RT 100

  


 Capítulo 100: Reencuentro.

Reconocer a mi propia esposa.

 

La habitación estaba en silencio.

 

Lu Zhui ladeó un poco el cuello para esquivar la frialdad de la espada y le extendió una mano.

—Ayúdame a subir primero.

 

En los ojos de Xiao Lan brilló un filo helado.

—¿Quién eres?

 

Lu Zhui guardó silencio un instante.

—¿Tampoco me reconoces?

 

«Así son los hombres sin corazón. Así son los Chen Shimei [1] del mundo.»

 

«Tú mismo eres el ejemplo perfecto.»

 

Xiao Lan envainó la espada.

—¡Vengan!

 

—¡Eh, eh, eh! —Lu Zhui apoyó ambas manos en el borde del hoyo—. ¡No llames a nadie todavía!

 

Xiao Lan lo observó con interés mientras se retorcía a izquierda y derecha intentando salir. Pasó un buen rato atascado, hasta que finalmente inspiró hondo, contrajo el abdomen y logró saltar fuera con dificultad.

 

Lu Zhui se sacudió la tierra de la ropa y dio dos vueltas a su alrededor.

—¿De verdad no me reconoces?

 

—¿Por qué debería reconocerte? —la voz de Xiao Lan era perezosa—. Sales de la tierra sin ton ni son. ¿Qué eres? ¿Un ladronzuelo sin miedo a la muerte? ¿O un espíritu del cementerio?

 

Lu Zhui respondió con calma:

—¿Tú qué crees?

 

Xiao Lan le levantó el mentón con los dedos.

—Al menos eres guapo.

 

—Gracias por el cumplido… Ya que soy guapo —añadió Lu Zhui—, ¿eso significa que puedo quedarme?

 

Xiao Lan soltó una risa breve.

—¿Ni siquiera dices quién eres y ya quieres quedarte a mi lado?

 

—Es que soy guapo —dijo Lu Zhui con sinceridad—. Es una gran ventaja. ¿Para qué hacen falta las identidades? Basta con que sea agradable a la vista.

 

Xiao Lan no respondió. En cambio, le sujetó la cintura con ambas manos y, aprovechando la fuerza, lo empujó contra la pared. Sus brazos formaron un cerco estrecho, encerrándolo, y bajó la cabeza para mirarlo a los ojos.

 

Ninguno habló primero. Tras un largo intercambio de miradas, Lu Zhui se inclinó y dejó un beso suave en la comisura de sus labios.

 

Xiao Lan le pasó el pulgar por la cara sucia.

—Gato manchado.

 

—¿Cuándo lo notaste? —preguntó Lu Zhui.

 

Xiao Lan sonrió; su voz se volvió aún más baja, ronca y suave, con un toque descarado.

—¿Qué se supone que descubrí? Yo no vi nada. Solo pensé que, ya que te entregaste tú mismo… sería un desperdicio no aceptarte.

 

Lu Zhui cerró los ojos.

 

Al instante siguiente, unos labios cálidos y húmedos se posaron sobre los suyos, lentos, profundos, llenos de cariño.

 

Xiao Lan lo besó con paciencia, recorriendo desde sus labios hasta detrás de la oreja, y finalmente dejó un beso sobre sus pestañas temblorosas antes de soltarlo. Apoyó su frente contra la de él y lo miró.

 

—¿Mi cara está sucia? —preguntó Lu Zhui.

 

Xiao Lan asintió.

 

Lu Zhui se frotó la cara con la manga sin ningún orden y escondió el rostro en su pecho, riéndose.

 

Xiao Lan volvió a abrazarlo con fuerza y suspiró.

 

—¿Quién te dijo que vinieras solo? —No había reproche en su voz; sonaba más bien como la pregunta de un amante preocupado.

 

—El médico divino Ye dijo que ya estaba bien —respondió Lu Zhui—. Y justo Ahun trajo la carta. Pensé en venir a ver la Tumba Mingyue… quizá podría ayudarte un poco.

