Preceptor del Emperador Loto Negro 4

  

Capítulo 4: Este joven maestro se encargará de la educación.

 

Al ver que el cachorro de lobo estaba a punto de enfadarse otra vez, Shen Qingzhuo añadió con calma:

—Si quisiera hacerle daño, no habría esperado desde ayer hasta ahora.

 

Xiao Shen se quedó quieto un instante y, sin poder evitarlo, miró la mano izquierda vendada.

 

—Quédate aquí. Si de verdad te preocupa, espera hasta la noche antes de volver a tu casa. En silencio, para no llamar la atención —Shen Qingzhuo se levantó y enfatizó—. Nadie lo molestará. Ni siquiera yo.

 

Dicho eso, sin darle oportunidad de replicar, salió de la habitación.

 

Xiao Dezi estaba esperando en la puerta. Al verlo, se apresuró a seguirlo.

 

—Hoy no me sigas —ordenó Shen Qingzhuo sin volverse—. Vigila esta puerta. Nadie entra excepto tú. ¿Entendido?

 

—Este sirviente entiende.

 

Una vez todo dispuesto, Shen Qingzhuo se dirigió solo al pequeño estudio del jardín trasero, decidido a revisar las obras del dueño original.

 

Pronto descubrió que, aunque el Gran Yong era un reino ficticio, la mayoría de los textos históricos, poemas y referencias culturales provenían de materiales reales. Al fin y al cabo, el autor original no tenía suficiente nivel para inventarse un corpus entero.

 

Por suerte, él siempre había sido un apasionado de la historia y la cultura; incluso estudió Historia en la universidad. No podía presumir de ser un sabio, pero sí de haber leído lo suficiente. Nunca imaginó que algún día terminaría dentro de una novela ficticia y que sus estudios tendrían verdadera utilidad.

 

Sin embargo, apenas había hojeado dos libros cuando llegó un visitante inesperado al Pabellón Jiyue.

 

Era un joven eunuco con un plumero en la mano. Dijo que venía por orden del Príncipe Heredero del Palacio del Este: hacía frío, y Su Alteza había preparado una buena jarra de vino, invitando al joven maestro a pasar un rato en el Palacio del Este.

 

Shen Qingzhuo dejó el libro sin mostrar emoción, aunque por dentro puso los ojos en blanco.

 

«Si sabe que, hace frío, ¿por qué me manda llamar? Este Príncipe Heredero tiene intenciones ocultas»

 

Aunque no le agradara, tenía que ir.

 

Desafiando el viento helado, siguió al eunuco por pasillos y patios, dando vueltas hasta llegar al Palacio del Este.

 

—Que el joven maestro goce de buena fortuna —lo saludó una hermosa sirvienta apenas entró al salón exterior. Con gracia impecable, hizo una reverencia y, con respeto, le retiró la capa de nieve para guardarla en sus brazos.

 

Parecía un viejo conocido.

 

No era de extrañar. El original había vivido tres años en el Palacio del Este. Debería estar familiarizado con la gente de allí.

 

Shen Qingzhuo se obligó a estar completamente alerta para enfrentarse al Príncipe Heredero, a quien nunca había visto en persona.

 

El eunuco lo condujo al salón interior. En el asiento principal se hallaba un joven vestido con una túnica carmesí. Era apuesto, de porte recto y aire majestuoso.

 

Según la novela, el Príncipe Heredero del Gran Yong, Xiao Yichen, tenía veintiún años. En apariencia era amable y virtuoso; en realidad, arrogante, orgulloso, mezquino y experto en intrigas. Un hipócrita consumado.

 

La razón de su obsesión por torturar a Xiao Shen era sencilla: su madre, la consorte Li, había muerto a manos de la noble concubina Zhao.

 

La señorita Li había sido una doncella al servicio de la concubina Zhao. Tras recibir el favor del emperador y dar a luz a un príncipe, fue ascendida a consorte Li. Pero la buena fortuna duró poco: años después, apareció ahogada en el estanque de lotos del jardín imperial. No se halló culpable, y el emperador cerró el caso como un accidente. La consorte Li murió sin justicia. El pequeño segundo príncipe fue adoptado por la emperatriz, que no tenía hijos, y pronto fue nombrado heredero.

 

Cuando Xiao Yichen llegó a la adolescencia, la emperatriz ordenó que le revelaran la verdad: la concubina Zhao había asesinado a su madre. Desde entonces, el Príncipe Heredero odió a Xiao Shen y a su madre, y se dedicó a torturar en secreto a su hermano menor.

 

—Saludo a Su Alteza el Príncipe Heredero —Shen Qingzhuo hizo una reverencia siguiendo el protocolo del Gran Yong.

