RT 173

 


Capítulo 173: Viaje al Oeste.

Esto solía ser lo que más deseabas hacer.

 

 

En la ladera fuera de la ciudad, el viento silbaba entre la hierba.

 

—Mingyu —llamó Xiao Lan.

 

Lu Zhui estaba de pie al borde del acantilado, inmóvil, de espaldas a él. Su ropa blanca se agitaba con la brisa, como un ave de nieve a punto de alzar vuelo.

 

Xiao Lan se detuvo detrás de él.

—Vuelve.

 

Lu Zhui se giró.

—¿Qué pasa? ¿Temes que salte?

 

Xiao Lan negó.

—Temo que me digas que salte contigo.

 

La comisura de los labios de Lu Zhui tembló. No tenía ganas de reír. Se sentó en el suelo con las piernas cruzadas.

 

—¿No quieres saber qué está pasando? —Xiao Lan se sentó a su lado.

 

—O lo planeaste desde el principio —dijo Lu Zhui, mirando las nubes blancas a lo lejos—, o mi padre está poseído.

 

Xiao Lan asintió.

—Entonces piensa que el señor Lu está poseído.

 

Lu Zhui lo miró con ojos fríos y afilados.

 

Xiao Lan se echó hacia atrás.

—Si lo confieso, no te enfades.

 

—No prometo nada —respondió Lu Zhui.

 

Xiao Lan cedió.

—Aunque te enfades, aunque me golpees o me insultes, tenemos que ir al noroeste.

 

—¿Y por qué? —Lu Zhui lo miró de reojo—. Qué bonito lo pintas. Yo aquí en Yangzhi vivo feliz, tengo comida, ropa y hasta la tumba Mingyue para entretenerme. ¿Por qué debería irme contigo, un mentiroso que seguro me vende en el camino?

 

—Nosotros… —Xiao Lan eligió las palabras con cuidado—. Ya nos conocíamos.

 

Lu Zhui: “…”

 

—¿Desde cuándo? —preguntó con cautela.

 

—Desde niños —respondió Xiao Lan.

 

Lu Zhui frunció el ceño, pero enseguida reaccionó, indignado.

—Si nos conocíamos desde niños, entonces en Feiliu tú…

 

Xiao Lan lo interrumpió rápido:

—Estaba fingiendo.

 

Lu Zhui se atragantó con todas las palabras que iba a decir: «Qué rápido lo admite»

 

—Quería molestarte un poco —Xiao Lan arrancó una brizna de hierba seca y la giró entre los dedos—. Tú me estuviste molestando primero.

 

—Tonterías —Lu Zhui lo empujó—. No vuelvo a creer ni una palabra de lo que digas.

 

—Creas o no, al menos no soy mala persona, ¿verdad? —Xiao Lan lo miró—. Mira, hasta tu padre aceptó que te lleve al noroeste.

 

—No iré —Lu Zhui se levantó, sacudiéndose el polvo—. Si quieres ir, ve tú solo.

 

—Mingyu —Xiao Lan lo tomó de la muñeca y lo atrajo de vuelta—. Me equivoqué.

 

«¿Y con un “me equivoqué” ya está?» Lu Zhui se soltó con brusquedad, aún furioso.

 

—Golpéame —Xiao Lan inclinó la cabeza hacia él—. Te sentirás mejor.

 

—Tienes cara de sinvergüenza —dijo Lu Zhui con voz helada.

 

—Si estás enfadado, tengo que ser un poco sinvergüenza —respondió Xiao Lan con lógica impecable—. Si te dejo irte de verdad, salgo perdiendo.

 

Lu Zhui lo esquivó y empezó a bajar la montaña.

 

—Pensaba contártelo cuando llegáramos al noroeste —Xiao Lan caminaba a su lado—. Pero tu padre… bueno, digamos que no actuó muy bien.

 

—Eso —Lu Zhui seguía sin entender—. Tú me engañaste, vale. ¿Pero por qué mi padre aceptó ayudarte?

 

—Porque él, igual que tú, piensa que soy buena persona —dijo Xiao Lan.

 

Lu Zhui: “…”

 

—Tu padre vino a verme a la posada. Casi me golpea —añadió Xiao Lan—. Pero al final cedió. Los mayores siempre ceden con los jóvenes. Unas palabras amables y todo se arregla. Igual que mi madre. ¿No te consiente bastante?

 

Lu Zhui se detuvo.

—¿Qué “tu madre me consiente”?

 

Xiao Lan respiró hondo y lo dijo con calma:

—La señora Tao es mi madre.

