Preceptor del Emperador Loto Negro 2

 

Capítulo 2: Terror a medianoche

 

 

Shen Qingzhuo se quedó inmóvil, incapaz de apartar la mirada.

 

Jamás había visto unos ojos así: parecían obsidiana sumergida durante años en un estanque helado. Hermosos, sí, pero sin temperatura ni alma.

 

—Solo… te llevo dentro para que entres en calor —explicó Shen Qingzhuo por puro reflejo, olvidando por completo quién era el culpable de que el pequeño estuviera congelado.

 

Por suerte, este muñeco de nieve no reaccionó. Volvió a cerrar los párpados.

 

«¿Será que ya no siente nada por el frío?»

 

Shen Qingzhuo no perdió más tiempo y avanzó hacia el interior del palacio.

 

En medio del mundo blanco, una figura vestida de celeste avanzaba entre la ventisca. Los copos de nieve caían con suavidad sobre sus miles hebras de cabello oscuro, como si lo acariciaran. Pero el pequeño que protegía en sus brazos permanecía milagrosamente intacto, sin que el viento ni la nieve lo tocaran.

 

Xiao Dezi se quedó embobado mirando la silueta elegante de su amo. Tardó un buen rato en reaccionar y, cuando lo hizo, corrió para alcanzarlo.

 

Ignorando las miradas extrañas del eunuco que custodiaba la puerta, Shen Qingzhuo entró con el pequeño en brazos y dio instrucciones:

—Haz que traigan un cubo de agua caliente y otro de agua fría. Y busca dos prendas limpias y abrigadas.

 

—Sí, joven maestro.

 

La habitación tenía un brasero de incienso y calefacción; la diferencia con el frío del exterior era abismal.

 

Shen Qingzhuo colocó con cuidado al pequeño sobre la cama y se dispuso a quitarle la ropa acolchada, endurecida por el hielo.

 

Aquella prenda vieja, quién sabía desde cuándo la llevaba puesta, estaba tan lavada que había perdido el color. No abrigaba nada. Ni siquiera un niño de una familia común pasaría el invierno con algo tan miserable.

 

Shen Qingzhuo chasqueó la lengua y tiró la prenda helada al suelo.

 

El agua caliente aún no llegaba. Levantó la gruesa colcha de plumas, pensó un instante y se sentó en el borde de la cama. Luego tomó al pequeño y lo envolvió con él dentro de la colcha, para que recuperara temperatura.

 

—¡Joven maestro, el agua caliente ha llegado! —anunció Xiao Dezi al cabo de un rato, abriendo la puerta. Dos eunucos dejaron los cubos y luego trajeron una tina más grande. La habitación quedó abarrotada.

 

—Viertan primero toda el agua caliente y luego añadan la fría —indicó Shen Qingzhuo desde la cama—. La temperatura debe quedar alrededor de cuarenta grados… Olvídenlo, mejor lo hago yo.

 

Por suerte tenía conocimientos básicos: si se sumergía a un congelado en agua demasiado caliente, la piel se dañaría aún más. Primero había que usar agua tibia, alrededor de cuarenta grados, para una recuperación rápida, y luego continuar con el tratamiento.

 

Shen Qingzhuo levantó una esquina de la colcha, listo para colocar al pequeño en la tina. Pero al inclinar la cabeza, se encontró de frente con unos ojos negros y claros.

 

Por un instante, creyó ver en ellos una intención asesina, fría como un filo de hielo.

 

Pero al parpadear, comprendió que lo que llenaba esos ojos hermosos y oscuros era puro miedo.

 

No sabía si era por el frío o por el miedo, pero Xiao Shen se echó hacia atrás con todo el cuerpo rígido. Cuando habló, los dientes le castañeteaban:

—Yo no… no hice…

 

—Alteza, el castigo ya ha terminado —Shen Qingzhuo suavizó la voz todo lo posible y se levantó de la cama.

 

Se acercó a la tina, se inclinó y añadió agua fría. Probó la temperatura con el dorso de la mano, paciente, hasta que consideró que estaba en el punto justo. Entonces se volvió para consultar al pequeño:

—Alteza, ¿quiere que lo traiga aquí o prefiere venir por su cuenta?

 

Al girarse, vio al pequeño sentado en la cama, aferrado con fuerza a la esquina de la colcha, mirándolo con una mezcla de recelo y desconcierto.

 

Shen Qingzhuo se quedó quieto, tratando de recordar la trama original.

 

Invierno del año veintitrés de Guangxi: en este momento, el original llevaba menos de tres meses como Preceptor del Séptimo Príncipe, y ya le había “regalado” semejante castigo. Por fortuna, hoy había intervenido a tiempo y evitado consecuencias más graves.

