La Orden Del General 122

 

Capítulo 122.

 

 

Yang Ruqin no volvió a oír noticias hasta el día siguiente. Poco después de que él se marchara, Xiao Ding había caído nuevamente en coma. Por fortuna, esta vez no permaneció inconsciente por mucho tiempo; ya entrada la noche volvió a despertar.

 

En ese momento, el veneno en el cuerpo de Xiao Ding ya había sido purgado. Que enfermara de nuevo solo demostraba que la intoxicación previa había durado demasiado, que su cuerpo había sufrido un desgaste extremo, y que aquel episodio en que el veneno le atacó el corazón había dejado en él daños difíciles de revertir.

 

Los médicos imperiales también señalaron que, durante el resto de su vida, Xiao Ding tendría que sostenerse con decocciones y tónicos. Su cuerpo estaba arruinado; solo cabía intentar salvar lo que aún pudiera salvarse. Lo mejor era que mantuviera la mente en calma, sin sobresaltos. En su estado, cualquier conmoción emocional le sería perjudicial, y no podía confiar en tener siempre la misma suerte de ser rescatado a tiempo.

 

Yang Ruqin advirtió que, desde entonces, Xiao Ding casi no volvía a mencionar a Chen Zeming, ni a la persona ni al nombre. Parecía haber olvidado de la noche a la mañana su antigua locura y su pérdida de control.

 

La armadura fue fundida y convertida en un Buda de hierro. Xiao Ding se la otorgó a Yang Ruqin, y Yang Ruqin, por supuesto, no podía hacer otra cosa que colocarla en casa y rendirle culto.

 

Sin embargo, cada vez que veía aquel rostro solemne del Buda, no podía evitar pensar que, en realidad, los objetos de la familia imperial solían ser venerados por los ministros, pero una armadura era un objeto de uso, distinto de una imagen sagrada. La explicación que dio la familia Chen era respetuosa y sin fallas, pero aun así dejaba entrever una cierta distancia.

 

Xiao Ding seguramente no había imaginado que Chen Zeming trataría así su buena voluntad; incluso era posible que aquella armadura de hierro refinado hubiese sido forjada especialmente para él. Entre esos dos siempre había existido una atmósfera en la que nadie más podía intervenir. No era complicidad, sino comprensión: un conocimiento mutuo de raíces y entrañas. Esa comprensión nacía quizá de las antiguas heridas que se habían infligido, y también de la larga atención que se habían prestado a lo largo de los años. Pero Chen Zeming, al final, rompió unilateralmente la idea que Xiao Ding tenía de él, alejándose por su propia mano.

 

La buena voluntad de Xiao Ding había sido rechazada —una buena voluntad que llegó tarde, pero que al fin había dado la vuelta—. Y justo en ese momento, Chen Zeming ya no estaba. Aquel rechazo quedó entonces sellado como un callejón sin salida, sin espacio para ningún cambio. Para alguien tan orgulloso y altivo como Xiao Ding, aquello era intolerable.

 

Poco después, Yang Ruqin recibió el mandato de supervisar la compilación de la historia nacional.

 

A lo largo de las dinastías de la Corte Imperial, siempre se habían establecido instituciones para la compilación de la historia, supervisadas por el canciller. Hubo un tiempo en que ciertos soberanos mantenían la costumbre de no leer la historia de su propio reinado; más tarde, esa práctica fue abandonada y ridiculizada como prueba de que los “Registros Verídicos” no eran tan verídicos. En la corte existieron dos oficinas históricas: el Salón Chongwen, dedicada a la historia de la dinastía vigente, y la Secretaría Interior, encargada de redactar las historias de las dinastías anteriores. Pero ahora la Corte Imperial llevaba casi cien años de existencia; la historia de la era previa ya estaba concluida, y solo quedaba el Salón Chongwen.

 

Chen Zeming, como alto ministro que había servido tanto a Xiao Ding como a Xiao Jin, no podía escapar a que la historia oficial incluyera su biografía. Sin embargo, cada vez que Yang Ruqin presentaba el borrador a Xiao Ding, este lo devolvía una y otra vez.

 

Xiao Ding no explicaba qué estaba mal; simplemente ordenaba a Yang Ruqin que enviara a sus hombres a revisarlo de nuevo. Tras tantas idas y venidas, los historiadores comprendieron que no era que hubiera errores, sino que la escritura fiel a los hechos no coincidía con el ánimo del soberano. Pero cómo debía quedar la versión definitiva, nadie lo sabía; solo podían seguir puliéndola una y otra vez.

 

Por supuesto, la historia nacional omitía el episodio en que Xiao Ding incendió el harén. El Emperador seguía en el trono; ¿quién tendría el valor de consignar semejante hecho con absoluta franqueza? Además, el interés popular por aquella leyenda se había desvanecido; no había razón para reabrir viejas heridas y provocar nuevas turbulencias.

 

Pero al eliminar las causas y el contexto, la biografía de Chen Zeming quedaba inevitablemente desfigurada: su rebelión inicial parecía surgir de la nada, como si hubiera traicionado al soberano que lo había favorecido y promovido, convirtiéndose en un ingrato y un traidor. Y si así se escribía, su posterior regreso a la lealtad no podía librarse del tinte de la indecisión y del miedo a la muerte.

