Capítulo
130: Curandero.
Ambición.
En
general, cuando se pinta un retrato para buscar matrimonio, aunque la persona
no sea muy agraciada, el pintor siempre hace lo posible por embellecerla.
Y si
se trataba del joven maestro Mingyu, que ya era hermoso…
Wen
Liunian, aburrido en aquella época, lo pintó con todo detalle: túnica blanca,
cinturón de jade, espada como brisa clara, el cabello negro levantado por el
viento, de pie bajo un cerezo en flor, volviendo la cabeza con una sonrisa
única en el mundo.
—¡Ejem!
—Lu Zhui carraspeó.
El
extranjero por fin apartó la mirada del retrato, lo miró a él y dijo:
—Hace
un momento solo pensé que tu aspecto era mediocre. Pero comparado con este
retrato… eres casi ofensivo a la vista.
—Si me
das más plata, acepto seguir aquí siendo insultado —dijo Lu Zhui con amargura—.
Esta cara mía no será gran cosa, pero no cualquiera puede criticarla.
—El
Gran Chu sí que tiene bellezas —el hombre colgó el retrato junto a la cama.
—Ese
joven Mingyu es un hombre —recordó Lu Zhui.
—Las
mujeres son mejores, claro. Pero si un hombre tiene esa cara… tampoco está mal
—respondió el extranjero con total naturalidad.
—Hermano
Yé, eres de los hombres más… íntegros que he visto —dijo Lu Zhui con solemnidad
burlona.
Pasó
un rato. El extranjero seguía mirando el retrato con devoción.
Lu
Zhui no pudo evitar decir:
—Dicen
que en Wang Cheng todos quieren casarse con el joven maestro Mingyu. Si tú
también lo quieres, tendrás que hacer fila.
—Pareces
detestar al hombre del retrato —observó el extranjero.
—¿Cómo
podría? —Lu Zhui sonrió con rigidez.
«No es
que no me guste él. Es que no me gustas tú.»
—Claro.
Un vulgar como tú no puede apreciar la brisa clara, la luna brillante ni el
vasto cielo estrellado —dijo el hombre con desprecio.
—¡Más
plata! —exigió Lu Zhui, indignado. Luego añadió— Al menos mi voz es bonita.
Dicen que ese joven maestro Mingyu, cuando sonríe parece que llora, y cuando
llora parece un oso.
El
extranjero aplaudió.
—Adorable.
Lu
Zhui: “…”
—Hoy,
además de lo de la Tumba Mingyue, encuentra también todo lo que haya sobre el
joven maestro Mingyu en estos libros —ordenó el hombre, recostándose con
comodidad, las piernas sobre la mesa, sin apartar la vista del retrato.
—Te
recuerdo que es pariente del Primer Ministro Wen —advirtió Lu Zhui.
—¿Y
qué? —el hombre sonrió—. ¿Crees que le temo a los funcionarios del Gran Chu?
—Supongo
que no —dijo Lu Zhui—. Para ser sincero, tu porte no es el de un hombre común.
Si fueras un noble, deberías estar a Wang Cheng. Así que solo queda una
posibilidad: entraste al Gran Chu sin permiso.
—Adivinaste
—el hombre arqueó una ceja—. ¿Vas a denunciarme?
—Hermano
Yé, por favor. ¿Qué tiene que ver eso conmigo? —Lu Zhui se frotó las piernas—.
Solo digo que el hombre del retrato es un hueso duro de roer. Difícil de
morder. Y quizá ya esté casado.
—Si ya
estuvo casado una vez, tiene más sabor —dijo el hombre, golpeándose la sien con
un dedo.
Lu
Zhui: “…”
Lu
Zhui sintió un impulso muy poco elegante de golpearlo.
—Lee
—ordenó el hombre, levantando la barbilla.
Lu
Zhui se inclinó hacia él.
—Antes
de seguir… ya que al hermano Yé le gusta tanto mi voz, ¿por qué no me lleva con
usted?
El
hombre frunció ligeramente el ceño.
—Es
raro encontrar un trabajo tan rentable —continuó Lu Zhui—. Esto es mucho más
fácil que escribir pareados o documentos legales.
—¿Sabes
quién soy? —preguntó el hombre, con una mirada desdeñosa.
—¡Un
hombre rico! —Lu Zhui levantó el pulgar.
—¿Has
oído hablar del Reino Xilan? —preguntó el hombre.
Lu
Zhui aspiró hondo.
—El
que la corte ha estado reprimiendo durante años. Claro que lo he oído. Pero
según dicen, ya…
El
hombre soltó una risa fría.
—¿Aún
quieres venir?
—¡Si
hay plata, voy! —respondió Lu Zhui sin dudar.
El
hombre lo miró con burla.
—Tienes
principios muy… flexibles.
—En el
Gran Chu vivo con las manos vacías y la despensa sin arroz —dijo Lu Zhui con
total naturalidad—. Si el cielo me da una oportunidad, un hombre listo debe
cambiar de vida.
