Mad For Love 96

   


Capítulo 96: No puedo dejar que Su Majestad sufra de amor.

 

Lin Yan se quedó boquiabierto. Miró varias veces a su alrededor, apretó la mano de Qi Zhen y lo observó como si fuera un tesoro raro. 

—¿Te atreves a coquetear conmigo aquí afuera?

 

«¡Ha crecido! Antes solo se atrevía a hacerlo en privado.»

 

Si Lin Yan no lo hubiera mencionado, aún. Pero cuanto más hablaba, más avergonzado se sentía Qi Zhen, que lo empujó un poco lejos.

—El que se junta con la tinta, se vuelve negro.

 

—¿Negro de qué? —preguntó Lin Yan, desconcertado—. Pero dejando eso a un lado, ni siquiera he dicho si quiero o no, ¿y ya me apartas? Yo sí quiero. Anda, dilo.

 

La mirada de Qi Zhen vaciló; le costaba pronunciarlo.

 

Y cuanto más dudaba él, más ganas tenía Lin Yan de provocarlo. Lo miraba fijamente, con ojos expectantes, casi suplicantes.

 

Qi Zhen echó un vistazo alrededor, se inclinó apenas y murmuró:

—Esposo…

 

La cara de Lin Yan se encendió al instante, completamente roja de vergüenza. Pero sus ojos brillaban, emocionados.

—Mi laopo es tan adorable.

 

 

Qi Zhen parpadeó.

—¿Laopo*?

«¿No significaba “anciana”?»

(Significa vieja o anciana, pero en el chino moderno es cariño, “mi mujer”, “mi esposa”.)

 

—Es como decir “señora”, “mujer”, “esposa”. En mi tierra lo llamamos así. Llámame marido.

 

Una vez entendido el significado de “esposa”, comprender “marido” no era difícil. Ya había dicho “esposo”; decir “marido” no era ningún obstáculo.

—Marido.

 

La expresión de Lin Yan se iluminó de satisfacción.

 

«Muy satisfecho.»

 

Qi Zhen no pudo evitar reír.

 

Esa noche, Qi Zhen siguió llamando a Lin Yan “marido”.

 

Lin Yan no podía con eso.

 

Y Qi Zhen lo seguía molestando, con toda la inocencia del mundo:

—Marido, ¿por qué tan rápido?

 

—¿Por qué no responde mi marido?

 

Lin Yan se cubrió la cara. 

—Sálvenme, alguien sálveme.

 

Qi Zhen no pudo contener la risa. Lo abrazó de frente, recogiendo su cuerpo blando entre los brazos.

—Tu laopo te salvará.

 

Lin Yan fue derrotado.

 

***

 

El sexto día del primer mes, en la taberna favorita de los literatos, el ambiente estaba al rojo vivo discutiendo el asunto de Beiyan y Ye Qin. De pronto, alguien dijo:

 

—Antes siempre pensé que Su Majestad era un hombre de temperamento violento y difícil de tratar. Pero después de todo lo que ha pasado, me doy cuenta de que ¡solo Su Majestad es quien realmente piensa en nosotros! Las pequeñeces no las menciono, pero en la guerra contra los huigures, fue él quien dirigió al ejército, durmió y comió junto a los soldados. Todos lo sabemos. El año pasado fundó la academia, para que los niños pobres que no podían estudiar aprendieran a leer y escribir. ¿Sabéis lo que eso significa?

 

Alguien se levantó, lleno de fervor: 

—¡Significa que los hijos de familias humildes tenemos más oportunidades de ascender!

 

Otro recordó: 

—Cuando yo era niño, mi familia era pobre y los libros carísimos. Solo podía ir a casa de los ricos como sirviente para leer a escondidas. Y aun así me dieron una paliza que casi me mata.

 

Apenas lo dijo, todos empezaron a hablar a la vez, contando lo dura que había sido su infancia y lo afortunados que eran ahora los niños de la capital por poder estudiar.

 

El primero que habló añadió: 

—Y no solo nosotros, los estudiantes. Ayer escuché al hijo de mi vecino decir que el trato a los soldados también es mucho mejor que en años anteriores. Este año, incluso recibieron regalos de Año Nuevo. En el pasado, los funcionarios se embolsaban la paga militar, se protegían entre ellos y los de arriba hacían la vista gorda. ¡Los poderosos vestidos de oro y plata, y una taza de té suya costaba lo que una familia común gastaba en un año! ¡Cuántos soldados se dejaban la vida y aun así pasaban hambre y frío! ¿Algún funcionario de antes se preocupó por eso?

 

—¡Exacto! A ellos no les importaba la vida de la gente de abajo, solo su riqueza y su gloria. ¡Estaban locos por la riqueza!

 

—¡Pero nuestro Emperador actual es distinto! Ye Qin intentó sobornar por arriba y por abajo en palacio y Su Majestad les hizo devolver hasta la última moneda y joya.

 

—Hace unos días vino alguien a mi puerta queriendo usar la influencia de cierto alto funcionario. ¿Y sabéis qué pasó? ¡Lo echaron a él y a su plata por la puerta! Y yo, por miedo a acabar igual, ni me atreví a aceptar.

 

—¡Su Majestad está dándole una bofetada al Reino Ye Qin y, al mismo tiempo, limpiando la Corte Imperial y cortando de raíz la corrupción!

