RT 131

 

Capítulo 131: Escape.

El peligro futuro.

 

 

Xiao Lan le tomó la muñeca. 

—Ven conmigo.

 

Lu Zhui, sentado y sin intención de moverse, protestó con fastidio: 

—Tú dices viento y ya es lluvia. Soy una persona, no un objeto. No porque haya sido envenenado puedes cargarme de un lado a otro sin preguntarme, no dejarme ir a ningún sitio ni hacer nada.

 

Xiao Lan guardó silencio.

 

Lu Zhui añadió: 

—Sé que lo haces por mi bien.

 

—Nada es más importante que tu vida, ¿lo entiendes? —Xiao Lan le sostuvo el rostro entre las manos—. Cuando te recuperes, podrás revolcar cielos y mares como quieras, pero ahora tienes que hacerme caso.

 

—Entonces dime primero qué está pasando —Lu Zhui le sujetó la mano—. No soy tonto. Si este veneno es realmente peligroso, no voy a quedarme aquí esperando la muerte.

 

—Se trata de Black Spider —dijo Xiao Lan—. Sintió que su vida llegaba al final y, lleno de rencor, dijo que tenía algo que contarme.

 

—El veneno… —Lu Zhui lo pensó—. ¿Tiene que ver contigo?

 

Xiao Lan asintió.

 

Lu Zhui frunció el ceño; con el rostro disfrazado y esas cejas en forma de habichuela, lejos de parecer preocupado, resultaba casi cómico.

 

—Cuando estábamos en la Ciudad Huishuang, mi tía me ordenó matarte. Dijo que, si tú no morías, entonces moriría yo dijo Xiao Lan.

 

En los ojos de Lu Zhui pasó un destello de duda. 

—¿Qué significa eso?

 

—Dijo que tú y yo entrenamos juntos cuando éramos niños, y que yo, por accidente, caí en la desviación de qi. Para salvarme, crio un gu de Loto Rojo dentro de tu cuerpo para fabricar un antídoto —Xiao Lan continuó—. También dijo que, después de que el anciano Lu te llevara, extrajo el gu sin permiso. Así que, si yo quería seguir vivo, debía matarte y usar tu sangre como medicina.

 

—Mi padre nunca me habló de eso —Lu Zhui negó con la cabeza—. Y si no recuerdo mal, tú y yo jamás entrenamos juntos.

 

—Solo se puede creer la mitad, no todo —dijo Xiao Lan—. Yo también pensé que eran disparates, pero según lo que dijo Black Spider antes de morir, tu veneno frío sí está relacionado conmigo… y la situación no es buena.

 

Lu Zhui reflexionó un momento. 

—Entonces, ¿cuántos años me quedan?

 

—Si me haces caso, vivirás hasta los cien —dijo Xiao Lan—. Primero iremos a la Mansión del Sol y la Luna. Le escribiré una carta a Lord Ye y le contaré todo lo que hemos averiguado.

 

—Pero yo vengo precisamente de la Mansión del Sol y la Luna. Volver no garantiza que puedan curarme —dijo Lu Zhui—. Además, el médico divino Ye dijo que cuando pasaran los tres meses, regresaríamos juntos.

 

—Si tienes a un médico divino a tu lado, estaré más tranquilo —respondió Xiao Lan—. No he olvidado el plazo de tres meses. Dame un mes más y descubriré qué es exactamente lo que llevas dentro. Luego iré a reunirme contigo en la Mansión del Sol y la Luna.

 

Lu Zhui lo miró sin decir nada.

 

—Sé que el Reino Nuyue, ese idiota de al lado y la Tumba Mingyue son importantes —Xiao Lan sonrió—. Pero ¿y tú? ¿No piensas que, si te pasa algo, yo no tendría cabeza para ocuparme de nada más?

 

Lu Zhui cedió un paso.

—Entonces me iré en cinco días.

 

—Bien —Xiao Lan soltó un suspiro de alivio y lo abrazó. El cuerpo de Lu Zhui estaba blando, incluso parecía haber engordado un poco, y por alguna razón eso le asentó el corazón.

 

La puerta de la habitación contigua chirrió y luego alguien llamó.

 

El rostro de Xiao Lan se ensombreció.

 

Lu Zhui le hizo un gesto para que se calmara, se acomodó la máscara y fue a abrir.

 

Yelü Xing, molesto, dijo: 

—Tardas tanto en volver. ¿Qué andas haciendo a escondidas?

 

—Descansando un poco —Lu Zhui se frotó las manos—. Ya que Su Alteza estaba admirando el retrato, pensé que no querría que lo molestara con mi parloteo. Mejor ser discreto.

 

Yelü Xing miró alrededor de la habitación. 

—El retrato es bueno, pero si uno lo mira demasiado, es inevitable sentir melancolía.

