Capítulo
193: Peligro.
¿Este
viejo lujurioso quiere aprovecharse de mí?
He Xiao y Yang Qingfeng solían vivir en
el gran campamento; la residencia del general permanecía vacía y silenciosa,
aparte de unos pocos sirvientes ancianos, casi no había nadie más. Aquella
noche, ya entrada la hora profunda, una figura negra cayó sin hacer ruido sobre
la copa de un árbol. Su postura era ágil, más ligera incluso que la de un
gorrión.
La residencia estaba en absoluto
silencio. A la vista, todo era oscuridad; ni siquiera había muchas lámparas
encendidas. Según la información que había obtenido antes, la Demonio Carmesí se
deslizó directamente hacia un pequeño patio en el extremo norte. Allí también
reinaba la quietud. En pleno invierno, ni siquiera los insectos se atrevían a
cantar; aparte del viento, no se escuchaba nada más.
Se detuvo primero a escuchar,
concentrada. Pero su expresión cambió de inmediato: dejó de contener la
respiración y subió los escalones en unos cuantos pasos. Empujó la puerta con
un «¡clang!». El vestíbulo oscuro parecía un par de ojos negros que la observaban
desde la penumbra. La luz mortecina de la luna entraba por la ventana; sobre la
mesa había una fina capa de polvo, y el juego de té estaba cubierto con fundas
de tela. A simple vista, al menos hacía medio mes que nadie vivía allí.
Tras tantos años mezclándose en el Jianghu,
era la primera vez que alguien la tomaba por tonta. Un destello helado cruzó
los ojos de la Demonio Carmesí, que dio media vuelta y salió del pequeño patio.
***
Por la tarde, Yelü Xing estaba revisando
los informes militares dentro de la gran tienda cuando alguien levantó de golpe
la cortina. Un acto tan brusco y atrevido no podía venir de nadie más. Él alzó
los párpados y echó una mirada a las manos vacías de la recién llegada; luego
soltó una risita desdeñosa.
—Parece que el viaje de la Santa Dama no
ha sido muy fructífero.
La Demonio Carmesí habló sin rodeos:
—Nos han engañado.
Yelü Xing frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—Xiao Lan y Lu Zhui sí llegaron al paso
Yumen, pero jamás estuvieron en la residencia del general, ni tampoco en el
campamento del ejército Chu —dijo la Demonio Carmesí—. Lo de la supuesta “indisposición
por el clima” solo fue para despistar, para ocultar su verdadero paradero.
—¿Y adónde fueron esos dos? —Yelü Xing
se puso de pie al escucharla.
La Demonio Carmesí no respondió
directamente, sino que dijo:
—El Jin Qilin que Su Alteza perdió…
parece que ahora está en manos de Xiao Lan.
Yelü Xing apretó el puño de golpe.
—¿De dónde sacaste esa información?
—Del mozo de cuadra de la residencia del
general. Es absolutamente cierta —respondió la Demonio Carmesí—. Pero Su Alteza
no tiene por qué inquietarse: el caballo está bien alimentado, gordo y
lustroso, parece que vive una vida bastante cómoda. En cuanto tengamos ocasión,
lo recuperamos junto con el Feisha Hongjiao y ya está.
Yelü Xing no tenía ánimo para seguir
discutiendo con ella. Los sucesos de Luyinquan volvieron a desfilar uno por uno
en su mente: aquellos dos prisioneros del Gran Chu, de origen incierto, que
primero se mataron trabajando para ganarse la confianza, que tras terminar la
construcción de la Ciudad Fantasma de Piedra, escaparon en una sola noche
robando el caballo y dejándole apenas comida suficiente para sobrevivir. En
aquel momento solo pensó en su furia; ahora, al reflexionar con calma,
comprendía que un plan tan meticuloso y completo jamás podría haber sido obra
de simples civiles.
Eso, sin duda, había sido obra de Xiao
Lan y Lu Zhui.