El
extranjero no creía que fuera listo, pero sí confiaba en que alguien tan
obsesionado con el dinero no lo traicionaría de inmediato.
Y,
además, necesitaba un ayudante.
El
hombre asintió.
—Bien.
***
Ese
día, hasta entrada la noche, Lu Zhui no salió de la Posada Songtao. El
extranjero tampoco tenía intención de dejarlo ir: ahora que sabía su identidad,
permitirle pasearse por la ciudad sería buscarse problemas.
Pero
Lu Zhui estaba tranquilo. No pensaba volver aún. Ya había avisado a Lu Wuming
para que llevara a la gente del Reino Nuyue a la residencia de Cao Xu y
esperaran tres días.
Por la
noche, Lu Zhui pidió al mozo que añadiera otra cama de tablas, la cubrió con
varias capas de mantas y se acostó cómodamente. En poco tiempo roncaba como un
trueno y hasta hablaba dormido con ritmo y cadencia.
El
hombre: “…”
Como
era de esperar, antes de la medianoche el extranjero, con el rostro negro de
furia, lo echó a la habitación de al lado.
«Con
esta poca resistencia, ¿cómo pretende codiciar la Tumba Mingyue?»
Lu
Zhui chasqueó la lengua en silencio, se quitó la máscara, se lavó la cara y
volvió a la cama a pensar en Xiao Lan.
«Dos
amantes separados por la distancia… por suerte la luna es la misma.»
La que
colgaba en la ventana de la posada era la misma que iluminaba las montañas
lejanas.
***
Xiao
Lan sostenía una brizna de hierba entre los dedos, sentado sobre una roca,
mirando las estrellas.
Su
rostro estaba inexpresivo. En tiempos tan tensos, incluso cuando no había nadie
alrededor, mantenía esa frialdad habitual.
Pero
lo que sentía por dentro… eso no podía ocultarlo.
Black
Spider, tras ser atravesado por la hoja, no murió de inmediato.
Cuando
Kong Kong Miaoshou se marchó, aún se arrastró hacia adelante, dejando un rastro
de sangre y habló entre espasmos.
Habló
del veneno de Lu Zhui.
—N-o
tiene… cura… En esta vida, olvídalo —rio con una mueca horrible, la sangre
tiñéndole la cara—. A lo sumo, u-unos años más. Luego prepárate para recoger su
cadáver.
Xiao
Lan lo observó sin expresión mientras el cuerpo se iba endureciendo, hasta
morir por completo.
Pero
aquella voz maldita se le quedó clavada en el alma.
Fuera
verdad o mentira…
No
podía permitir que Lu Zhui siguiera en la Cresta Fuhun, actuando a su antojo.
***
Ciudad
Qianye, Mansión del Sol y la Luna.
Shen
Qianfeng llamó a la puerta de la botica.
—¿Xiao
Jin?
No
hubo respuesta.
Empujó
la puerta y entró.
Ye Jin
estaba sentado junto a la mesa, apoyando la cabeza en una mano, mirando
fijamente los frascos y botellas con una expresión oscura.
—¿Qué
ocurre? —preguntó Shen Qianfeng, sentándose a su lado.
—Estas
son los gu, los recuerdas, ¿no? —preguntó Ye Jin.
—Claro
que sí —respondió Shen Qianfeng—. En la Mansión Fengming, el Segundo Jefe Lu dijo
que el tótem del joven maestro Qiu era igual al de Xiao Lan. Y ambos estaban
amnésicos. ¿Y bien?
—Explicarlo
con detalle es complicado —dijo Ye Jin—. Pero la conclusión es esta: el veneno
frío del Segundo Jefe Lu… quizá fue algo que la tía Fantasma crio en su cuerpo
para fabricar el antídoto de Xiao Lan. En otras palabras: tiene algo viviendo
dentro.
***
Con dos
días seguidos de lluvia. El cuerpo se volvía pesado.
Lu
Zhui bostezaba sin parar, a punto de desplomarse sobre los libros.
Frente
a él, el hombre —mejor dicho, el “Segundo Príncipe del Reino Xilan, Yelü Xing”—
no parecía afectado por el clima. Seguía contemplando el retrato de Lu Zhui con
un interés casi… religioso.
—Para
lograr grandes cosas, no se puede caer en la lujuria —intentó aconsejar Lu
Zhui—. ¿Por qué no hablamos de cómo abrir la tumba Mingyue?
—A
todos les gusta la belleza —respondió Yelü Xing—. Y más si se trata de alguien
como el joven maestro Mingyu: domina el guqin, ajedrez, caligrafía y pintura, y
además tiene habilidades marcial extraordinarias. ¿Quién no querría conocerlo?
—No
existe alguien tan perfecto. Seguro lo exageran —dijo Lu Zhui.
—Si lo
insultas otra vez, te descuento plata —advirtió Yelü Xing.
