Capítulo
24. Salvación. Colapso y un nuevo comienzo.
Wen Chan parecía
haber perdido la audición. Ajeno al viento que pasaba y al polvo que se
arremolinaba. Sus ojos solo reflejaban la figura roja ante él, incapaz de ver
nada más.
El mandato del
cielo es impredecible. Las personas atadas por el destino siempre se encuentran.
De la nada, uno
tras otro, aparecieron personas en la isla Wuyue que ni siquiera deberían haber
estado allí.
Zhong Wenjin,
Liang Yanbei y Xie Zhaoxue, quienes sin duda estarían juntos, todas esas
personas habían cambiado de su trayectoria original y se apresuraban en una
dirección que Wen Chan no conocía.
«¿Podría ser
que, debido a mi renacimiento, hubo cambios en la vida de otros?»
«Si este es el
caso, ¿es posible que lleguen al mismo final, pero de formas diferentes?»
Liang Yanbei
inmovilizó a Er-Pi en el suelo, que no dejó de llorar.
—¡HERMANO MAYOR, AYÚDAME!
Liang Yanbei
estaba cansado de ese ruido y con un rápido giro de su espada, la hoja atravesó
la garganta de Er-Pi. La sangre brotaba como un arroyo y manchaba el suelo.
Er-Pi guardó
silencio.
Liang Yanbei se
apartó del cadáver con indiferencia en el rostro y agitó la hoja con un leve
movimiento de la mano, apartando las gotas de sangre.
—¡Cometes un asesinato a plena luz del día!
¡Qué descaro! —El líder de los ladrones, al ver el aura
amenazante del recién llegado, sintió un creciente deseo de retirarse.
El puñetazo en el
pecho que acababa de recibir ya le había hecho vomitar sangre varias veces; era
evidente que no iba a aguantar mucho más. Y ahora, alguien había invadido su
territorio. Que sus hombres en la fortaleza pudieran capturarlo era otra cuestión,
pero si recibía otro golpe, moriría en el acto. No podía arriesgarse.
Tras pensarlo
bien, forzó una sonrisa.
—¿El hermano pequeño quiere hablar de algo? ¿Puedo
saber por qué has venido: por dinero o por una persona?
Si era por dinero,
lo daría; si era por una persona, la liberaría. Si fuera por este noble Noveno Príncipe,
¡Sería maravilloso! Aunque nadie hubiera venido a rescatar a esa patata
caliente, aun así, habría atado al hombre a su caballo y lo habría enviado lo
más lejos posible.
Liang Yanbei miró
a Wen Chan y dijo sin dudar.
—La persona que está a tu lado. Déjalo ir… que
vengan aquí.
Al ver que estaban
dispuestos a negociar con él, el líder de los ladrones de montaña se alegró en
secreto:
—Serán liberados, pero tú y yo, como
personas dignas, debemos llegar a un pacto de caballeros. En cuanto los deje
ir, tú, hermanito, te irás inmediatamente y no harás daño a la gente de mi fortaleza.
—¿Un pacto de caballeros? —Liang
Yanbei miró su atuendo de ladrón y riéndose para sí mismo por las palabras que
acababa de escuchar. Entrecerró los ojos de una manera aparentemente inofensiva—
De acuerdo, mientras lo liberes, prometo no hacer daño a nadie de tu fortaleza.
—Joven Maestro Liang, esta gente son unos
completos sinvergüenzas, no puedes llegar a acuerdos con ellos —soltó
A-Fu sin pensarlo, temiendo que Liang Yanbei realmente cayera en la trampa. El
líder de los ladrones de montaña le fulminó con una mirada enfadada.
Con la promesa
hecha por Liang Yanbei, el líder no se molestó en discutir con A-Fu. Devolvió
el colgante de jade a Wen Chan e hizo que la gente le despejara el paso.
Al ver que no
había obstáculos delante de él y de Liang Yanbei, Wen Chan guardó el colgante
de jade, se ajustó la túnica y avanzó con notable seriedad. Sus movimientos
eran muy suaves y tranquilos, salvo que las puntas de sus blancas orejas estaban
teñidas de rojo.
Liang Yanbei lo
observaba fijamente, esperando a que se pasara. Wen Chan respiró profundo para
mantener la compostura.
Qinqi y Shuhua rodearon
a Wen Chan, siguiendo sus pasos pausados mientras se alejaba del grupo de
ladrones de montaña.
Wen Chan se acercó
a Liang Yanbei, tragó saliva con dificultad y preguntó:
—¿Qué haces aquí?
—Noveno Príncipe…
Antes de que
pudiera terminar de hablar, Wen Chan le interrumpió en voz baja:
—Estamos en tierras extranjeras, no me
llames así aquí…
—Oh… —Liang Yanbei le miró con complicidad y, con
una sonrisa, alzó la voz—
Joven maestro Wen, ¿nos vamos
primero y luego hablamos en detalle?
Los labios de Wen
Chan se movieron, aparentemente reticente y parecía bastante impotente.