Aquel par de hombres a quienes había
buscado con tanto empeño… al final habían escapado con total calma desde justo
debajo de su mano. Esa humillación superaba con creces cualquier simple pesar.
Yelü Xing apretó el puño; había querido
serenarse primero, pero la furia en su pecho no hacía sino arder más y más, y
solo lamentaba no poder volver de inmediato un mes atrás, regresar a la Ciudad
Fantasma de Piedra en Luyinquan, para advertir a su yo descuidado y precipitado
de entonces que el enemigo estaba justo a su lado.
—Alteza… —dijo la Demonio Carmesí—,
¿puedes adivinar adónde fueron?
—A Luyinquan —respondió Yelü Xing.
—¿Luyinquan? ¿La Ciudad Fantasma de Piedra?
—preguntó ella de nuevo—. ¿En qué te basas?
—Santa Dama, acompáñame —Yelü Xing no
dio más explicaciones. Salió de la tienda con grandes zancadas y ordenó en voz
alta—: ¡GUARDIAS!
—¡Su Alteza! —los guardias se
adelantaron.
—Transmitan la orden —dijo Yelü Xing—:
el Quinto Batallón de Caballería debe reunirse inmediatamente y marchar conmigo
esta noche
El guardia se sorprendió ligeramente,
pero no se atrevió a preguntar. Se inclinó para recibir la orden y se marchó
apresurado. La Demonio Carmesí seguía apoyada en la entrada de la tienda.
—¿Su Alteza no piensa contarme el
motivo? Al menos podrías tener a alguien más analizando contigo. ¿Y si esto
solo es una maniobra para confundirnos y en realidad no fueron a Luyinquan?
Sería un viaje en vano.
—Imposible —dijo Yelü Xing—. Conozco
bien a ese hombre.
Un Xiao Lan y un Lu Zhui juntos… aunque
Namu’er tuviera habilidades divinas, jamás podría con ellos. Aquella vez se
disfrazaron de prisioneros a propósito; era evidente que lo hicieron con una
intención clara: averiguar el secreto de Luyinquan. La Ciudad Fantasma de
Piedra seguramente ya había sido manipulada por ellos; de otro modo, Xiao Lan
no habría colaborado en su construcción, ni habría permitido que los civiles
entraran allí sin intervenir. Y aquellos carruajes de grano que le robaron…
seguramente ya los habían enviado al lugar.
Según la distancia entre Luyinquan y el
campamento del Gran Chu, si él espoleaba el caballo y avanzaba sin descanso,
aún tendría oportunidad de interceptarlos en el extremo del Desierto de
Tianmai. Pensando en ello, Yelü Xing sacudió con fuerza las riendas y dejó que
su caballo de guerra, negro como la noche, se lanzara contra el viento hacia lo
profundo del desierto. Tras él galopaba el batallón más élite de la caballería
de Xilan: armaduras de hierro oscuro, túnicas negras, largas hojas brillando
con un frío resplandor.
Mientras tanto, también Xiao Lan asechaba
tras una colina. “Bahía de Medialuna” sonaba a bahía de agua, pero en realidad el
territorio estaba reseco y cuarteado por todas partes; solo había dunas altas y
bajas extendiéndose sin fin, como un mar inmóvil bajo la noche, con las olas
detenidas en el aire.
La arena blanda se hundía bajo cada
pisada, dejando hoyos profundos. Un grupo de hombres de aspecto extranjero
avanzaba lentamente. Una ráfaga de viento sopló de frente, levantando no solo
arena, sino también un olor familiar.
Xiao Lan frunció ligeramente el ceño.
¿Pólvora?
Aquel grupo recorrió toda la zona,
pisando cada tramo de arena, y luego se dio la vuelta para marcharse. La noche
era el mejor escondite, y el viento rugiente borraba cualquier sonido de pasos.
Nadie descubrió a Xiao Lan, oculto no muy lejos. Mucho menos sabían que, en
otra extensión de arena cercana, se escondían cientos de soldados Chu, atentos
como tigres al acecho, listos para atacar en cualquier momento.