 

«¿Melancolía por qué? Yo sí debería estar melancólico.»

 

Lu Zhui preguntó:

—¿Por qué?

 

—Una belleza tan deslumbrante, y solo puedo admirarla en un cuadro. Es una lástima —Yelü Xing arrastró una silla y, como siempre, puso los pies sobre la mesa.

 

A Lu Zhui casi se le erizó hasta el cabello. Que el cielo lo ampare: era la primera vez que alguien lo llamaba “belleza tan deslumbrante”. Se quedó atónito, con la mirada completamente sombría.

 

En la viga del techo, Xiao Lan apretó su látigo Wujin, con el rostro lívido.

 

—¿Qué te pasa? —preguntó Yelü Xing.

 

Lu Zhui respondió con sinceridad:

—Si digo esto, Su Alteza seguro se enfadará, pero en el Gran Chu hay tantas bellezas… Ese tal Lu Mingyu no merece, ni de lejos, esas tres palabras.

 

—Los demás no son más que cáscaras vacías, no cuentan —dijo Yelü Xing—. Lo que este príncipe admira no es solo ese rostro. Quiero cabalgar con él por el desierto, competir con lanzas, y luego ir al Lago Espejo a contemplar las flores.

 

La sonrisa de Lu Zhui se volvió rígida. 

«¿En serio, hermano? Tienes mucha imaginación.»

 

—Alábalo —ordenó Yelü Xing.

 

—¿Ah? —respondió Lu Zhui.

 

Yelü Xing alzó la mirada.

—¿Otra vez quieres más plata?

 

Lu Zhui agitó la mano.

—No, no, yo… soy pobre en palabras. Mejor no lo alabo.

 

—Entonces alábame a mí —esta vez, Yelü Xing estaba sorprendentemente razonable.

 

Pero el corazón de Lu Zhui se enredó aún más. En cualquier otro momento, no tendría presión alguna: con la lengua más florida que un loto en primavera, podría convertir a este hombre en un dios reencarnado sin que le temblara la conciencia.

 

Pero justo ahora… había “otra persona” sobre la viga del techo.

 

Sabía que Xiao Lan no cometería errores por impulso, pero tampoco quería ponerse a elogiar a este lujurioso del desierto delante del hombre que amaba. Así que solo pudo sonreír con torpeza:

—Su Alteza es bueno en todo, bueno en todo.

 

La mirada de Yelü Xing se volvió ambigua.

 

A Lu Zhui se le erizó la piel: «Ayer decía que yo era desagradable a la vista, ¿y hoy viene así, tan de repente?»

 

«¿Y con estas cejas de habichuela también funciona?»

 

Si no fuera porque Lu Zhui le había advertido hace un momento, Xiao Lan probablemente ya le habría torcido el cuello a ese hombre.

 

—Vamos —dijo Yelü Xing, poniéndose de pie—. Ven conmigo a un lugar.

 

—¿A un burdel? —preguntó Lu Zhui.

 

Xiao Lan, en la viga: “…”

 

Yelü Xing sonrió y salió con las manos a la espalda.

 

—Me duele el estómago, seguro que es… ¡eh! —Lu Zhui apenas había fruncido el rostro para empezar su actuación cuando ya lo habían agarrado del cuello de la ropa y arrastrado escaleras abajo.

 

El mozo de la posada se sobresaltó y se apartó de inmediato, bajando la cabeza como si no hubiera visto nada. A la gente del Jianghu no se les podía provocar; a los extranjeros, menos aún.

 

Afuera esperaba un caballo magnífico. Tras tres días de lluvia, por fin había salido el sol, y la luz dorada del otoño caía sobre el lomo del animal, encendiendo aún más su pelaje castaño rojizo, casi como si ardiera. La melena rizada, los ojos brillantes, el cuerpo robusto… al lado, la mula gris que tiraba del carro de la posada parecía una rata triste y encorvada.

 

«Maldita sea, ¿por qué este pervertido tiene un caballo tan bueno?»

 

Lu Zhui se frotó el cuello, giró para hablar, pero Yelü Xing ya lo había levantado otra vez y lo lanzó directamente sobre la montura.

 

El caballo rojo se alzó como una flecha desatada y cruzó la calle vacía a toda velocidad, saliendo por la puerta oeste de la ciudad.

 

El viento rugía en los oídos; a Lu Zhui casi no se le abrían los ojos. Iba torcido sobre la silla, sostenido a la fuerza, y gritó con dificultad: 

—¡Montar así en plena ciudad es delito!

 

Yelü Xing soltó una carcajada, agitó las riendas y siguió cabalgando sin que nadie supiera adónde.

 

El cielo estaba cubierto de nubes rojas que teñían la tierra de mil colores. Antes de que el frío del otoño terminara de asentarse, las últimas flores blancas de la montaña florecían con esplendor, extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista.

