Un Caballero Elegante 30

  

Capítulo 30: Las dudas de un caballero. (I)

 

Huai Yu, con el cuenco de medicina en la mano, lo dejó sobre la mesa con un golpe seco.

—¡Deja de fingir!

 

Ming Changyan no abrió los ojos. Hizo como si no hubiera oído nada. Huai Yu era experto en equitación y tiro con arco; su vista era extraordinaria.

 

Desde lejos había visto claramente que Ming Changyan estaba en el patio. Y como el joven héroe llevaba unos días portándose bien, prometiendo a Huai Yu no salir a hacer tonterías, ahora que lo habían atrapado in fraganti, estaba tan nervioso que solo podía fingir estar muerto.

 

—Levántate y bebe la medicina.

 

Ming Changyan no se movió.

 

—¡Humph! —Huai Yu bufó, se sentó al borde de la cama con el cuenco: «Si el enemigo no se mueve, yo lo haré.»

 

Aunque Ming Changyan tenía los ojos cerrados, la espalda se le erizó. Sintió que algo no iba bien. De pronto, un olor fuerte y penetrante a medicina llegó hasta su nariz.

 

Ming Changyan abrió los ojos de golpe.

 

Huai Yu sonrió.

—¿No estabas dormido?

 

Ming Changyan se sobresaltó y trató de echarse hacia atrás, pero Huai Yu dejó el cuenco, le tomó ambas muñecas y las juntó, sujetándolo contra la cabecera.

 

Ming Changyan vio que la situación se torcía. Le dio una patada con las dos piernas, pero Huai Yu fue más rápido: se inclinó sobre él, lo inmovilizó con la rodilla y lo aplastó contra la cama.

 

Justo cuando los dos estaban en plena lucha, la puerta se abrió de golpe.

 

Ambos miraron hacia la entrada. Liu Kuang tenía un pie dentro de la habitación y los observaba. En ese instante, Liu Kuang retiró el pie y se dio la vuelta para marcharse.

 

Ming Changyan aprovechó para girar la cabeza, se soltó de las manos de Huai Yu y gritó:

—¡LIU KUANG! ¡ATRÁPALO Y QUÍTAMELO DE ENCIMA!

 

Liu Kuang se sentó con calma y suspiró.

—No puedo ayudarte.

 

Huai Yu lo inmovilizó un rato más, pero pronto se cansó de estar peleando con un discapacitado. Se levantó, aunque seguía de mal humor.

 

Ming Changyan, viendo su expresión, bebió la medicina obedientemente. Luego, buscando pelea, dijo:

—Huai Yu, tu medicina está muy amarga. ¿No estarás añadiendo algo en secreto todos los días?

 

—No —respondió Huai Yu.

 

—¿No? Imposible. No te creo. Si no, ¿por qué no te tomas un sorbo tú?

 

Huai Yu lo miró, dudando. En el cuenco quedaba, efectivamente, un último sorbo.

 

—La medicina de todos los demás no es tan amarga como la tuya. ¿Me estás tomando el pelo? Eres un niño con el corazón malicioso —dijo Ming Changyan.

 

Huai Yu tomó el cuenco. Lo inclinó y bebió el último sorbo. Pero al entrar la medicina en su boca, no hubo amargor alguno. El líquido bajó por su garganta y, en la punta de la lengua, quedó solo el dulzor de una bolita de miel.

 

Huai Yu se volvió a mirarlo.

 

Ming Changyan sonrió con descaro. Le dio un golpecito en la frente con el dedo.

 

Huai Yu parpadeó suavemente; sus pestañas temblaron, y su expresión era tan delicada que despertaba ternura.

 

—¿Dulce o no? ¿Sigues enfadado? —dijo Ming Changyan—. Te dejé la última bolita de azúcar. Ya no me hagas rabietas, que me duele la cabeza.

 

—¡Ejem! —Liu Kuang tosió.

 

—¿Te resfriaste? —preguntó Ming Changyan.

 

Liu Kuang inhaló y exhaló despacio.

—No. Joven maestro Ming, a veces eres realmente… poco considerado.