El frente comenzó a volverse ruidoso.
Las antorchas encendidas iluminaban la arena, y muchos barriles estaban
apilados con orden. El olor a pólvora era tan fuerte que resultaba casi
irritante. Xiao Lan levantó ligeramente la mano, indicando a los hombres a su
lado que detuvieran el avance.
—Joven héroe Xiao —dijo un
vicecomandante—, por lo que parece, planean enterrar temporalmente esta pólvora
aquí. Así, por un lado, avanzan más ligeros durante la marcha; por otro, se
aseguran un recurso para usar más adelante.
Xiao Lan meditó un instante.
—Retirada. Actúen según mis órdenes.
El vicecomandante asintió y añadió:
—Joven héroe, tenga cuidado. La cantidad
de pólvora es enorme; su poder no debe subestimarse.
Xiao Lan inclinó la cabeza. Apretó con
una mano la punta del látigo Wujin y se acercó lentamente desde el otro lado.
En el campamento todos estaban ocupados cargando y moviendo cosas; nadie notó
la presencia del intruso. Bajo la protección de las dunas y la oscuridad, Xiao
Lan pronto obtuvo una visión clara y completa de la situación del campamento.
—Joven héroe Xiao —el vicecomandante
corrió hacia él al verlo regresar—. ¿Cómo está todo?
Xiao Lan le susurró unas palabras al
oído.
—¿Lo recuerdas?
El vicecomandante asintió repetidas
veces y echó a correr hacia la dirección del campamento Chu. Xiao Lan se quitó
la capa exterior; primero envolvió en ella un buen puñado de arena, luego la
ató con tiras de tela en todas direcciones hasta formar una esfera enorme y
pesada. Sacó un mechero de fuego del pecho y subió a un punto elevado para
observar el campamento de Xilan, aún ocupado en su frenética labor. Quizá para
facilitar el transporte, todos los barriles de pólvora habían sido reunidos en
un solo lugar; los soldados estaban extendiendo mantas impermeables para
envolver los barriles antes de enterrarlos.
La luz de la luna comenzaba a
intensificarse, y el paisaje alrededor se volvía más nítido. Un pequeño líder
de Xilan, tras mucho trajinar, se sentó para descansar un momento. Al levantar
la cabeza, creyó ver una silueta fugaz sobre una duna lejana. Sobresaltado, se
puso de pie de inmediato. Miró de nuevo… pero el lugar había vuelto a quedar
vacío como antes: solo el viento, siempre el viento, impaciente por levantar
polvo y arena.
«¿Acaso vi mal?»
La duda le recorrió el pecho. Pensó un
instante y decidió ir a comprobarlo. Aquella figura fugaz había sido demasiado
real, no parecía una ilusión suya. Y la realidad pronto lo confirmó: no era una
alucinación. De verdad había alguien oculto en la oscuridad.
La figura negra saltó desde detrás de la
duna; el largo látigo serpentino cortó el viento al caer, primero desgarrando
la luz de la luna y luego levantando del suelo una enorme bola de fuego. Ardía
con furia, soltando densas columnas de humo negro, como el gigantesco ojo de
una bestia infernal guardiana de las puertas del infierno, cruzando el aire a
toda velocidad. El pequeño líder vio cómo el cielo sobre su cabeza se iluminaba
y volvía a oscurecerse; el calor abrasador de las chispas que caían le hizo
comprender al instante lo que estaba a punto de ocurrir. Horrorizado, desgarró
su garganta en un grito:
—¡CUIDADO!
A su voz le siguió el estruendo
ensordecedor de los explosivos. Una tras otra, las detonaciones descendieron
como truenos divinos, abriendo en la vasta arena una exhibición de fuego capaz
de estremecer el cielo y la tierra. La arena salió disparada como un cañonazo
hacia lo alto, y luego cayó como lluvia. Junto con ella, salpicando las dunas,
también cayó sangre.