—¡Yo
soy leal a mi príncipe y mi príncipe me quita plata por un desconocido! —Lu
Zhui abrió los ojos, indignado.
Yelü
Xing lo ignoró. Caminó hasta la cama y volvió a acariciar el retrato con el
dorso de los dedos.
Lu
Zhui: “…”
«No sabía que alguien podía ser
tan descaradamente… pervertido.»
—¿Por
qué no vamos otra vez al burdel esta noche? —sugirió con sinceridad.
—¿Quieres
mujeres? —preguntó Yelü Xing.
—Solo
me preocupo por su salud, gran príncipe —respondió Lu Zhui con solemnidad.
—Eres
repugnante —dijo Yelü Xing—. Y aun así tienes esa voz tan limpia. El cielo está
ciego.
—Muchas
gracias —sonrió Lu Zhui, con la cara rígida.
Llamaron
a la puerta. Era el mozo, un hombre enorme, trayendo agua.
Lu
Zhui se quedó helado.
—Voy
al cuarto de al lado a… “aliviarme” —dijo.
—No
tienes que avisarme esas cosas —gruñó Yelü Xing.
Lu
Zhui salió agachado y regresó a su propia habitación.
El
mozo lo esperaba dentro.
Lu
Zhui: “…”
—De
pronto me siento un poco mareado… —dijo Lu Zhui.
Xiao
Lan le arrancó la máscara de un tirón, lo levantó y lo presionó contra la mesa.
—¿Sabes
lo que estás haciendo? —preguntó Xiao Lan con voz baja y furiosa.
—Sí,
sí —Lu Zhui tomó su rostro entre las manos y lo besó—. ¿Por qué te enojas? ¿Qué
te dijo mi padre?
—Lo
que dijo el señor Lu no importa. Primero dime: ¿qué es ese retrato en la
habitación de al lado? —Xiao Lan señaló con el dedo.
—¡No
lo llevé yo! —se defendió Lu Zhui.
Xiao
Lan siguió mirándolo.
—De
verdad estoy mareado… —murmuró Lu Zhui, sin convicción.
La
expresión de Xiao Lan por fin se suavizó. Le tocó la frente.
—¿Estás
cansado o te resfriaste?
Lu
Zhui aprovechó para tomarle la mano.
—Ese
hombre es el Segundo Príncipe del Reino Xilan. Yelü Xing. ¿Lo has oído nombrar?
—He
oído del Reino Xilan —dijo Xiao Lan—. Parientes del Reino Wanyue en el desierto
Mobei. Ojos grises, mirada de águila, expertos en cabalgar y con el tiro al
arco. Pero según dicen, hace años fueron derrotados por el Gran Chu y se
dispersaron. Ya no representan una amenaza.
—Tras
la batalla contra Guli Khan quedaron debilitados, sí, pero no destruidos
—explicó Lu Zhui—. Este príncipe tiene ambición. Mientras sus hermanos luchan
por el trono en el desierto Mobei, él puso los ojos en la tumba Mingyue y vino
solo al Gran Chu.
«Y no
solo ambición: también visión. Esta mañana dijo que podía renunciar al tesoro,
pero no a los mecanismos, los mapas de conservación de agua, los herbarios y
los libros antiguos.»
Xiao
Lan negó con la cabeza. No le importaba nada de eso.
—Te
llevaré de regreso a la Mansión del Sol y la Luna.
—¿Ahora?
—Lu Zhui se sorprendió.
—Sí.
Ahora —dijo Xiao Lan.
—No
seas así —Lu Zhui le dio unas palmaditas en la cara, sin saber si reír o llorar—.
Ese Yelü Xing está un poco… “obsesionado”, sí, pero al final es solo un
retrato. Aunque lo mire hasta quedarse ciego, ¿qué puede pasar? ¿También vas a
beber vinagre por eso?
—No
tiene nada que ver con quién esté al lado —Xiao Lan lo sujetó por los hombros—.
¿Por qué no me dijiste que tu veneno frío… es por mi culpa?
Lu
Zhui parpadeó.
—¿Lo
es?
Xiao
Lan lo miró sin hablar.
—Yo…
de verdad no lo sabía —Lu Zhui levantó la mano como jurando inocencia—. Aquella
tía Fantasma me usó para desahogarse. Me metió de todo, lo que tenía a mano.
¿Cómo iba yo a distinguir qué era para ti y qué para otros? Tampoco se tomó la
molestia de explicarme.
A Xiao
Lan le dolió el pecho. Con el pulgar le rozó la comisura de los labios.
—Mn.
—¿Qué
averiguaste? —preguntó Lu Zhui con cautela.
—¿Quieres
saberlo? —dijo Xiao Lan.
Por
supuesto que quería. Lu Zhui asintió.
Xiao Lan
sonrió.
—Cuando
lleguemos a la Mansión del Sol y la Luna, te lo digo.
Lu
Zhui: “…”
«¿Me
tomas por tonto?»


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