RT 103

  

Capítulo 103: Este tal Xiao sí que es obediente.

Hasta la madre más paciente se enfadaría.

 

 Lu Zhui preguntó en voz baja:

—Entonces… lo que estoy pensando, ¿qué clase de “cosa” sería?

 

—El país, el mundo, hacer del mundo entero nuestro hogar —respondió Xiao Lan sin dudar.

 

Fluido. Impecable.

 

Lu Zhui: “…”

 

Xiao Lan sonrió.

—Hablando en serio: si no quieres que esas muchachas se queden en el Salón del Loto Rojo, puedo buscar una excusa y reubicarlas. No es ningún problema.

 

—Te estaba tomando el pelo —dijo Lu Zhui—. Con tantas cosas importantes que resolver, ¿cómo voy a preocuparme por eso?

 

—¿Tienes sueño? —preguntó Xiao Lan—. Si estás cansado, cierra los ojos y duerme un poco.

 

Lu Zhui no respondió.

 

Acostado sobre su espalda firme, estaba muy cómodo. La noche de verano en la montaña estaba llena de fragancia de flores y tierra húmeda, más eficaz que cualquier medicina para calmar el espíritu. Por más caos que hubiera en el mundo, en un momento así, con un paisaje hermoso y la persona amada, no quería pensar en nada más.

 

El camino hacia la montaña trasera no era ni largo ni corto. Como Lu Zhui guardaba silencio, Xiao Lan creyó que ya dormía, así que aflojó el paso para que su sueño fuera más tranquilo.

 

Las hojas secas crujían bajo sus pies, los insectos zumbaban en los árboles, una rana verde saltó al pasto húmedo y levantó un pequeño resplandor de luciérnagas azuladas.

 

«Voy a recordar esta escena toda la vida» —pensó Lu Zhui—. «Cuando sea viejo, volveré a ella: este sendero escarpado, esta luz suave y esta noche llena de estrellas.»

 

—¡Padre! —Ah Liu estaba agachado en el sendero. Al verlos, se levantó y agitó la mano—. La dama Tao me mandó a esperarlos. Dijo que por la noche hace frío y que padre no puede quedarse afuera mucho tiempo.

 

«En realidad, lo que había dicho era: “Lan’er seguro no querrá que Mingyu pase frío afuera”, pero si el abuelo escucha eso, se enfadará, así que mejor modificarlo.»

 

—¿Todos están ya en la cueva? —preguntó Lu Zhui.

 

—Sí —respondió Ah Liu, guiándolos—. Esa cueva es increíble, parece un palacio: grande y espaciosa.

 

—Si es la residencia de la dama Tao, por supuesto que no será mala —dijo Lu Zhui. Miró a Xiao Lan—. ¿Habías venido antes?

 

Xiao Lan negó.

—Es la primera vez que sé dónde vive mi madre.

 

—¿Y nunca se lo preguntaste? —insistió Lu Zhui.

 

—No.

 

—Eso sí está mal —Lu Zhui le apretó la mano—. Es tu madre. Preguntar dónde vive es lo más normal del mundo.

 

Pero Xiao Lan respondió:

—No quiero averiguar demasiado.

 

—¿Averiguar? —Lu Zhui se detuvo y lo miró, suspirando—. Tienes demasiada desconfianza hacia la dama Tao.

 

Xiao Lan frunció el ceño.

 

—La dama Tao tiene sus propios planes respecto a la Linterna del Loto Rojo y la Tumba Mingyue, eso es cierto —dijo Lu Zhui—. Pero también es tu madre. Si ni tú quieres acercarte a ella, ¿quién podrá sostenerla en un momento crítico?

 

—Si pregunto demasiado, temerá que tengo otros motivos —respondió Xiao Lan.

 

—Los tienes —Lu Zhui le dio una palmada—. ¿Y qué? ¿No puedes mostrarlo con un poco de dignidad?

 

—¿Por qué de pronto hablas de esto? —preguntó Xiao Lan.

 

—Haz lo que te digo —dijo Lu Zhui—. Sé que tienes tus ideas, pero a veces no basta con pensarlas. Hay que mostrar algo. Tal como eres ahora, tratas a la dama Tao, a la tía Fantasma, al anciano Kong Kong e incluso a los desconocidos de la calle exactamente igual. Hasta la madre más paciente se enfadaría.

 

—Sí, sí —dijo Ah Liu desde adelante.