Xiao Lan se cubrió los oídos, oculto
tras la duna. Solo cuando la última explosión se extinguió, se incorporó y
volvió a saltar a lo alto. A sus espaldas, las llamaradas y el estrépito de la
batalla se extendían sin fin: era el ejército del Gran Chu, recién llegado, que
avanzaba como una marea imparable contra los restos del enemigo, devorándolos
por completo con una fuerza invencible.
Para el ejército Chu, aquello había sido
una victoria sin necesidad de luchar. Pero para Xiao Lan, el asunto estaba
lejos de haber terminado. Montó de un salto sobre un caballo de guerra y
atravesó como un rayo el campamento aún cubierto de humo. Su largo látigo
brilló con un destello helado, se enroscó como una víbora alrededor del cuello
de un hombre frente a él y lo elevó por los aires, casi triturando su tráquea y
sus huesos.
—¿Todavía quieres correr? —Xiao Lan se
plantó frente a todos.
—¡MÁTENLO! —el líder del grupo rugió con
furia. En algún momento ya tenía en manos un par de cimitarras como medialunas
gemelas, y sin detenerse un instante se lanzó sobre Xiao Lan como un lobo
hambriento. Los demás también se abalanzaron en tropel, deseando tener
colmillos para desgarrar y devorar a aquel joven que no sabía medir el cielo ni
la tierra.
Xiao Lan giró el cuerpo para esquivar,
dejando que vieran con claridad las antorchas ardiendo detrás de él… y también
a los cientos, miles de soldados del Gran Chu que avanzaban bajo el resplandor
del fuego. Cada espada y cada sable reflejaba una luz tan intensa que hería los
ojos.
Era un enfrentamiento sin ninguna
posibilidad de victoria. El líder, con voz ronca y feroz, preguntó:
—¡¿Qué quieres?!
—Quisiera invitar a todos a acompañarme
un tramo —respondió Xiao Lan—. Y de paso, una advertencia: esto no es una
negociación. No tienen otra opción.
—¿Y si no aceptamos? —el hombre intentó
aparentar firmeza.
Xiao Lan apenas levantó la mano. De
inmediato, cientos de arcos tensaron sus cuerdas al unísono; puntos de luz fría
apuntaron directamente hacia ellos.
Tal como el hombre había dicho, en
aquella situación no existía alternativa alguna. Tras un largo silencio, las
armas comenzaron a caer una tras otra sobre la arena. El grupo levantó las
manos en señal de rendición, con los ojos llenos de frustración.
—Muy bien —Xiao Lan sonrió, y añadió con
tono tranquilizador—. No se preocupen, el trato en el campamento del Gran Chu
no es peor que en Xilan.
Mientras hablaba, los soldados del Gran Chu
sacaron pesadas cadenas de hierro y grilletes de madera, y con un «¡clang!» dejaron
a los prisioneros bien asegurados… anulando de inmediato cualquier credibilidad
que pudiera tener el joven maestro Xiao.
—¿Por qué sonríes? —preguntó Xiao Lan
durante el regreso.
El vicecomandante no podía ocultar su
alegría.
—Pelear siguiendo al joven héroe Xiao es
un verdadero placer. Uno puede luchar a gusto, sin sufrir pérdidas ni
humillaciones… y además nunca hemos perdido una sola batalla.
—Eso dilo solo en privado, no deje que
mi shifu lo escuche —lo señaló Xiao Lan, advirtiéndole—. Si no, volverá a
sermonearme, diciendo que «no sufrir pérdidas ni humillaciones» es
estilo de gente del Jianghu, y me castigará a copiar tratados militares.
—Sí —rio el vicecomandante—. Iré a
revisar el frente.
Xiao Lan asintió y también alzó el
látigo para acelerar el paso del ejército. Si lograban regresar un día antes,
quizá alcanzaría a recibir a su amado, recién vuelto de Luyinquan.
