Mad For Love 18

 

Capítulo 18: El tonto no quiere ser curado.

 

La apuesta desesperada de Qi Zhen por engañarlo dio frutos esa misma noche.

 

Cuando el pequeño tonto intentaba alejarse, él lo recuperaba sin disimulo alguno.

 

Lo mimó para que tomara la medicina.

 

Lin Shouyan no quiso, dijo que era amarga.

 

—La buena medicina siempre es amarga —dijo Qi Zhen.

 

Le pidió que fuera bueno, que tomara un poco más.

 

El pequeño tonto rompió a llorar.

—¡Yanyan ya no quiere volverse listo!

 

Qi Zhen no pudo contener la risa. Le tomó el rostro con suavidad y lo miró a los ojos.

 

Lin Shouyan lo miró aturdido. En esos ojos oscuros, como si guardaran una tormenta, había una intención que parecía querer devorarlo incluso con la mirada.

 

Qi Zhen se inclinó sobre él, pero solo rozó sus labios con una ternura casi dolorosa.

—Como seas, estás bien.

 

Una ternura desbordada.

 

El corazón de Lin Shouyan dio un vuelco, como un ciervo desbocado.

 

«Qi Zhen…»

 

«¿¡Puedo llevármelo a casa o no!?»

 

***

 

El pequeño tonto “estaba enfermo”, de ánimo decaído.

 

—Si no te sientes bien, no te levantes a escondidas para verme practicar la espada —dijo Qi Zhen.

 

Lin Shouyan: “…”

«¿Desde cuándo lo sabía?»

 

—Descansa bien. Hoy aprende menos caracteres.

 

—Mn.

 

—Hoy llegará un grupo de nuevas sirvientas del palacio. Si alguna desconocida te habla, no le respondas.

 

—Está bien.

 

—Si te detienen… —Qi Zhen hizo una pausa, se acercó a la cama y le puso un jade en la palma—. Te permito lanzarles barro.

 

Lin Shouyan soltó una risa. Reconoció el jade: era el que había ganado aquella vez.

 

—Taizi-gege, ¿ya no lo quieres?

 

—Guárdalo por mí.

 

Qi Zhen le pellizcó la nariz. Ese gesto hizo que Lin Shouyan recordara la noche anterior: Qi Zhen también le había pellizcado la nariz, riéndose mientras le pedía que bajara la voz.

 

Le ardieron las mejillas.

 

Lin Shouyan retomó su personaje con solemnidad:

—¡Yanyan protegerá muy bien este jade!

 

La expresión de Qi Zhen se suavizó de forma inusual. Su mirada se volvió más profunda. Le acarició la mejilla blanca y, de pronto, preguntó:

—Yanyan, ¿eres real?

 

—¿Ah? Claro que soy.

 

«¿Te estás volviendo loco?»

 

Qi Zhen retiró la mano.

 

—Recuerdo que tu nombre de cortesía es… Mingyou, ¿no?

 

—Mn.

 

—Ya veo. —Qi Zhen hizo una pausa—. El médico dijo que tu carta natal choca con la de Hai Tang. No debes tratar con ella.

 

Lin Shouyan: ¿…?

 

Eso era superstición feudal.

 

—Pero…

 

El rostro de Qi Zhen se ensombreció.

—No hay peros. Descansa.

 

No le dio tiempo a replicar antes de salir.

 

Lin Shouyan no podía levantarse.

 

Cuando Hai Tang llegó con unos pastelitos que había preparado, él estaba medio dormido. Creyó oír la voz de Qi Zhen, pero no con claridad.

 

Qi Zhen empujó la puerta y entró.

 

La habitación estaba bien calentada con braseros. El rostro del pequeño tonto estaba sonrosado, las mejillas blanditas, tibias al tacto. Solo verlo era agradable.

 

Aunque se movió con cuidado, Lin Shouyan despertó.

—¿Taizi-gege?

 

La voz era suave y débil, como una pluma rozando el corazón de Qi Zhen, haciéndole cosquillas, calentándole la sangre y volviéndole la respiración un poco más pesada. Pero, aun así, no quiso perturbar su sueño.

 

Qi Zhen retiró la mano a regañadientes.

—Duerme. Solo vine a verte.

 

—Hace un momento me pareció oír la voz de Hai Tang.

 

La mirada de Qi Zhen se congeló un poco, aunque su tono no cambió.

—¿Aún estás dormido, y en tus sueños solo aparecen otros?

 

«Ah… era un sueño…»

 

Lin Shouyan cerró los ojos, aturdido. De pronto, sintió un frío a su lado: un brazo lo rodeó por la cintura.

 

Despertó sobresaltado.

 

—Taizi-gege, ¿qué vas a hacer?