 

—Hace tiempo que no te veo, Qingzhuo. ¿Por qué tan distante con nosotros? —Xiao Yichen bajó del estrado y lo ayudó con un gesto cortés—. Ya te dije que en privado no hace falta tanta ceremonia.

 

Shen Qingzhuo enderezó la espalda y respondió con calma:

—He pescado un resfriado, Su Alteza. Será mejor que mantenga distancia, para no contagiarlo.

 

Xiao Yichen mostró una expresión de preocupación.

—Tu cuerpo es débil. Con este frío, debes cuidarte más.

 

—Agradezco la preocupación de Su Alteza.

 

El Príncipe Heredero lo observó y comentó con aparente casualidad:

—Qingzhuo lleva ya un tiempo enseñando a mi séptimo hermano. ¿Cómo va el progreso?

 

—Lento —respondió Shen Qingzhuo sin emoción.

 

—El Séptimo Hermano es terco y aún no ha empezado su educación formal. Debe ser difícil enseñarlo —Xiao Yichen suspiró con falsa compasión. De pronto, cambió el tono—. Pero he oído que ayer lo castigaron a arrodillarse dos horas… y que tú mismo lo llevaste de vuelta al pabellón.

 

Sin esperar respuesta, añadió con una sonrisa ambigua:

—Qingzhuo, ¿acaso te has ablandado?

 

—No, Su Alteza —Shen Qingzhuo mantuvo el rostro impasible—. Ayer nevaba fuerte. Si el séptimo príncipe sufría algún daño grave y Su Majestad pedía cuentas, yo no podría asumir la responsabilidad.

 

Tal como sospechaba, Xiao Dezi no era el único informante en el Pabellón Jiyue. Había ojos vigilando cada uno de sus movimientos, listos para reportarlos al Príncipe Heredero.

 

—¿A qué le temes? ¿No está este príncipe aquí? —Xiao Yichen lo miró con una sonrisa que no llegaba a los ojos—. Además, ¿de verdad crees que el padre emperador se preocupa por el Séptimo Hermano?

 

Por supuesto que no. De lo contrario, no habría permitido que Xiao Shen creciera en semejante miseria.

 

Pero Shen Qingzhuo no respondió. Solo giró el rostro y se cubrió la boca para toser.

—Cof… cof…

 

—Siéntate —ordenó Xiao Yichen tras una pausa, con tono más suave—. Alguien que traigan té.

 

Shen Qingzhuo obedeció y tomó un sorbo de la infusión caliente antes de hablar con voz tenue:

—Su Alteza conoce bien mi situación. En este palacio, gracias al favor de Su Majestad, todos me llaman “joven maestro Shen”. Pero en realidad…

 

Xiao Yichen, con las manos a la espalda, respondió:

—No solo eres el joven maestro Shen. También eres un hombre que pertenece al Palacio del Este.

 

—Precisamente por eso —Shen Qingzhuo levantó la mirada, franca y directa—. Cada palabra y cada gesto mío están bajo vigilancia. ¿Ha pensado Su Alteza que, si soy alguien del Palacio del Este, también soy alguien de Su Alteza? Si alguien quisiera aprovechar eso para armar un escándalo… ¿qué ocurriría?

 

Las palabras hicieron que Xiao Yichen comprendiera el punto crucial.

 

El emperador no se preocupaba por el séptimo príncipe; incluso toleraba que lo maltrataran. Pero eso no significaba que aceptara que sus hijos se mataran entre sí bajo su mirada.

 

La familia imperial siempre ha temido que los hijos se vuelvan unos contra otros.

 

Y ahora, todo el palacio sabía que Shen Qingzhuo era un hombre del Palacio del Este. Si Xiao Shen moría bajo su cuidado, alguien podría usarlo para atacar al Príncipe Heredero. ¿Cómo podría Xiao Yichen librarse completamente de la responsabilidad?

 

—Hay asuntos que no deben ponerse sobre la mesa —Shen Qingzhuo sonrió con suavidad—. Mientras no haya muertos, actuaré con más discreción. Que nadie pueda agarrarse de nada.

 

Esa sonrisa dejó al Príncipe Heredero momentáneamente aturdido.

 

El Tercer Joven Maestro Shen era de una belleza deslumbrante, sin rastro de artificio, criado con delicadeza y elegancia, como una pieza de jade perfecta.

 

Pero rara vez sonreía; siempre tenía un velo de melancolía en el rostro. Ahora, al sonreír de pronto, sus rasgos se iluminaron como una pintura viva, tan hermoso que cortaba la respiración.

 

—Su Alteza, ¿qué le parece?

 

—¿Hmm? —Xiao Yichen volvió en sí de golpe y, para disimular, giró el rostro—. Qingzhuo, como siempre, piensa más allá. Hagamos como dices. Regresó a su asiento, levantó la taza de té y prometió con absoluta seriedad— Qingzhuo, puedes estar tranquilo. Cuando este príncipe ascienda al trono, te otorgaré el honor que mereces.

