Capítulo
117: Extra Parte Moderna.
Parte
2.
Los
padres de Lin Yan, al enterarse de que había despertado, corrieron al hospital.
Cuando abrieron la puerta de la habitación, vieron una escena peculiar: El hijo
mayor, Lin Jue, estaba enseñándole al hijo menor a decir “papá” y “mamá”.
Extraño,
sí. Pero el niño había despertado: eso era lo importante.
La
madre de Lin Yan se quedó en la puerta, llorando.
El
padre respiró hondo, se acercó a la cama y apretó con fuerza el brazo de Lin
Yan.
Lin
Yan sintió un nudo en la garganta.
Los
ojos se le humedecieron. Los labios temblaron: la palabra “papá” estaba a punto
de salir.
Lin
Jue, a su lado, volvió a emocionarse.
—Vamos,
dilo. “Papá”.
Y
de pronto, Lin Yan ya no quiso decirlo. Su hermano tenía un talento natural
para arruinar momentos emotivos.
El
padre levantó la mano.
—No
importa, no importa. Con que hayas despertado ya es suficiente. Tu madre y yo
pensamos que dormirías diez o veinte años. Pero solo pasó un año y ya abriste
los ojos. Es una bendición.
Aunque
en el camino ya había interrogado a Lin Jue sobre el estado de su hijo, igual
necesitaba escuchar al médico para tranquilizarse. Lin Yan apenas podía hablar.
Todo lo que decía eran sílabas sueltas, sonidos simples.
Y
aunque Lin Jue había dicho que aprovecharía el “tráfico” de la noticia, no era
tan desalmado como para usar a su hermano como máquina de dinero. Bloqueó a
todos los periodistas, reforzó la seguridad del hospital al máximo y solo
publicaba, de vez en cuando, actualizaciones muy controladas.
Los
médicos y enfermeras que lo atendían firmaron acuerdos de confidencialidad.
Lin
Yan, acostado, estaba deprimido.
Con
tanta seguridad… ¿cómo iba a ver a Qi Zhen? ¿Acaso Qi Zhen iba a entrar por la
ventana?
***
—Ya
hablé con el señor Lin —dijo un médico de mediana edad, caminando por el
pasillo—. Esta vez puedes entrar, pero no puede repetirse. Tendrás que firmar
un acuerdo. Es una celebridad, está en el ojo público. Y no puedes entrar con
dispositivos electrónicos. Aunque… tampoco los necesitas.
—Está
bien. Gracias, doctor.
—¿Seguro
que no quieres esperar? Me dijeron que ahora mismo está dormido.
—No
hace falta.
—Bueno
—El médico lo guio hasta la puerta de la habitación y bajó la voz—. Aun no
entiendo por qué vienes tanto. Según Xiao Lan, incluso cuando estaba
inconsciente venías y te quedabas horas sentado.
—Sí,
he venido antes. Solo había visto pacientes en coma en los libros, nunca un
caso real. Tenía curiosidad.
—Pero
con una vez basta, ¿no?
—De
acuerdo.
La
puerta de la habitación se abrió suavemente. La luz era clara y la persona en
la cama tenía el rostro un poco pálido. Incluso enfermo, seguía siendo tan
hermoso que despertaba ternura y un instinto de protección inmediato.
—No
te quedes mucho rato —advirtió el médico.
—Está
bien.
El
médico de mediana edad salió, dejando al joven solo junto a la cama. Había
venido directo del laboratorio en cuanto oyó que la superestrella Lin Yan había
despertado.
A
simple vista, sí: se veía mejor que antes, más sano.
Claramente
había despertado, pero cuando dormía con los ojos cerrados… se parecía
demasiado al “antes”.
El
joven lo observó un rato.
No
tomó notas.
No
revisó nada y se fue.
***
Medio
mes después.
Lin
Yan por fin convenció a Lin Jue de permitir una conferencia de prensa. Necesitaba
una oportunidad para que alguien entrara.
Una
oportunidad para que “él” entrara.
Antes
del evento, Lin Yan pidió a su estilista que lo arreglara: Tenía que verse
frágil pero firme, vulnerable pero luminoso, lo bastante como para que alguien
se enamorara a primera vista.
El
estilista estaba en un aprieto.
Por
su estructura ósea, Lin Yan era apuesto. Así que, aunque ahora estuviera muy
delgado, seguía siendo increíblemente atractivo, con un aire frágil pero
elegante. No hacía falta añadir nada.
El
estilista le acomodó un poco el cabello y se fue.
Lin
Yan se sentó en la cama, respiró hondo y se preparó para recibir a Qi Zhen.
