Capítulo
192: Actuando por separado.
El
joven maestro Lu de la familia aristocrática es muy valioso.
—¿El joven maestro quiere decir… que
nosotros también los compremos con dinero? —preguntó He Xiao.
Lu Zhui asintió.
—Si podemos hacer que se retiren
directamente, mejor. Pero si son realmente difíciles de enfrentar, pagar para
evitar un desastre tampoco es mala opción. Al fin y al cabo, solo son asesinos
que venden su vida por dinero. No representan una amenaza real para el Gran Chu.
Y lo que más necesitamos ahora es concentrar fuerzas contra Yelü Xing.
Yang Qingfeng añadió:
—Estoy de acuerdo con Mingyu.
He Xiao seguía dudando. Lu Zhui
continuó:
—Si al general le parece viable, yo me
encargo del dinero.
He Xiao se sorprendió.
—La suma no será pequeña.
Lu Zhui sonrió.
—No importa cuánta sea.
He Xiao quedó sin palabras.
Había oído rumores de que la mitad del
presupuesto para la campaña a Nanyang había salido del clan Lu, pero jamás
imaginó que, además de esa fortuna, Lu Zhui aún pudiera costear también la
guerra del noroeste. Pensando en ello, la mirada que dirigió al joven maestro Xiao
Lan se volvió de inmediato mucho más afectuosa: «Con semejante esposo, rico
y generoso, más te vale cuidarlo bien. Si alguien te lo quita, me veré obligado
a pelear contigo.»
Xiao Lan sonrió.
—¿Qué piensa?
He Xiao asintió.
—Así quedará decidido por ahora. Según
mis informes, dentro de medio mes ese grupo irá a la Bahía de la Medialuna.
Aunque aún no sabemos con qué propósito.
—¿Bahía de la Medialuna? ¿Qué lugar es
ese? —preguntó Lu Zhui.
—Un valle de arena. Hace cientos de años
quizá fue una bahía, pero ahora está enterrada bajo el desierto —explicó He
Xiao—. A caballo, son unos diez días desde aquí.
Yang Qingfeng añadió:
—He hablado con el general. Esta vez
queremos que Lan’er lleve un grupo a la Bahía de la Medialuna para averiguar
quiénes son exactamente y qué traman. Así tendremos una idea clara y no nos
tomarán por sorpresa en el futuro.
Lu Zhui miró a Xiao Lan y asintió.
—Bien.
—En cuanto a la Ciudad Fantasma de
Piedra, quedará a cargo del viejo general y del joven maestro Lu —dijo He
Xiao—. Pero Yelü Xing es astuto. Para evitar problemas, lo mejor será actuar en
secreto.
Cuando terminaron de conversar, He Xiao
y Yang Qingfeng se marcharon. Afuera, el cielo estaba encendido por una puesta
de sol ardiente. La mitad del firmamento se había teñido de rojo y en los
bordes de las nubes brillaban haces dorados, como un fuego interminable que
incendiaba cielo y tierra. Al final de aquella luz, una franja de azul profundo
sostenía una luna redonda y pálida, casi transparente, rodeada de unas pocas
estrellas que titilaban suavemente sobre el horizonte del desierto.
La escena era tan grandiosa que Lu Zhui
permaneció largo rato en la entrada de la tienda, deseando grabarla en su
memoria.
«Esta tierra hermosa y misteriosa
debería quedar en poemas y pinturas, para que el mundo se maraville de ella, no
así, llena de ejércitos y espadas, con el humo de la guerra borrando el brillo
del atardecer y las estrellas.»
Xiao Lan lo abrazó por los hombros.
—¿En qué piensas?
—En nada —respondió Lu Zhui, mirándolo—.
Es que este lugar es realmente hermoso.
—Más al oeste está el desierto de Zhanu.
Ese es aún más hermoso —dijo Xiao Lan—. Cuando termine la guerra, te llevaré a
verlo.
Lu Zhui sonrió y asintió.
—Mn.
—Volvamos —Xiao Lan le subió la capa—.
Mañana partimos. Hoy debes descansar temprano.
Entrecruzaron los dedos y cabalgaron
juntos, saliendo del campamento al galope. Los soldados Chu, al verlos,
comenzaron a aplaudir y a vitorear: el famoso joven maestro Lu por fin había
llegado al campamento y había que celebrarlo.
