Mad For Love 118

    


Capítulo 118: Extra Parte moderna.

Parte 3.

 

Qi Zhen miró su mano que se aferraba a la manga, apretó la mano que colgaba a su lado y decidió apartarla.

—Ve a lavarte, tengo cosas que hacer.

 

Se dio la vuelta para irse.

 

Lin Yan, desesperado, maniobró la silla de ruedas para perseguirlo.

—¡Entonces te espero cuando termines! ¿De qué departamento eres? ¡Puedo pedir que te llamen!

 

—Señor Lin, no lo conozco.

 

—¡Pero ya nos conocimos! ¡Podemos seguir conociéndonos!

 

—Su comportamiento me resulta difícil de comprender.

 

—¡Entonces quédate y te lo explico!

 

Qi Zhen realmente no entendía nada. Miró la silla de ruedas y decidió tomar las escaleras. Ahí no podría seguirlo.

 

Pero Lin Yan igual se lanzó detrás de él, sin rendirse.

 

Qi Zhen, que al principio bajaba los escalones uno por uno, al verlo entrar al hueco de la escalera, empezó a subir dos escalones por paso.

 

Lin Yan entró en pánico. En su desesperación, presionó un botón que no sabía que existía y la silla de ruedas aceleró directo hacia las escaleras.

 

Su mente quedó en blanco. Su cuerpo no respondía.

 

Solo podía esperar el impacto.

 

En el último instante, Qi Zhen saltó desde arriba, lo atrapó con ambos brazos y lo envolvió con su cuerpo. Los dos rodaron por toda la escalera.

 

Lin Yan salió ileso.

 

Qi Zhen se desmayó.

 

Cuando Lin Jue llegó, encontró a vio a su hermano pequeño de pie junto a la cama como una esposa esperando a un marido. Se acercó, agarró la silla de ruedas y bajó la voz:

—¿Qué estás haciendo? ¡Tú también eres un paciente! ¿Cómo vas a cuidar a otro? ¡Vámonos ya!

 

Lin Yan, sin decir nada, agarró con fuerza la sábana de la cama de Qi Zhen.

—No quiero irme.

 

«¿Pero qué clase de embrujo es este?»

 

—¿Te falló el cerebro? ¿Quién es este?

 

Lin Yan, muy serio:

—Hermano, quizá no me creas, pero él es mi novio.

 

Si no fuera porque Lin Yan llevaba puesto el pijama de hospital, Lin Jue ya le habría dado una paliza.

—¡¿Desde cuándo tienes novio?!

 

—Desde hoy.

 

—¡Tú…! —Lin Jue estaba tan furioso que ni las palabras le salían.

 

Desde que Lin Yan estaba hospitalizado, él sabía exactamente quién entraba y salía del piso: médicos, enfermeras, personal de limpieza… Pero este de la cama, jamás lo había visto.

—¿Qué te hizo este tipo?

 

Lin Yan respondió con total solemnidad:

—Me robó el corazón.

 

Lin Jue le lanzó un puñetazo al aire, de pura rabia y sin decir más empezó a empujar la silla para llevárselo. Lin Yan se resistió. Los dos forcejeaban cuando Qi Zhen despertó.

 

Lin Jue soltó la silla al instante.

 

Lin Yan maniobró la silla y se deslizó hasta la cama.

—¿Despertaste?

 

Qi Zhen los miró a ambos, confundido.

—¿Quiénes son ustedes? ¿Qué hacen aquí?

 

Lin Yan se quedó helado.

—¿No me recuerdas?

 

Qi Zhen no respondió.

 

Los ojos de Lin Yan brillaron.

—¿Perdiste la memoria? ¿No recuerdas lo que pasó hace un momento?

 

Qi Zhen seguía sin hablar. Sus cejas, hermosas y rectas, se fruncieron apenas: una mezcla de duda, desconcierto y evaluación. Lo miraba como quien intenta descifrar un acertijo.

 

Lin Yan, feliz como si hubiera encontrado la luz al final del túnel, le agarró la mano.

—Perdiste la memoria. Me presento: soy tu prometido. Me llamo Lin Yan.

 

Lin Jue casi arrancó la silla de ruedas de un tirón. «¿Qué clase de tontería estaba diciendo este niño?»

 

Pero Lin Yan ignoró por completo a su hermano y siguió:

—Íbamos a comprar los anillos cuando tuvimos un accidente. Por suerte tú estás bien. Me preocupé muchísimo. Vamos a comprar los anillos ahora, ¿sí?

 

Lin Jue se cubrió la cara. Así que el que estaba “tomando la iniciativa” era su hermano.

 

«Qué vergüenza de hermano menor.»

 

Qi Zhen se incorporó y dijo:

—Primero: no tengo amnesia. Segundo: ¿tienes algún tipo de obsesión con los anillos?

 

Lin Jue ya no podía soportarlo.

—Vámonos. No sigas haciendo el ridículo. ¿Qué anillo quieres? Yo te lo compro.

 

—¿Estás loco? ¿Para qué me vas a comprar un anillo?

 

—¡Porque tú estás enfermo! ¡Y te empeñas en acosar a este pobre hombre para que te compre uno! ¿Lo conoces acaso? ¡Vámonos ya! —Lin Jue le dio un manotazo en la mano para que soltara a Qi Zhen.

 

Lin Yan soltó un quejido y tuvo que dejarlo ir.