 

—Agradezco la gracia de Su Alteza —Shen Qingzhuo aceptó, por ahora, la promesa vacía—. Pero hoy mi cuerpo no se siente del todo bien… ¡Cof! ¡cof!

 

—¿Tercer joven maestro, acaso ha resurgido tu vieja dolencia? —una voz clara como la luna resonó desde el exterior del salón.

 

Shen Qingzhuo giró el rostro hacia la voz. Una figura alta y elegante apareció ante sus ojos.

 

Frunció ligeramente el ceño: «¿Y este quién es?»

 

[El Preceptor Junior del Príncipe Heredero, Pei Yanxi.]

 

El sistema, que llevaba horas dormido, despertó de pronto para aclararle la duda.

 

Shen Qingzhuo mantuvo el rostro impasible mientras buscaba en su memoria la información sobre aquel hombre y su relación con el original.

 

Pei Yanxi, cuyo nombre de cortesía Yun Qing, era un hombre tan cálido como el jade y tan sereno como la brisa. Segundo en la historia del Gran Yong en obtener los tres máximos honores consecutivos de los exámenes imperiales; el emperador lo nombró erudito principal y luego lo envió a la Academia Hanlin como redactor. Su talento era tan excepcional que el emperador lo designó Preceptor Junior del Príncipe Heredero, entrando al Palacio del Este para instruirlo.

 

Tras la muerte del Príncipe Heredero, Pei Yanxi consideró que ya no tenía camino en la corte imperial. Renunció y se retiró. Antes de marcharse, advirtió al original que, si quería sobrevivir, debía mantenerse lo más lejos posible del séptimo príncipe.

 

Lástima que ya era demasiado tarde.

 

Sistema: [Él fue tu antiguo amante…]

 

Shen Qingzhuo: ¿…?

 

Sistema: [Solo finge que no he dicho nada.]

 

—No me engañes. ¿No era esta una novela de intrigas sin romance? ¿De dónde sale un “antiguo amante”? —preguntó Shen Qingzhuo.

 

El sistema guardó silencio y volvió a desaparecer sin dejar rastro.

 

Shen Qingzhuo recuperó la compostura y se levantó para hacer una reverencia.

—Preceptor Pei, cuánto tiempo sin verte.

 

Pei Yanxi lo observó con detenimiento y suspiró suavemente:

—Fuera del Palacio del Este no se vive tan cómodo. El Tercer Joven Maestro ha adelgazado.

 

Ese tono melancólico hizo que a Shen Qingzhuo se le erizara la piel.

«No será que este Preceptor Pei realmente tuvo algún tipo de relación con el original… ¿verdad?»

 

—Estos días, Qingzhuo sí que ha pasado penurias —Xiao Yichen agitó la mano con gesto magnánimo—. ¡Traed el jade cálido que este príncipe obtuvo hace unos días y entregadla a Qingzhuo!

 

Shen Qingzhuo agradeció el obsequio y expresó su lealtad:

—Servir a Su Alteza es mi deber. No eludiré las dificultados.

 

Al moverse, la mano vendada bajo la manga quedó a la vista. La mirada de Pei Yanxi cayó de inmediato sobre ella; frunciendo ligeramente el ceño.

—¿Estás herido?

 

—No es nada —Shen Qingzhuo bajó el brazo y lo ocultó con naturalidad detrás de la espalda—. Ayer me mordió un cachorro.

 

Xiao Yichen frunció el ceño:

—¿Qué animalillo de palacio anda suelto sin vigilancia?

 

—Un cachorro que apenas tiene dientes. No es grave —Shen Qingzhuo hizo una reverencia—. Si Su Alteza no tiene más órdenes, me retiraré.

 

El Preceptor Pei había venido a ver al príncipe heredero por asuntos importantes; Shen Qingzhuo, sensato, pidió retirarse.

 

Xiao Yichen lo permitió. Pei Yanxi, sin embargo, volvió a mirarlo dos veces más, lo suficiente para ponerle los nervios de punta.

 

«Este hombre es casi sobrenaturalmente inteligente y minucioso. Si paso demasiado tiempo cerca de él, acabará notando algo. Mejor mantener distancia.»

 

Por suerte, cuando el original descubrió la verdad sobre su entrada al palacio, quedó tan golpeado que su carácter se volvió sombrío y distante. Nunca fue cercano con nadie, lo cual ahora le ahorraba a Shen Qingzhuo tener que fingir demasiado.

 

***

 

De regreso al Pabellón Jiyue, Shen Qingzhuo intentó otra vez invocar al sistema. Esta vez, apareció sin problemas.

 

Sistema: [Te dije que no me llames sin motivo.]

