Un Caballero Elegante 36

  


Capítulo 36: La Boda del Dios del Río (VI)

 

La noche era oscura y el viento soplaba con fuerza. Ming Changyan decidió desenterrar una tumba.

 

Tras apartar a todos los demás, se cambió a un atuendo negro de incursión nocturna y se quedó de pie junto a la puerta, aguardando con impaciencia. Finalmente, la persona que había citado llegó.

 

En cuanto Huai Yu apareció, Ming Changyan exclamó sorprendido:

—¿Cómo es que no te has cambiado de ropa?

 

Huai Yu respondió, desconcertado:

—¿Y por qué tendría que cambiarme de ropa?

 

—Vaya, Joven Primer Ministro. Lo que vamos a hacer es algo propio de ladrones. Vas vestido completamente de dorado, llamando la atención por todas partes. ¿No crees que eso es un poco inapropiado?

 

Sin embargo, Huai Yu pareció aún más confundido.

—¿Qué tiene de malo?

 

Al verlo tan obstinado en sus propias ideas y tan seguro de sus habilidades marciales, con un porte que recordaba bastante al suyo de antaño, Ming Changyan no pudo evitar admirarlo.

—De acuerdo, de acuerdo. No perderé más tiempo discutiendo contigo. Vámonos.

 

La Valle Xiaogu* se hallaba al pie de las montañas al oeste de Guangling. Como entre las dos montañas había un estrecho paso natural, aquel lugar había recibido ese nombre.

(*Pequeña boca)

Las heridas graves de Ming Changyan aún no habían sanado por completo. Aunque durante ese tiempo había tomado medicinas todos los días y había estado recuperando su condición física, logrando restaurar aproximadamente una o dos décimas partes de su cultivo marcial, por las noches su visión seguía siendo deficiente.

 

Afortunadamente, sus otros sentidos eran extraordinariamente agudos.

 

Aunque no distinguía con claridad el camino frente a él, todavía podía determinar si había obstáculos por delante gracias al más leve movimiento de la hierba o a cualquier cambio en la corriente del viento.

 

Avanzaron durante un rato. De no ser porque el sendero se volvía cada vez más sinuoso a medida que continuaban, y porque Ming Changyan tropezó con una pequeña piedra, tambaleándose un paso, ni siquiera Huai Yu habría descubierto que era incapaz de ver.

 

Huai Yu se detuvo y le sujetó el brazo para ayudarlo a recuperar el equilibrio.

 

Al notar que se había detenido, Ming Changyan creyó que ya habían llegado a su destino y preguntó, girando ligeramente la cabeza:

—¿Tan rápido hemos llegado?

 

—Todavía no —respondió Huai Yu antes de preguntar directamente—. ¿Es que no puedes ver?

 

 Ming Changyan se quedó atónito un instante y sonrió.

—¿Y qué importa que no vea? ¿Acaso no estoy caminando perfectamente?

 

Huai Yu alzó una ceja.

—¿Perfectamente?

 

Ming Changyan se frotó la nariz.

—Cuando uno recorre caminos nocturnos con frecuencia, es inevitable tropezar alguna vez. En fin, no le des importancia. Solo estoy ciego durante un rato; eso no retrasará nuestros asuntos. Si te preocupa, enciende algunos pedernales más. Yo llevaré unos cuantos para alumbrarme.

 

Huai Yu guardó silencio un momento antes de preguntar:

—¿Siempre has sido así?

 

—A veces me quedo ciego. Ahora ya está mucho mejor. Además, ¿no te tengo a ti, mi hermano mayor, para que me protejas? —Tras decirlo, Ming Changyan soltó una risita— ¿O será que le tienes miedo a la oscuridad? No pasa nada. Si te asusta, acércate un poco más a mí. Antes, Yi Yue también le tenía miedo a la oscuridad, pero le encantaba escuchar historias de fantasmas y espíritus. Después de oírlas, me rogaba que saliéramos en mitad de la noche a recoger fruta. Una vez nos encontramos por el camino con la señorita Hua…

 

Luego él mismo se interrumpió un momento y añadió:

—Ah, cierto, tú no la has conocido. No te dejes engañar por lo enfermiza que parece ahora. Cuando era niña, montar a caballo y disparar con arco… era mejor que yo en todo. Además, tenía el aspecto de un joven muchacho. ¿Por dónde iba? Ah, sí. Nos la encontramos a mitad de camino y Yi Yue insistió en que viniera con nosotros. Mi hermana siempre ha sido la más astuta. Cuando dos personas caminan por un sendero nocturno, ella va delante; cuando son tres, se coloca en medio. Igual que haces tú ahora. ¿Acaso tienes miedo a los fantasmas?

