Capítulo 56: No me extraña
que no hayas aceptado nadie más durante años.
Resulta que te gustan los
tontos.
Lin Yan sintió que su alma abandonaba
su cuerpo, flotando en el aire. Se quedó flotando un buen rato antes de volver
a su cuerpo.
—Donde hay vida, hay esperanza. Estás
hecho un desastre, eso es todo. ¿No temes que me vuelva contra ti?
Qi Zhen rio, con los ojos llenos de
una suave diversión, y se inclinó para besarle suavemente los labios.
Labios ardientes, un beso tierno.
Lin Yan estaba algo perdido en el
beso, su mano suave y húmeda agarrando el brazo de Qi Zhen, que él agarró y
besó en su palma.
—¿Cómo puedo volverme contra ti? ¿No
están nuestros nombres en todos tus libros? Su Majestad ha decidido que seré yo
todos los días.
Su voz era suave; nadie creería que
era Qi Zhen.
Lin Yan retiró la mano de inmediato.
«¡Joder!»
«Una trampa de miel.»
¿Y no fue él quien lo obligó?
¿Acaso hubo una sola palabra que él
quisiera escribir?
«¡Me obliga a escribir su nombre y
todavía tiene la cara de contarlo como mérito! ¡Qué descaro!»
Qi Zhen volvió a tomarle la mano y
entrelazó sus dedos con los suyos.
—Mi pobre Qingqing… pareciera que te
estoy forzando. Hasta lloraste. Da pena verte así.
—Deja de decir tonterías.
Qi Zhen le besó con suavidad las
lágrimas que aún quedaban en la comisura de sus ojos.
Y con esa misma voz suave, dijo algo
que hizo que a Lin Yan se le helara la sangre.
—Quiero verte llorar un poco más.
Lin Yan: “…”
«¡Mierda!»
Quería pelear.
***
Lin Yan dormía boca abajo entre las
mantas, como un cerdito.
Qi Zhen, fresco y satisfecho, se fue a
la corte.
Cuando Qi Zhen se marchaba, Lin Yan
abrió los ojos. Al verlo tan campante, se enfadó y sacó un pie de entre las
mantas para darle una patada. Qi Zhen lo atrapó al vuelo.
—¿Intentas seducirme?
Lin Yan movió el pie para que lo
soltara.
—No, deja de inventar.
Qi Zhen bajó la cabeza y le dio un
beso en el tobillo.
Lin Yan se sobresaltó, como si lo
hubieran quemado, y trató de retirar el pie. Qi Zhen no hizo nada más: lo
acomodó dentro de las mantas.
—Espérame a que vuelva de la corte.
¿Quieres algo especial para el desayuno?
—No —Lin Yan se dio la vuelta, dándole
la espalda, y se cubrió media cara con la manta. El tobillo que acababan de
besar seguía caliente, como si el calor no quisiera disiparse.
Un cosquilleo molesto, que solo
lograba inquietarlo más.
La irritación mental no podía contra
el cansancio físico.
Lin Yan no tardó en quedarse dormido.
En medio del sueño, escuchó voces entrecortadas.
—¿El Estudio Imperial no es lo
bastante grande para que trabajes ahí? ¿Qué haces revisando memoriales en los
aposentos imperiales? Si tú duermes aquí, ¿dónde duerme el joven Emperador? ¿Lo
echaste al cobertizo?
—Habla más bajo. Está durmiendo
dentro, no lo despiertes.
—¿Ah? ¿Duerme aquí? Príncipe, no hace
falta vigilarlo hasta cuando duerme, ¿no? ¿Qué lío puede armar un tonto? Si lo
vigilas así, ¿no te cansarás?
Lin Yan: “…”
Lin Yan se incorporó, agarró una túnica
y se la puso mientras salía.
—¿El desayuno? Qi Zhen, tengo hambre.
Las voces afuera se cortaron de
inmediato.
Antes de que Lin Yan rodeara el
biombo, Qi Zhen entró.
—¿Vas a salir vestido así? Xudong está
aquí. Vístete bien antes de salir.
