RT 136

  


Capítulo 136: Antídoto.

Este es el método más rápido.

 

Afuera no había rastro de Xiao Lan. Según los discípulos, había ocurrido algo en el Gran Salón del Loto Rojo, y el joven maestro había ido primero a revisar.

 

—Dile a Lan’er que, cuando termine lo que tenga entre manos, venga a verme —ordenó la tía Fantasma.

 

El discípulo respondió de inmediato y salió apresurado a transmitir el mensaje. Sin embargo, un escalofrío le recorrió la espalda. No sabía por qué, pero sentía que la tía estaba hoy más… aterradora que de costumbre.

 

Aproximadamente el tiempo que tarda prepararse una taza de té después, Kong Kong Miaoshou descendió del cielo como un fantasma, riendo mientras levantaba el frasco de porcelana blanca, esperando elogios de Xiao Lan.

 

—Muchas gracias, anciano —Xiao Lan extendió la mano—. Dámelo.

 

—¿Sabes qué es esto? —preguntó Kong Kong Miaoshou.

 

—El veneno que afectó a Mingyu —respondió Xiao Lan.

 

—Exacto. Se llama “Escarcha Nublada”. ¿Lo habías oído antes? —Kong Kong Miaoshou arrastró una silla y se sentó—. Parece siniestro, y según esa vieja bruja, puede congelar hasta la sangre.

 

—¿Y el antídoto? —preguntó Xiao Lan.

 

—Eso será difícil de encontrar —respondió Kong Kong Miaoshou—. Esas dos viejas brujas no son tontas. Ya sospechan que estás fingiendo. No sé qué frasco se llevaron, pero dijeron que vendrían a ponerte a prueba.

 

Xiao Lan asintió.

—Era de esperarse.

 

—¿Y cómo piensas manejarlo? —le advirtió Kong Kong Miaoshou—. Si no estás envenenado, ¿cuál es tu siguiente paso?

 

—Mi tía no me hará daño, y la boticaria tampoco se atreverá —dijo Xiao Lan—. Si ella dice que es el antídoto, me lo tomaré.

 

—Puedes tomarlo si quieres —respondió Kong Kong Miaoshou—, pero no sabemos si ese antídoto es real o falso. Cuando lo bebas, ¿vas a fingir que no sirve, o vas a fingir que te cura al instante?

 

—Déjame ver primero la “Escarcha Nublada” —dijo Xiao Lan.

 

—Ten cuidado —advirtió Kong Kong Miaoshou—. Son pequeños escarabajos transparentes, y corren muy rápido.

 

—¿Cuántos? —preguntó Xiao Lan.

 

—Siete u ocho, los metí sin contar —respondió Kong Kong Miaoshou—. Esa vieja bruja tiene muchos; no notará la diferencia.

 

—Esta noche buscaré la oportunidad de sacar estas de la tumba Mingyue —dijo Xiao Lan—. Se las entregaré a la gente del señor Cao afuera. Si en el camino alcanzan a Mingyu, que se las den. Si no, que las lleven lo más rápido posible a la Mansión del Sol y la Luna.

 

—De verdad te importa ese Lu Mingyu —murmuró Kong Kong Miaoshou, sintiendo que se alejaba un paso más de tener bisnietos. Aunque no le gustara, tenía que hacerlo. Guardó bien el frasco y preguntó al azar—: ¿Y para qué te quedas con dos?

 

Xiao Lan colocó la palma directamente sobre la mesa.

 

—¡Eh! —Kong Kong Miaoshou se sobresaltó y le apartó el brazo de un tirón, pero la mesa ya estaba vacía.

 

Los dos insectos de “Escarcha Nublada” agitaban sus diminutas y afiladas patas delanteras, aferrándose a la piel de la palma. En un instante desgarraron una abertura y, siguiendo la sangre, se deslizaron hacia el interior, desapareciendo sin dejar rastro.

 

El frío ascendió de golpe. Xiao Lan apretó el puño, cerró los ojos y usó su energía interna para contenerlo. Pasó un largo momento antes de volver a abrirlos.

 

Las puntas de su cabello estaban cubiertas de hielo y en sus pestañas colgaba escarcha.

 

«Así que de verdad es muy frío.»

 

Kong Kong Miaoshou sintió como si le cayera un rayo encima. Se quedó con la boca abierta, rígido como una estatua de madera. Cuando por fin reaccionó, corrió a tomarle la mano, pero solo encontró dos pequeñas heridas blanquecinas. No había rastro alguno de la Escarcha Nublada.

 

—Tú… tú… —balbuceó Kong Kong Miaoshou. Alzó la mano para golpearlo, pero no tuvo corazón para hacerlo. Al final se dejó caer al suelo de golpe, con las piernas abiertas, llorando a moco tendido.

 

Xiao Lan no esperaba semejante reacción. No sabía si reír o llorar. Se agachó frente a él.

