Capítulo 174: El Rey Qijue es muy valiente.
Aunque ya era muy tarde, todos podían
imaginar lo ansioso que debía de estar Mu Hanye, así que Qin Shaoyu asintió sin
dudar.
—Iré contigo, hermano Mu.
—¡Yo también! —Shen Qianling levantó
la mano.
—¿No ibas a dormir? —Qin Shaoyu le dio
un golpecito en la frente, divertido—. Está bien, te llevo.
—¡Chirp! —Al ver que todos parecían
prepararse para salir, Maoqiu, astuto como siempre, abrió sus alitas y se lanzó
al regazo de su madre. No pensaba quedarse solo en casa. Desde que el lobo de
nieve se había ido con Liancheng Guyue a la Montaña Changbai, estaba un poco
aburrido.
—¿Quieres que te lleve también?
—preguntó Shen Qianfeng a Ye Jin.
—No sirve de nada ir ahora —Ye Jin se
masajeó las sienes. «¿Por qué todos se dejan llevar por el primer soplo de
viento?»
—¿Por qué no sirve? —frunció el ceño
Mu Hanye.
—El Rey Carpa Roja se entierra en el
lodo por la noche. Solo sale a alimentarse durante el día. El arroyo es
demasiado profundo; bucear para sacarlo es casi imposible. Hay que esperar al
amanecer —explicó Ye Jin—. Además, hay que capturarlo vivo para extraer la
sangre. Si muere, ya no sirve.
—¿Cómo se extrae la sangre? —preguntó
Mu Hanye.
Ye Jin sacó un pequeño frasco de
porcelana.
—Cuando lo atrapen, perforen la cresta
de la cabeza con una aguja. Medio frasco bastará. Cualquier criatura que viva
más de cien años en el agua es un ser espiritual. Después de extraer la sangre,
devuélvanlo al arroyo.
Mu Hanye asintió y tomó el frasco.
—Gracias.
—¿Entonces todavía vamos? —preguntó
Shen Qianling.
—Por supuesto —Mu Hanye no pensaba
cambiar de idea. Ordenó a sus guardias sombras preparar panecillos con aceite
de sésamo para usarlos como cebo.
—No hay prisa —intervino Huang
Taixian—. Han pasado tanto tiempo así; una noche más no hará diferencia.
Además, Lord Ye ya dijo que ahora no sirve de nada. ¿Para qué ir a sentarse a
la orilla sin hacer nada?
—Aunque no pueda atraparlo, quiero
vigilar el lugar —Mu Hanye estaba decidido—. No vaya a ser que alguien más lo
encuentre.
—Eso no pasará —dijo Shen Qianling—.
El arroyo está bajo un acantilado. Se nota que nadie ha entrado allí. Y aunque
alguien entrara, no necesariamente sería por el Rey Carpa Roja. Su Alteza,
puede estar tranquilo.
—Tienes razón, pero dudo que puedas
convencerlo —Qin Shaoyu le dio una palmada en el hombro—. Si se queda aquí, no
dormirá en toda la noche. Mejor ir y esperar allí. Aunque no hagan nada, al
menos tendrá paz mental.
—Gracias —Mu Hanye le devolvió la
sonrisa.
Los demás en el patio pensaron lo
mismo: «Definitivamente son hermanos gemelos separados al nacer hace años.»
—Descansa bien —Mu Hanye acomodó el
cabello de Huang Taixian—. Mañana traeré al Rey Carpa Roja.
—… Mn —sabiendo que no podía
detenerlo, Huang Taixian no insistió—. Ten cuidado.
Mu Hanye asintió. Luego dijo a Shen
Qianfeng:
—La Ciudad Lamei está muy cerca del
campo nevado. Puede haber hombres de Zhou Jue rondando. Esta noche, te ruego
que cuides de Xiao Yuan.
—Por supuesto —respondió Shen
Qianfeng—. Rey Qijue, no se preocupe.
Mu Hanye sonrió y salió del patio.
Qin Shaoyu tomó una capa gruesa de la
casa y salió con Shen Qianling. Maoqiu se acomodó en el hombro de su padre,
con los ojitos brillantes de emoción.
«¡Por fin salimos a jugar! ¡Maravilloso!»
—El Rey Qijue sí que es un buen hombre
—comentó Ye Jin al volver a su habitación, sirviéndose agua.