—Prometí que encontraría a una persona y me
iría inmediatamente.
De hecho, Wen Chan
quería pedir llevarse a Zhong Wenjin con él. Abrió la boca y estaba a punto de
explicarse, pero de repente aparecieron varias personas con paso ligero. Todos
vestían túnicas rojas y negras con mangas atadas. Entre ellos, destacaba una
persona con ropa amarilla y blanca.
Vestía de forma
diferente a Liang Yanbei: en la parte superior de la cabeza, llevaba una corona
de jade blanco con una gema roja. Bajo una capa amarilla de gasa, llevaba una
túnica blanca de mangas anchas. Al observar más de cerca, se podía ver cómo la
tela de la capa brillaba al sol con un color dorado. Con cada paso de las botas
de punta dorada, se revelaban las cuentas de oro que colgaban de ellas,
exudando un aire de riqueza y esplendor.
Se sacudió la ropa
y, haciendo pucheros, se acercó.
—¡Liang Yanbei! ¡Se están pasando de la raya!
Me utilizan y luego me desechan, desapareciendo en un abrir y cerrar de ojos.
De repente, al ver
a Wen Chan junto a Liang Yanbei y mirarle con ojos curiosos, se quedó
sorprendido.
—¿Qué hace aquí?
Wen Chan se
sorprendió.
—¿Nos hemos visto en algún sitio?
—¡No! —El hombre respondió sorprendentemente
rápido, disimulando su sorpresa. Pero Wen Chan, por supuesto, no le creyó.
Al encontrarse con
la mirada sospechosa de Wen Chan, el hombre sacó un abanico del cinturón y lo
abrió, ocultando la mitad de su rostro. Tosió y fingió estar muy disgustado.
—¡Tsk! ¿Esta es toda la gente de esta
fortaleza? ¡He traído a tanta gente!
Wen Chan notó cómo
ese hombre presumía de su riqueza. Incluso tenía un abanico decorado con
patrones plateados. Siendo un miembro de la familia imperial, ni siquiera su propio
abanico era completamente de plata.
Cuando el líder de
los ladrones vio que había llegado gente nueva, e incluso en número
considerable, entró inmediatamente en pánico:
—Hermanito…
—Lo sé, recuerdo el pacto de caballeros —dijo Liang Yanbei arqueando una ceja— No te
preocupes, me iré pronto.
Lanzó la espada de
su mano derecha a la izquierda y la apuntó hacia atrás, luego agarró el brazo de
Wen Chan y gruñó hacia el ladrón:
—Antes de que mueras, te dejaré ser un
caballero por esta vez.
—¡Oye! ¡¿a dónde vas?! —gritó
el joven maestro que brillaba como oro.
Liang Yanbei giró
la cabeza hacia él y sonrió deslumbrante.
—Dan Ke, ¿no querías convertirte en héroe?
Aquí tienes una oportunidad favorable para ti.
—¿Qué hacemos con esta gente? —preguntó
Dan Ke, cerrando su abanico y señalando al grupo de ladrones.
—Hagan con ellos lo que quieran —dijo
Liang Yanbei, añadiendo un silbido displicente— Adelante.
Mientras se
llevaban a Wen Chan, el líder de los ladrones gritaba histéricamente, pero una
pregunta le preocupaba: ¿Dónde había escuchado antes el nombre de Dan Ke?
Liang Yanbei no se
molestó en retirar su mano durante mucho tiempo y lo soltó en cuanto bajaron de
la colina. Sin embargo, no esperaba que Wen Chan bajara la velocidad y se
detuviera.
Miró de nuevo a
Wen Chan, que estaba pensando intensamente en algo, y notó una profunda
reflexión en sus hermosos y brillantes ojos. Luego dio unos pasos hacia él:
—Joven maestro Wen, ¿está preocupado por
algo?
Al oír su voz, Wen
Chan recobró el sentido, levantó la cabeza y le miró fijamente.
—¿Me viste en la ciudad Feng?
Recordaba que el
joven maestro bajo que le había hablado aquella noche en la ciudad Feng se
llamaba Dan Ke, pero era completamente diferente del maestro de la rica familia
que Wen Chan acababa de conocer. Incluso en altura.
Con él estaban
entonces dos hombres que susurraban y miraban a Wen Chan. Si desarrollamos el
pensamiento en esta dirección, podemos concluir que estos dos hombres podrían
ser Liang Yanbei y Xie Zhaoxue, que habían cambiado de apariencia.
Liang Yanbei se
sorprendió un momento, pero admitió abiertamente:
—Sí. Solo que no nos reconociste.
«Tonterías. ¿No sabría si simplemente te
cambiaras de ropa? Está claro que algo va mal aquí.» Wen Chan preguntó con sospecha:
—Entonces, ¿por qué no me saludaste?
—¿No te asustaría? —dijo
Liang Yanbei con indiferencia. Luego, como si recordara algo, su tono cambió de
repente, tornándose algo resentido—
¡Oh! no sé… pero cada vez que
me ves, huyes. Siempre pareces odiarme. No tengo el valor de acercarme…
Wen Chan sabía que
era culpa suya, así que no respondió.