He Xiao había planeado preparar una mesa
de despedida esa noche, pero Yang Qingfeng lo detuvo. Solo permitió que el
cocinero enviara unos platos ligeros al patio: después de tanto tiempo
separados, y con otro mes de separación por delante, aquella última noche no
debía ser interrumpida por nadie.
—¿Vino? —Lu Zhui olió la jarra—. Parece
fuerte. ¿Shifu no teme que nos emborrachemos?
—Mi shifu sabe que tienes buen juicio
—Xiao Lan le sirvió—. Se llama Shao Daozi, solo prueba un sorbo.
Lu Zhui probó un poco y frunció el ceño.
—¿Tú bebes esto normalmente?
—Mn —Xiao Lan se lo tomó de un trago.
—Basta, basta —Lu Zhui le quitó la
copa—. No vuelvas a beberlo. Hace daño. Y si te acostumbras, luego te volverás
un borracho insoportable.
—¿Ya empezaste a mandarme? —Xiao Lan le
tomó la mano, divertido—. Ay, qué será de mí ahora que estamos “casados”.
—¿Qué casados ni qué nada? —Lu Zhui le
retiró la mano—. Come.
Xiao Lan se inclinó.
—Dame de comer.
Lu Zhui retrocedió.
—Ni lo sueñes.
Pero Xiao Lan lo atrapó por la muñeca,
lo jaló a su regazo y acercó una cucharada a los labios.
—¿Mm?
—¿Quién crees que soy? ¿Un terrateniente
gordo esperando que le den de comer? —Lu
Zhui no sabía si reír o llorar— Eres un insoportable pegadizo.
—No me cansaré. Ojalá pudiera pegarme a
ti toda la vida —Xiao Lan lo abrazó más fuerte—. Cuando estabas herido,
pensaba: cuando despierte, cuando sane, le haré una casa hermosa, con un nido
de algodón en el patio, para que descanse sin preocuparse por nada.
—¿Cómo me herí? —preguntó Lu Zhui.
—¿El señor Lu no te lo dijo? —Xiao Lan
siguió alimentándolo.
Lu Zhui negó.
—Mi padre dijo que él me hirió por
accidente, pero no suena muy creíble.
—¿Quieres saberlo de verdad? —preguntó
Xiao Lan—. Tiene que ver con la Tumba Mingyue. La tía Fantasma no quería que
estuviéramos juntos. Usó un insecto gu venenoso para separarnos. Cuando el
veneno te atacó el corazón, el médico divino Ye dijo que solo podía curarte si
olvidabas todo lo relacionado conmigo.
—Con razón —Lu Zhui se recostó en su
pecho—. Cuando desperté, ni la dama Tao te mencionó.
—La casa de la ciudad Feiliu la construí
según tus gustos —dijo Xiao Lan—. Pensaba llevarte allí algún día. Pero mira
tú, terminaste viviendo en ella antes que yo. Mejor así, me ahorré el trabajo
de secuestrarte.
Lu Zhui le dio un puñetazo suave en el
pecho.
—Si hubiera sabido que era tuya, no
habría ido.
—No es mía. Es nuestra —Xiao Lan lo
acomodó en la silla—. Ten cuidado en la Ciudad Fantasma.
—El que debe tener cuidado eres tú —Lu
Zhui le puso comida en el plato—. Recuerda lo que dije: si te encuentras con
esos asesinos a sueldo, no pelees. Ponles precio. Aunque sea un precio absurdo.
Xiao Lan asintió.
—Lo sé.
A la mañana siguiente, antes del
amanecer, Lu Zhui partió con Yang Qingfeng por la puerta norte, reuniéndose con
las tropas que lo esperaban fuera de la ciudad. Con carros, caballos y
provisiones, se dirigieron hacia el manantial Luyinquan para rescatar a los
civiles.
Unas horas después, Xiao Lan llegó al
campamento del Gran Chu. She Mang, que volvía del campo de entrenamiento, lo
vio y gritó desde lejos:
—¿POR QUÉ VIENES SOLO? ¿DÓNDE ESTÁ EL
JOVEN MAESTRO LU?