 

Entonces… ¿cuándo empezaba exactamente la “oscurecimiento” de Xiao Shen?

 

La novela apenas describía la infancia del tirano, y no especificaba el punto exacto. Solo se sabía que su primer asesinato ocurría a los dieciséis años, cuando planeó en secreto la muerte por ahogamiento del Cuarto Príncipe.

 

Y ahora Xiao Shen tenía doce. Faltaban cuatro años para que matara por primera vez. Todavía debería haber margen para salvarlo.

 

Pero, poniéndose en su lugar… si alguien hubiera sufrido maltrato constante durante años, aunque aún no se hubiera “vuelto oscuro”, tampoco estaría en un estado de pureza angelical. Era imposible que creyera de inmediato que el original había cambiado de corazón.

 

Tres pies de hielo no se forman en un día; tampoco se derriten en uno.

 

—Xiao Dezi —dijo Shen Qingzhuo, dándole la espalda—. Atiende a Su Alteza. Cuando el agua se enfríe, añade más caliente. Déjalo remojar un cuarto de hora.

 

Xiao Dezi obedeció y se acercó a la cama. Esta vez, la resistencia del pequeño era mucho menor.

 

Shen Qingzhuo salió de la habitación.

 

Esperó un momento y, de pronto, recordó que aún no sabía cómo lucía él ahora. Ordenó a una pequeña sirvienta que le trajera un espejo de bronce.

 

El nivel de producción del Gran Yong era similar al de la dinastía Ming; los espejos de bronce con borde de pétalos reflejaban la imagen con bastante claridad.

 

El original tenía diecinueve años, aún sin haber recibido la ceremonia de coronación. Su largo cabello negro como la seda, estaba medio recogido; las cejas parecían trazadas con tinta, los ojos eran alargados, con la comisura ligeramente levantada, y hasta el lunar en forma de lágrima bajo el ojo era idéntico.

 

Solo que el rostro del espejo era más delicado y hermoso que el suyo, y en la expresión había un matiz de melancolía.

 

Shen Qingzhuo sintió una extraña sensación. El original tenía su mismo nombre y apellido… y también su mismo rostro. ¿Sería esa la razón por la que el sistema lo había elegido?

 

Estaba perdido en sus pensamientos cuando Xiao Dezi salió rápidamente y le informó.

—Joven maestro, Su Alteza está listo.

 

—Vale —Shen Qingzhuo dejó el espejo de bronce y empujó la puerta para entrar.

 

Apenas cruzó el umbral, vio al niño apoyado en un biombo de madera maciza, vestido con una prenda interior blanca que claramente no le quedaba bien.

 

Por fin pudo ver el verdadero tamaño del pequeño: bajito, huesudo, tan delgado que, si se encogía, no sería más que una diminuta bolita.

 

Al mismo tiempo, Xiao Shen también lo vio. Sus pequeñas manos, rojas e hinchadas, se aferraron con fuerza al borde del biombo, como si fuera un reflejo grabado en su cuerpo.

 

Shen Qingzhuo rodeó el biombo sin mostrar emoción y se mantuvo a distancia.

—Xiao Dezi, lleva a Su Alteza de vuelta.

 

Había pensado revisar el estado del pequeño, pero con semejante nivel de alerta, era mejor dejarlo descansar.

 

Además, una preocupación excesiva no encajaba con la personalidad del original.

 

—Entendido, joven maestro.

 

Con la ayuda de Xiao Dezi, Xiao Shen logró ponerse la ropa acolchada. Aun así, sus pantorrillas seguían temblando; era evidente que no se recuperaría del todo en poco tiempo.

 

Shen Qingzhuo echó un vistazo a la habitación. Tomó una nueva capa de nieve del perchero tallado y se acercó al pequeño para colocársela encima.

 

Xiao Shen se quedó rígido, la espalda delgada tensándose como una cuerda. Era obvio que no estaba acostumbrado a una muestra de amabilidad tan repentina, pero tampoco se atrevía a apartarse.

 

—Los castigos de antes siempre tenían medida. Hoy, en efecto, fue demasiado —dijo Shen Qingzhuo con voz tranquila, mientras sus dedos largos y pálidos ajustaban la cinta y remataban con un lazo impecable.

 

Cuando terminó de acomodar la capa, retrocedió un paso.

—Estos días Su Alteza no necesita asistir a las lecciones. Esperemos a que la nieve se derrita.

 

Así ambos tendrían un tiempo de amortiguación.