***
En el horizonte se acumulaban densas
nubes negras. Lu Zhui tensó las riendas.
—¿Va a levantarse viento?
—Acampemos aquí —dijo Yang Qingfeng—. El
clima no pinta bien. Será mejor esperar hasta mañana.
Lu Zhui asintió y ordenó a todos buscar
un buen lugar para resguardarse del viento. Montaron las tiendas antes de que
llegara la tormenta, y aprovechando que aún no soplaba el vendaval, encendieron
fuego y prepararon una olla de gachas. Con el estómago lleno, se metieron
temprano en los sacos de dormir, listos para continuar el viaje cuando
amaneciera y el viento se calmara.
En la segunda mitad de la noche, el
desierto efectivamente desató un vendaval. De no haber estado preparados, las
tiendas habrían salido volando por los aires. Lu Zhui no pudo dormir; envuelto
en una manta, escuchó toda la noche el rugido grave del viento. Desde que había
llegado al desierto, era la primera vez que enfrentaba un clima tan extremo.
Yang Qingfeng, sin embargo, le dijo que no se preocupara demasiado: aquel
viento feroz y aterrador, como mucho, duraría una noche.
Y así fue. A medida que el cielo
comenzaba a aclarar, el viento se apagó poco a poco. Lu Zhui por fin soltó un
suspiro de alivio. Recogió la manta y estaba a punto de salir de la tienda
cuando un nuevo rugido grave resonó afuera… pero esta vez no era viento, sino
el retumbar lejano de cascos. Por el sonido, no menos de varios cientos de
caballos de guerra.
—¡Informe! —el oficial de vanguardia
regresó a toda prisa—. ¡Al frente, hay tropas de Xilan!
No había terminado de hablar cuando cayó
del caballo, cubierto de sangre. Lu Zhui se lanzó a atraparlo, presionó con una
mano la herida de flecha que no dejaba de sangrar y ordenó con voz firme:
—¡Aguanta!
Arrancó la flecha de un tirón, selló dos
puntos de acupuntura y vendó la herida con fuerza. Lo llevó a su propia tienda
y pidió a alguien que lo cuidara. Cuando salió, Yang Qingfeng ya había formado
una muralla de acero frente a los civiles: largas espadas, escudos de hierro,
una barrera impenetrable.
—Venerable anciano —Lu Zhui avanzó a
caballo y se colocó a su lado.
—Es Yelü Xing —susurró Yang Qingfeng—.
Ese hombre es astuto. Ten cuidado.
¿Yelü Xing? Lu Zhui frunció el ceño.
Había pensado que era una patrulla de Xilan, no que el propio Yelü Xing vendría
al frente. Observó el ejército oscuro que se extendía ante ellos; calculó que
eran el doble que las fuerzas del Gran Chu. En un choque directo, perderían
casi con seguridad, y detrás del ejército Chu había cientos de civiles
desarmados.
La atmósfera entre cielo y tierra se
volvió solemne. A través de la arena amarillenta, Yelü Xing observó a Lu Zhui.
En sus ojos, además de codicia, había duda. La Demonio Carmesí también lo notó
y frunció el ceño.
—¿Xiao Lan no está? ¿No será que nos
distrajo y aprovechó para atacar el campamento?
Yelü Xing apretó las riendas y avanzó
unos pasos. Miró de nuevo… y en efecto, Xiao Lan no estaba.
Lu Zhui, por su parte, observó a Yelü
Xing con cierta curiosidad. En Luyinquan, Xiao Lan casi lo envolvía en mantas
todos los días y no le permitía salir ni a la entrada de la tienda. Así que
esta era la primera vez, desde su amnesia, que veía cómo era aquel “lascivo
bandido hambriento” —palabras del joven maestro Xiao, repetidas tantas veces y
con un tono tan lúgubre que era imposible olvidarlas.
—¿Dónde está Xiao Lan? —preguntó Yelü
Xing con voz grave.