 

Los pasos de Huai Yu se detuvieron un instante.

—No.

 

Mientras conversaban, ambos llegaron ya al Valle Xiaogu.

 

En el fondo de una profunda hondonada, los ataúdes yacían esparcidos por todas partes, colocados en completo desorden. Las lluvias de días atrás habían hecho que muchas tapas, cerradas de forma apresurada y sin clavos que las fijaran, se deslizaran hasta quedar medio caídas junto a los féretros.

 

Ming Changyan sostuvo la antorcha y se dispuso a saltar hacia abajo.

 

Pero antes siquiera de despegar los pies del suelo, Huai Yu lo agarró por el cuello de la ropa.

—¿Piensas saltar así sin más? ¿Y si hay algo ahí abajo? Estamos en mitad de la nada. Aunque no haya fantasmas, si te encuentras con una bestia salvaje y te pilla desprevenido, ¿cuántas posibilidades tendrías de escapar?

 

—Tranquilo, sé lo que hago. Alrededor de los ataúdes la energía cadavérica es muy intensa. Los animales corrientes no se atreven a permanecer mucho tiempo cerca —respondió Ming Changyan.

 

Sin embargo, Huai Yu apretó aún más los dedos sobre su cuello.

—No.

 

—De acuerdo, de acuerdo. Si no me dejas bajar, echaré un vistazo desde aquí arriba —Luego añadió— Eso sí, mi vista no es muy buena. Pequeño Huai Yu, hazme el favor de mirar algo por mí.

 

—¿Mirar qué? —preguntó Huai Yu.

 

Ming Changyan respondió:

—¡Naturalmente, mira dentro de los ataúdes a ver si hay cadáveres!

 

Huai Yu tomó la antorcha y alumbró hacia el fondo. La llama era demasiado tenue y apenas permitía distinguir nada. Sin embargo, al instante siguiente, sacó de la manga una perla luminosa nocturna, le retiró la funda de tela negra que la cubría y, de inmediato, una intensa claridad se extendió por los alrededores.

 

Antes de que Ming Changyan pudiera decir una palabra, Huai Yu levantó la mano y lanzó la perla al interior de la zanja.

 

—¡¡¡HUAI YU!!! —Ming Changyan soltó un grito desgarrador.

 

Pero Huai Yu actuó con mayor rapidez todavía y atrapó el cuerpo de Ming Changyan justo cuando este intentaba saltar tras ella.

 

—¿No decías que no puedes ver? —preguntó Huai Yu con calma—. ¿Ahora hay suficiente luz?

 

Ming Changyan giró la cabeza y lo miró con una expresión de sufrimiento tan profundo que parecía llevar escritas en la cara las palabras: «Derrochador sin remedio».

 

Huai Yu frunció el ceño.

—Los ataúdes están vacíos.

 

Aquellas palabras disiparon de inmediato el dolor que sentía Ming Changyan por la pérdida de la perla.

 

Aprovechando su resplandor, ambos observaron con claridad el interior de los féretros abiertos por la lluvia.

 

Estaban completamente vacíos.

 

—¡Tal como sospechaba! —exclamó Ming Changyan.

 

Huai Yu asintió.

—¿Cuándo te diste cuenta?

 

Ming Changyan dio una palmada.

—Si la epidemia no es una calamidad natural, sino un desastre provocado por el hombre, entonces hay una cuestión fundamental: ¿por qué envenenar a la gente y, además, hacer que parezca una epidemia? Le he dado muchas vueltas y solo encuentro una explicación. Esa persona necesita cadáveres… o, mejor dicho, necesita personas. Solo una epidemia produce suficientes muertos como para que algunas desapariciones pasen inadvertidas. Pero ¿para qué los necesita?

 

Huai Yu lo observó en silencio.

 

Ming Changyan reflexionó durante un largo rato y, de pronto, abrió mucho los ojos.

—¿Será porque le falta uno para completar una partida de mahjong?