 

—¿Viniste solo? —preguntó Xiao Lan.

 

Lu Zhui negó con la cabeza.

—Claro que no. Mi padre vino, yo vine, y también vino mi futura cuñada. Todos juntos, bien completos.

 

Xiao Lan le tomó la muñeca y le revisó el pulso. Era, en efecto, mucho más estable que antes.

 

—¿Para qué mentirte? —dijo Lu Zhui—. Si no estuviera recuperado, ni el médico divino Ye ni mi padre me habrían dejado venir. Si estoy aquí, es porque estoy bien.

 

—Aun así, eso no es ser obediente —dijo Xiao Lan—. Aunque ya estés sano, deberías haber seguido esperándome en la Mansión del Sol y la Luna. ¿Qué sentido tiene cavar un agujero y colarte sin avisar?

 

Lu Zhui guardó silencio.

«¿Qué significa “cavar un agujero y colarte”?»

 

—¿Y el señor Lu y los demás? —preguntó Xiao Lan.

 

—Están afuera. Ahun también está afuera —Lu Zhui le tomó la mano—. Quiero quedarme esta noche. ¿Puedo?

 

—¿Tú qué crees? —respondió Xiao Lan.

 

—Supongo que no —suspiró Lu Zhui.

 

Xiao Lan lo levantó en brazos de repente y salió de la habitación con pasos firmes.

 

Lu Zhui se sobresaltó.

—Tú…

 

—Tranquilo, nadie nos verá —Xiao Lan le sonrió mientras lo miraba desde arriba—. Aquí nadie se atreve a entrar. Ni siquiera pueden entrar.

 

Lu Zhui lo rodeó del cuello con un brazo.

—¿Por qué?

 

—Mañana te llevo a ver la entrada y lo entenderás, pero ahora no —Xiao Lan abrió la puerta de la habitación de una patada y lo dejó caer sobre el diván—. Hay otro asunto urgente que atender.

 

Lu Zhui le puso un dedo en el pecho, recordándole:

—El Hehuan Gu.

 

—¿El Hehuan Gu? —Xiao Lan frunció el ceño, confundido—. Yo hablaba de Black Spider y de la Dama de Jade Blanco. ¿Qué tiene que ver eso con el hehuan gu? ¿O es que no se puede mencionar a ninguno de los dos?

 

Lu Zhui guardó silencio.

 

El joven maestro Lu agarró un cojín y empezó a aporrearlo con furia.

 

Xiao Lan, riendo, le sujetó la muñeca y la presionó contra el diván, inclinándose para besarlo de nuevo.

 

Esta vez sí era el reencuentro de dos amantes separados por demasiado tiempo: los dedos entrelazados con fuerza, toda la añoranza acumulada convertida en calor, en roce, en un deseo que ardía desde la lengua hasta la columna, quemándolo todo, extendiéndose hasta el corazón.

 

Xiao Lan no quería soltarlo ni un instante. Incluso con la cara sucia, le parecía el rostro más hermoso del mundo. Su pequeño Mingyu siempre había sido el más lindo: cuando se enfadaba, cuando estaba despeinado, incluso cuando estaba hecho un desastre.

 

No sabía cómo había tenido tanta suerte de encontrar a alguien así.

 

Afuera ya había oscurecido. Los discípulos trajeron agua caliente para el baño. Lu Zhui se hundió en ella con un suspiro de placer.

—¿Y el señor Miaoshou y la dama Tao? —preguntó.

 

—Afuera —Xiao Lan mojó una seda y empezó a lavarle los hombros.

 

Kong Kong Miaoshou llevaba días buscando en la montaña trasera, tratando de encontrar más secretos de la Tumba Mingyue. Y Tao Yu’er iba y venía sin aviso, cada vez más difícil de rastrear.

 

—¿La dama Tao no habla contigo de lo que hace? —Lu Zhui frunció el ceño—. Suena como si actuara sola.

 

Xiao Lan negó con la cabeza.