 

Lu Zhui le dio una patada.

 

Ah Liu: “…”

 

Xiao Lan sonrió.

—Bien, te lo prometo.

 

Ah Liu siguió guiando el camino, pensando: «Este tal Xiao sí que es obediente. Quizá… quizá no sea tan terrible llamarlo “madre”. Aunque, claro, qué injusticia para mí.»

 

La cueva de Tao Yu’er era realmente enorme. No solo grande: era cómoda y lujosa. Había siete u ocho cámaras conectadas, cálidas y secas, con camas cubiertas de brocado, mesas con juegos de té, una cocina discreta en un rincón protegido del viento. El humo se mezclaba con la neblina, y con el amparo de una formación protectora, incluso si alguien pasaba frente a la entrada, no descubriría nada.

 

—Esto es muchísimo más cómodo que la Tumba Mingyue —dijo Lu Zhui, maravillado.

 

—¿Cómo podría compararse un oscuro sótano subterráneo con la belleza de estas montañas? —Tao Yu’er le ofreció una taza de té—. Cuando dejé la tumba, temía que esa vieja bruja cambiara de idea y enviara gente a matarme. Me escondí aquí varios meses antes de abandonar la Cresta Fuhun.

 

—¿Qué es esto? —preguntó Lu Zhui, tomando un rollo de la mesa.

 

—¡No lo abras! —Kong Kong Miaoshou lo detuvo de inmediato.

 

Lu Zhui lo miró, confundido.

 

Tao Yu’er soltó una risita desdeñosa.

 

—Es un retrato de la Dama de Jade Blanco. Lo tomé de la tumba. Apenas lo abrí, todos estaban bien… excepto este viejo, que se puso rojo como un tomate, se tapó los ojos y gritó que lo cerrara.

 

Kong Kong Miaoshou se defendió, rígido:

—Solo… solo al verla recordé el anillo de nieve. No tiene nada que ver con su belleza.

 

—Codicia o lujuria, la diferencia no es tanta —comentó Tao Yu’er con frialdad.

 

El anciano se agachó indignado en un rincón, sin hablar más.

 

Lu Zhui abrió el rollo y lo examinó.

—La técnica es algo torpe. Parece una copia.

 

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Xiao Lan.

 

Lu Zhui pensó un momento.

—Por la línea, la presión del pincel… es difícil explicarlo. Pero si digo que es una copia, es una copia.

 

—Mn —respondió Xiao Lan—. Lo que tú digas.

 

Lu Zhui examinó el sello y dijo:

—Ah, es obra del dueño de la mansión Lu. Con razón. Seguro contrató a un pintor y luego él mismo hizo una copia para ganarse el favor de la belleza.

 

Kong Kong Miaoshou murmuró:

—Si hasta el anillo de nieve regaló, ¿qué importa un retrato?

 

—Deje de pensar en el anillo —Lu Zhui enrolló el cuadro y se agachó junto al anciano, dándole un codazo—. Mejor piense cómo averiguar la identidad de Fu.

 

—Tu padre dijo que era Ji Hao —respondió el anciano. Su rostro no mostró emoción alguna, como si no hablara de un antiguo discípulo, sino de un desconocido. Y, en realidad, “lo era”.

 

Desde que encontró a Xiao Lan, Kong Kong Miaoshou había dejado atrás a todos los demás. Por completo. Sin mirar atrás.

 

—Quizá esta vez ocupó el cuerpo de Ji Hao —dijo Lu Zhui—. Pero debe tener una identidad original.

 

—Esa técnica es siniestra. Nunca la había oído —dijo el Kong Kong Miaoshou—. Pero si Fu está tan obsesionado con la Dama de Jade Blanco, si la tía Fantasma la destruye, seguro enloquecerá.

 

—Yo también lo pensé —dijo Lu Zhui—. Pero no importa. En la situación actual, cuanto más caos haya en la tumba, mejor para nosotros.

 

Lu Wuming intervino:

—La Bestia Devoradora de Oro debe ser capturada viva. No puede morir. Aún recuerdo el muñeco de madera con los ocho caracteres de nacimiento de Lu Zhui… y lo que dijo Fu: “me llevé algunas cosas”. Hasta que no aclaremos eso, aunque Ye Jin diga que todo el veneno está resuelto, no podré estar tranquilo.

 

Xiao Lan asintió.