—Anciano, por favor, cálmese un poco.

 

—Esa gente de la familia Lu… ¿qué tienen de bueno? ¡¿Qué?! —Kong Kong Miaoshou estaba enfadado.

 

—No sé qué tenga la familia Lu —respondió Xiao Lan—, pero Mingyu es muy bueno. Además, ¿cómo iba yo a apostar con mi propia vida? No se preocupe.

 

—¿Y esto no es apostar con tu vida? —Kong Kong Miaoshou estaba indignado.

 

—Es la forma más rápida de encontrar el antídoto —dijo Xiao Lan—. Además, recordé algo.

 

—¿Qué recordaste? —preguntó Kong Kong Miaoshou, desconcertado.

 

—Un asunto de cuando era niño —respondió Xiao Lan.

 

Era pleno verano, en los días más calurosos. Él seguía enfermo, con veneno residual en el cuerpo. Lu Zhui solía visitarlo todos los días, pero de pronto desapareció durante siete días seguidos. Cuando volvió, tenía olor a medicinas y el rostro pálido.

 

—¿Te volvieron a hacer daño? —Xiao Lan se alarmó. Se incorporó como pudo y le tomó la mano—. ¿Te golpearon? ¿No te dieron de comer?

 

Lu Zhui negó con la cabeza. Se quitó los zapatos, se metió en su cama y durmió un rato antes de murmurar:

—Tengo frío.

 

Xiao Lan lo abrazó.

—¿Cómo que frío? Si yo estoy sudando.

 

—Unos bichos blancos y transparentes —Lu Zhui tenía vendas en la muñeca. Bostezó—. Mi tía los puso en mi sangre. Dijo que los sacaría después.

 

—Voy a buscarla —Xiao Lan levantó la manta para bajar de la cama.

 

—No vayas —Lu Zhui lo sujetó, suplicando—. Quédate conmigo un rato.

 

—Pero… —Xiao Lan tomó con cuidado su muñeca vendada—. ¿Te duele?

 

—No duele. Contigo no tengo frío —Lu Zhui hablaba sin fuerzas—. Si mi tía se entera, igual me golpea y me castiga. Tú no puedes vencerla. Déjalo.

 

Xiao Lan: “…”

 

Xiao Lan bajó la cabeza, sin decir nada.

 

—Eres más pequeño que yo —Lu Zhui apoyó la cabeza en su brazo—. Cuando crezcas, llévame contigo.

 

Xiao Lan lo envolvió con la manta, rodeándolo por completo con sus brazos.

 

—En aquel entonces debí ir a buscar a mi tía. Pero ahora ya no sirve de nada arrepentirse —dijo Xiao Lan—. Han pasado más de diez años. Esta vez, no importa qué pase, no dejaré que le ocurra nada.

 

—¿Y tú? —Kong Kong Miaoshou seguía frustrado.

 

—Ya lo dije: el futuro de la Tumba Mingyue depende de mí. Mi tía jamás permitirá que me pase algo. La conozco demasiado bien —respondió Xiao Lan—. Ya es hora. Iré a verla. Señor, por favor, entregue la Escarcha Nublada afuera.

 

Kong Kong Miaoshou lo miró, todavía con ganas de llorar.

 

Como una mujer en la calle, como un niño apaleado, sin dignidad ni vergüenza, solo quería gritar su dolor a pleno pulmón.

 

«Esa gente de la familia Lu… ese Lu Mingyu… ¡¿qué tienen de bueno?!»

 

Xiao Lan le dio una palmada en el hombro y se dirigió al salón profundo donde vivía la tía Fantasma.

 

—¿Qué ocurrió en el Gran Salón del Loto Rojo? —preguntó ella al verlo llegar.

 

—Una viga se derrumbó. No es nada grave. Ya envié artesanos a repararla —respondió Xiao Lan—. En los próximos días mandaré revisar el resto de las estructuras.

 

—Has trabajado duro —la tía Fantasma tomó su mano—. Sigues tan frío. ¿Aún sientes helado todo el cuerpo?

 

Xiao Lan asintió.

 

—Bébelo —la tía Fantasma le entregó el frasco de porcelana blanca.

 

Xiao Lan no dudó. Lo tomó y lo bebió de un trago.

 

—¿Te sientes mejor? —preguntó ella tras un momento.

 

Xiao Lan extendió la mano. Sus uñas, que antes estaban blanquecinas, no solo no habían recuperado el color, sino que ahora mostraban un tinte azul oscuro.

 

Xiao Lan: “…”

 

—No desaparece ¿Por qué? —dijo Xiao Lan.

 

—Disparates —la tía Fantasma soltó su mano—. Ese frío tuyo es feroz. Hay que disiparlo poco a poco, no se puede apresurar.

 

—Pero tía, aún no me ha dicho qué lo causó exactamente.