—Está enfermo —respondió Xiao Lan.
—¿Enfermo? —She Mang se alarmó—. ¿Cómo
puede enfermarse tan pronto? ¿Necesita un médico?
Xiao Lan suspiró.
—No se adaptó al clima. No puede
levantarse de la cama. Mejor dejarlo descansar.
She Mang asintió, luego lo regañó:
—Si el joven maestro Lu está enfermo,
¿qué haces tú aquí? Yelü Xing no ha hecho nada estos días. Vuelve a cuidarlo.
Nosotros vigilamos. No pasará nada.
—Muchas gracias —Xiao Lan inclinó la
cabeza—. Me retiro.
—Anda, vete —She Mang agitó la mano,
mirándolo marcharse con expresión casi paternal.
Al fin y al cabo, era el primero del
grupo en conseguirse una esposa.
«Envidia, pura envidia.»
Más tarde, en el campamento empezó a
correr el rumor: «De verdad es un joven maestro de familia rica del sur.
Acostumbrado a la seda y al jade, no soportó el viento y la arena del desierto.
Apenas llegó y ya está postrado, vomitando, con diarrea, sin poder comer nada.
Qué tragedia.»
—El joven maestro Xiao ya está con la
cabeza hecha un lío. Mejor no molestarlo estos días —dijo She Mang.
Todos los oficiales asintieron con
profunda simpatía.
***
—¡Arre! —en lo profundo del desierto, Lu
Zhui cabalgaba sobre el Jin Qilin a la cabeza del grupo, veloz como un rayo.
Los demás caballos, animados por el líder, también aceleraron, avanzando como
si pisaran nubes. Llegaron a Luyinquan tres días antes de lo previsto.
Al caer la tarde, Zhang Mao estaba
contando las marcas talladas en la columna de piedra, calculando cuántos días
más alcanzarían las provisiones. De pronto oyó gritos:
—¡EL EJÉRCITO CHU HA LLEGADO! ¡LA AYUDA
ESTÁ AQUÍ!
Se le iluminaron los ojos. Sin esperar
que lo ayudaran, Zhang Mao cojeó a toda prisa hacia la entrada. Lu Zhui lo vio
desde lejos y agitó la mano, riendo:
—¡Asesor Zhang!
—Gracias, joven maestro, gracias… —Zhang
Mao lloraba de emoción, aferrado a su mano sin querer soltarla. Los civiles
estallaron en vítores. Pronto subieron por grupos a los carros y, escoltados
por el ejército Chu, emprendieron el regreso con estruendo.
***
—Alteza… —esa noche, bajo una luna
menguante afilada como una hoja, la Demonio Carmesí caminó descalza sobre la
arena suave, su voz seductora—. ¿Qué hace aquí a estas horas, sin dormir,
mirando el cielo desde una duna?
Yelü Xing no se volvió.
—¿Por qué no fuiste a la Bahía de la Medialuna?
—Con que vayan mis guerreros basta
—respondió la Demonio Carmesí—. ¿Acaso Su Alteza no me dará la bienvenida? Si
es así, supongo que tampoco querrá oír las noticias que traigo.
—Ya te pagué. Debes cumplir con tu
trabajo. Eso no tiene nada que ver con si te doy la bienvenida o no —dijo Yelü
Xing con frialdad—. Habla.
—Qué aburrido —la Demonio Carmesí se
sentó a su lado—. Xiao Lan y Lu Zhui han regresado.
Las cejas de Yelü Xing se crisparon.
—Tu amado cayó enfermo apenas llegó.
Ahora mismo está en la residencia del general en el paso Yumen, y Xiao Lan está
con él —continuó la Demonio Carmesí—. En tres días iré a matar al que me
pediste. ¿Y el otro? ¿De verdad no quieres que lo traiga de vuelta de paso?
—Esa pregunta ya la hiciste una vez
—respondió Yelü Xing, helado.
—Bien, no lo tocaré. Te lo dejo a ti —la
Demonio Carmesí rio… era una risa llena de encanto venenoso—. Solo traeré la
cabeza de Xiao Lan para presentártela.
El autor tiene algo que decir:
El pequeño Lu Zhui: ¡Papá! ¡Papá! ¡Dame dinero!
Mensaje de Jin:
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