—¿Y yo? —preguntó Shen Qianfeng.
—¿Tú? —Ye Jin lo miró de reojo y
frunció los labios—. ¿Cómo voy a saberlo? Ni siquiera somos del mismo lugar.
¡Ni paisanos somos!
Shen Qianfeng rio. Ya estaba
acostumbrado a su boca venenosa. Lo tomó y lo sentó sobre sus piernas.
—Si mañana conseguimos la sangre del
Rey Carpa Roja, ¿podrás curar el veneno de acónito de Huang Yuan?
—Más o menos —asintió Ye Jin—. Habrá
riesgos, pero no hay mejor método. Si seguimos retrasándolo, temo que el veneno
le ataque el corazón. Entonces ya sería demasiado tarde.
—Si es para curarlo, los riesgos son
inevitables. No es gran cosa —dijo Shen Qianfeng—. Confío en ti. Lo sanarás.
—Por supuesto —Ye Jin levantó la
barbilla, orgulloso—. Soy un médico divino. Puedo curarlo todo… Incluso puedo
castrarte.
Shen Qianfeng no sabía si reír o
llorar.
—¿Por qué sigues pensando en eso?
—¡No puedo evitarlo! —Ye Jin miró al
techo—. Total, tampoco lo usas… ¡Humm!...
«¡No te di permiso para besarme!»
Shen Qianfeng lo sujetó por la cintura
y le mordió suavemente el labio a modo de castigo.
Porque incluso un líder marcial tan
serio… también se preocupa por ciertas cosas.
Mientras tanto, Mu Hanye y los demás
llegaron al arroyo profundo y encendieron tres o cuatro fogatas para esperar el
amanecer.
—¿Quieres dormir un poco? —el viento
de la montaña era fuerte, así que Qin Shaoyu envolvió a Shen Qianling con la
capa.
—Mn —Shen Qianling se acurrucó
obediente en su pecho y levantó la vista hacia las estrellas.
—¡Chirp! — Maoqiu también se unió, estirando el cuellito hacia atrás para
mirar el cielo.
Qin Shaoyu agarró directamente a su
hijo y lo lanzó hacia afuera.
«¡Por todos los cielos!» Los guardianes oscuros se lanzaron a
atraparlo al vuelo. «¿Cómo pudo hacer eso? ¡Por poco cae al agua!»
—¡Chirp…! — Maoqiu estaba profundamente ofendido, sus dos patitas retorcidas
entre sí, los ojitos negros llenos de agravio.
Los guardianes oscuros sintieron que
el corazón se les partía. En su interior, condenaron a su amo sin piedad.
«¡Despiadado! ¡Desalmado! ¡Ni un
poco de porte de secta justa! ¡Debería abandonar el Palacio Perseguidor de las
Sombras y fundar un culto demoníaco con un nombre tipo “Demonio que Desafía al
Cielo”! Eso sí le quedaría bien.»
«¡Nosotros solo necesitamos a la Señora
y al joven maestro del palacio Maoqiu!»
—¡Volviste a lanzar a tu hijo!
—protestó Shen Qianling.
—Sí —Qin Shaoyu lo abrazó más fuerte,
respondiendo con total indiferencia.
Shen Qianling: “…”
«¿Encima dices que “sí”?»
«¡Es tu hijo!»
«¿Se puede saber qué te pasa?»
El cielo estaba claro como lavado, y
las estrellas formaban una vasta Vía Láctea.
Mu Hanye seguía de pie junto al
arroyo, con una expresión difícil de descifrar en los ojos. No se sabía si era
la arrogancia de un rey o el reflejo de la luz estelar.
La noche pasó rápido. Tal como había
dicho Ye Jin, el agua permaneció tranquila de principio a fin. Cuando el primer
rayo del amanecer atravesó la neblina de la montaña y dejó caer destellos
dorados sobre la superficie, Shen Qianling se frotó los ojos y se incorporó.
—Ya amaneció.
Qin Shaoyu se rio al verlo tan
adormilado y lo apretó entre sus brazos.
—Cerdito, todos ya asaron pescado.
—Mn… —Shen Qianling, aún medio
dormido, volvió a esconder la cara en su pecho.