 

—¡Ming Changyan! ¿Te parece este un momento para bromear?

 

Ming Changyan soltó una carcajada.

—No, no, claro que no. Es que el ambiente estaba demasiado tenso. Solo intentaba relajar un poco el ánimo.

 

Luego continuó:

—Ahora las cosas son mucho más sencillas. Si no se trata de una epidemia, sino de un envenenamiento, entonces necesariamente debe existir una cura. Pequeño Huai Yu, a partir de ahora voy a seguir necesitándote.

 

Cuando se disponían a marcharse, el corazón de Ming Changyan seguía sangrando por la pérdida de aquella valiosa perla luminosa. Incluso intentó bajar a recuperarla, pero, como era de esperar, no lo consiguió.

 

Huai Yu volvió a agarrarlo por el cuello de la ropa y lo arrastró de regreso a la posada de la estación de correo.

 

Seis días después, uno de los pacientes de la supuesta epidemia que había aceptado voluntariamente ser tratado por Huai Yu se encontraba prácticamente recuperado.

 

En cuanto pudo levantarse de la cama, rompió a llorar. Entre lágrimas y mocos, se arrodilló y comenzó a postrarse una y otra vez ante Huai Yu, golpeando la frente contra el suelo más de diez veces seguidas.

 

Temiendo que aquel hombre, recién rescatado de las puertas de la muerte, se matara a sí mismo a base de reverencias, Ming Changyan llamó apresuradamente a varias personas para que se lo llevaran.

 

Cuando el paciente hubo salido, Ming Changyan tomó asiento y preguntó:

—¿Y bien? Después de todos estos días, ¿has sacado alguna conclusión?

 

Huai Yu le sirvió una taza de té antes de responder:

—Ninguna. Jamás había visto un veneno como este. No existe registro de él en las Llanuras Centrales.

 

Ming Changyan frunció el ceño.

—Hace dos años, toda la secta Guifeng murió por culpa de este mismo veneno. ¿Qué clase de sustancia puede provocar que el cuerpo entero se petrifique?

 

Huai Yu negó con la cabeza.

—Nunca había oído hablar de algo así.

 

Ming Changyan permaneció un momento pensativo junto a la ventana, concentrado en sus reflexiones. De pronto, su figura se movió y, sin previo aviso, saltó por la ventana.

 

La taza de té que sostenía Huai Yu cayó al suelo con estrépito.

 

Era la segunda vez que veía a aquel hombre arrojarse por una ventana.

 

Realmente estaba enfadado.

 

Abrió la boca, dispuesto a reprenderlo, pero tras rebuscar durante un buen rato en su mente, descubrió que no conocía ni una sola palabra para maldecir a alguien. Después de todo, nadie le había enseñado jamás a insultar y, lo que era más importante, nunca había existido una persona capaz de irritarlo tanto como para sentir la necesidad de hacerlo.

 

Apretó los labios una y otra vez. Incapaz de encontrar ninguna ofensa adecuada, solo pudo gritar con ferocidad:

—¡MING CHANGYAN!

 

Ming Changyan poseía una peculiar constancia.

 

Ya fuera saltar por una ventana, desde un edificio, por encima de un muro o incluso a un río, siempre utilizaba exactamente el mismo método.

 

No importaba cuán graves fueran sus heridas ni cuántas posibilidades tuviera de sobrevivir a la caída.

 

Primero saltaba.

 

El resto venía después.

 

Nada más aterrizar, desenvainó la espada.

 

Era una excelente arma que había comprado en la armería apenas dos días antes.

 

La punta de su espada señaló a un joven vestido de blanco.

 

Al advertir las malas intenciones de aquel recién llegado, el muchacho respondió de inmediato desenvainando la suya. Sin intercambiar una sola palabra, ambos se enzarzaron en combate.

 

La técnica que utilizaba Ming Changyan era precisamente las Seis Espadas de Tianqing.

 

Sin embargo, el estilo de su adversario resultó ser exactamente el mismo.

 

Tras cruzar varios movimientos, el joven descargó un golpe lleno de fuerza que obligó a Ming Changyan a retroceder varios pasos. Entonces exclamó:

—¡¿Quién eres?! ¡¿Por qué conoces las técnicas de espada de Tianqing?!

 

Ming Changyan sonrió.