 

Al oír esto, los demás despertaron de golpe. 

—¡Exacto! ¡Su Majestad piensa a largo plazo, cada paso suyo tiene un propósito profundo!

 

Entre la multitud, no se supo quién gritó primero: 

—¡VIVA SU MAJESTAD!

 

Y de inmediato todos corearon: 

—¡VIVA SU MAJESTAD!

 

En un instante, toda la taberna retumbaba con un “¡Viva Su Majestad!” perfectamente sincronizado. Incluso los transeúntes de afuera estiraban el cuello para mirar dentro, curiosos por saber qué estaba ocurriendo.

 

La taberna estuvo animada toda la tarde. Solo cuando la noche cayó por completo volvió la calma.

 

Cuando los eruditos y estudiantes salieron, uno tras otro caminaba con el espíritu en alto, llenos de confianza en el futuro, en su patria y en su Emperador.

 

En el salón privado del tercer piso.

 

El erudito que había hablado primero estaba ahora frente a un joven maestro de rostro hermoso. El muchacho arrojó un lingote de plata. 

—Lo hiciste bien. Esta es tu recompensa.

 

—El joven maestro es muy amable. Aunque no existiera su plan, yo igual hablaría en favor de Su Majestad. Lo que dije hace un momento eran palabras sinceras de mi corazón.

 

El muchacho sonrió. 

—¿También crees que Su Majestad es un buen gobernante?

 

—Sí. De lo contrario, no habría aceptado este encargo.

 

—Nuestro Emperador es un poco frío de carácter y no le gusta hablar de lo que hace. Así que nos toca a nosotros hablar por él.

 

—Nuestro Emperador es un poco frío de carácter y no le gusta hablar de lo que hace. Así que nos toca a nosotros hablar por él.

 

—Sí, sí, claro.

 

—Quédate con esa plata. Puede que más adelante necesite tu ayuda otra vez.

 

—De acuerdo —El hombre tomó el lingote y se retiró.

 

Qi Zhen salió de detrás del biombo. 

—Yo recojo información y vigilo la opinión pública, y tú lo conviertes en propaganda para alabarme. Con ese fervor de hace un momento, pensé que iban a declarar la guerra.

 

Lin Yan soltó una carcajada. 

—¿Eso? Eso no es nada. Estoy preparando una publicación. Llamarla “libro” no es exacto… yo la llamo “periódico”.

 

—¿Periódico?

 

—Sí. En él escribiré tus grandes logros, te elogiaré mucho y cuando haga falta, también podremos publicar los mensajes que quieras difundir. Y si no hay nada urgente, podemos poner historias interesantes, curiosidades, cosas que amplíen la visión del pueblo. O pequeños trucos útiles para la vida diaria, para facilitarles el día a día.

 

A Qi Zhen le pareció una excelente idea y dejó que Lin Yan actuara a su gusto.

 

***

 

El día quince del primer mes, salió a la luz el primer periódico nacional.

 

El nombre era simple y directo: “Gaceta Oficial del Gran Qi.”

 

La primera edición tuvo solo trescientas copias. Se agotaron en menos de una hora, con una velocidad de venta sorprendente. La segunda edición aumentó a seiscientas y aun así no alcanzó.

 

Muchos que no pudieron comprarla tuvieron que pedirla prestada. En las casas de té y en las librerías apareció un nuevo ritual imprescindible: leer la gaceta. Cada día se escuchaban desde dentro exclamaciones de aprobación.

 

Los niños de familias comunes, que ya sabían leer, podían descifrar la gaceta casi por completo. De pronto, en calles y callejones se oían voces infantiles leyendo en voz alta, atrayendo las miradas envidiosas de quienes no sabían leer.

 

Cuando la academia reanudó las clases, las inscripciones se dispararon. Además de los más pequeños, muchos adolescentes querían estudiar, e incluso algunas niñas que habían ahorrado una moneda de cobre haciendo bordados deseaban aprender a leer.

 

Los profesores de la academia enviaron una petición urgente.

 

Tras más de diez días de reflexión, Qi Zhen le preguntó a Lin Yan: 

—¿Quieres volver a la academia?

 

—¿Me estás echando del palacio?

 

—¿O prefieres que te encierre aquí?

 

—¿Y tú puedes soportarlo?

 

Qi Zhen inhaló hondo.

 

Tomar esa decisión ya había sido bastante difícil; si seguía hablando, acabaría arrepintiéndose.

—Vas a enseñar, no a huir de casa.

 

Lin Yan se sentó de inmediato, obediente. 

—Quiero ir.

 

—Entonces ve. Solo no perviertas a los niños.

 

—¡Prometo que no! Cuidaré muy bien de ellos por Su Majestad. Prepararé para la dinastía del Gran Qi muchos futuros… empleados explotados… digo, pilares del reino.

 

Qi Zhen miró su sonrisa. Mientras él estuviera feliz, todo estaba bien. A él le gustaba verlo feliz.

—Recuerda no quedarte afuera demasiado tiempo. Vuelve temprano.

 

Lin Yan, descarado, le pasó la mano por la barbilla a Qi Zhen.

—Lo sé. No puedo dejar que Su Majestad sufra de amor por mí.

 

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