Maoqiu
estaba sobre una rama cercana, picoteando frutos silvestres. Tenía el pico
completamente rojo y la barriguita redonda como una pelota.
Los guardianes oscuros estaban
encantados: «Nuestro joven maestro Maoqiu es pura fortuna y belleza.»
Los guardias sombras del Reino Qijue
ya habían preparado una enorme red tejida con enredaderas, lista para atrapar
al Rey Carpa Roja en cuanto apareciera. Pero cuando arrojaron el cebo, solo
subieron las mismas carpas negras de antes; del rey carpa, ni rastro. El cebo
estaba por acabarse y Mu Hanye se ponía cada vez más tenso. Cuando las carpas
negras terminaron la última tanda de comida, volvieron al fondo y el agua quedó
otra vez en calma.
Qin Shaoyu intentó atraerlo con un
pescado asado atado a un palo, pero solo consiguió otra oleada de carpas
negras. La carpa roja gigante del día anterior no apareció.
Shen Qianling miró preocupado a Mu
Hanye. Si no fuera porque Ye Jin había advertido que no podían herir al Rey
Carpa Roja, estaba seguro de que Mu Hanye ya habría volado el arroyo entero.
Había tantas carpas negras que
cualquier cosa que cayera al agua era devorada al instante. Los guardias
midieron la profundidad tres o cuatro veces sin éxito; era imposible saber cuán
hondo era. Tampoco se atrevían a lanzarse. Para cuando el sol estuvo casi en lo
alto, el agua antes cristalina era ahora un lodazal. No parecía que fueran a
atrapar nada.
Mu Hanye, frustrado, dijo:
—Olvídenlo. Cambiemos de método.
Los guardianes oscuros del Palacio
Perseguidor de las Sombras se alarmaron.
—¿Acaso Su Alteza piensa saltar él
mismo? —los guardianes oscuros ya se imaginaban la escena: luchando contra el
monstruo, herido pero firme por amor, un drama épico digno de baladas.
Pero Mu Hanye dijo con total calma:
—No soy idiota.
Guardianes oscuros del Palacio Perseguidor
de las Sombras: “…”
«¿No podía decirlo de una forma más delicada?»
Los guardianes oscuros estaban
profundamente heridos en su corazoncito.
En realidad, el método de Mu Hanye era
sencillo… aunque monumental: vaciar el arroyo para atrapar al pez. El arroyo
era profundo, sí, pero al ser agua estancada sin afluentes, la filtración
subterránea era mucho más lenta que la velocidad a la que podían excavar un
canal para desviar el agua. Si lograban dejar el lecho seco, el pez no tendría
dónde esconderse. Era un método torpe, pero viable.
Así que esa misma tarde, Qin Shaoyu
movilizó un destacamento del ejército de la residencia del general, además de los
guardias de la Ciudad Lamei y junto con los guardias sombra comenzaron a
excavar y desviar el agua.
Con decenas, incluso cientos de
hombres trabajando por turnos, el nivel del agua descendió rápidamente. Sacaron
cubos y cubos de carpas negras, que dejaron en un hoyo lleno de agua para
regalarlas luego a los habitantes de la ciudad. Nadie sabía cuán profundo era
el arroyo y además tenía una superficie considerable, así que trabajaron cuatro
o cinco días enteros antes de ver finalmente el fondo lodoso, a varias decenas
de zhang por debajo del nivel del suelo.
—Hay un montón de agujeros enormes
—Shen Qianling se asomó desde una roca, sorprendido.
—Por el tamaño y la forma, todos son
túneles del Rey Carpa Roja —explicó Ye Jin—. Le gusta esconderse en pozos de
lodo. Como dijeron que hoy quizá lo atrapábamos, vine a mirar. Y por supuesto,
Shen Qianfeng no me iba a dejar venir solo, así que también vino. A Huang
Taixian lo mandamos directamente a la Montaña Changbai.
—¿Puedes ver en cuál de esos agujeros
está escondido? —preguntó Mu Hanye.
—No —Ye Jin negó con la cabeza—. Hay
que revisarlos uno por uno. Pero tengan cuidado: el Rey Carpa Roja es feroz y
violento por naturaleza.
Mu Hanye asintió. Los guardias sombra
se remangaron, listos para bajar a buscarlo, pero Mu Hanye los detuvo.
—Iré yo mismo.
