Mad For Love 53

  

Capítulo 53: El Placer del Emperador.

 

Lin Yan arrastró hacia sí todos los libros que estaban del lado de Qi Zhen.

 

Ese día habían salido en un carruaje pequeño. Qi Zhen temía que, si forcejeaban dentro, Lin Yan se golpeara con algo, así que lo dejó arrebatárselos.

—Los elegí yo, y yo pagué por ellos —dijo, incapaz de contener la risa.

 

—¡Lecturas de mala influencia no se permiten!

 

Lin Yan acaparó los libros todo lo que pudo, formando una muralla delante de sí.

 

Ya era bastante que el contenido fuera pura tontería; además temía que Qi Zhen, si seguía leyendo, terminara abriendo la puerta a un mundo completamente nuevo.

 

Ese hombre ya estaba bastante loco de por sí. Si encima adquiría más “conocimientos”, ¿luego cómo iba a querer bajarse de la cama?

 

Protegía los libros con el cuerpo, mirándolo con una alerta feroz, igualito a aquel gatito callejero que rondaba por la capital, escabulléndose por todas partes en busca de comida y escondites.

 

Qi Zhen recordaba que, de niño, quiso adoptarlo.

 

Pero Xu Fuquan no estuvo de acuerdo: decía que los gatos callejeros eran sucios y demasiado salvajes.

 

En aquella época, Qi Zhen estaba en su fase de adorar a los animales pequeños. Aun así, con pesar, le dio un poco de comida. El gato fue ahuyentado, pero volvió esquivando a los sirvientes del Palacio del Príncipe Heredero para buscarlo. Se movía a su alrededor, ni muy cerca ni muy lejos, maullando.

 

Al ver aquello, Xu Fuquan cedió. Pero cuando “esa persona” se enteró, alegó que era peligroso, fingió preocupación… y mató al gato delante de él.

 

Lin Yan no era aquel gato.

 

Era muchísimo más adorable que aquel gato.

 

Y Qi Zhen jamás permitiría que se convirtiera en algo parecido.

 

Pensando en eso, su expresión se volvió sin querer más suave, y se inclinó aún más cerca.

 

El cuerpo entero de Lin Yan se tensó de golpe.

—¿Por qué te acercas tanto?

 

Los ojos de Qi Zhen estaban oscuros, insondables, pero mezclados con una ternura que parecía a la vez tentación y provocación. Su voz, ligeramente ronca y contenida, sonaba peligrosamente seductora.

—Cada vez que te veo dormir, tengo pensamientos que no son muy apropiados.

 

Lin Yan: “…”

 

Qi Zhen hizo una pausa, como si las palabras le costaran.

—Y ahora también me cuesta un poco contenerme…

 

«¿Contenerse?»

 

«¡¿Contenerse de “qué”?!»

 

Cada nervio de Lin Yan se tensó como una cuerda, vibrando con cada palabra de Qi Zhen. Intentó aparentar dureza, pero por dentro estaba temblando.

 

—¡Ya te dije que estos libros no se pueden leer! ¡Si no los leyeras, tú, tan decente como eres, no estarías aquí, a plena luz del día, en un carruaje en movimiento, comportándote como un libertino!

 

La expresión de Qi Zhen se congeló.

—Solo quería darte un beso.

 

Lin Yan: “…”

«¡Maldita sea!»

 

«¿Eso era lo que él llamaba “pensamientos no muy apropiados”?»

 

Lin Yan lo fulminó con la mirada unos segundos, hasta que lo entendió.

 

Al fin y al cabo, Qi Zhen era un hombre de otra época. Cuando se mostraba cariñoso, siempre era en sus aposentos, con los sirvientes retirados, sin permitir que nadie los viera. Fuera por pudor o por posesividad, Qi Zhen no quería que otros presenciaran nada.

 

Lin Yan se convenció de esa explicación… pero enseguida algo no le cuadró.

—Entonces, ¿eso que dijiste de los pensamientos inapropiados cuando duermo… también era solo querer besarme?

 

—Sí… Aunque no del todo.

 

Qi Zhen explicó:

—Lo que considero inapropiado no es el deseo en sí, sino el momento, el lugar. Besarte a escondidas o hacerte cualquier cosa a escondidas… tampoco me parece bien.

 

Era la educación que había recibido.

 

El carruaje avanzaba despacio.

 

Aunque la vía oficial era llana, al fin y al cabo, estaba tirado por caballos, y se mecía ligeramente. Con cada vaivén, la cortina dejaba entrar la luz del atardecer, que caía sobre el rostro ligeramente sonrojado de Lin Yan, dándole un brillo suave, casi como una capa de esmalte.

 

—Lin Yan…

 

—¡¿Qué?!

 

—Te pusiste rojo.

 

Lin Yan se quedó sin voz.

 

Qi Zhen extendió la mano y la apoyó en su pecho. No era una caricia provocadora, sino un gesto serio, como si estuviera comprobando algo.

—El corazón también te late muy rápido.