 

Ming Changyan se dejó caer en la cama, cruzó las piernas y pensó, satisfecho: «He criado tantos niños, tantos años… en este mundo no existe un niño al que yo no pueda calmar. Mira ese pequeño quejumbroso: al final siempre lo pongo en orden.»

 

Instintivamente se tocó el pecho. Vacío. Entonces recordó que no llevaba ropa de mujer.

 

Liu Kuang tomó un sorbo de té.

 —Te vi peleando con Yunqing hace un momento, lleno de energía. Supongo que tus heridas ya están casi curadas.

 

—Estoy completamente bien —dijo Ming Changyan.

 

Liu Kuang asintió.

—Si tú lo dices, me quedo más tranquilo. El joven maestro Ming, voy a llevarte a ver a alguien.

 

Ming Changyan se incorporó.

—¿A quién?

 

Liu Kuang dejó la taza.

—A alguien que sin duda conoces. Ya que estás recuperado, no debemos retrasarlo. Vámonos ahora.

 

—¿Tan urgente es? —preguntó Huai Yu.

 

—Cuando nos vimos —respondió Liu Kuang—, ya debía haberte llevado a ver a esa persona. No imaginé que hubieses perdido la memoria a mitad del camino con semejante conmoción. Por eso se ha retrasado tantos días.

 

—Está bien —dijo Ming Changyan—. Voy contigo ahora.

 

Liu Kuang asintió.

 

Huai Yu lo detuvo.

 

—Yo también iré —Tomó una prenda de la cama, se la puso a Ming Changyan sobre los hombros— Vamos.

 

Bajaron la montaña de la Academia Bailu, cruzaron un pequeño río y caminaron hacia el norte. Al salir por la puerta de la montaña, apareció un camino oficial. Lo siguieron dos tramos de flecha. Poco a poco, a ambos lados comenzaron a verse vendedores ambulantes: algunos descalzos, otros cargando armazones de madera torcidos y ladeados, de los que colgaban bolsitas aromáticas, abanicos, saquitos de tela y otros objetos.

 

Al llegar al mercado, encontraron a un vendedor de periódicos bajo un quiosco de bambú.

 

Ming Changyan tomó un ejemplar del Diario del Jianghu y escogió unas cuantas plumas, que guardó en el bolsillo.

 

Huai Yu pagó.

 

Los dos siguieron a Liu Kuang.

 

Ming Changyan giraba una pluma entre los dedos, sin callar:

—Pequeño Huai Yu, la primera vez que te vi, tú apenas me llegabas así.

 

Hizo un gesto exagerado a la altura de su propia cintura.

 

—¿Quieres morir? —preguntó Huai Yu.

 

Ming Changyan se apresuró a rendirse.

—Bueno, bueno, así de alto.

 

Esta vez señaló una altura igual a la suya actual: Ming Changyan solo le llegaba al hombro.

 

Huai Yu lo fulminó con la mirada.

 

Ming Changyan retiró la mano, avergonzado.

—Qué feroz eres.

 

A la tercera, Ming Changyan se puso de puntillas y midió honestamente:

—Así de alto, así de alto, ¿vale? ¿Quieres que salte para medirte?

 

Huai Yu, satisfecho al fin, respondió:

—¿Y para qué dices eso?

 

—Para decir que eras rico. Apenas apareciste y ya sacabas una perla de oro. Mira ahora, ya aprendiste a llevar unas monedas de plata encima.

 

Mientras hablaba, Ming Changyan se detuvo de golpe.

 

Huai Yu se volvió.

 

Ming Changyan ya había saltado hacia un puesto al borde del camino.

 

Liu Kuang sonrió.

—Estuvo casi dos años gravemente herido sin poder moverse y cuando se recuperó lo encerraron en el Palacio Imperial. Es normal que ahora esté emocionado por salir.

 

Huai Yu lo miró con frialdad.

—¿Y eso qué tiene que ver contigo?

 

Liu Kuang quedó mudo, luego sonrió.

—He hablado de más.

 

Ming Changyan levantó una ristra de campanillas de viento y la agitó. La pieza era exquisita: en el centro colgaba una esfera de vidrio con agua dentro y un diminuto pez de medio dedo nadaba tranquilo. Al moverla, el pez se agitaba y la pequeña tira de tela al final del vidrio se balanceaba con la brisa.