«¿Por qué…?» Los guardias sombra estaban
desconcertados.
Los guardias sombras estaban
profundamente heridos en su orgullo.
—Retírense —ordenó Mu Hanye con
frialdad.
Los guardias se miraron entre sí,
desconcertados.
«¿No era mejor tener más manos?»
Las mascotas del Jianghu con Maoqiu en
brazos, miraron a sus amigos extranjeros con profunda compasión.
«El Rey Qijue sí que es feroz.
Comparado con él, nuestro amo es un ángel. Aunque nos mande a limpiar letrinas,
al menos nunca nos dice “retírense” con ese tono helado. Solo nos dice
“¡lárguense!”»
«Pensándolo bien… tampoco es tan
diferente. ¿Por qué nos sentimos orgullosos, exactamente?»
—¿Necesitas ayuda? —preguntó Qin
Shaoyu.
Mu Hanye negó.
—Quiero intentarlo yo primero.
Las mascotas del Jianghu siguieron
murmurando mentalmente. «El Líder del Palacio Qin es un entrometido. El
antídoto tiene que buscarlo él mismo para que sea conmovedor. Así los libritos
románticos se escriben solos: “El Rey Qijue, tras mil peligros, obtuvo el
antídoto para su amado y vivieron felices para siempre”. ¡Éxito asegurado!»
«Pero si lo hace el líder del Palacio
Qin… entonces sería: “El joven maestro del palacio arriesgó su vida para
conseguir el antídoto para la consorte del Rey Qijue”. Eso ya suena a tercero
en discordia. ¡Tragedia asegurada! Nuestra Señora lloraría sin parar. Qué
horror.»
Pero la razón de Mu Hanye era mucho
más simple: Si el Rey Carpa Roja era tan raro, no quería correr ni el más
mínimo riesgo. Tenía que hacerlo él mismo. Después de tanto sufrimiento, no
podía permitirse ni una pizca de decepción.
El arroyo estaba irreconocible. Mu
Hanye se ató una cuerda a la cintura y saltó al fondo, hundiéndose en el lodo.
Los demás observaban desde arriba,
tensos, casi sin respirar.
El barro, acumulado durante siglos,
despedía un olor nauseabundo. Pero Mu Hanye no tenía tiempo para asquearse. Con
un palo de madera, empezó a explorar cada agujero, uno por uno. Los primeros no
mostraron nada extraño. Pero al séptimo u octavo, sintió que el extremo del
palo chocaba con algo extremadamente duro. Su corazón dio un vuelco.
—¿Encontraste algo? —preguntaron desde
arriba, notando el cambio.
Mu Hanye probó de nuevo con el palo,
más seguro de que era un ser vivo. Hizo una señal para que bajaran la red.
Los guardias sombra agarraron la
enorme red, pero antes de lanzarla, Mu Hanye sintió que el suelo bajo sus pies
se agitaba violentamente.
Y entonces se oyó el grito de Shen
Qianling:
—¡CUIDADO DETRÁS DE TI!
Mu Hanye dio un salto, tirando de la
cuerda atada a su cintura para impulsarse varios pasos hacia arriba. Al girar
la cabeza, la escena frente a él lo sorprendió.
Una enorme criatura negra, parecida a
una mezcla entre cocodrilo y serpiente, tenía la boca abierta de par en par,
levantando la cabeza hacia él. Su tamaño equivalía al de dos o tres hombres
adultos juntos; los dientes eran afilados y las escamas de la cola tenían el
tamaño de un cuenco.
—¿Qué es eso? —Shen Qianling inhaló
bruscamente.
—En un estanque profundo de cientos de
años, siempre aparecen cosas raras —explicó Ye Jin—. Parece una serpiente‑cocodrilo,
aunque normalmente no crecen tanto.
—Con todo el alboroto que hemos hecho,
y el Rey Carpa Roja sin aparecer… ¿no habrá sido devorado por esa cosa? —Shen
Qianling se preocupó.
Las palabras le helaron el corazón a
Ye Jin. Si era cierto, todo el esfuerzo habría sido en vano. Un veneno tan raro…
y justo cuando parecía que por fin podrían preparar el antídoto…
Mu Hanye también pensó en esa
posibilidad. Sus pupilas se tornaron rojas al instante, y una oleada de
intención asesina lo envolvió. La criatura seguía rugiendo, cubierta de barro,
que el agua residual iba lavando poco a poco, dejando ver un lomo lleno de
patrones verde oscuro, duro como una coraza.