—Esta tumba y mi madre… no se llevan bien.

 

Lu Zhui no entendió.

 

Xiao Lan vertió agua tibia sobre su espalda.

 

—En la Ciudad Huishuang, en la Montaña Qingcang, pensé que ya había dejado atrás la Linterna del Loto Rojo y la Tumba Mingyue. Pero al volver a la Cresta Fuhun… algo despertó en ella. Una obsesión que no sé de dónde viene. Y ahora es más terca que antes.

 

—Quizá quiere ayudarte a salir de aquí cuanto antes —aventuró Lu Zhui.

 

—Quizá —dijo Xiao Lan—. Pero tengo que confirmarlo yo mismo.

 

—¿Necesitas que haga algo? —preguntó Lu Zhui.

 

Xiao Lan negó.

—No tienes que hacer nada.

 

Lu Zhui apoyó la barbilla en el borde del cubo.

—Entonces ¿para qué vine?

 

Xiao Lan le salpicó agua en la cara.

—Para verme. ¿Ese motivo no basta?

 

—Basta —respondió Lu Zhui. Luego añadió— Pero solo si resolvemos todo lo que pasa en esta tumba, podré mirarte con más calma. Sin distracciones.

 

Xiao Lan no respondió. Lo envolvió en una manta grande y lo sacó del agua.

 

Después del baño caliente, la piel de Lu Zhui estaba ligeramente sonrosada. Tras meses en la Mansión del Sol y la Luna, su cuerpo se había recuperado: ya no era frágil ni delgado, sino saludable, luminoso. Incluso las cicatrices de su espalda, nuevas y viejas se habían aclarado con los baños medicinales.

 

Xiao Lan tomó una prenda interior suya y se la puso. Le quedaba un poco grande, pero le daba un aire encantador.

 

Lu Zhui suspiró.

 

—¿Qué pasa? —preguntó Xiao Lan, secándole el cabello negro con una toalla gruesa.

 

Lu Zhui apoyó la mejilla en la mano, abatido.

—El Hehuan Gu…

 

Él nunca había querido ocultar su deseo. Le gustaba Xiao Lan, y naturalmente también le gustaba hacer el amor con él; era una intimidad que solo existe entre amantes. Además, en todos los pequeños cuentecillos del Jianghu, después de un reencuentro tras larga separación, lo que sigue siempre es fuego y mareas encendidas, no dos tontos sentados bajo el dosel de la cama, tomados de la mano en silencio.

 

Xiao Lan lo abrazó y tiró de la manta para cubrirlos a ambos.

—¿Qué dijo el médico divino Ye?

 

—Dijo que tú y yo debemos volver juntos a la Mansión del Sol y la Luna dentro de tres meses —respondió Lu Zhui—. Solo después de revisarnos podrá decidir cómo deshacer el veneno.

 

—Tres meses… —Xiao Lan le acomodó el cabello con los dedos—. Bien. Te lo prometo.

 

—¿Mm? —Lu Zhui apoyó la cabeza en su pecho—. Pero aquí todo sigue siendo un caos. ¿Cómo vas a poder irte?

 

—¿De verdad quieres hablar de la Tumba Mingyue ahora? —Xiao Lan sonrió y lo alzó un poco más en brazos—. Pensé que estabas cansado y querías dormir temprano.

 

Lu Zhui insistió:

—Pero ni siquiera preguntaste cómo fue que salí del suelo.

 

Xiao Lan respondió con seriedad:

—O bien cavaste un agujero con tu fuerza bruta, o encontraste un nuevo pasadizo. Apuesto por lo primero.

 

Lu Zhui le mordió el hombro, luego lo besó, los ojos brillantes, sin rastro de cansancio.

 

Xiao Lan lo cubrió con la manta, y al ver cómo se movía debajo, terminó riéndose como no lo había hecho en meses.

 

Lu Zhui le pellizcó la nariz.

—Otra cosa: cuando salí, ¿qué significaba esa espada en mi cuello?