 

Xiao Shen bajó las pestañas y se giró sin decir palabra.

 

Solo cuando la figura blanca desapareció de su vista, Shen Qingzhuo soltó un suspiro silencioso.

 

¿Podía considerarse que había pasado esta primera prueba?

 

Pero enseguida pensó en otra cosa: con las condiciones miserables del Palacio Frío, si el pequeño enfermaba por la noche, si le subía la fiebre… sería peligroso.

 

Tras pensarlo, Shen Qingzhuo ordenó a sirvienta que estaba a un lado:

—Ve al Hospital Imperial y pide unas cuantas medicinas. Di que he pescado un resfriado, que tengo algo de fiebre y tos.

 

La pequeña sirvienta preguntó con preocupación:

—Joven maestro ¿Desea que llame a un médico imperial?

 

—No hace falta, solo ve a por las medicinas —Shen Qingzhuo agitó la mano—. Ah, y como hace tanto frío, trae también un ungüento para las congelaciones.

 

***

 

Una vez que los eunucos y sirvientas se retiraron, la habitación recuperó su silencio. Shen Qingzhuo caminó lentamente hacia la mesa.

 

Un pisapapeles de jade blanco, tallado en forma de ciervo, sujetaba una hoja de papel fino. La tinta del tintero aún no se había secado del todo. Shen Qingzhuo levantó el pincel, se remangó, mojó las cerdas en la tinta y, siguiendo el verso incompleto, escribió la segunda mitad: «¿Cómo podría el horizonte carecer de intención de retorno, si el regreso… no tiene fecha posible?»

 

En la novela, este frágil rehén apenas recibía unas pocas líneas de descripción; la mayor parte de su presencia se concentraba en la escena de su ejecución por mil cortes.

 

Para el joven Séptimo Príncipe, el original era sin duda un villano. Pero, si se miraba más a fondo, él también era un desgraciado: usado como moneda de control por su padre y su hermano, caminando sobre hielo fino en la corte imperial, obligado por las circunstancias.

 

Solo que… cuando la víctima se convierte en verdugo, deja de ser inocente.

 

Y en este palacio imperial, ¿quién podía considerarse realmente inocente?

 

Shen Qingzhuo detuvo el pincel. Para su sorpresa, su caligrafía era casi idéntica a la del original, hasta el punto de poder engañar a cualquiera.

 

Observó un momento más, luego colocó el pincel en su soporte y empezó a ordenar mentalmente los eventos de la novela, procurando no pasar por alto ningún detalle.

 

No sabía cuánto tiempo había pasado cuando Xiao Dezi llamó suavemente a la puerta:

—Joven maestro, ya ha oscurecido. Vengo a encender las lámparas.

 

Shen Qingzhuo se sobresaltó: afuera, la ventana mostraba un cielo completamente sumido en la penumbra.

 

Ya eran las seis de la tarde, la cocina del Pabellón Jiyue presentó la cena.

 

Dimsum de cordero cristalinos, una humeante sopa de ganso, la carne cocida hasta quedar tierna y suave… toda la mesa desprendía un aroma delicioso. Shen Qingzhuo comió un par de bocados, pero pronto sintió un empalago extraño; ante sus ojos se dibujó la silueta del pequeño y delgado niño.

 

Cuando el original entró al palacio, como acompañante del Príncipe Heredero, vivía naturalmente en el Palacio del Este. Hasta hace tres meses, cuando recibió la orden de enseñar al Séptimo Príncipe, el emperador Xuanwu le otorgó el Pabellón Jiyue, cerca del Palacio Frío.

 

Era casi ridículo: el emperador prefería dar a un rehén una residencia cómoda, con buena comida y calefacción, antes que permitir que su propio hijo saliera del Palacio Frío. Como si quisiera que Xiao Shen sufriera deliberadamente.

 

Shen Qingzhuo terminó la cena de forma sencilla y mandó a todos a retirarse, dejando solo a Xiao Dezi a su lado.

 

Tras una larga reflexión, tomó una decisión:

—Xiao Dezi, iremos a dar una vuelta por el Palacio Frío.

 

Xiao Dezi pareció sorprendido.

—Joven maestro, ¿va al Palacio Frío?

 

—Mn —La expresión de Shen Qingzhuo era tranquila— Voy a ver cómo está Su Alteza.

 

—Joven maestro… —Xiao Dezi pareció reacio, dudó un momento, pero finalmente reunió el valor para persuadirle— Cuando estaba escoltando al Séptimo Príncipe hace un momento, apenas podía mantenerse en pie. Joven maestro, por favor…

 

Shen Qingzhuo le lanzó una mirada.