 

—Recordé que el médico dijo que había que tratarte tres veces al día.

 

Lin Shouyan: ¿…?

 

Se apartó enseguida.

—No quiero. ¡Yanyan no quiere más tratamiento! ¡La medicina es muy amarga!

 

—Eso no puede ser. Si abandonas a medias, quedarás más tonto que antes. Para entonces serás un pequeño pordiosero, todos te golpearán en la calle y solo podrás comer sobras de los cerdos.

 

Lin Shouyan: “…”

 

—¿Tienes miedo?

 

Lin Shouyan estaba incrédulo.

«¿Este hombre realmente no tiene conciencia?»

 

Pero, limitado por su personaje de tonto, no podía decir lo que pensaba. Solo pudo sollozar y decir que sí, que tenía miedo.

 

Qi Zhen contuvo la risa, le dio la medicina y, solo entonces, se arregló para ir a discutir asuntos con los funcionarios.

 

Esa misma tarde, Hai Tang fue enviada a administrar una gran hacienda bajo el mando de Qi Zhen.

 

Era un buen puesto, un ascenso.

 

Pero también la mantenía bien lejos del pequeño tonto.

 

****

 

Las nuevas sirvientas del Palacio del Este fueron asignadas por Xu Fuquan a tareas externas, sin importancia. Lin Shouyan las vio una vez cuando Qi Zhen lo llevaba a pasear por el corredor.

 

Todas eran jovencitas delicadas.

 

Tímidas, pero muy curiosas.

 

Cuando veían a Qi Zhen, se les ponía la cara roja. Le echaban una mirada fugaz, bajaban la cabeza, y luego, incapaces de resistir, volvían a mirar.

 

Lin Shouyan frunció el ceño.

«¡También soy muy guapo, caray!»

 

Se movió hacia un lado para tapar a Qi Zhen, procurando no parecer demasiado “listo”.

 

Al fin, las muchachas también lo miraron a él, tímidas y sonrojadas.

 

Cuando se fueron, Qi Zhen dijo:

—No hace falta que hagas eso. No me gustarán.

 

Lin Shouyan se quedó helado.

 

Qi Zhen añadió:

—En el Monte Qian ya eras así. Te vuelves listo, pero eso no lo cambias.

 

—…Yo…

«Maldita sea, es imposible explicarlo.»

 

—Eres más pequeño que yo, tampoco puedes taparme.

 

Lin Shouyan: “…”

«Pues que malinterprete lo que quiera.»

 

«Pero ¿Hay que decir que soy más flaco y pequeño?»

 

«Eso fue totalmente innecesario.»

 

Qi Zhen dijo:

—¿Cómo puede Mingyou ser tan tonto? Está claro que aún no te has recuperado.

 

Lin Shouyan: ¿…?

 

Lin Shouyan: ¡¡…!!

 

—No es…

 

Qi Zhen le tomó la mano y lo atrajo un paso más cerca. Con la otra mano rodeó su cintura. El gesto parecía suave, pero la fuerza no admitía resistencia.

—La enfermedad cae como una montaña, pero se va como un hilo. Aún es pronto.

 

La voz baja y profunda le rozaba el oído, y su aliento cálido le golpeaba la mejilla.

 

Lin Shouyan le empujó el pecho con ambas manos, intentando poner distancia.

—Taizi-gege, ¿no tienes grandes asuntos que atender?

 

—Acabo de encargarme de uno. Los demás están muy obedientes. Y ahora es fin de año… ¿crees que “encargarme de ellos” es como cortar nabos?

 

—Yo solo creo que taizi-gege es muy capaz, y que arreglarlos le resulta fácil.

 

Qi Zhen sonrió apenas.

—Ahora no hay nada urgente. Lo importante es tratarte.

 

«Pues muchas gracias, de verdad.» Lin Shouyan estaba al borde del colapso.

 

Se miraron. Entre ambos parecía flotar un tenue aroma a flores de ciruelo.

 

Los ojos de Qi Zhen se oscurecieron. Extendió la mano y con la yema del dedo acarició la comisura del ojo de Lin Shouyan, con voz ronca:

—Los ojos de Mingyou… ¿siempre están así de húmedos?

 

Como si hubiera una bruma acuosa, evocando sin esfuerzo la tierra de Jiangnan.

 

El corazón de Lin Shouyan tembló.

 

Ese comentario… era indescriptiblemente ambiguo.

 

Tan ambiguo que le ardieron las mejillas.

 

El dedo que rozaba su ojo descendió lentamente, delineando su rostro, hasta detenerse en su labio inferior. La nuez de Adán de Qi Zhen se movió, y su voz ronca salió casi en un susurro.

—Mingyou, abre la boca.


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