 

—Sabes perfectamente qué significaba —Xiao Lan le sujetó la muñeca y lo atrajo para abrazarlo, inclinándose para aspirar el tenue aroma de su cabello.

 

Al principio, sí había pensado que era una trampa de la tía Fantasma: quizá alguien disfrazado, o una ilusión para probarlo. Pero esa sospecha duró apenas un instante. En cuanto vio esos ojos vivos, esa sonrisa entrecerrada, incluso esa pizca de picardía entre las cejas… supo que no podía ser nadie más. Esa energía, esa luz… ningún extraño podría imitarla.

 

Lu Zhui le rodeó el cuello con los brazos, sin intención alguna de dormir.

 

—Mañana por la mañana —dijo Xiao Lan— te contaré todo lo que ha pasado estos días.

 

Lu Zhui abrió la boca para replicar, pero Xiao Lan le cubrió los ojos con una mano.

 

—Duerme —dijo—. Esta vez, quien hable primero… será un perrito.

 

La sonrisa de Lu Zhui se alzó, y se acurrucó entero en su abrazo.

 

La llama de la vela sobre la mesa se apagó con un soplo, y solo una perla luminosa junto al cabecero emitía un resplandor tenue, lo justo para perfilar el rostro dormido y dócil de la persona en sus brazos.

 

Después de tantos días de viaje, Lu Zhui estaba realmente cansado. Tras un baño de agua caliente y al recostarse en la cama blanda, todo su cuerpo se relajó. Y cuando la alegría del reencuentro con su amado se fue disipando, el sueño finalmente lo envolvió. Apenas cerró los ojos, cayó en un sueño profundo y dulce.

 

Durmió con una paz deliciosa. Incluso en la peligrosa Tumba Mingyue, Lu Zhui olvidó por un momento la vigilancia que debería tener, y se dejó envolver por los susurros suaves y las caricias de Xiao Lan. Soñó dulcemente, y al amanecer aún no quería despertar.

 

Fuera de la tumba, Ah Liu le pasó un pollo asado a Yue Dadao y arrancó el muslo más jugoso para ofrecérselo a Lu Wuming con ambas manos, sonriendo.

—Abuelo.

 

Lu Wuming agitó la mano, sin apetito.

 

Por supuesto, era por su hijo. No porque el muslo de su nieto estuviera mal asado.

 

Ah Liu se dejó caer a su lado.

—Padre siempre actúa con mucha prudencia. Y ese Xiao, dentro de la tumba, también lo protegerá. Abuelo, no se preocupe.

 

Si no lo hubiera mencionado, mejor. Pero al oír “Xiao Lan”, la ira de Lu Wuming volvió a subirle un tramo entero.

 

«Ese mocoso… algún día le daré una paliza.»

 

Ah Liu propuso:

—Después del desayuno, podemos ir a dar una vuelta por la montaña trasera. A lo mejor encontramos algo nuevo. Si no, aquí sentados es aburrido, y padre no va a salir en un buen rato.

 

Esta vez, el viejo héroe Lu quiso golpear también a su nieto.

 

«¿Qué significa “no va a salir en un buen rato”? ¡Lleva dentro toda la noche! Por muy grandes que sean los asuntos, ya deberían haberlos hablado. Si después de hablar no sale… ¿piensa quedarse hasta el Año Nuevo dentro de la tumba?»

 

Viendo su expresión negra como el carbón, Ah Liu comió su muslo con el corazón encogido, sintiendo que se acercaba la tormenta.

 

Yue Dadao se levantó de inmediato y se sentó aún más lejos, para no ser arrastrada por la desgracia.

«Cuando llega la calamidad, cada uno vuela por su lado.»

 

Estaba muy resuelta.

 

Ah Liu la miró con ojos tristes.

«Esposa… tú…»

 

En el pasadizo oscuro y húmedo, Lu Zhui resbaló. Por suerte Xiao Lan lo sostuvo a tiempo.

 

—Ten cuidado —Xiao Lan siguió sujetándole la mano, avanzando despacio—. La filtración de agua está peor que el mes pasado.