Lin Yan frunció el ceño.
—¿Para qué vino?
—Para discutir asuntos de la corte.
Esa mañana, el asunto del Gran
Consejero Zheng componiendo música para los burdeles se había difundido por
todo el palacio. El examinador principal de los exámenes imperiales ya había
dado su veredicto, eligiendo a los candidatos que Qi Zhen quería. Con eso, tras
los exámenes, la nueva sangre que entraría al gobierno estaría, en su mayoría,
bajo su mando.
Lin Yan se vistió y se sentó a comer.
Estaba apagado, sin energía; mientras comía, soltó varios bostezos.
Qi Zhen apoyó el dorso de la mano en
su frente.
No tenía fiebre.
—Si sigues con sueño, duerme un rato
más después de comer.
—No, si duermo demasiado, luego en la
noche no pego ojo.
—Bien. Entonces te buscaré algo que
hacer…
—Mn —Lin Yan respondió sin pensar.
Zhou Xudong miraba entre uno y otro.
«¿Qué estaba pasando aquí?»
Después de comer, Qi Zhen trajo varios
tomos de los “Anales Escarlata” para que Lin Yan copiara. Además, tres bandejas
llenas de tablillas de madera para que escribiera nombres.
De quiénes debía escribirlos… no hacía
falta decirlo.
Lin Yan no tenía palabras. Bajó la
voz, cuidando que Zhou Xudong no oyera.
—¿Tú estás loco o qué? Copiar los
tomos pasa, pero… ¿estas tablillas de madera eran necesarias?
El Emperador elegía tablillas para
decidir quién lo acompañaría por la noche.
¿Y Lin Yan tenía algo que elegir?
¡No!
¿Entonces para qué escribir?
¿Para llenar veinte tablillas con el
nombre de Qi Zhen y que él “eligiera”?
¡Si no había nada que elegir! ¡No
podía esquivar nada!
¿Eso no era hacer trampa?
Qi Zhen dijo:
—Ya que copias los tomos, terminemos
el proceso completo. Escríbelas bien. Luego vendré a revisar.
Lin Yan no tuvo más remedio que tomar
el pincel: primero los “Anales Escarlata”, luego las tablillas.
Zhou Xudong estaba sorprendido. No
tenía cabeza para la política; solo quería chismosear.
—¿Tú y el joven Emperador están tan
bien ahora? Y no es solo que se lleven bien… tú también lo tratas muy bien. Con
esa cara amable… es difícil no pensar “cosas”. ¿No será que…?
Qi Zhen levantó la mirada hacia él.
Zhou Xudong abrió los ojos, incrédulo.
—¿Te nació… lealtad hacia él?
Qi Zhen: “…”
Zhou Xudong descartó su propia teoría
de inmediato.
—No, no puede ser. Si es un tonto,
¿qué lealtad vas a tener?
Cuanto más pensaba, menos entendía.
Volvió a mirar al joven Emperador.
Una carita, blanca, suave y bonita,
fruncida con desagrado. La postura al escribir era sorprendentemente correcta y
seria.
La mano que sostenía el pincel también
era bonita: larga, delgada, blanca.
Y la muñeca…
¿Tenía una marca roja alrededor?
Zhou Xudong abrió un poco más los
ojos.
No estaba seguro. Miró otra vez.
¡Sí había una marca!
Como un sabueso que huele una pista,
siguió ese detalle y enseguida notó, en el cuello apenas cubierto por un collarín
de marcas, rastros dejados por… “afecto”.
Miró a Qi Zhen, atónito.
—Tú… —Señaló al joven Emperador— Ustedes…
Zhou Xudong se dejó caer sobre la
mesa, bajando la voz.
—Con razón estos años no quisiste
aceptar a nadie. ¡Resulta que te gustan los tontos!
Qi Zhen: “…”
Zhou Xudong:
—Somos amigos desde hace tantos años,
y yo sin darme cuenta de que tenías gustos tan… peculiares.
Qi Zhen: “…”

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