Capítulo
52: ¡Un hombre debe luchar!
Qi
Zhen estaba de excelente humor.
Llevó
a Lin Yan fuera del Barrio Sur y se dirigieron a la librería más grande de la
capital. Lin Yan podía escoger cualquier libro que quisiera. Cuando terminara
allí, Qi Zhen lo llevaría a elegir más en la residencia.
Lin
Yan no quería leer textos demasiado académicos. Intercambió una mirada con el
dueño. El dueño lo entendió al instante.
Los
dos hombres se sonrieron.
El
dueño lo invitó a pasar al gabinete interior.
Los
libros del gabinete eran… maravillosos.
Las
obras teatrales y los cuentarios eran lo más común; también había libros
prohibidos y álbumes ilustrados bastante atrevidos.
Lin
Yan hojeaba con entusiasmo cuando escuchó un ansioso y apurado:
—¡Qingqing!
Se
acercó a la puerta y levantó la cortina.
—¿Qué
pasó?
Qi
Zhen se volvió. El pánico y la urgencia en su rostro se disiparon un poco al
verlo. Caminó rápido hacia él, lo abrazó con fuerza y lo apretó contra su
pecho, como si así pudiera disipar el miedo que sintió al girarse y no verlo.
El
dueño de la librería tenía una expresión… compleja.
Qi
Zhen lo soltó, pero le tomó la mano.
—¿Por
qué caminas tan rápido?
Lin
Yan vio su falsa calma, la ansiedad reprimida y sintió un poco de
remordimiento.
La
situación política en la capital era caótica.
Y
él había seguido al dueño a otra habitación sin avisar. Demasiado descuidado.
—Perdón.
La próxima vez te aviso.
El
dueño de la librería los observó con interés, pensativo.
—No
importa —dijo Qi Zhen—. ¿Qué libro te gustó?
Lin
Yan escondió el libro detrás de la espalda y sonrió torpemente.
—Nada
importante.
El
dueño intervino enseguida:
—Por
aquí, señores, por aquí. Tengo unos cuentarios excelentes.
Los
llevó directamente a una estantería.
Qi
Zhen tomó uno al azar.
“Longyang” [1]
Luego
otro decía:
“Lo
que no puede dejar de contarse entre el príncipe heredero y su consorte”
Qi
Zhen: ¿…?
Con
una mano sostenía a Lin Yan, así que no podía hojearlos bien. Le pasó los
libros.
—Míralos
tú.
Lin
Yan echó un vistazo, sintió que se le iba el alma del cuerpo, y fingió calma.
—Me
estás sujetando. No puedo verlo…
Qi
Zhen lo soltó.
Lin
Yan: “…”
Tomó
el libro, rezó para que no fuera lo que imaginaba, respiró hondo…
Lo
abrió.
Miró
una página y lo cerró.
Qi
Zhen lo miraba con diversión.
—¿Qué
pasó?
—Nada.
Este libro no es muy bueno —respondió Lin Yan.
—Hay
más.
Qi
Zhen tomó otro y leyó los títulos en voz alta:
“La
consorte encantadora que incendió el corazón del príncipe”
“En
la noche de bodas, el príncipe la arrinconó contra la pared”
“Esta
consorte no sabe obedecer…”
Qi
Zhen no pudo contener la risa. Abrió uno al azar. Tras dos páginas, las puntas
de sus orejas estaban rojas, aunque su voz seguía tranquila.
—No
imaginé que existieran cosas tan… curiosas.
«¡Curiosas
tu abuela!» Lin Yan
quería irse inmediatamente.
Pero
recordando la reacción de Qi Zhen hace un momento, ¿cómo iba a dejarlo
plantado?
El
dueño, encantado, explicó:
—En
nuestro Gran Qi la moral es abierta, pero los matrimonios entre hombres siguen
siendo pocos. El anterior Príncipe Heredero fue el primero. Muchos vieron a su
consorte: muy hermoso, muy elegante. Nada que envidiarles a ustedes dos.