Lu Zhui se sorprendió un poco. No solo
el hombre lo codiciaba, sino que ahora parecía no estar interesado en él en
absoluto y preguntaba directamente por Xiao Lan.
—¿dónde está mi amado ahora? ¿Qué tiene
que ver contigo?
—Parece que vine en vano. Ese tal Xiao
no está —la Demonio Carmesí suspiró, estiró las muñecas y dijo con desgana—. Su
Alteza, ¿considera aumentar la paga? Si la duplica, puedo ayudar en esta
batalla.
Yelü Xing no le respondió. Lu Zhui, en
cambio, sonrió desde el otro lado.
—Si él no quiere, yo sí estaría
dispuesto a duplicarla por usted.
Yelü Xing: “…”
—¿joven maestro Lu? —la Demonio Carmesí
parpadeó, sorprendida, y luego soltó una risita—. ¿Sabes quién soy?
Lu Zhui asintió.
—Por supuesto.
—¿Lo oíste? El joven maestro Lu está
dispuesto a pagar el doble —la Demonio Carmesí chasqueó la lengua—. ¿Y bien, Alteza?
Viendo la expresión decidida de Lu Zhui
al otro lado, Yelü Xing respondió con rigidez:
—El triple.
La Demonio Carmesí se llevó las mangas a
los labios con coquetería.
—Joven maestro Lu, alguien ofrece el
triple.
Lu Zhui levantó la mano y lanzó un
destello brillante.
—Lo que él ofrezca, yo lo duplico. Y
esta cosita… se la doy a la Santa Dama como regalo de presentación.
La Demonio Carmesí alzó la mano y atrapó
la perla. La pequeña esfera giró en su palma, irradiando un brillo
extraordinario incluso sin luz del sol.
—Piénselo con calma, Santa Dama —sonrió
Lu Zhui—. Si no decide hoy, esperaré mañana. Y si no mañana, pasado. Puede
tomarse todo el tiempo que quiera. No tengo prisa.
—A mí me gustan los jóvenes así —rio la
Demonio Carmesí—: generosos, espléndidos… y guapos.
Guardó la perla en la manga, los ojos
llenos de encanto.
—Tendré que pensarlo con mucha calma.
Por hoy, me retiro.
—Que tenga buen viaje, Santa Dama
—respondió Lu Zhui con naturalidad.
La Demonio Carmesí giró el caballo,
agitó el látigo y su figura roja desapareció pronto en el horizonte.
Yang Qingfeng: “…”
«Rico. Excesivamente rico.»
—¡A matar! —Yelü Xing no quería perder
más tiempo. Temía haber caído en una maniobra de distracción y solo deseaba
acabar rápido para regresar al campamento. Un destello frío cruzó los ojos de
Lu Zhui; la espada Qingfeng salió de la vaina con un zumbido. Aunque llevaba tiempo
sin combatir de verdad, jamás había descuidado su entrenamiento. Esta era una
buena ocasión para practicar con Yelü Xing.
Lluvia de flechas, montañas de acero,
lanzas brillando como hielo. Ambos ejércitos chocaron al sonido del cuerno,
abriendo caminos a golpes de hierro. La sangre tiñó la arena; los gritos de
batalla sacudieron el cielo.
Yelü Xing desvió la espada que se le
venía encima y contraatacó de inmediato. Lu Zhui tuvo que soltar por un
instante al Jin Qilin, saltó al aire y descendió con ambas manos aferradas al
arma.
Yelü Xing retrocedió dos pasos, los ojos
llenos de fiereza.
—¿De verdad quieres matarme?
Lu Zhui no respondió. Sus ataques se
volvieron aún más veloces. Solo cuando recuperó las riendas de Jin Qilin dijo:
—Primero invades el Gran Chu. Luego, al
verme, lo único que haces es preguntar por mi esposo. ¿Y todavía esperas que
sea indulgente contigo?
—¿Cómo lo acabas de llamar? —preguntó
Yelü Xing.