 

—Oye, ¿cuánto cuesta esta campanilla? —Ming Changyan preguntó el precio.

 

Huai Yu pagó.

 

Ming Changyan sonrió.

—Es para ti.

 

—Compras algo con mi dinero y me lo regalas. Eres un gran comerciante —dijo Huai Yu.

 

Ming Changyan fue muy descarado.

—Te lo debo, te daré un pagaré. Pero, es un regalo mío. Mira el pececito, ¿no se parece a ti?

 

Huai Yu lo levantó para observarlo. Tras un momento, concluyó:

—¡Tonterías!

 

—¿De verdad no se parece? —murmuró Ming Changyan.

 

Golpeó la esfera de vidrio con un dedo. El pez se infló de enojo y le dio la espalda.

 

Ming Changyan suspiró: «Pero si es idéntico…»

 

Un cuarto de hora después, Liu Kuang los llevó a la Posada Tongwen.

 

El mozo salió a recibirlos. Liu Kuang dio su nombre y los tres fueron guiados hacia las habitaciones superiores.

 

Mientras caminaban, Liu Kuang dijo:

—Solo sé que esta persona te conoce. Pero cuando le pregunté detalles, no quiso decir nada. Quizá al verte, hable.

 

Llegaron a la puerta.

 

Despacharon al mozo. Liu Kuang llamó.

 

Desde dentro, una voz femenina respondió en un “Han” torpe:

—¿Quién?

 

—Soy yo —dijo Liu Kuang.

 

Tras un momento, la puerta se abrió lentamente.

 

La mujer llevaba ropa de las llanuras centrales, pero sus ojos eran color ámbar y sus rasgos más profundos que los de una mujer de la región.

 

Apenas vio a Ming Changyan, todo su cuerpo tembló. Las piernas se le aflojaron y cayó de rodillas en la entrada.

 

De inmediato, soltó unas palabras en la lengua del Reino Gran Yue.

 

Ming Changyan se quedó atónito.

—¡Xiao Lingdang!

 

—¿Qué dijo? —preguntó Huai Yu.

 

—Solo sé un poco del idioma del Gran Yue. Creo que dijo “pequeño príncipe” —respondió Liu Kuang.

 

Ming Changyan levantó a Xiao Lingdang.

 

La joven rompió a llorar como si se le abriera un dique, como alguien que por fin llega a la orilla después de flotar a la deriva. Se aferró al brazo de Ming Changyan como si fuera un trozo de madera en medio del mar, con el corazón hecho pedazos.

 

Cuando terminó de llorar, Xiao Lingdang volvió a arrodillarse de golpe y golpeó la frente contra el suelo. Por su postura, parecía que pensaba quedarse así para siempre.

 

Los dos hablaban en la lengua del Gran Yue.

 

Huai Yu no entendía nada, así que miró fijamente a Liu Kuang.

 

Liu Kuang, sintiendo cómo se le erizaba la espalda bajo esa mirada, tuvo que hacer de intérprete.

—Parece que Xiao Lingdang era la sirvienta de la hermana del joven maestro Ming.

 

—¿Y qué más? —Preguntó Huai Yu.

 

—Creo… creo que está pidiendo perdón.

 

Xiao Lingdang, efectivamente, estaba disculpándose entre sollozos.

 

—¿Cómo llegó Yiyue a las llanuras centrales? Yo dije que la traería dentro de un año. ¿Ustedes la dejaron hacer lo que quisiera y se vinieron a lo loco? —preguntó Ming Changyan.

 

Xiao Lingdang lloró.

—El señor del reino estaba… estaba aterrador esos días. Mataba a los sirvientes por cualquier cosa, sin piedad. Tampoco trataba bien a la princesa. Quería entregarla al cuarto príncipe del Reino Liang del Sur, Lu Xinggeng. La princesa tenía mucho miedo. Ya no podía esperar a que usted regresara. Así que escapó de noche, con sus cosas, para ir a buscarlo personalmente. Cuando llegamos a las llanuras centrales, nos quedamos en una posada. La princesa sabía decir unas pocas palabras en la lengua “Han”, pero yo no sabía nada y no me atrevía a salir… Ya habíamos llegado a Guangling, pronto llegaríamos a Lin’an. Dos días después, vino un hombre. Traía su brazalete de plata y dijo que era amigo suyo.