 

Lu Zhui: “…”

 

Lu Zhui: “…”

 

Lu Zhui: “…”

 

Unas aves que migraban hacia el sur salieron volando, espantadas, batiendo las alas mientras la grava y el polvo se levantaban en remolinos. Xiao Lan se cubrió la cabeza.

—¡Eh, eh, que nos vamos a caer!

 

Lu Zhui, furioso, desenvainó la espada Qingfeng. El viento cortante levantó hojas secas en espirales. Xiao Lan retrocedió decenas de pasos y tuvo que lanzar su látigo Wujin, rodeando la cintura de Lu Zhui para atraerlo a sus brazos.

 

—Antes de seguir —dijo Xiao Lan, sujetándolo—, dejemos algo claro: si me ganas, te dejo quedarte. Pero si pierdes… vienes conmigo.

 

Lu Zhui le soltó un puñetazo directo al rostro.

 

Xiao Lan, entre risa y resignación, tuvo que soltarlo y esquivar de lado, retrocediendo mientras recibía golpes por todo el cuerpo. Mientras no fuera en la cara, dejaba que Lu Zhui descargara lo que quisiera: brazos, piernas, pecho, espalda… todo daba igual. Pero justo porque el otro se dejaba golpear tan dócilmente, Lu Zhui perdió el interés. Envainó la espada y bajó la montaña.

—No pelearé más.

 

—¿Entonces aceptas venir conmigo al noroeste? —Xiao Lan lo alcanzó—. Ya me pegaste. Si sigues enfadado, al menos dame oportunidad de disculparme.

 

—¿Me tomas por tonto? —dijo Lu Zhui.

 

—No te tomo por tonto —se defendió Xiao Lan en voz baja—. Quien te tomó por tonto fue tu padre. Acordamos fingir, pero hoy, apenas abrí la boca, él aceptó de inmediato. ¿Cómo esperaba que no te dieras cuenta?

 

Lu Zhui soltó una carcajada.

 

—Tengo muchas cosas que contarte —al verlo reír, Xiao Lan también se relajó—. Desde que éramos niños, desde la tumba Mingyue hasta Huishuang… nos han pasado tantas cosas que ni en un año termino de contártelas.

 

—¿Entonces tú también creciste en la tumba Mingyue? —preguntó Lu Zhui.

 

—Si te lo digo, te vas a enfadar otra vez —respondió Xiao Lan.

 

—¿Por qué? —Lu Zhui frunció el ceño.

 

—Porque no solo crecí allí —dijo Xiao Lan con calma—. También soy el joven maestro de la tumba.

 

Lu Zhui: “…”

 

—Podemos negociar —añadió Xiao Lan—. Esta vez, por favor, no me pegues en la cara.

 

Lu Zhui agitó la mano con desgana y siguió bajando la montaña. Estaba agotado. No quería seguir hablando con él.

 

—¿Salimos hacia el noroeste en tres días?

 

Lu Zhui: “…”

 

—¿Lo tomo como un sí?

 

Lu Zhui: “…”

 

El cielo se oscureció. Xiao Lan se quitó la túnica exterior y la colocó sobre los hombros de Lu Zhui, sonriendo.

 

En la escuela de artes marciales de la ciudad, Tao Yu’er se quejaba:

—Mírate, eres de lo peor. ¡Ni siquiera sabes actuar!

 

Lu Wuming bufó, con el bigote temblando.

—¡El que tuvo la idea fue tu hijo!

 

—¡Ya, ya, no peleen! —Yue Dadao apareció en la puerta, agitando las manos con nerviosismo—. ¡El joven maestro Lu ha vuelto!

 

Tao Yu’er salió apresurada. Al ver que Xiao Lan seguía con brazos y piernas en su sitio, sin un solo moretón en la cara, suspiró un “Amitabha” en silencio. Tomó la mano de Lu Zhui y sonrió:

—Por fin volviste. Tengo caldo de pollo caliente en el fogón, ¿quieres un cuenco?

 

—¿Por qué hasta tú me engañaste, señora? —murmuró Lu Zhui, avergonzado.

«Eso de que la ropa estaba grande… ahora quiero meter la cabeza en un saco de arroz.»

 

—Sí, sí, todo es culpa de Lan’er. Luego lo regaño —Tao Yu’er lo llevó hacia el patio—. Ven, toma té. Voy a calentarte la comida.

 

Los otros tres estaban en el patio. Lu Zhui saludó:

—Padre.

 

—Joven maestro Lu… —Yue Dadao levantó la mano antes que nadie—. ¡Soy inocente!

 

Ah Liu lo miró con ojos llorosos.

«Yo también soy inocente.»