 

Sin nada a lo que aferrarse, solo pudo dejarse arrastrar, mirando con ojos de cachorro abandonado cómo Qi Zhen se levantaba y se acomodaba la bata blanca.

 

—¿De verdad no puedes comprármelo? —insistió Lin Yan—. Puedo reembolsarte.

 

Lin Jue aceleró el paso: «Esto es demasiado vergonzoso.»

 

«Nunca había pasado tanta vergüenza en mi vida.»

 

El rostro de Qi Zhen se volvió frío, inexplicablemente frío.

—Señor Lin, hay mucha gente dispuesta a comprarle un anillo. No me haga este tipo de bromas.

 

—¡No es una broma! ¡No lo es!

 

—¡Vámonos ya!

 

De regreso, Lin Jue abrió el expediente de Qi Zhen. Lo revisó una y otra vez.

 

No encontró nada extraño, ni sospechoso. No entendía por qué su hermano había perdido la cabeza al verlo.

 

Le entregó el expediente a Lin Yan.

 

Los ojos de Lin Yan brillaron como si hubiera encontrado un tesoro. Lo leyó varias veces y comentó para sí mismo:

—¿Cómo que ahora es médico? Aunque ser médico también le queda tan bien… —luego añadió— ¿Cómo que todavía está estudiando?

 

Luego Lin Yan levantó la cabeza y continuó:

—Hermano, quiero que este médico me cuide.

 

Lin Jue estaba agotado.

—¿Qué demonios quieres?

 

Lin Yan respiró hondo, muy serio.

—Hermano, somos familia. No voy a ocultártelo. Me enamoré de él.

 

Lin Jue: “…”

 

—¿De verdad no puedes dejar que él me cuide? Lo quiero de verdad.

 

Lin Jue soltó un suspiro larguísimo.

—Aunque te guste, aunque sea amor a primera vista, aunque creas que es el único hombre en la tierra ¿puedes calmarte un poco? ¿Así es como se conquista a alguien? ¿No te da miedo espantarlo?

 

Lin Yan suspiró esta vez.

—Fue por la urgencia del momento.

 

«¡¿Urgencia?!»

 

«¿Urgencia para pedirle a un desconocido un anillo de dos yuanes?»

 

Lin Jue le lanzó una mirada que decía claramente: ¡Si quiera estás pensando antes de actuar?

 

—Si de verdad te gusta —dijo Lin Jue—, entonces conquístalo bien. ¿Qué es eso de pedirle un anillo apenas lo ves?

 

—Ya lo sé. Entonces… ¿puedes traerlo para que sea mi médico?

 

—¡No!

 

***

 

Al día siguiente.

 

Sentado frente al profesor de Qi Zhen, Lin Jue sentía que la cara le ardía.

 

El profesor también había oído lo ocurrido el día anterior. Cuando Lin Jue propuso que Qi Zhen cuidara de Lin Yan, el profesor dudó muchísimo.

—Solo puedo transmitirle el mensaje. No puedo decidir por él.

 

Lin Jue lo entendió. Cuando volvió a la habitación y vio a Lin Yan mirándolo con esos ojos brillantes, llenos de esperanza, sintió que su hermano estaba a punto de entregarse en bandeja.

—Hablé con su profesor. Hoy Qi Zhen no está en el hospital.

 

—¿Y luego?

 

—Su profesor dijo que se lo diría.

 

Lin Yan tomó el móvil y miró el número de Qi Zhen guardado allí.

 

Quería llamar, pero no se atrevía.

 

***

 

Qi Zhen llegó al atardecer. La habitación estaba tranquila.

 

Lin Yan estaba leyendo para matar el tiempo. Al oír la puerta, levantó la cabeza.

 

Cuando vio a Qi Zhen, su rostro pálido se iluminó como si hubiera amanecido dentro de la habitación.

—¿Viniste?

 

Sus ojos brillaban.

 

Brillaban de verdad.

 

—Mi profesor dijo que quieres contratarme como cuidador —dijo Qi Zhen.

 

—¿Cuidador? —Lin Yan frunció el ceño: «Qué palabra tan fea.»

 

—Yo quiero contratarte como mi médico —agregó Lin Yan.

 

—No puedo tratarte. No es mi especialidad.

 

Lin Yan lo miró fijamente unos segundos.

—Tú y yo sabemos que no te llamé para que me cures.

 

Qi Zhen no esperaba que lo dijera tan directo. Las puntas de sus orejas se pusieron rojas. Era joven, después de todo y que un hombre lo mirara así, con esa sinceridad descarada, llorando por él, pidiéndole un anillo… Era demasiado.

 

—Sé que te gusto —dijo Qi Zhen—. Pero ¿puedes moderarte un poco?

 

—Tengo que hacerte saber lo que siento.

 

Su mirada era tan directa, tan pura y llena de afecto, que parecía que realmente lo amaba desde hacía años.

 

El corazón de Qi Zhen latía con fuerza.

 

Con demasiada fuerza. Casi no podía soportar la intensidad de esos ojos, pero no quería apartar la mirada. No quería perder terreno en esta extraña batalla emocional.

—Ya lo sé…

 

Entonces Lin Yan sonrió.

 

Una sonrisa brillante, hermosa, con un toque de picardía. Como un pequeño zorro que acaba de atrapar a su presa.

—Lo sabes, pero aun así viniste.

 


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