un elefante enfermo, seguramente usado por
Gui Ci para preparar medicinas.
Xie
Hanyan se sorprendió al ver el pus amarillo en la herida:
—¡Cómo
te atreves!
—Dame
el antídoto —dijo Jiang Lingfei—. A menos que quieras verme morir.
Xie
Hanyan levantó la mano y le dio una bofetada:
—¡INSENSATO!
Jiang
Lingfei se limpió la sangre de la comisura de los labios, bajó la mirada y
dijo:
—He
sido un desdichado durante más de veinte años, una vez más no me importa. Pero
el príncipe Xiao me ha tratado con una gracia inmensa. Si madre insiste en que él
muera, entonces mátame primero.
—¡CÓMO
PUDE TENER UN HIJO TAN INÚTIL! —Xie Hanyan, furiosa—. ¡VETE AL CALABOZO Y
ARRODÍLLATE A REFLEXIONAR!
Jiang
Lingfei se dio la vuelta y salió del salón.
Detrás
de él seguían los gritos de ira y el estrépito de los jarrones al romperse.
—La
hija del primer ministro, Xie Hanyan, famosa en el Gran Liang: culta,
ingeniosa, de conducta intachable, suave como el agua.
En
la oscura celda, Jiang Lingfei permanecía arrodillado sobre el suelo helado.
Recordó lo que Yun Yifeng había dicho en Wang Cheng. Pensaba entonces que
aquella belleza suave como el agua ya se había transformado en otra persona. El
tiempo cambia demasiado: el bien y el mal, lo correcto y lo incorrecto. Sabía
de los sufrimientos de su madre en la juventud, relatados una y otra vez. Su
propio odio hacia el difunto Emperador, la Emperatriz y el actual soberano
nacía de esas historias. Vengar a su padre parecía un deber natural. Creía que
“vengar la injusticia” significaba solo cambiar de Emperador y matar a los
culpables. Pero ahora veía que todo era falso.
La
visión se le nublaba. Las dos velas blancas parecían dos ojos extraños que
parpadeaban. No sabía cuánto tiempo llevaba arrodillado. La cabeza se le volvía
pesada, las piernas insensibles ya no sostenían su cuerpo, y cayó de lado.
El
mundo se llenó de niebla negra.
En
aquel sueño sangriento y sin luz, Jiang Lingfei pensó confusamente:
—Mejor
no soñar con mi madrina. Que se quede en Wang Cheng, disfrutando de flores y
paisajes, tranquila y en paz.
******
Yun
Yifeng trajo un cuenco de medicina:
—He
pedido al médico que añadiera más coptis*, para aliviar la fiebre de Su Alteza.
(n.t: *es una
planta medicinal)
Ji
Yanran lo bebió de un trago y frunció el ceño:
—Es
muy amargo.
Yun
Yifeng lo observó con atención:
—Te
engañé. Hoy redujeron la coptis y añadieron más de espino. El sabor debería ser
ácido y dulce.
Ji
Yanran: “…”
Ji
Yanran tuvo que admitir:
—No
siento el sabor. Quise ocultarlo para que no te preocuparas. Pero al médico sí
le dije la verdad.
—La
próxima vez no mientas —Yun Yifeng se sentó frente a él—. Tengo una buena
noticia.
—¿Cuál?
—preguntó Ji Yanran.
—Di
Wugong ha calculado la entrada al palacio subterráneo. Hay dos —Yun Yifeng
desplegó el mapa—. Estas dos son distintas de las otras cuarenta y siete: no
cambian con el hechizo ni pueden sellarse con mecanismos. Son lo que los libros
llaman “puertas de vida”.
—En
otras palabras —dijo Ji Yanran—, ¿podemos atacar el palacio en cualquier
momento?
—Como
esas dos puertas no pueden sellarse, seguro que alrededor está lleno de armas
ocultas y miasmas venenosos. Un descuido y nos atravesarán como un colador
—reflexionó Yun Yifeng—. Dime, ¿crees que el hermano Jiang nos ayudará?