 

—Vamos a comer —Lu Wuming le dio una palmada en el hombro, con aire despreocupado, como si no hubiera estado inquieto toda la mañana.

 

Toda la familia lo trataba con tanto cuidado que Lu Zhui empezó a sentirse culpable. Se sentó en la sala a beber té y, al cabo de un rato, le dio una patada a Xiao Lan bajo la mesa.

—¡Todo es culpa tuya!

 

Xiao Lan asintió.

—Me disculpo sinceramente.

 

«Charlatán.» Lu Zhui dejó la taza.

—Dices que yo quería ir al noroeste desde hace tiempo.

 

Xiao Lan asintió.

—Pero luego te heriste y tuviste que quedarte en Yangzhi un año para recuperarte. Acordamos que yo volvería a buscarte cuando pasara ese tiempo.

 

Lu Zhui miró a un lado. Ah Liu y Yue Dadao asentían al unísono.

«Sí, sí, no te está mintiendo.»

 

Lu Zhui no dijo nada. Tomó el cuenco de sopa de manos de Tao Yu’er.

—Gracias, señora.

 

—Lo que más deseabas era ir al noroeste con Lan’er —dijo Tao Yu’er, sentándose a su lado—. Él antes solo quería quedarse en la tumba Mingyue. Fuiste tú quien le dijo que la vida es larga, que hay que ver más mundo y hacer cosas que valgan la pena.

 

Lu Zhui miró a Xiao Lan.

«Con razón me convenció tan rápido. Lo ha llevado guardado en el corazón durante años.»

 

—Ya te preparé todo. En tres días parten —dijo Tao Yu’er—. Ve al desierto del noroeste y haz lo que siempre quisiste hacer.

 

Lu Zhui finalmente asintió.

—Mn.

 

Xiao Lan, sentado enfrente, juntó las manos en un agradecimiento silencioso: «Hay cosas que solo una madre puede resolver.»

 

Según lo acordado, Tao Yu’er y Yue Dadao se quedarían en Yangzhi, por si surgía algún problema en la tumba Mingyue. Lu Wuming, en cambio, viajaría al noroeste junto con Ah Liu.

 

Aunque se dijo que viajarían juntos, en realidad nadie se lo contó a Xiao Lan ni a Lu Zhui. Esperaron a que ellos partieran y, dos días después, los siguieron en secreto. No por alguna razón grave, sino porque sentían que aquella pareja de pequeños enamorados había estado separada demasiado tiempo; y una vez en el noroeste, con la guerra extendiéndose sin fin, solo este tramo del viaje sería un tiempo tranquilo para ellos dos. Mejor no interrumpirlos.

 

El Feisha Hongjiao corría como un rayo rojo entre nubes, atravesando una ciudad tras otra, del sureste al noroeste, de colinas a mesetas. El tiempo quedaba atrás como arena entre los dedos. Sin darse cuenta, el paisaje pasó de hojas caídas a nieve y escarcha volando en el viento*.

 

—Hoy descansaremos en esta ciudad —Xiao Lan tiró de las riendas—. Por el cielo, caerá una nevada fuerte a medianoche.

 

—Si cruzamos esta ciudad —dijo Lu Zhui—, los próximos tres o cinco días serán pura montaña. Si nieva de verdad, podríamos quedar atrapados.

 

—Y no podemos arriesgarnos a cruzar montañas bajo una ventisca —Xiao Lan desmontó—. Llevamos días sin parar. Si podemos aprovechar para descansar dos días, mejor.

 

Lu Zhui asintió y entraron juntos por la puerta de la ciudad.

 

Quizá por el viento helado, quizá por la hora tardía, las calles estaban desiertas. Apenas un par de faroles encendidos en las puertas de las tiendas. El viento hacía chocar los letreros de madera con un “clac-clac” lúgubre.

 

Lu Zhui frunció el ceño.

—Algo no está bien.

 

—Si aún no es de noche y la gente ya se encerró —dijo Xiao Lan—, o hay fantasmas… o algo peor que los fantasmas.

 

—Voy a preguntar —Lu Zhui le entregó las riendas y empujó la puerta de una posada—. ¿Hay alguien?

 

No había terminado de hablar cuando un grupo entero se levantó de golpe, mesas golpeando el suelo, sillas arrastrándose. Todos empuñaban espadas y hachas, mirándolos con ojos feroces.

 

Lu Zhui parpadeó, sorprendido: «¿Una guarida de bandidos?»

 


El autor tiene algo que decir:

 

El pequeño Lu Zhui: Todos son mentirosos T0T

 


Mensaje de Jin:

Recuerda dejar tu comentario si te ha gustado el capítulo 💖.


Comentarios