—¿En qué piensas? Solo me preocupa que le pueda pasar algo a Su Alteza esta noche, y entonces la responsabilidad recaiga sobre mí.

 

Xiao Dezi levantó la mano inmediatamente y se abofeteó.

—¡Este esclavo merece morir, atreviéndose a especular sobre las intenciones del joven maestro!

 

—Está bien, sé que lo haces con buena intención —Shen Qingzhuo mantuvo una expresión calmada exteriormente, pero por dentro pensó que efectivamente, este eunuco lo había juzgado mal.

 

Shen Qingzhuo caminó hacia la mesa, apagó la vela y dijo:

—No alertes a nadie más.

 

La nevada nocturna había menguado. Xiao Dezi sostenía una linterna y ambos avanzaron con sus pies hundiéndose en la nieve hacia el Palacio Frío.

 

Por suerte, el Pabellón Jiyue estaba cerca; no tardaron en llegar.

 

El llamado Palacio Frío no era más que un antiguo palacio de concubinas abandonado, apartado y silencioso, casi nunca visitado. Se erguía en la noche nevada como una sombra rota.

 

—Joven maestro, la nieve aquí es profunda. Tenga cuidado —susurró Xiao Dezi mientras empujaba la pesada puerta del palacio. Esta se abrió con un crujido lúgubre.

 

Apenas entraron, una corriente de aire helado se coló por el cuello de la ropa. El enorme salón no tenía eunucos ni sirvientas de guardia; la escena era inquietante, casi espectral.

 

Shen Qingzhuo no pudo evitar imaginar escenas terribles: concubinas desesperadas colgándose de las vigas…

 

—Joven maestro, Su Alteza vive en esa habitación —indicó Xiao Dezi, señalando la estancia lateral del este.

 

Shen Qingzhuo dio un pequeño sobresalto, pero fingió calma y ajustó la capa de nieve.

—Bien. Entremos. Con cuidado.

 

Dentro aún flotaba el humo negro de carbón de mala calidad. A la luz de la nieve que entraba por la ventana, Shen Qingzhuo observó la habitación: tan pobre que resultaba insultante. Solo había una mesa y una cama.

 

Y sobre la cama, un pequeño bulto.

 

Shen Qingzhuo se acercó sin hacer ruido. Tocó primero la colcha: estaba fría y dura como hierro, sin un rastro de calor. Seguramente llevaba días sin ver el sol.

 

Luego levantó la mano y palpó más arriba. Sus dedos tocaron la frente del pequeño… y el calor lo hizo retirar la mano de inmediato.

 

—Xiao Dezi —lo llamó Shen Qingzhuo en voz baja. Tomó la linterna de manos del eunuco y, a la luz rojiza, examinó con cuidado el rostro febril del pequeño.

 

El niño parecía atrapado en una pesadilla. Dormía inquieto, los labios pálidos abriéndose y cerrándose apenas, las cejas diminutas fruncidas en un gesto de dolor.

 

«Si pasa toda la noche así, podría arruinarse el cerebro…»

 

«Espera. ¿Arruinarse el cerebro?»

 

Las cejas de Shen Qingzhuo se movieron ligeramente. Su interior entró en una batalla moral.

 

«Si el Séptimo Príncipe realmente se daña la cabeza, no podrá convertirse en el gran villano final ni matar a todos los personajes de la novela. ¿No significaría eso que yo completo la misión sin mover un dedo?»

 

«Pero la medicina de la antigüedad era rudimentaria, y en el Palacio Frío nadie cuida del niño. Si se muere por accidente, mi misión fracasa de inmediato.»

 

«Y si no muere, pero queda con secuelas graves… también me lo cargarían a mí.»

 

Tras sopesarlo, Shen Qingzhuo decidió que lo primero era salvarlo.

 

Sin embargo, antes de que pudiera actuar, Xiao Shen pareció sentir algo y abrió los ojos de golpe.

 

Shen Qingzhuo se quedó congelado. Intentó mostrar una sonrisa amable, cálida y tranquilizadora.

 

Pero él no sabía que, para el pequeño tirano, despertarse en mitad de una pesadilla y ver frente a su cama a un hombre con el cabello suelto, sosteniendo una linterna roja y sonriéndole con una expresión que, en la penumbra, parecía espectral… era como ver a un fantasma listo para devorarlo.

 

—¡AAAAH! —medio dormido, medio despierto, el pequeño tirano soltó un grito de terror.

 

 

Autor tiene algo que decir:

Qingzhuo: ¡Maldita sea! ¿Cómo puede ser que con esta apariencia tan hermosa parezca un espectro?


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