Lu Zhui reaccionó al instante:
—¿Quieres aprovecharte de mí, viejo
lascivo?
Yelü Xing quedó desconcertado un
segundo. Cuando por fin entendió, la espada ya volvía a apuntarle al corazón.
La lucha entre ambos era feroz y pareja,
pero en el campo de batalla los soldados del Gran Chu empezaban a ceder
terreno. Incluso Yang Qingfeng había sido herido. Lu Zhui lo vio y la ansiedad
le apretó el pecho. Yelü Xing sonrió.
—Si te rindes y vienes conmigo, los
dejaré vivir.
Lu Zhui lo hizo retroceder dos pasos,
giró para ver a Yang Qingfeng, pero Yelü Xing volvió a interceptarlo. En el
otro flanco, los soldados Chu estaban al límite. Entonces, la voz de Zhang Mao
retumbó como un trueno:
—¡COMPAÑEROS! ¡A LUCHAR!
Su pierna coja no le impidió correr más
rápido que nadie. Los civiles, inspirados, recogieron armas del suelo y se
unieron a la línea de batalla.
—¿Aún quieres oponerte a mí? —Yelü Xing
le sujetó la muñeca y lo atrajo con fuerza—. Cuanto más se prolongue, más
morirán los tuyos. A esta gente que salvaste con tanto esfuerzo… ¿de verdad
quieres verlos morir?
Los gritos de dolor se multiplicaban. Lu
Zhui apretó los dientes.
—¡Haz que tus hombres se detengan!
Yelü Xing sonrió.
—¿Entonces vendrás conmigo?
—¡Primero haz que se detengan!
En ese instante, otro rugido estalló en
el horizonte:
—¡MALDITO! ¡SUELTA A MI PADRE!
Ah Liu apareció montado en un enorme
caballo, avanzando como un trueno que partía nubes y arena. Tras él venía Lu
Wuming, y detrás de ambos, una marea de soldados del Gran Chu.
La llegada de refuerzos encendió de
nuevo el valor de los soldados Chu. Lu Zhui aprovechó para impulsarse, cayó con
una patada sobre el hombro de Yelü Xing y se oyó el crujido de huesos. Yelü
Xing retrocedió tambaleante, pero con un esfuerzo desesperado arrebató las
riendas del Jin Qilin y lanzó una estocada hacia el pecho de Lu Zhui. Este tuvo
que esquivar, y en ese brevísimo instante, Yelü Xing ya había saltado al
caballo y huía hacia el desierto.
Lu Zhui dio dos pasos, cortó de un tajo
al hombre que atacaba a Yang Qingfeng y gritó:
—¡PADRE!
—¡AQUÍ! —respondió Lu Wuming, sin
detenerse mientras perseguía a Yelü Xing.
Lu Zhui levantó a Yang Qingfeng.
—¿Está bien, venerable anciano?
—Estoy bien —Yang Qingfeng intentó
moverse—. Es solo la pierna. No te preocupes por mí.
—¡Padre, ¿estás bien?! —Ah Liu llegó
corriendo.
—Cuida del venerable anciano Yang —Lu
Zhui se lo entregó y volvió al combate.
Con los refuerzos, el Gran Chu recuperó
la ventaja. Cuando la victoria ya era segura, Lu Zhui montó un caballo para
perseguir a Yelü Xing, pero apenas avanzó cuando vio regresar a Lu Wuming… con
las manos vacías.
—Padre —Lu Zhui se acercó—. ¿Se escapó?
—Una mujer de rojo apareció de la nada.
Usó humo venenoso y se lo llevó —respondió Lu Wuming.
Lu Zhui frunció el ceño: «Parece que
no todo se compra con dinero.»
—Es una lástima —suspiró Lu Wuming—. Si
lo hubiéramos capturado, esta guerra habría terminado.
—Un rey, comandante enemigo… no se deja
atrapar tan fácil —lo consoló Lu Zhui—. Haber destruido un batallón de
caballería Xilan ya es bastante. Pero, padre, ¿por qué viniste?