—Esa serpiente‑cocodrilo
es demasiado peligrosa. Haz que el Rey Qijue suba primero —instó
Ye Jin a Shen Qianfeng—. No hay necesidad de enfrentarse a
ella.
Shen Qianfeng asintió, pero antes de
que pudiera bajar, la criatura ya había saltado, lanzándose hacia Mu Hanye con
la boca abierta.
Gracias a la cuerda, Mu Hanye esquivó
con facilidad. La bestia cayó de nuevo al barro y, furiosa, volvió a lanzarse
hacia arriba. Su enorme cola, sorprendentemente firme, le servía de apoyo para
moverse con agilidad pese a su tamaño.
Mu Hanye subió unos pasos por la
cuerda, y todos pensaron que iba a retirarse. Pero en el aire giró de golpe,
desenvainó la espada y se lanzó directo hacia la criatura.
La hoja chocó con las escamas gruesas
sin causar daño real, pero sí suficiente para enfurecerla. La serpiente‑cocodrilo
comenzó a revolcarse y retorcerse, intentando
sacudirse al hombre que tenía encima para luego despedazarlo. Mu
Hanye le sujetó el cuello con una mano y volvió
a golpear con la espada.
Sabía que no servía de mucho, pero si
no hacía algo, sentía que perdería la razón.
No quería ni imaginarlo: si el Rey
Carpa Roja había sido devorado, ¿qué harían después? Tener esperanza y perderla
de golpe… era lo más cruel.
La criatura rugió, frenética. Al no
poder derribarlo, cambió de estrategia: saltó y se lanzó de espaldas hacia una
enorme roca.
Shen Qianfeng descendió como un rayo,
pisó uno de los ojos sobresalientes de la criatura y, aprovechando el instante
en que cayó de nuevo al barro, agarró a Mu Hanye y lo llevó de vuelta a tierra
firme.
Mu Hanye clavó la espada en el suelo y
permaneció en silencio, inmóvil.
—No pasa nada —Ye Jin se acercó a
consolarlo—. Si no encontramos al Rey Carpa Roja, buscaremos otro ingrediente
caliente. No te angusties.
La criatura, al ver que ya no la
atacaban, volvió a calmarse y bostezó entre el barro.
—Volvamos por ahora —dijo Qin Shaoyu,
dándole una palmada en el hombro—. Tranquilo. El mundo es grande. Incluso la
medicina más difícil de encontrar aparecerá tarde o temprano.
Mu Hanye cerró los ojos. Sentía que la
cabeza le estallaba.
Maoqiu,
en una ramita cercana, emitió un suave chirrido, ofreciendo un consuelo
prudente.
—Llevamos días sin descansar. Regresen
todos a la residencia del general —dijo Shen Qianfeng—. Yo me quedaré con
algunos hombres para cerrar la brecha del arroyo.
Ye Jin asintió. Estaba a punto de
buscar alguna medicina para calmar a Mu Hanye cuando Shen Qianling gritó:
—¡EL REY CARPA ROJA!
En un instante todos volvieron a
reunirse al borde del arroyo… y todos inhalaron bruscamente. En lo profundo del
barro, una enorme carpa roja, plana y redonda, estaba ya medio tragada por la
serpiente‑cocodrilo; solo la cola quedaba
afuera, agitándose desesperadamente.
—¡No podemos dejar que se la coma!
—exclamó Ye Jin.
Apenas terminó de hablar, Mu Hanye se
lanzó como un halcón, agarrando los colmillos de la criatura e intentando
abrirle la boca a la fuerza.
Qin Shaoyu saltó sobre el lomo del
monstruo. Al ver que la carpa, pese a estar atrapada, no estaba herida gracias
a sus gruesas escamas, soltó un suspiro y ayudó a abrir la mandíbula. Desde
arriba, todos observaban a los dos hombres luchando en el barro con la bestia,
y aunque estaban tensos… también era una escena difícil de describir sin sentir
cierta mezcla de pena y vergüenza ajena.
Probablemente nunca en su vida habían
estado en una situación tan desastrosa.