—Difícil
decirlo —Ji Yanran negó con la cabeza—. Pero sigo pensando lo mismo: aunque
Lingfei no sea de mala naturaleza, no podemos confiar solo en él.
—Entonces
confiaré en Su Alteza —Yun Yifeng le acarició el rostro—. Debes recuperarte
pronto.
Ji
Yanran, tras más de diez años de campañas, nunca había estado tanto tiempo en
cama. El dicho dice que “en la enfermedad, el amante se vuelve más atento”,
pero eso solo ocurre en tiempos de paz, cuando el ser querido sufre un simple
dolor de cabeza y uno puede consolarlo en brazos. Ahora no: la peste arrasaba,
el pueblo huía, todo estaba en caos. Ni hablar de ternuras, apenas había tiempo
para comer.
—Desde
que conocí a Su alteza, no he tenido un solo día tranquilo —suspiró Yun Yifeng.
El
príncipe Xiao lo pensó y, en efecto, era cierto. Lo consoló:
—Ya
te lo compensaré. En la residencia del príncipe Xiao pondré una cama de perlas,
jade y rubíes, cubierta de brocados.
Li
Jun, desde la puerta, pensó: «Ah, sigue con el mismo gusto de siempre.»
Al
menos su séptimo hermano no parecía grave.
****
En
el palacio subterráneo, la cabeza de Jiang Lingfei sí estaba ardiendo. Despertó
de pesadillas, con los labios resecos, la garganta como atravesada por un
cuchillo, los órganos retorciéndose en espasmos. Alzó la cabeza con respiración
pesada. No estaba su madre, solo Yu Ying sentada junto a la cama.
—¿Por
qué te torturas así? —suspiró Yu Ying, ayudándolo a incorporarse—. Si quieres
salvar a Ji Yanran, ruega más a tu madre. Quizá te dé el antídoto. Y si no,
róbalo, o amenaza a Gui Ci. ¿Por qué elegir justo este método tan torpe?
—¿Dónde
está mi madre? —preguntó Jiang Lingfei.
—La
hermana Xie se mareó de la rabia y está acostada —Yu Ying sacó un frasco de
porcelana blanca—. Aquí hay medicina para dos personas.
Jiang
Lingfei destapó el frasco y bebió la mitad:
—Gracias,
tía Ying.
—Agradece
a tu madre. Sin su permiso yo no lo habría conseguido —le secó el sudor de la
frente y añadió con paciencia—. Sabes bien que ella odia a los Li, incluido Ji
Yanran. Pero aun así cumplió tu deseo. Te quiere mucho, solo que por lo del
general Lu está… un poco fuera de sí.
—Lo
sé —dijo Jiang Lingfei, mirando el frasco—. ¿Cuánto tarda en hacer efecto esta
medicina?
—Medio
shichen —dijo Yu Ying—. Este antídoto es precioso y difícil de elaborar. Aunque
otros médicos lo obtuvieran, no podrían reproducir la fórmula. Llévalo para
salvar a Ji Yanran; considéralo como pagar la deuda con la residencia del
príncipe Xiao. En adelante no seas tan impulsivo, no decepciones a tu madre.
Jiang
Lingfei apretó el frasco de porcelana, respondiendo distraído.
*****
Li
Jun estaba tomando té en la mesa cuando alguien le golpeó la cabeza. Se levantó
de un salto, sobresaltado.
Jiang
Lingfei le tapó la boca:
—Soy
yo.
Al
reconocerlo, Li Jun se llenó de alegría. A través de los dedos murmuró con
dificultad:
—¿Has
recapacitado?
Jiang
Lingfei lo soltó:
—He
venido a entregar algo al príncipe Xiao. Este es el antídoto y una carta.
Entrégaselos al maestro Yun. En cuanto a si hay más rehenes en el palacio
subterráneo, aún no lo he podido averiguar.
Li
Jun exclamó feliz:
—¡Bien,
bien, bien!
Y
añadió con preocupación:
—Tu
rostro no se ve muy bien. En la habitación contigua el maestro Yun ha preparado
un caldo fortificante. Espera, voy a traerte un cuenco.
Jiang
Lingfei: “…”