Los
periodistas entraron uno por uno, ordenados. Hasta el último. Y Lin Yan no vio
ninguna cara familiar. La decepción fue inevitable. Pero enseguida recordó que
la entrevista sería grabada. Quizá Qi Zhen la vería. Así que recuperó el ánimo.
Quince
minutos de entrevista le drenaron la energía. Cuando por fin se recuperó, la
enfermera lo llevó a rehabilitación.
Aún
no había pasado el mes.
Quería
verse lo mejor posible cuando se reencontrara con Qi Zhen, no como ahora, que
necesitaba que lo empujaran en una silla de ruedas. Pasó otra semana.
Lin
Yan completó el entrenamiento de agarre: ya podía comer solo, sostener cosas y
manejar la silla de ruedas hasta la sala de rehabilitación.
Estaba
tan feliz que, en un momento de euforia, chocó la silla contra alguien que
salía a tirar la basura.
Media
taza de papilla de calabaza, aún caliente, cayó directamente sobre su cabeza. La
enfermera gritó tan fuerte que se oyó por todo el pasillo. El dueño de la
papilla se disculpaba sin parar y Lin Yan también.
Los
dos se inclinaban una y otra vez, repitiendo “lo siento” como si compitieran.
Por
suerte, la papilla de calabaza estaba fría.
Solo
quedó sucio, pero nada más. A Lin Yan no le importó.
—Volvamos.
Me daré una ducha.
La
enfermera asintió y empezó a empujar la silla. Justo al girar, lo vio.
A
través de la gente que se había reunido a mirar el alboroto, Lin Yan distinguió
esa silueta familiar al fondo del pasillo.
Quieto.
Mirándolo.
Lin
Yan se levantó de golpe. Su cuerpo, aún débil, no pudo sostenerlo. Cayó al
suelo con un estruendo.
El
pasillo entero entró en caos.
Enfermeras
y médicos corrieron a levantarlo, pero los ojos de Lin Yan no se movieron ni un
milímetro.
Seguían
fijos en ese hombre.
—¡Qi
Zhen!
Dos
palabras temblorosas, pero claras.
Fuertes.
Practicadas en secreto quién sabe cuántas veces.
La
gente del pasillo se quedó perpleja. Siguieron la dirección de su mirada y
vieron al joven alto y guapo, de pie, con expresión tranquila. El joven avanzó
despacio y se detuvo frente a Lin Yan. Luego se agachó, con una delicadeza que
contrastaba con su porte.
—¿Me
conoces?
Los
ojos de Lin Yan no querían apartarse de su rostro ni un segundo. Miró de reojo
la placa en su bata blanca… y volvió a mirarlo a él. Asintió.
—Te
conozco.
Qi
Zhen lo observó un momento. Sus ojos eran profundos, serios.
—¿Por
qué lloras?
Solo
entonces Lin Yan se dio cuenta de que tenía lágrimas corriendo por las
mejillas. Se apresuró a limpiarlas.
Y
se embarró la mano de papilla de calabaza.
«Listo.
Se acabó. Olvidé que tenía papilla de calabaza en toda la cabeza.»
El
Qi Zhen de este mundo parecía tener una paciencia infinita. Preguntó con calma:
—Me
llamaste… ¿necesitas que te ayude en algo?
Lin
Yan asintió con fuerza.
—¿Podrías
darme un anillo?
Silencio.
Un
silencio mortal.
Un
silencio sin precedentes.
¿Quién
podía entenderlo?
¿Haber
presenciado cómo un joven actor de primer nivel despertaba de un estado
vegetativo, con papilla en la cabeza, pidiéndole un anillo a un chico guapo?
La
escena era tan surrealista que los presentes se miraban entre sí sin saber si
debían llamar a seguridad, a un sacerdote o a un guionista.
Pero
todos recordaron el acuerdo de confidencialidad. Así que se limitaron a mirar.
El
joven guapo frunció ligeramente el ceño.
—Lo
siento. Ese no es un tipo de broma que pueda aceptar.
—No
estoy bromeando —dijo Lin Yan, desesperado—. Cómprame uno cualquiera. Uno de
dos yuanes sirve. Solo… dámelo. ¿Sí?
Qi
Zhen se puso de pie. Su expresión se volvió más fría.
—Lo
siento. No puedo.
Lin
Yan, alarmado, lo agarró del brazo.
—¡Entonces
llévame de vuelta a la habitación!
Qi
Zhen respondió con voz baja pero firme:
—Señor
Lin, todas las personas en este piso han firmado acuerdos de confidencialidad
para poder trabajar aquí. Yo solo vine a entregar un documento. Pasaba por
casualidad. No tengo autorización para quedarme.
—¡Sí
la tienes! ¡Ahora la tienes! ¡Aquí mando yo!

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