 

—¿La tía Fantasma lo sabe? —preguntó Lu Zhui.

 

—No de este lugar, pero sí de otros. La filtración subterránea no es cosa menor. Por eso está tan ansiosa por trasladar la tumba a la superficie —respondió Xiao Lan—. Pero antes de eso, tiene que llevarse todos los tesoros del interior.

 

Lu Zhui pasó la mano por las paredes de piedra. La palma se le llenó de gotas diminutas. Incluso el suelo estaba húmedo.

 

Si seguía así, la Tumba Mingyue acabaría derrumbándose tarde o temprano.

 

—Es aquí —dijo Xiao Lan, deteniéndose.

 

—¿La Dama de Jade Blanco está en esta tumba? —Lu Zhui levantó la vista hacia la puerta de piedra. Recordó las descripciones de los libros y sintió que el mundo era realmente misterioso: él, en este tiempo, podía ver el rostro incomparable de una belleza de hace siglos.

 

Xiao Lan asintió y lo llevó dentro. El féretro de jade frío seguía en su plataforma. Lu Zhui estaba por subir cuando Xiao Lan le sujetó la muñeca.

—Ten cuidado.

 

—Si tú lo viste y no te pasó nada, yo tampoco —dijo Lu Zhui—. No te preocupes.

 

Xiao Lan asintió y lo acompañó hasta el féretro de jade frío.

 

El rostro incomparable, la expresión serena, el anillo de nieve resplandeciente. La Dama de Jade Blanco yacía en silencio, igual que hacía mil años.

 

—¿Estás bien? —preguntó Xiao Lan.

 

Lu Zhui negó con la cabeza y suspiró.

—Es cierto que la belleza tiene un destino breve.

 

—Vámonos —dijo Xiao Lan, sin querer que permaneciera demasiado tiempo en esa tumba.

 

Lu Zhui se tensó.

—Espera.

 

Xiao Lan también frunció el ceño.

 

Ambos escucharon al mismo tiempo un sonido extraño.

 

Era un ruido muy leve, pero nítido: alguien corría hacia allí a toda velocidad, cada vez más cerca.

 

Y no eran los pasos de Kong Kong Miaoshou.

 

En la tumba no había vigas donde ocultarse, pero a un lado había varios biombos pesados tallados en madera de sándalo rojo. Los dos se deslizaron detrás de ellos, conteniendo la respiración y atentos a lo que ocurría afuera.

 

Un instante después, una sombra negra irrumpió en la sala, jadeando con fuerza. Xiao Lan pensó al principio que esa respiración era por agotamiento, pero enseguida comprendió que no: no era cansancio, era excitación.

 

El que había llegado era Fu.

 

A diferencia de las veces anteriores, cuando lo habían visto desaliñado y miserable, esta vez parecía haberse vestido especialmente: estaba limpio de pies a cabeza, ni siquiera el borde de las botas tenía polvo. Se frotó las manos en la ropa una y otra vez —diecisiete u dieciocho veces— antes de subir los escalones con extremo cuidado, acercándose poco a poco al féretro de jade frío.

 

La tumba estaba iluminada por perlas marinas, tan brillantes como el día. Y todas las emociones complejas y extrañas del rostro de Fu quedaron completamente expuestas ante los dos que observaban desde detrás del biombo.

 

Era una expresión imposible de describir: alegría, excitación, expectativa… mezcladas con miedo, vacilación e incluso culpa. Varias veces pareció querer darse la vuelta y huir, pero al final apretó los dientes y siguió avanzando. Cuanto más se acercaba al féretro, más pesados y lentos eran sus pasos. Cuando por fin llegó a lo alto, Lu Zhui vio claramente que estaba empapado en sudor frío.

 

Xiao Lan no sabía qué pretendía hacer, pero podía deducir que ya había estado allí antes… y no solo una vez.