—El general He recibió noticias de que
Yelü Xing había salido del campamento hace días. Pensamos que venía por ti
—dijo Lu Wuming—. Llegamos justo a tiempo, o habrías sufrido.
—No solo yo —Lu Zhui miró a los
civiles—. También ellos. Costó mucho salvarlos.
Lu Zhui bajó del caballo.
—¿Llegó el médico?
—Xiao Shan está allí delante
—respondió Lu Wuming—. ¿Y tú? ¿Estás herido?
—Estoy bien —Lu Zhui negó—. Vamos a ver
al anciano Yang.
El campo de batalla era un desastre. Los
prisioneros de Xilan estaban atados y agachados en la sombra. La herida de Yang
Qingfeng ya había sido tratada. Zhang Mao organizaba a los civiles para ayudar
a recoger los restos y cargar a los heridos en los carruajes.
En una duna cercana, la Demonio Carmesí
presionó el hombro amoratado de Yelü Xing y se burló:
—Tu enamorado no te tuvo ni un poquito
de compasión. Te dejó los huesos hechos polvo.
—Si él ofrecía más dinero, ¿por qué me
salvaste? —preguntó Yelü Xing.
—Hablas como si quisieras que no lo
hiciera —la Demonio Carmesí lo subió al caballo—. Sí, Lu Mingyu puede pagar
más. Pero, aun así, te ayudaré a ti.
—¿Por qué razón?
—Un hombre con un rostro tan hermoso…
demasiado hermoso. Me irrita —ella espoleó su caballo—. Míralo por el lado
bueno: al menos recuperaste el Jin Qilin. No volviste con las manos vacías.
***
Diez días después, el ejército Chu
regresó al campamento. Lu Zhui desmontó, y antes de ponerse firme, Xiao Lan ya
lo tenía en brazos.
—¿Estás herido?
—No —Lu Zhui tiró de su ropa,
murmurando—. Suéltame, hay mucha gente mirando.
Lu Wuming: “…”
Ah Liu: “…”
Xiao Lan lo dejó en el suelo.
—¡Ejem! Venerable señor Lu.
—Ve a ver a tu shifu. Está herido —dijo
Lu Wuming.
Xiao Lan se alarmó y corrió al carruaje.
Al ver que solo era una herida en la pierna, se tranquilizó. Luego organizó la
entrada al campamento, envió a los heridos al hospital militar y llevó a los
civiles a Zhou Yao para integrarlos en las tropas.
Lu Zhui fue a informar a He Xiao sobre
la batalla contra Yelü Xing. Cuando ambos terminaron sus tareas, ya era
medianoche.
—Me voy a descansar —dijo Lu Zhui.
—Descanse, joven maestro Lu —He Xiao lo
acompañó hasta la puerta. Allí vio a Xiao Lan esperándolo, sosteniendo un manto
grueso para protegerlo del frío.
—¿Terminaste? —Xiao Lan lo envolvió con
el manto.
—Mn —Lu Zhui suspiró—. No sabes… mi
padre casi captura a Yelü Xing.
Xiao Lan negó con firmeza.
—No volveré a dejarte actuar solo.
Lu Zhui le tomó la mano.
—¿Adivinas qué fue lo primero que me
dijo Yelü Xing al verme?
Xiao Lan frunció el ceño.
—¿Qué dijo?
—Preguntó dónde estabas tú.
Xiao Lan: “…”
Lu Zhui hizo un puchero.
—Por un momento pensé que me estabas
engañando otra vez.
—¿Engañarte en qué?
—Ni me miró. Lo primero que hizo fue
preguntar por ti —Lu Zhui suspiró—. ¿Eso es codiciarme a mí? ¡Claramente te
codicia a ti!
Mensaje de Jin:
Recuerda dejar tu comentario si te ha gustado el capítulo 💖.


Comentarios
Publicar un comentario
Deja tu opinión ❤️