 

—Si fui yo quien te enseñó, ¿cómo no iba a conocer las técnicas de espada de Tianqing? —Ming Changyan dijo— Mingyue, empuña bien tu espada. El siguiente golpe que lance… te quitará la vida.

 

El rostro de Mingyue palideció de inmediato.

 

Primero mostró conmoción. Luego, una inmensa alegría. Pero tras escuchar aquellas palabras, aquella felicidad se transformó en una tristeza desgarradora.

 

Las emociones desfilaron por su rostro una tras otra hasta que, al final, quedó completamente en blanco.

 

—Hermano mayor… hermano mayor… No has muerto… Estás vivo… Yo…

 

Mientras aún cambiaba de expresión, una espada atravesó su hombro.

 

Mingyue se quedó rígido de repente y escupió una bocanada de sangre.

 

Ming Changyan retiró la espada de un tirón. Privado de apoyo, Mingyue cayó de rodillas pesadamente al suelo.

 

—¡Empuña bien tu espada!

 

Mingyue se cubrió el hombro herido. La sangre manaba de su boca mientras preguntaba, desconcertado:

—Hermano mayor… ¿por qué me lastimas?

 

Ming Changyan lo agarró por el cuello y lo levantó de un tirón.

 

La expresión de su rostro era una mezcla de odio y dolor.

—Tú mataste a Yi Yue.

 

Los ojos de Mingyue se abrieron de par en par. Comenzó a forcejear desesperadamente.

 

—¿Qué…? ¿Qué estás diciendo? ¡Yo no…! ¡No fui yo! ¡Hermano mayor, no entiendo de qué hablas! ¡Me duele mucho el hombro! ¡Hermano mayor, me duele!

 

La respiración de Ming Changyan se cortó por un instante.

 

La fuerza de su mano se aflojó ligeramente.

 

Mingyue cayó en un acceso de tos violenta. Después se secó las lágrimas del rostro con la manga.

 

—Hermano mayor, no fui yo. Tú… tú sigues vivo… Entonces ¿por qué no volviste a casa? ¿Por qué no regresaste a Tianqing…?

 

—Cállate —Ming Changyan se presionó las sienes— Si no fuiste tú quien entregó a Yi Yue a Wan Qianqiu, ¿quién fue entonces?

 

Mingyue se tambaleó al ponerse en pie.

 

—Hermano mayor, yo no fui —Tras un largo silencio, Mingyue añadió de pronto— Hermano mayor… tengo mucha hambre.

 

Su expresión seguía siendo confusa, como si realmente no comprendiera por qué Ming Changyan lo había atacado de repente ni qué crimen había cometido.

 

Ming Changyan apretó los puños con fuerza y luego los aflojó lentamente. Apretando los dientes, dijo:

—Primero vamos a comer. Después de eso, tengo algunas preguntas para ti. Y si te atreves a decirme una sola mentira, aunque seas tú, no tendré ninguna consideración.

 

Mingyue se sujetó el hombro.

 

La sangre seguía goteando sin parar.

 

Cada vez que Ming Changyan avanzaba un paso, él lo seguía.

 

Ya no podía sostener la espada con la mano, así que la abrazó contra el pecho. Su aspecto era tan lamentable que resultaba imposible para Ming Changyan actuar con dureza durante mucho tiempo.

 

Terminó quitándole la espada, lo llevó a rastras hasta una botica de la calle y compró a toda prisa algunas medicinas para detener la hemorragia.

 

Después le untó el medicamento sobre la herida del hombro.

 

Mingyue no se atrevió a protestar ni una sola vez. Mantuvo la cabeza baja durante todo el proceso.

 

Justo cuando salían de la botica, se encontraron de frente con Huai Yu.

 

Huai Yu tenía una expresión sombría.

 

Ming Changyan hizo un gesto con la mano.

—Busca una posada o un restaurante. Tengo algunas cosas que preguntarle.

 

Cuando terminaron de comer, el dedo índice con el que Ming Changyan llevaba un buen rato golpeando la mesa finalmente se detuvo.

 

Mingyue dejó los palillos.

 

—¿Todavía te duele el hombro? —preguntó Ming Changyan.

 

Mingyue negó con la cabeza.

—Hermano mayor, yo no maté a Yi Yue.

 

—Razones. Explícate.

 

Mingyue levantó la vista.