 

El pecho de Fu subía y bajaba con violencia. Su nuez se movía, sus labios secos se apretaban y soltaban sin parar. Sus ojos no parpadeaban, fijos en la Dama de Jade Blanco. Su cuerpo estaba encorvado, como un camarón muerto encogido bajo el sol del verano.

 

Lu Zhui miró a Xiao Lan, preguntándole con los ojos si también estaba atrapado en algún tipo de ilusión. «Y que por favor no hiciera ruido ni llamara a la tía Fantasma, porque entonces sí que se armaba un desastre.»

 

Xiao Lan le dio una palmada en el hombro, indicándole que se calmara. Si Fu ya había venido antes, debía tener medios para protegerse y no causaría un alboroto demasiado grande.

 

Y así fue. Tras el tiempo que tarda en prepararse una taza de té, Fu no cayó en trance como Kong Kong Miaoshou, ni empezó a murmurar. Aunque sus ojos estaban llenos de obsesión, seguía consciente. Dio diecisiete u dieciocho vueltas alrededor del féretro, observando a la belleza incomparable desde el cabello hasta los dedos de los pies, hasta que por fin se detuvo, satisfecho.

 

Los dos detrás del biombo pensaron lo mismo: «Ya que terminó de mirar, ¿no debería irse?»

 

Pero jamás imaginaron que, después de contemplar a la belleza, Fu se desabrocharía el cinturón y, junto al féretro, empezaría a masturbarse.

 

Xiao Lan: “…”

 

Lu Zhui: “…”

 

Xiao Lan le tapó los ojos a Lu Zhui.

 

Lu Zhui apartó las manos y dejó una rendija para mirar, empeñado en ver.

 

El féretro helado, la belleza muerta, el rostro intacto a través de los siglos, y a su lado un ser medio humano medio fantasma, hundido en su propia lujuria… todo junto resultaba realmente escalofriante.

 

Xiao Lan se arrepintió profundamente de haber aceptado llevarlo a ver a la Dama de Jade Blanco justo ese día. «Qué mala suerte.»

 

Pero Lu Zhui observaba con mucha atención.

 

Naturalmente, solo miraba la cara, no lo demás.

 

El rostro del otro estaba retorcido por la excitación, deformado… pero entre esos rasgos extraños había algo familiar.

 

Lu Wuming ya había dicho que era muy probable que ese cuerpo fuera el de Ji Hao, usurpado. Y verlo ahora con sus propios ojos confirmaba esa sospecha.

 

«Así que en verdad existen artes tan siniestras en este mundo.»

 

Lu Zhui no apartaba la mirada.

 

Xiao Lan, sin entender, sentía que le dolía la cabeza. «¿Piensa ver todo el proceso?»

 

Pero Lu Zhui no tenía intención de cerrar los ojos; al contrario, parecía aún más concentrado.

 

En lo alto, Fu empezó a convulsionar de forma anormal, y terminó desplomándose junto al féretro, con los ojos entrecerrados, como si hubiera alcanzado un placer inmenso.

 

Esta vez, Lu Zhui lo vio con claridad: la piel de Fu era blanca, tersa, sin una sola arruga.

 

Era la piel de un hombre joven, llena de vigor.

 

Fu quedó tendido con los brazos y piernas abiertos, dejando su cuerpo expuesto al aire frío. Cuando el clímax se disipó y sus emociones se calmaron, se vistió apresuradamente, miró una última vez a la Dama de Jade Blanco con profunda añoranza y se marchó tambaleándose.

 

Xiao Lan negó con la cabeza.

—¿Quieres lavarte los ojos?

 

Pero Lu Zhui dijo:

—Adivina… ¿de qué año crees que es realmente?

 

Glosario:

1.    Chen Shimei es el personaje de una ópera china y un refrán en China para referirse a un hombre descorazonado e infiel. Estuvo casado con Qin Xianglian. Chen Shimei traicionó a Qin Xianglian casándose con otra mujer, e intentó asesinar a su primera esposa para encubrir su pasado. Esta pareja ficticia son también leyendas populares.

 

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