 

Con ese paisaje, cualquier poeta escribiría un verso.

 

El joven maestro Lu, en cambio, solo quería vomitar.

 

Se abrazó a un árbol durante el tiempo que tarda en prepararse una taza de té, y recién entonces logró ponerse de pie, temblando.

 

Yelü Xing arrancó un ramillete de flores silvestres y se acercó despacio, inclinándose para ofrecérselas.

 

Lu Zhui sintió que lo golpeaba un rayo.

—¿Qué haces?

 

—No tengo nada mejor, pero no puedo venir con las manos vacías. Sería una falta de respeto hacia una belleza —sonrió Yelü Xing—. Estas flores están bien.

 

—¿Be… belleza? —Lu Zhui apenas podía hablar.

 

—¿Hasta cuándo vas a fingir? —Yelü Xing se inclinó hacia él, y su aliento caliente le rozó detrás de la oreja, provocándole otra oleada de escalofríos.

 

Lu Zhui apretó los dientes, dispuesto a intentar una última mentira, pero Yelü Xing ya había saltado al aire. Una daga corta brilló en su mano, chocando con el látigo de hierro negro que silbaba desde un costado, y una lluvia de chispas estalló entre ambos.

 

La voz de Xiao Lan era pura amenaza:

—¡Estás buscando la muerte!

 

—Parece que llegué un paso tarde —Yelü Xing chasqueó la lengua—. ¡Tsk! Aunque claro, que un ser tan exquisito esté sin compañía… eso sí sería extraño.

 

Lu Zhui vio cómo los dos se enzarzaban en combate. No sabía en qué momento había dejado escapar alguna pista, pero no era momento de pensar en eso.

 

Habían pasado días encerrados en la habitación, y aun así no había imaginado que el príncipe de Xilan tuviera un nivel marcial tan alto. Incluso podía considerarse un verdadero experto.

 

Desde que vio el retrato, y luego cómo Yelü Xing lo había subido al caballo y sacado de la ciudad, Xiao Lan llevaba acumulando fuego en el pecho. Por eso atacaba más ferozmente que de costumbre.

 

Yelü Xing no se atrevía a bajar la guardia; se concentró por completo. Tras cientos de movimientos, aún no había un vencedor.

 

—¿No vas a ayudarlo? —preguntó Yelü Xing.

 

La mano derecha de Lu Zhui se alzó. Entre sus dedos brilló un destello helado, directo hacia el pecho del príncipe.

 

Yelü Xing, como si se hubiera vuelto loco, en vez de esquivar avanzó de frente.

 

Lu Zhui no esperaba que el otro pudiera atacar así. No reaccionó a tiempo: sintió un ardor en el rostro y, cuando se dio cuenta, la máscara ya estaba en la mano del príncipe.

 

Yelü Xing reunió su energía y expulsó el dardo del cuerpo. Ignoró la sangre que aún manchaba su pecho y, alzando una ceja hacia Lu Zhui, sonrió:

—En verdad, una apariencia celestial. Ha valido la pena.

 

Xiao Lan lo atrapó por la cintura con el látigo y lo estampó contra un árbol.

 

—¡CUIDADO! —gritó Lu Zhui.

 

Una nube de humo rojo estalló en el aire. Xiao Lan cubrió la boca y nariz de Lu Zhui. Se oyó un relincho, y cuando la neblina se disipó, ya no había nadie alrededor.

 

—¿Estás bien? —preguntó Xiao Lan.

 

Lu Zhui negó con la cabeza. La máscara estaba muy bien adherida y, al arrancarla de golpe, había dejado marcas de sangre detrás de la oreja.

 

—Te llevaré de vuelta primero —dijo Xiao Lan.

 

—Hay que buscar al comandante Tie —respondió Lu Zhui—. Si dejamos a ese hombre suelto, será una calamidad para el Gran Chu.

 

—Reportarlo a las autoridades es posible, pero dudo que puedan detenerlo —Xiao Lan limpió con cuidado los restos de sangre—. Si pudo descubrir tu disfraz y enfrentarse conmigo cientos de movimientos, está claro que es astuto y su habilidad no es baja.

 

—¡Hiss!… más suave —Lu Zhui aspiró entre dientes.

 

—Aunque la autoridad no pueda con él, yo no lo dejaré escapar —Xiao Lan lo cargó a la espalda y empezó a caminar—. Esta vez se aprovechó de ti; en el futuro, se lo cobraré diez o cien veces.

 

—Tampoco es que se haya aprovechado de mí —murmuró Lu Zhui.

 

—Eso lo decido yo —sentenció Xiao Lan.

 

Lu Zhui se quedó callado. 

«Bueno… también está bien.»

 


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