 

—Ve al grano. Solo dime qué ayuda puedes ofrecerme ahora mismo —dijo Shen Qingzhuo

 

Sistema: [Confiar en otros es peor que confiar en uno mismo.]

 

Shen Qingzhuo: “…”

 

—Ajá. Con razón mis predecesores fracasaron.

 

Sistema: [Confundes causa y efecto.]

 

—¿Qué quieres decir? —preguntó Shen Qingzhuo.

 

Sistema: [Precisamente porque los dos anteriores fracasaron, el Sistema de Transmigrados de Novelas me sancionó. La mayoría de mis funciones fueron bloqueadas.]

 

La voz electrónica, siempre lánguida, ahora sonaba como si estuviera apretando los dientes.

 

Shen Qingzhuo: “…”

 

—Si la mayoría de tus funciones están bloqueadas… ¿qué te queda?

 

Sistema: [Puedo darte cosas no físicas. Si quieres saber algo, puedo buscarlo por ti.]

 

—¿Como Wikipedia? —preguntó Shen Qiangzhuo.

 

Sistema: “…”

 

—Olvídalo. Mejor sigue durmiendo.

 

Terminó la conversación con el sistema. Al acercarse al Pabellón Jiyue, escuchó un alboroto dentro.

 

El corazón se le encogió. Aceleró el paso. Apenas cruzó la puerta, vio a varios eunucos presionando al pequeño tirano contra el suelo.

 

Como una cría atrapada en una trampa, el cachorro de lobo luchaba con todas sus fuerzas, pero era demasiado débil. Los eunucos lo tenían inmovilizado, obligándolo a arrodillarse, con la mejilla derecha raspándose contra el suelo una y otra vez.

 

Shen Qingzhuo se quedó helado de horror y furia.

—¿Qué están haciendo?

 

—¡Joven maestro, ha vuelto! —el eunuco principal corrió hacia él, ansioso por congraciarse—. ¡El Séptimo Príncipe estaba robando cosas en su habitación, y lo atrapamos!

 

El rostro de Shen Qingzhuo se oscureció de inmediato.

—¿Y aun así recuerdas que es el Séptimo Príncipe?

 

Xiao Dezi, que estaba desesperado al lado, aprovechó para gritar:

—¡EL JOVEN MAESTRO HA HABLADO! ¡SUÉLTENLO AHORA MISMO!

 

Los eunucos, confundidos, soltaron al niño. Xiao Shen se levantó de golpe, pero sus piernas aún débiles lo hicieron tambalearse.

 

El cachorro de lobo seguía enfermo, vestido solo con una fina prenda interior. La tela blanca estaba manchada de polvo y barro. Su rostro pálido estaba sucio, los labios teñidos de sangre, y en sus ojos se mezclaban humillación y odio.

 

El eunuco principal no pudo evitar decir:

—Joven maestro, el Séptimo Príncipe estaba merodeando en su habitación…

 

—¿Cómo te llamas? —Shen Qingzhuo lo interrumpió con voz helada.

 

—Joven maestro, este humilde esclavo se llama Wang Gui —respondió él, con expresión servil.

 

Wang Gui estaba encantado consigo mismo. El Joven Maestro Shen siempre los miraba por encima del hombro, jamás les dirigía la palabra. Que hoy le preguntara su nombre solo podía significar que había actuado justo como le gustaba.

 

La voz de Shen Qingzhuo cayó como un cubo de agua helada:

—¿Quién te dio el valor para tratar así al Séptimo Príncipe?

 

El tercer joven maestro Shen tenía un rostro de belleza impecable, con unos ojos de melocotón ligeramente levantados que, incluso sin sonreír, daban una impresión de encanto. Pero cuando su expresión se enfriaba, sus rasgos adquirían una severidad cortante, una frialdad que hacía temblar las rodillas.

 

—Yo… yo… —Wang Gui no esperaba esa reacción. Entró en pánico y se abofeteó de inmediato—. ¡ESTE SIRVIENTE MERECE MORIR, MERECE MORIR!

 

Shen Qingzhuo no dijo nada. Solo lo miró con una frialdad que helaba la sangre.

 

Bajo esa mirada, Wang Gui no se atrevió a detenerse. Las palmadas resonaban una tras otra, claras y duras, llenando el aire del patio.

 

Nadie se atrevía a respirar.

 

—Sin reglas, no hay orden —dijo Shen Qingzhuo al fin, cada palabra marcada con precisión—. Recordadlo bien: si el Séptimo Príncipe comete un error, yo lo corregiré. No os corresponde a vosotros, una panda de sirvientes, excederos en vuestro lugar.

 

En el amplio patio, todos cayeron de rodillas al instante.

 

El autor tiene algo que decir:

 

Qingzhuo: Mi pequeño aprendiz, solo yo puedo educarlo.


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