Qi
Zhen asintió.
—Era
muy hermoso.
El
dueño se emocionó aún más.
—Como
ambos eran tan guapos, la gente adoraba sus historias. Aunque todo es
inventado, se vende muy bien. ¡Toda esta estantería es sobre ellos!
Qi
Zhen asintió apenas, con un porte sereno y frío. Tomaba los libros sin la menor
vacilación, como si no fueran textos prohibidos e indecorosos, sino clásicos de
los sabios.
Lin
Yan abrió mucho los ojos.
«¡¿Una
estantería entera?!»
—¿Quién
escribió todo esto? ¿No duerme? ¿No trabaja? ¿No come? ¿La vida le va demasiado
bien? ¿Está tan desocupado? ¿Y se atreve a inventar cosas sobre el príncipe
heredero y su consorte? ¿No le da vergüenza? —Lin Yan estaba indignado.
El
dueño de la librería abrió la boca, sin saber cómo responder.
A
un lado, Qi Zhen ladeó un poco el rostro; sus hombros temblaron apenas,
conteniendo la risa.
El
dueño, respondió tembloroso:
—Quizá…
quizá quieran ver otros. También hay de otras personas, incluso personajes
inventados.
—¿Quiénes
más?
—Muchos.
El príncipe Heng y el difunto Emperador… el ministro Zhou y un forense… pero
casi nadie los lee. Últimamente, los del actual Príncipe Regente y su consorte
sí se venden bastante. ¿Quieren ver?
Lin
Yan no alcanzó a decir nada. Qi Zhen frunció el ceño.
—¿El
regente y su consorte?
—Sí,
se casaron hace poco, así que varios han empezado a escribir sobre ellos.
La
voz de Qi Zhen se volvió fría.
—¿Dónde
están?
El
dueño corrió a buscar los libros.
—Aquí.
Acaban de salir, solo hay dos. Pero, según yo… esto va a aumentar.
—¿Aumentar?
El
tono helado de Qi Zhen dejó al dueño paralizado. No entendía cómo había vuelto
a ofenderlo.
Qi
Zhen tomó uno y lo hojeó.
—Demasiado
florido, nada veraz, pura fantasía, frases incoherentes, lleno de errores… ¿y
aun así se atreven a venderlo? ¿La avaricia los volvió locos?
El
dueño sudaba a chorros.
En
toda la capital solo unos pocos escribían estas cosas. Y hacía un momento no
había criticado los del Príncipe Heredero y su difunta consorte… pero los del Príncipe
Regente y su nueva pareja los estaba destrozando.
Qi
Zhen leyó en voz baja:
—“El
regente dejó caer la espada por la nueva señora Song Ming que entró en su
mansión.” ¿El regente dejó caer la espada? —Arrojó el libro al suelo como
si fuera basura repugnante— ¡Disparates!
Con
su situación, ¿soltar la espada? ¿Para despedazarlo a golpes?
¿Y
por Song Ming?
Ya
era mucho que no hubiera decapitado al que intentó meterse en la cama de Lin
Yan.
La
fiereza de Qi Zhen se apaciguó poco a poco. Cuando volvió a mirar a Lin Yan, su
voz era más baja.
—¿Elegiste
ya?
Lin
Yan levantó sus libros.
—Elegí
estos.
—Bien.
Yo también.
Lin
Yan vio los libros que él llevaba y su rostro se contrajo.
Qi
Zhen salió del gabinete con sus elecciones. Apenas cruzó la puerta, un
sirviente tomó los libros de ambos y los llevó al carruaje. Otro fue a pagar.
Lin
Yan subió primero.
Qi
Zhen, de pie junto al carruaje, murmuró rápido y en voz baja:
—No
quiero ver en el mercado ningún cuentario que me empareje con gente extraña.
El
eunuco que lo acompañaba, discípulo de Xu Fuquan, entendió al instante. Se
irguió, respondió “Sí Mi Señor” y se marchó a cumplir la orden.