Inesperadamente,
al ver su reacción, Liang Yanbei se envalentonó aún más y bromeó:
—Bueno, envié un pájaro y todavía no he
recibido gratitud… Casi he olvidado a quién se lo regalé…
Wen Chan ya no
podía soportarlo más y dio el primer paso:
—Eso es, vamos, vamos.
Liang Yanbei le
siguió con una sonrisa traviesa. Tras dar unos pasos, vieron a dos personas
acercándose a ellos. Uno llevaba ropa tan blanca como la nieve, elegante e
inmaculado. El otro estaba manchado de barro y sangre de pies a cabeza, solo
sus ojos eran blancos sobre el fondo. El contraste entre ambos era enorme.
El que llevaba la
túnica blanca era Xie Zhaoxue, que acababa de rescatar a Zhong Wenjin. Su
espada salpicó con la sangre que ahora goteaba al suelo, el único punto
brillante en el fondo de su ropa.
Zhong Wenjin, que
caminaba a su lado, parecía estar trasteando en el barro. Más de la mitad de su
cuerpo estaba manchado de sangre, como si hubiese librado una feroz batalla.
Caminaba con una expresión de suficiencia, las manos a la espalda, y sonreía
con una sonrisa blanca como la nieve. Ni siquiera le importaba estar manchado
de barro.
Acercándose, Xie
Zhaoxue se detuvo y miró a Wen Chan sorprendido.
—Su Alteza Noveno Príncipe efectivamente está
aquí.
—¿Qué quieres decir? ¿Crees que te mentiría?
—Zhong Wenjin se indignó y tras ser
fulminado con la mirada por Xie Zhaoxue, resopló furioso.
—¿Ha resultado herido Su Alteza? —preguntó
Xie Zhaoxue a Liang Yanbei.
—No, vámonos primero, acabemos con ellos
rápido —Liang Yanbei negó con la cabeza y miró a
Zhong Wenjin con desdén— Hay gente con que debemos lidiar.
De hecho, no solo Liang
Yanbei sentía antipatía por Zhong Wenjin; incluso el bondadoso Wen Chan se
sintió bastante molesto y se alejó un poco de él hasta la entrada del pueblo.
En la entrada, los
caballos de los ladrones estaban atados. A estos se añadió un carruaje rojo con
techo a punta, con esquinas dobladas y borlas doradas colgantes. En ambos lados
del vagón había contraventanas integradas de múltiples hojas, y bajo las
ventanas había impresionantes caracteres de “Dan”, que indicaban el apellido
del propietario.
Qinqi condujo el
caballo hasta Wen Chan, y A-Fu corrió, cayó al suelo [1] y dijo:
—Mi Señor, súbase a mí para montar el caballo.
Wen Chan,
indefenso, se acercó para montar el caballo, cuando de repente una mano lo
agarró. Giró la cabeza y vio a Liang Yanbei.
Sin esperar la
respuesta de Wen Chan, Liang Yanbei señaló el lujoso carruaje.
—Su Alteza, suba al carruaje y deje que sus
guardaespaldas se sienten en el asiento del cochero.
Wen Chan miró el
carruaje.
—No es apropiado viajar en el carruaje de
otra persona sin permiso…
—Dadas los nobles orígenes de Su Alteza, Dan
Ke debe montar a caballo. Deja el caballo en sus manos —Liang
Yanbei sonrió cálidamente, como si se estuviera bromeando. Sujetando la mano de
Wen Chan, le llevó unos pasos atrás y se volvió hacia Qinqi y Shuhua y dijo— Ustedes dos conduzcan el carruaje.
Qinqi y A-Fu
también compartían la opinión de Liang Yanbei: Wen Chan, con su salud frágil,
estaría mejor viajando en carruaje. Así que corrieron felices para desatar el
caballo, dejando a Shuhua esperando las instrucciones de Wen Chan.
—Yo también quiero viajar en el carruaje —se
coló Zhong Wenjin con descaro tras escuchar su conversación— He estado cansado hasta morir estos últimos días, y no puedo
ir a caballo en absoluto.
Liang Yanbei, que
estaba desatando su caballo, le lanzó una mirada y preguntó:
—¿Tiene el estatus noble de Su Alteza?
Zhong Wenjin se
atragantó.
—Por supuesto que no.
—¿Entonces qué derecho tienes para ir con Su
Alteza el Noveno Príncipe? —Condujo al caballo y, entregando la cuerda
a Zhong Wenjin, dijo con una sonrisa—
No te quedes atrás. Si te
pierdes, tu tío menor tendrá que tomarse la molestia de buscarte otra vez.
Glosario:
1.
Se
ofrece en lugar de reposapiés. En aquellos días, era una práctica común, al
igual que los portadores de palanquín.


Comentarios
Publicar un comentario
Deja tu opinión ❤️