—No se preocupe, señor Lu. Lo entiendo.

 

—Ya es tarde, regresen —dijo Tao Yu’er—. Sigan el plan que trazaron.

 

Xiao Lan miró a Lu Zhui.

 

Ah Liu pensó, muy serio: «¿Habrá que apartarse otra vez? Si son amantes despidiéndose, en los libros siempre ocupan siete u ocho páginas…»

 

—Me voy —dijo Xiao Lan.

 

—Bien —respondió Lu Zhui.

 

Ah Liu: “…”

«¿Eso es todo?»

 

Lu Zhui se quedó en la entrada de la cueva, mirando a Xiao Lan alejarse hasta que desapareció.

 

***

 

En la Tumba Mingyue todo transcurría como siempre. Xiao Lan apenas había dormido un rato cuando amaneció. Una sirvienta llamó suavemente a la puerta: la tía Fantasma y la boticaria lo requerían.

 

«¿Tan temprano?»

 

Xiao Lan se levantó, abrió la puerta y preguntó:

—¿Dijeron para qué?

 

La sirvienta negó.

—No lo sé.

 

Xiao Lan fue solo al salón interior.

 

La tía Fantasma y la boticaria tomaban té. No había nadie más. El silencio hacía el ambiente aún más lúgubre.

 

—Tía —saludó Xiao Lan.

 

—¿Dónde estuviste anoche? —preguntó ella, dejando la taza, con aparente indiferencia.

 

Xiao Lan bajó un poco la cabeza.

—Lan’er no fue a ningún lado.

 

La tía Fantasma negó.

—Saliste. Solo pregunté por preguntar. ¿Para qué mentir?

 

—Pero Lan’er realmente no fue a ningún sitio. Estuve todo el tiempo en la tumba.

 

—La Tumba Mingyue es grande —ella lo miró fijamente—. Dime, ¿en qué parte estabas?

 

Xiao Lan soltó una risita.

—Con esa expresión, tía, parece que hubiera cometido un crimen terrible.

 

La tía Fantasma frunció el ceño.

—¡Habla!

 

—No podía dormir y quise caminar un poco, ver si recuperaba algún recuerdo —dijo Xiao Lan—. Sin querer entré en una cámara oculta. Me pareció curiosa y me quedé un rato.

 

—¿Qué cámara? —preguntó ella con dureza.

 

—La del final del pasadizo Chen‑Jia —respondió Xiao Lan.

 

La boticaria comentó con frialdad:

—Si el joven maestro Xiao salió a divertirse, solo dígalo. ¿Para qué inventar un callejón sin salida?

 

Xiao Lan replicó:

—¿Por qué dice que el pasadizo Chen‑Jia es un callejón sin salida?

 

La tía Fantasma frunció el ceño.

—¿No lo es?

 

—Anoche estuve allí —dijo Xiao Lan—. En la cámara había un féretro de jade con una mujer hermosísima dentro. Pensé que usted lo sabía. Iba a preguntarle quién era.

 

La tía Fantasma se levantó de golpe.

—¿Dónde está?

 

Xiao Lan fingió dudar.

—¿De verdad no lo sabía, tía?

 

Pero ella ya había salido apresurada hacia el pasadizo Chen‑Jia.

 

Era un corredor oscuro. Xiao Lan abrió el mecanismo con facilidad.

 

Al ver el pasadizo iluminado por perlas marinas, la tía Fantasma y el boticario se miraron, los ojos llenos de júbilo. Fuera lo que fuera lo que hubiera al final, significaba un nuevo secreto descubierto. Un paso más hacia abrir por completo la tumba.

 

Con manos temblorosas, la tía Fantasma empujó la puerta oculta.

 

El féretro seguía allí, sobre la plataforma, irradiando un brillo tenue. Dentro se distinguía vagamente la silueta de una mujer.

 

—¿El joven maestro Xiao ya vio ese féretro? —preguntó la boticaria.

 

—Claro —respondió Xiao Lan—. Lo dije hace un momento: dentro hay una mujer bellísima. Si no fuera porque no respira, pensaría que duerme.

 

La tía Fantasma subió los escalones, uno a uno.

 

Detrás del biombo, una sombra negra estaba encorvada, temblando, con los ojos llenos de odio y terror, clavados en los tres intrusos.

 

No permitiría que nadie tocara a la belleza del féretro.

 

Ni siquiera que la miraran.


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