—No lo hice. ¿Por qué sospechas de mí? Hermano mayor, fuiste tú quien me salvó la vida. Si realmente crees que fui yo, puedes quitármela ahora mismo. No tendré la menor queja.

 

Ming Changyan guardó silencio un instante antes de preguntar:

—El colgante de jade. La que me diste. ¿Dónde está?

 

—No lo sé. Después de que saltaras al río Yanbo, nunca volví a ver ese colgante —respondió Mingyue.

 

Ming Changyan no logró sacar nada en claro. Le dolía la cabeza como si fuera a partirse en dos.

 

Xiao Lingdang ciertamente no le habría mentido. Pero tampoco parecía que Mingyue estuviera mintiendo. Sin más remedio, cambió de tema.

—¿Has venido tú solo? ¿Y los demás? ¿Dónde está Yulou?

 

Por primera vez, la expresión de Mingyue vaciló.

 

Ming Changyan dejó la taza de té sobre la mesa.

—¿No ha venido?

 

Mingyue hizo una breve pausa antes de responder lentamente:

—No. Esta vez… he venido yo solo.

 

Ming Changyan no sospechó nada. Dio un sorbo al té y continuó interrogándolo.

—¿Y qué te trae a Guangling?

 

—Muchas sectas del Jianghu han enviado discípulos a Guangling. Tianqing no podía quedarse de brazos cruzados.

 

Al oír aquello, Ming Changyan comprendió la situación.

 

Las distintas sectas habían enviado, en su mayoría, discípulos externos para investigar lo ocurrido. Sin embargo, dos años atrás la secta Tianqing había sufrido un golpe devastador. Además, tras la supuesta muerte de Ming Changyan en el río Yanbo, seguramente muchos discípulos externos habían abandonado la secta en busca de un futuro mejor.

 

Por eso, para esta crisis, habían tenido que enviar incluso a un discípulo del círculo interno como Mingyue para participar en las labores de socorro.

 

Ming Changyan continuó haciéndole algunas preguntas más.

 

Después decidió retenerlo y lo instaló temporalmente en la posada de postas.

 

Cuando terminaron los arreglos, Huai Yu preguntó:

—¿Qué piensas hacer ahora?

 

—Buscar a dos personas con buenas habilidades marciales para vigilarlo. Hasta que todo este asunto quede aclarado, no puede marcharse —dijo Ming Changyan.

 

Huai Yu le sostuvo el brazo.

—Te toca tomar la medicina.

 

Ming Changyan soltó un largo suspiro.

—¿Crees que, estando como estoy, tengo ánimos para tomar medicina?

 

Huai Yu respondió con calma:

—Si no te la tomas por las buenas, te la haré tragar por las malas. Si crees que puedes vencerme, eres libre de intentarlo.

 

Ming Changyan se indignó al instante.

—¡Qué falta de respeto! No tienes consideración alguna por tus mayores.

 

—Hmph! —Huai Yu soltó un resoplido frío.

 

Ming Changyan ya sabía perfectamente qué iba a decirle, así que se apresuró a rectificar:

—Está bien, está bien, culpa mía. Se me había olvidado otra vez. Tú eres mi hermano mayor, mi hermano mayor de verdad, mi querido gege. ¿Contento?

 

Solo entonces la expresión de Huai Yu se suavizó un poco.

 

Cuando salieron de la posada de la estación de correo, Ming Changyan dijo:

—Voy a volver a interrogar a esas novias.

 

—Iré contigo —respondió Huaiyu.

 

Ambos echaron a andar juntos por la calle, uno delante y otro al lado, mientras la investigación continuaba avanzando poco a poco entre dudas, mentiras y pistas a medio descubrir.

 

Al pasar por la avenida principal, se toparon con Zhao Xiaolan y Zhu Rong, que estaban participando en las labores de socorro para los damnificados.

 

Ambos repartían gachas en un cobertizo improvisado.

 

Los demás servían los cuencos de uno en uno, pero Zhao Xiaolan, incapaz de contener su avaricia por hacer más trabajo en menos tiempo, había apilado una montaña de cuencos sobre una bandeja. Caminaba tambaleándose de un lado a otro.

 

Visto desde lejos, cualquiera habría pensado que estaba realizando algún espectáculo callejero.

 

Y, efectivamente, apenas había dado un par de pasos cuando su cuerpo se inclinó hacia un lado. Junto con la bandeja y las gachas, estuvo a punto de estrellarse contra el suelo.