 

A Lin Yan le dieron ganas de soltar una grosería.

 

«Si quiere besar, que bese. ¿Para qué tanta ambigüedad que le deja a uno la cabeza hecha un desastre?»

 

Qi Zhen llevó la otra mano a su propio pecho.

—El mío también va rápido.

 

Lin Yan cerró los ojos.

«¡Maldita sea!»

 

¡Quería golpearlo!

 

Al segundo siguiente, un beso impaciente cayó sobre sus labios, cargado de una fuerza que no admitía rechazo y de una agresividad que daba un poco de miedo. Lin Yan quedó aturdido, mareado por el beso, y cuando lo soltaron, tuvo que apoyarse en la pared del carruaje para recuperar el aliento.

 

Lo fulminó con la mirada.

 

«¿No que “no era apropiado”?»

 

«¿Y aun así se lanza sin decir palabra?»

 

Qi Zhen pareció leerle el pensamiento y sonrió.

—Creí que cerrabas los ojos para que te besara.

 

—…Bien que imaginas cosas.

 

—Xudong me lo dijo.

 

«¡Zhou Xudong! ¿No podía enseñarle algo mejor?»

 

***

 

El carruaje acababa de cruzar la puerta del palacio cuando un eunuco se acercó al costado y llamó en voz baja al príncipe.

 

Un momento después, alguien respondió desde dentro, con la voz algo ronca:

—¿Qué ocurre?

 

—Ha llegado un mensaje del interior del palacio.

 

El eunuco presentó un papel con ambas manos.

 

Qi Zhen sacó la mano por la ventana, tomó la nota y, antes de incorporarse, inclinó la cabeza para dar un beso más al hombre en su regazo. Luego se sentó derecho y leyó.

 

En la nota decía que el Príncipe Heng había enviado a sus guardias personales, trayendo un gran carruaje al palacio, afirmando que dentro había un regalo para Su Majestad.

 

Como los escoltas eran soldados del ejército, hombres curtidos en la guerra, nadie en palacio se atrevió a enfrentarlos. Ya habían rodeado el carruaje y esperaban instrucciones de Qi Zhen.

 

El rostro de Qi Zhen se volvió frío.

 

A ese hombre le habían dado un poco de poder militar y ya se creía invencible. Una y otra vez, siempre apuntando a Lin Yan.

 

Qi Zhen estrujó el papel en la mano.

—El Príncipe Heng te ha enviado un regalo.

 

—¿A mí? ¿Qué cosa? —Lin Yan estaba sorprendido.

 

—No lo sé. Está metido en un carruaje, rodeado de guardias. No dejan acercarse ni revisar.

 

—¡Entonces seguro que es dinero o tesoros! Si no, ¿qué cosa necesita vigilancia? —Lin Yan se emocionó un poco, pero enseguida se calmó y miró a Qi Zhen—. ¿Puedo aceptarlo?

 

—¿Me lo preguntas a mí?

 

Lin Yan lo miró fijamente. La sorpresa en el rostro de Qi Zhen no era fingida.

 

—Si él me envía un regalo así porque sí, seguro que quiere usarme como punto de entrada para perjudicarte. Por eso te pregunto. Si lo acepto sin pensar, temo causarte problemas.

 

El corazón de Qi Zhen se calentó. Si no fuera porque ya estaban dentro del palacio, lo habría abrazado y besado otra vez.

—Acéptalo. Solo serán oro y plata. Acéptalo y alégrate. En cuanto al Príncipe Heng… si hace falta, yo se lo compenso.

 

—¿Compensar qué? ¿Por qué vas a compensarle lo que él me regala? ¿Vas a andar ofreciéndole plata a la gente? ¿Eres tonto?

 

Qi Zhen no pudo contener la risa.

—Ahora sí que pareces la señora de la casa.

 

—¡Si no sabes hablar, no hables!

 

Qi Zhen siguió riéndose.

 

El carruaje avanzó dentro del palacio.

 

Qi Zhen bajó primero. No se fue de inmediato: se volvió y le ofreció la mano a Lin Yan. Pero Lin Yan, aún molesto por lo de “señora de la casa”, no quería tomarla. Qi Zhen simplemente lo agarró.

—¿Y si con ese genio te caes? —Lo ayudó a bajar— Vamos a ver qué cosa buena te ha mandado ese viejo.

 

Lin Yan no quería seguir forcejeando, así que se dejó llevar. Pero Qi Zhen no soltó su mano, y así lo condujo hasta el enorme carruaje que había enviado el Príncipe Heng.

 

Era realmente un “gran” carruaje.

 

Los ojos de Lin Yan brillaron.

 

Qi Zhen soltó una risa y ordenó:

—Abran y revisen.

 

El jefe de los guardias obedeció al instante. Dio instrucciones a los hombres que vigilaban alrededor y comenzaron a descargar. Pero al levantar la cortina del carruaje, lo que apareció dentro no eran joyas ni oro ni plata…

 

Sino “un carruaje lleno de hombres”.

 


Comentarios