La serpiente‑cocodrilo
era enorme y su fuerza, descomunal. Su cuerpo entero estaba cubierto de escamas
duras como armadura; era casi imposible hacerle daño.
Y aunque sus ojos, gris‑amarillos no tenían
protección, si los cegaban y la criatura se
retorcía de dolor, podría
morder de verdad al Rey Carpa Roja y destrozarlo. Sería
un desastre.
En la urgencia, Qin Shaoyu solo pudo
sujetarle la cabeza para que Mu Hanye tuviera un ángulo mejor para abrirle la
boca y rescatar al pez.
Shen Qianfeng tomó un grueso palo de
la orilla y también saltó a ayudar. La serpiente‑cocodrilo,
sin entender por qué había provocado
semejante calamidad, se volvió aún más
frenética.
Su cola golpeaba el barro levantando montones de lodo, intentando escapar. El
Rey Carpa Roja llevaba demasiado tiempo atrapado; agotado, dejó
de moverse, la cola cayó inerte.
Al verlo, Mu Hanye ardió de
desesperación. Tomó el palo de Shen Qianfeng, lo clavó con fuerza entre las
mandíbulas de la criatura y, usando toda su fuerza, hizo palanca. Contra toda
expectativa, la carpa resbaló y cayó fuera de la boca.
Qin Shaoyu soltó un suspiro de alivio.
Shen Qianfeng también sonrió. Entre los tres levantaron al Rey Carpa Roja y
saltaron de vuelta a la orilla.
—Rápido, pónganlo en este estanque
pequeño —ordenó Ye Jin.
Shen Qianling suspiró.
«Mi cuñada es increíble. Cura
personas, cura bestias… y ahora también cura peces ancestrales.»
Mu Hanye colocó al pez en el agua y
preguntó ansioso:
—¿No se morirá?
—Déjame ver primero —Ye Jin buscaba
medicinas en su caja. Mu Hanye, viendo al pez flotando inmóvil, se impacientó y
lo tocó dos veces con el dedo.
No esperaba que el “moribundo” Rey
Carpa Roja abriera los ojos de golpe y le mordiera el brazo con todas sus
fuerzas.
Mu Hanye frunció el ceño por el dolor.
Sintió como si los dientes le atravesaran el hueso. Los demás se alarmaron; Qin
Shaoyu golpeó la cabeza del pez con la palma, dejándolo aturdido.
—¡No lo mates! —protestó Mu Hanye,
furioso.
Shen Qianling: “…”
«¿Y tu brazo? ¿No te importa tu
brazo?»
—Él está bien. Tú eres el que está en
problemas —Ye Jin le remangó la manga. Había siete u ocho marcas profundas, y
toda la piel estaba teñida de rojo.
Shen Qianling apartó la mirada.
«Debe doler muchísimo…»
—No, hay que volver ya —dijo Ye Jin—.
Ese pez ha vivido siglos en el barro. Quién sabe qué tiene en los dientes. Hay
que limpiar la herida de inmediato.
—¿Y la sangre del Rey Carpa Roja? —Mu
Hanye, empapado en sudor frío, aún preguntaba.
—Tú encárgate —Ye Jin lanzó el frasco
a Qin Shaoyu—. Solo media botellita.
Mu Hanye sintió las rodillas flojas,
medio cuerpo entumecido.
Los guardianes oscuros del Palacio
Perseguidor de las Sombras reaccionaron al instante y lo cargaron a la espalda,
diligentes como pequeños pantalones acolchados, muy merecedores de recibir más
condimentos para sus fideos por parte de sus amigos extranjeros.
—¡Vámonos! —Ye Jin montó a caballo y
el grupo entero partió a toda prisa.
Shen Qianling los vio alejarse y
suspiró, mirando a Qin Shaoyu.
—Cuando Huang Yuan se entere, seguro
que se preocupa otra vez.
—Quizá sea algo bueno —sonrió Qin
Shaoyu—. Mientras el brazo no quede inútil, en general salimos ganando. Un poco
de sufrimiento no es nada. Igual que tú: cuando yo estaba enfermo, siempre
cumplías todos mis caprichos.
Shen Xiaoshou: “…”
«¿Cómo puede relacionar estas cosas?»
«Solo a él se le ocurren estas
conexiones tan… peculiares.»


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