Qi
Zhen levantó la cortina y entró. Encontró a Lin Yan con una expresión
indescriptible.
—Antes
nunca mirabas estas cosas —dijo Lin Yan—. Cuando yo las leía, me las quitabas
todas. Eran mi único entretenimiento.
—Con
otros, por supuesto que no las leo. Pero si es sobre mí y mi consorte, ¿qué
tendría de malo?
Tenía
lógica. Lin Yan no pudo refutarlo, así que decidió ignorarlo. Pero Qi Zhen ni
siquiera esperó a volver al palacio: abrió el libro allí mismo, en el carruaje.
Lin
Yan quiso decir algo, pero temió incendiarse él mismo, así que se lo tragó.
Qi
Zhen sostuvo el libro.
—No
me mires así. Si quieres leer, podemos leer juntos.
Incluso
se lo acercó.
Lin
Yan, ya irritado y avergonzado, explotó.
—¡¿QUIÉN
QUIERE LEER ESO?!
Leer
su propio librito erótico…
Había
que estar mal de la cabeza.
Para
Qi Zhen, que estaba “arriba”, quizá tenía su gracia.
Pero
para él, que estaba “abajo”, ¿qué? ¿Ver cómo lo imaginaban siendo tratado de
mil maneras? ¿De todas las maneras?
Qi
Zhen, que antes estaba absorto en la lectura, ahora lo miró y entendió al
instante que estaba avergonzado.
Dejó
el libro y lo tranquilizó con suavidad.
—En
realidad, lo que escribieron no es muy bueno, no conocen los detalles, no saben
de nuestro carácter, lo inventaron todo. Sé que la persona inventada en el
libro no eres tú. En el libro, tú y yo estamos profundamente enamorados. Eso es
lo que veo, no otra cosa.
Lin
Yan lo entendió.
Qi
Zhen envidiaba que ellos dos estuvieran juntos en el libro, para compensar su
propia falta.
Lin
Yan no quería seguir ese hilo; si continuaba, acabaría cavándose otro hoyo. Así
que no dijo nada.
Qi
Zhen creyó que seguía molesto, o que no le creía, y decidió poner un ejemplo.
—Acabo
de ver un pasaje en el libro: En la noche de bodas, yo, codiciando tu
hermosura, te tumbo en la cama para consumar el matrimonio. Tú, que me has
admirado en secreto durante años, estás mitad avergonzado, mitad nervioso, y me
dices: “Príncipe heredero, sé gentil. Me da miedo que duela”.
Lin
Yan: “…”
Lin
Yan era como un señor mayor mirando el móvil en el metro.
Qi
Zhen añadió:
—Eso
no se parece nada a ti. Si fueras tú, deberías abrazarme del cuello y decir: “Príncipe
heredero, no me tenga compasión. Adelante, sin reservas”.
Lin
Yan quedó atónito, y luego furioso.
Tenía
un genio que estaba a punto de estallar.
¡Un
hombre debe luchar!
—¡¿Qué
tonterías estás diciendo?! ¡Dame ese libro!
Glosario:
Longyang: es una obra histórica de literatura homoerótica. De acuerdo con el libro, Long Yang era el amante favorito del rey Anxi de Wei. Un día, la pareja se encontraba pescando en un bote cuando Long Yang, luego de atrapar un pez, comienza a llorar. Presionado por el rey para contarle la razón de su llanto, Long Yang revela que teme que el rey sea tentado por otros hombres más hermosos y pierda interés en él, de la misma manera que Long Yang, a pesar de haber atrapado un pez, perdería el interés en este si atrapaba a otro más grande. Posteriormente el rey prohíbe mencionar a otras bellezas en su presencia bajo pena de muerte. Debido al favoritismo que el rey tenía hacia él, Long Yang recibió un título feudal y tierras. Su historia tuvo lugar en algún momento entre 276 y 243 a. C., y es el segundo relato de una relación homosexual en los registros históricos chinos, sucedido por la historia de Mizi Xia.

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