 

—Se trata de la Escarcha Nublada —quizá al ver que realmente estaba envenenado, la tía Fantasma, aunque seguía sin entender cómo, ya no lo ocultó—. Probablemente fue obra de ese Lu Mingyu, antes de que perdieras la memoria.

 

—Otra vez él —Xiao Lan suspiró—. Parece que este rencor no es pequeño.

 

—Vuelve a descansar —la tía Fantasma no quería mencionar a Lu Zhui frente a él— Mañana te llevaré con la boticaria.

 

Xiao Lan asintió y salió del salón profundo.

 

Aún tenía el frasco en la mano; dentro quedaba algo de la medicina.

 

En los días siguientes, sin importar qué le diera la boticaria, pensaba guardar siempre la mitad. Cuando su cuerpo estuviera completamente libre del veneno frío, llevaría todo junto a la Mansión del Sol y la Luna, para cumplir la cita de los tres meses.

 

Probar venenos en su propio cuerpo era, sin duda, el método más estúpido… pero también el más rápido.

 

Nadie sabía hasta qué punto la “Escarcha Nublada” había echado raíces en el cuerpo de Lu Zhui. Xiao Lan no quería desperdiciar ni siquiera media pulgada de tiempo.

 

Afuera de la Tumba Mingyue, Kong Kong Miaoshou seguía con los ojos llenos de resentimiento, sollozando mientras entregaba la Escarcha Nublada al informante exterior.

 

El discípulo del Clan del Halcón Negro estaba aterrorizado. Ni siquiera se conocían bien, y además eran aliados. ¿Por qué ese hombre lo miraba como si quisiera matarlo?

 

Mientras tanto, a varias montañas y tres ríos de distancia, Lu Zhui estaba medio recostado en el bosque, contemplando la luna.

 

Lu Wuming le dio un golpecito en la cabeza.

—A dormir.

 

Lu Zhui suspiró.

—Padre, de verdad no tienes ni una pizca de romanticismo.

 

—¿Quién dijo que no? —Lu Wuming le acomodó las mantas dentro del carruaje—. Cuando yo era joven, apuesto y encantador, tú ni siquiera habías nacido.

 

—Tsk, tsk —Lu Zhui chasqueó la lengua.

 

—¡Mocoso! —Lu Wuming rio y levantó la mano como si fuera a golpearlo—. Anda, duerme.

 

—Padre —Lu Zhui se estiró—. Cuando todo esto termine, volvamos a Ciudad Feiliu.

 

—¿Para qué? —la sonrisa de Lu Wuming se desvaneció—. Es solo una ciudad común y corriente. En Wang Cheng estás bien. Si quieres cambiar de aires, ven conmigo a las islas. Eso es mejor que esa supuesta tierra natal.

 

Mientras hablaban, un grupo de pájaros se levantó de golpe en la distancia, batiendo las alas en la noche hasta desaparecer.

 

Lu Zhui se tensó al instante.

«¿Quién es?»

 

—Mantente alerta —susurró Lu Wuming.

 

Lu Zhui tomó el mango de la espada Qingfeng con una mano, escuchando los sonidos del bosque, los ojos como los de un leopardo de nieve a punto de saltar.

 

Detrás de un gran árbol, una figura gris permanecía inmóvil. Como un árbol. Como una roca. Ni siquiera el viento parecía acercarse a él. El aire se espesó como un líquido denso. Lo único que se movía eran sus ojos.

 

En las comisuras había arrugas finas que apagaban lo que alguna vez debió ser un rostro atractivo. La mirada era sombría, sedienta de sangre… y emocionada.

 

Ni el propio Ji Hao esperaba encontrar a su objetivo tan rápido. La explicación más probable era que Lu Zhui estaba realmente enfermo hasta los huesos; por eso, aunque quisiera desesperadamente llegar a la Ciudad Qianye, avanzaba lento. Para él, era una bendición caída del cielo.

 

Observándolo desde lejos junto al fuego, su expresión se volvió cada vez más extraña.

 

Y una fuerza que no le pertenecía empezaba a germinar en su interior, trepando por sus meridianos, extendiéndose sin ruido.

 

En la oscuridad del campo abierto, alguien lloraba. Y alguien reía.

 

***

 

—¡Señor! —exclamó Ye Jin.

 

—No pasa nada, no pasa nada —Yang Qingfeng le pasó una manga por encima para limpiarlo. Con una sola pasada, salió una mancha enorme.

 

Ye Jin palideció, mareado. Si los médicos ya son limpios por naturaleza, ¿qué no sería él, que era un médico divino?

 

Caminando tranquilamente por el bosque, una bandada de pájaros había alzado vuelo y les había dejado caer excremento encima. ¿Quién demonios podía soportar eso?

 

—Hay luz de fuego adelante —Yang Qingfeng siguió consolándolo—. Tal vez algún cazador está asando carne. Vamos, vamos a ver.


Comentarios