 

En ese momento, una mano lo sujetó por el cuello de la ropa.

 

Zhao Xiaolan logró mantener el equilibrio, pero los cuencos y las gachas no tuvieron la misma suerte.

 

Salieron despedidos de la bandeja y cayeron al suelo entre una lluvia de estrépitos.

 

¡Crash! ¡Clang!

 

Los refugiados que observaban la escena aspiraron aire entre dientes al unísono.

 

Aquello les dolió más que si se hubieran caído ellos mismos.

 

Era un desperdicio tan doloroso que daban ganas de golpearse el pecho y lamentarse.

 

—¡Hermano Zhu, muchas gracias, muchas gracias!

 

—¿De verdad tienes que transportarlo todo de una sola vez?

 

Zhao Xiaolan se enderezó y respondió con una carcajada:

—¡Así se termina más rápido!

 

Zhu Rong apartó varios cuencos y los dejó sobre una mesa.

—Es muy peligroso. No vuelvas a hacerlo.

 

Zhao Xiaolan soltó una sonora carcajada.

—¿Qué hay que temer? ¡Los hombres crecemos precisamente después de caernos unas cuantas veces! Además, tú siempre vienes a ayudarme, hermano Zhu.

 

Una suave sonrisa floreció en el rostro de Zhu Rong. Sus ojos se curvaron ligeramente al sonreír. Se volvió despacio y los pequeños cascabeles que llevaba consigo tintinearon con suavidad.

—No siempre estaré a tu lado. Tal vez, si hace un momento yo no hubiera estado aquí, ahora mismo habrías acabado estampado contra el suelo.

 

Zhao Xiaolan agitó la mano con desdén.

—¡Qué tontería!

 

En ese momento, Ming Changyan lo llamó:

—¡Hermano Xiaolan!

 

La mano con la que Zhao Xiaolan servía las gachas se detuvo.

—¡Hermana mayor Yan!

 

Se volvió hacia Zhu Rong.

—Hermano Zhu, ayúdame a vigilar esto un momento. Volveré enseguida.

 

Mientras hablaba, echó a correr hacia Ming Changyan.

—¿Qué tal, hermana Yan? ¿Cómo es que has salido hoy?

 

—Pasaba por aquí y pensé en echarte un vistazo. ¿Qué perfume llevas? Huele genial —respondió Ming Changyan.

 

Zhao Xiaolan rebuscó en su ropa y sacó varias cajitas de colorete.

—Las acabo de comprar. ¿Quieres una? Te regalo una caja. ¡Los cosméticos de Guangling son de excelente calidad, así que he comprado algunos para llevarme!

 

Ming Changyan arqueó una ceja.

—¿Y para quién son? ¿Alguna amiga íntima?

 

El rostro de Zhao Xiaolan se puso rojo al instante.

—¡S-son para una amiga normal!

 

Mientras ambos conversaban, desde la esquina de una calle cercana llegó el sonido de varias personas hablando.

 

—Siempre que ocurren cosas como esta, el Templo Xiaohan moviliza a medio mundo. ¿Por qué esta vez han enviado tan poca gente?

 

—¿Y no es obvio? Están ampliando los templos de Huating. Todos los monjes han ido allí. ¿Quién va a preocuparse ahora por la vida o la muerte de la gente común?

 

—¡Humph! El Templo Xiaohan siempre haciendo teatro. ¡Toda esa compasión es pura fachada!

 

De pronto, Zhao Xiaolan exclamó:

—¡Hermana Yan, son uniformes de la secta Tianqing!

 

Todos se volvieron para mirar.

 

A cierta distancia, en la entrada de un callejón, había cuatro personas.

 

Vestían los uniformes de la secta Tianqing y llevaban encima pequeños chalecos sin mangas. En los bajos de las túnicas estaban bordados símbolos de yin-yang y trigramas de los Ocho Diagramas, mientras que de las mangas colgaban largos flecos de seda que oscilaban elegantemente con cada paso.

 

Aquel diseño refinado y ostentoso reflejaba por completo el gusto estético de Ming Changyan.

 

Ming Changyan se quedó inmóvil.

 

¿Había llegado gente de Tianqing aparte de Mingyue?

 

Huai Yu comprendió la situación casi al instante.

—Mingyue ha mentido.


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