 

Ming Changyan pensó: «¿Mi amigo? ¿Qué amigo mío sabe que tengo una hermana?»

 

Luego Ming Changyan se levantó y alzó la voz:

—¡¿Y dejaste que Yiyue se fuera con él?!

 

Xiao Lingdang lloraba sin poder respirar, hablando entrecortado:

—Yo… y-yo e-estaba fuera. La princesa me mandó a preparar el equipaje para partir. Cuando volví ella… e-ella ya no estaba. Fue mi culpa. No cuidé bien de la princesa…

 

Ming Changyan sintió que el corazón se le ablandaba. La ayudó a levantarse.

—No te culpo. Dime: ¿recuerdas cómo era ese hombre?

 

Xiao Lingdang se limpió la cara de golpe.

—Yo… yo solo lo vi un instante. No sabría describirlo, pero… si lo vuelvo a ver, seguro que lo reconozco… ¡Ah, sí! También recuerdo que ese hombre llevaba un jade muy particular en la cintura. Tenía el diseño…

(N.t.: Recuerda que en este momento están hablando en dialecto del Gran Yue.)

 

El rostro de Ming Changyan cambió. Se quedó paralizado, incrédulo.

 

—¿Qué dijo? —preguntó Huai Yu.

 

Liu Kuang dudó un momento antes de responder:

—Un jade… dijo que el hombre que se llevó a la hermana del joven maestro Ming llevaba un jade colgado de su cintura.

 

—¿Era de jade blanco con grasa de cordero y un qilin pisando nubes? —preguntó Huai Yu.

 

Liu Kuang lo miró.

—¿Cómo lo sabes?

 

Huai Yu avanzó y sostuvo el hombro de Ming Changyan.

 

Ming Changyan inhaló profundamente y habló con lentitud:

—Ese jade… Yiyue lo había visto. Yo lo llevaba en la cintura. Ella lo conocía. Si lo vio junto con el brazalete de plata… por eso creyó en ese hombre.

 

Huai Yu pensó un instante.

—¿Mingyue?

 

Hubo un silencio largo.

 

Solo entonces Ming Changyan respondió:

—Mn.

 

—Aquella noche, cuando estabas en mi ventana contándome sobre tu hermana… él también escuchó —dijo Huai Yu.

 

—Pero ¿cómo supo que Yiyue había llegado a las llanuras centrales? ¿Y por qué se la llevó? —murmuró Ming Changyan.

 

Huai Yu apretó su hombro.

 

—Hay cosas que tendrás que preguntarle tú mismo. En vez de hacer conjeturas inútiles, es mejor que él lo admita con su propia boca —Huai Yu hizo una pausa— Si fue él… ¿qué piensas hacer?

 

—No lo sé —Toda la fuerza de Ming Changyan se le fue del cuerpo. Se dejó caer en el taburete— No lo entiendo…

 

Tras un rato sentado, Ming Changyan se levantó.

—Vámonos. Xiao Lingdang, ve a descansar a la cama. Liu Kuang, dile al dueño que prepare un buen caldo. Ha llorado demasiado, su cuerpo no lo soportará.

 

—¡Su Alteza, quiero ir con usted! —dijo Xiao Lingdang.

 

Ming Changyan la tranquilizó:

—Ya no soy Su Alteza, Xiao Lingdang. Si vienes conmigo… ¿cómo vamos a viajar? No te lo ocultaré: ahora casi no tengo fuerza interna. Apenas puedo protegerme a mí mismo. Si te llevo, podríamos morir los dos en las llanuras centrales. No te preocupes: Liu Kuang cuidará de ti. Cuando termine todo, te llevaré a vivir a la montaña Xianyue.

 

Xiao Lingdang, apenas tenía veinte años y temblaba con los ojos muy abiertos. Ming Changyan se inclinó y le acarició suavemente la cabeza.

—Debes obedecer. No te mentiré.

 

Tras dejarla acomodada, los tres salieron de la Posada Tongwen.

 

Liu Kuang tenía asuntos pendientes y se despidió primero.

 

Ming Changyan suspiró y se sentó bajo un lugar sombreado. Al poco tiempo, empezó a llover. Desde que llegó el otoño, la lluvia era interminable y persistente. La llovizna fina, como agujas, le golpeaba el cuerpo.

 

Huai Yu abrió el paraguas.

 

Ming Changyan sonrió.

 

—Gracias —Luego preguntó— Con tantos asuntos en el palacio, y tú en un puesto tan alto… ¿no tienes cosas urgentes? Agradezco tu intención, pero no hace falta que pierdas tiempo acompañándome.

 

Durante medio mes, Huai Yu había ido casi todos los días a la Academia Bailu para vigilar que tomara la medicina.

 

Según Zhao Xiaolan y los demás, el palacio estaba hecho un caos por la muerte del Príncipe Heredero y la plaga de Guangling. Como ministro encargado de los rituales de purificación y protección, ¿cómo podía Huai Yu tener tiempo libre para salir del Palacio Imperial cada día?

 

La Academia Bailu tampoco estaba cerca: un ciudadano común tardaría una hora caminando. Incluso con caballo y carruaje, era un viaje molesto.

 

A menos que él simplemente estuviera siguiendo su propio capricho.

 

—No. Changxu ha regresado —dijo Huai Yu.

 

Ming Changyan pensó: «¿Changxu? ¿El Gran Ministro Chang del que hablaba Fu Ling? ¿El maestro de Huai Yu? Si pudo educar a alguien con este carácter… entonces debe ser aún más…»

 

Ming Changyan tomó la punta del cabello de Huai Yu y jugueteó con ella un rato.

—¿Entonces vas a seguir holgazaneando conmigo?

 

—¡Humph! —Huai Yu resopló y no le respondió.

 

Ming Changyan dijo:

—Si de verdad me consideras tu amigo y quieres ayudarme, entonces encuentra la hierba divina.

 

Tras un instante, Huai Yu preguntó:

—¿Quieres recuperar tu fuerza interna?

 

—Por supuesto —respondió Ming Changyan—. Si no, ¿cómo voy a descubrir la verdad? ¿Tienes algún método?

 

Huai Yu sonrió apenas.

—Tengo una forma de devolverte tres décimas de tu fuerza.

 

Ming Changyan se levantó de golpe.

—¿Por qué solo tres? ¿No puede ser completa?

 

El rostro de Huai Yu cambió. Miró hacia otro lado.

—Tómalo o déjalo.

 

Ming Changyan giró el cuerpo siguiendo el movimiento de su cabeza.

—¡Lo tomo, lo tomo, lo tomo! ¡Lo quiero!

 

Huai Yu bajó los párpados y lo miró. Ming Changyan sonrió, servicial, y tomó el paraguas.

—Déjame sostenerlo yo. Vamos, vamos, Joven Primer Ministro, usted primero.

 

Como era más bajo, tuvo que ponerse de puntillas para sostener el paraguas, levantando el brazo, mirándolo con un brillo vivaz en los ojos.

 

Huai Yu, satisfecho, cedió un poco.

—Cuatro décimas.

 

Ming Changyan aprovechó para seguir mimándolo.

—Cinco décimas, cinco décimas, ¿sí?

 

—Dos —dijo Huai Yu fríamente.

 

—¡Está bien, está bien, tres! ¡Tres décimas!

 

—¡Humph! —Huai Yu resopló, le arrebató el paraguas y siguió caminando.

 

Ming Changyan fingió un grito exagerado, lamentándose como si el cielo se le cayera encima.

—¡SOY UN PACIENTE MINUSVÁLIDO! ¡OYE! ¡OYE! ¡TÚ, PEQUEÑO MOCOSO! ¡GEGE! ¡HUAI YU! ¡¿TIENES LA MALA COSTUMBRE DE ROBAR PARAGUAS?!

 

La lluvia cayó aún más fuerte.


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