 

Un general célebre, invencible en el campo de batalla, terminaba retratado con una mancha difícil de soportar.

 

Quizá eso era lo que no satisfacía a Xiao Ding. Yang Ruqin lo veía con absoluta claridad. Pero la tarea era espinosa: la rebelión de Chen Zeming había sido un acontecimiento que alteró el curso de la historia; quienquiera que la escribiera no podía evitar mencionarla. Incluso si Yang Ruqin tomaba la pluma personalmente, el problema sería el mismo.

 

Finalmente, un día en que Xiao Ding volvió a rechazar el manuscrito, Yang Ruqin habló:

Su Majestad, la historia se escribe para que la lean las generaciones futuras. Los méritos y las faltas, naturalmente, serán juzgados por quienes vengan después.

 

Xiao Ding lo miró:

¿Acaso lo que está escrito aquí es el Rey de Pinglu? ¿Por qué a mis ojos no se parece en nada?

 

Yang Ruqin pensó que él tampoco sabía qué imagen de Chen Zeming guardaba Xiao Ding en su corazón, pero no podía decirlo así. Solo respondió:

Si un hombre reconoce sus errores y los enmienda, no hay virtud mayor. Si Vuestra Majestad pudo concederle al príncipe el carácter de firme, ¿por qué no aceptar que esta biografía consigne también la traición que cometió en el pasado?

 

Xiao Ding quedó atónito. Tras un largo silencio, murmuró en voz baja:

Yo le prometí… que preservaría para él el nombre de lealtad de tres generaciones

 

Yang Ruqin dijo:

—El general Chen entregó su vida por el país. ¿Acaso eso no lo convierte en un hombre leal y virtuoso? Si en el más allá pudiera ver que su biografía ha sido borrada hasta quedar irreconocible, me temo que no se alegraría; al contrario, sentiría vergüenza y dolor. Su arrepentimiento, al final, no fue aceptado por el mundo. Incluso habiendo pagado con su vida, su expiación sigue siendo algo que no puede mostrarse ante nadie.

 

Xiao Ding lo miró sorprendido. Después guardó silencio. En medio de ese mutismo, Yang Ruqin recogió el libro y se retiró.

 

Cuando la noticia se difundió, todos comentaron que Yang Ruqin tenía una lengua florida, y que solo él podía lograr que Xiao Ding cediera en su obstinación.

 

La biografía de Chen Zeming terminó escribiéndose tal como había sido su vida, y Xiao Ding no volvió a intervenir.

 

Aquel día, tras la audiencia matutina, Yang Ruqin tuvo un momento libre y pasó por el Archivo Histórico. Los historiadores comentaron que, por fortuna, él había dicho lo que dijo; de lo contrario, aún estarían revisando la vida del Rey de Pinglu. Yang Ruqin sonrió sin responder.

 

Compilar la historia era una labor continua y prolongada. En aquel momento, el sistema historiográfico de la Corte Imperial estaba ya muy maduro: la Oficina de Registro Diario, la Sala de los Anales Bimestrales, el Departamento de Genealogías Imperiales y otros lugares enviaban materiales sin cesar. Por eso, el contenido de los “Registros Verídicos” del Emperador se añadía y corregía constantemente. Hasta el día de la muerte de Xiao Ding, esos registros no estarían completos; y aun cuando se cerrara el ataúd y se dictara el juicio final, no necesariamente sería la versión definitiva. Lo mismo ocurría con las demás historias nacionales y compilaciones oficiales.

 

A lo largo de la historia, los episodios de reescritura eran innumerables. Aunque el incendio del harén provocado por Xiao Ding no entrara en los libros, ¿quién sabía qué pensarían los futuros Emperadores sobre ese fragmento de historia borrada? ¿Sería modificado una y otra vez? ¿Descubrirían algún día la verdad? Ni siquiera Yang Ruqin podía saberlo.

 

Lo único que él podía hacer era registrar todo con la mayor fidelidad posible, sentando las bases para que las generaciones futuras conocieran lo que realmente había ocurrido.

 

Al salir del palacio, el cielo ya estaba oscureciendo. A lo lejos se elevaban hilos de humo de las cocinas. Sentado en su palanquín, Yang Ruqin escuchaba el bullicio de las calles y, por una vez, sintió el pequeño placer de un instante robado a la vida. De pronto, su cuerpo se estremeció: el palanquín se había detenido. El acompañante a su lado gritó:

¡¿QUIÉN SE ATREVE A BLOQUEAR EL PASO?!

 

Yang Ruqin sintió un sobresalto y levantó la cortina del palanquín.

 

A ambos lados de la calle ya ardían las lámparas; entre aquellas luces vacilantes, una figura se mantenía de lado en medio del camino, bloqueando el paso por completo.

 

Apenas lo vio, Yang Ruqin estuvo a punto de gritar. «¿Dugu Hang? ¿Cómo podía ser él?»

 

Después de escoltar el féretro de Chen Zeming de regreso a la capital, Dugu Hang había pedido licencia y desaparecido sin dejar rastro. Un funcionario de la corte no solía ausentarse así sin aviso. Yang Ruqin también lo había hecho en su juventud, cuando era temerario e impulsivo; pero ahora, ya mayor, ver a otro hacerlo le provocaba una sensación de impropiedad difícil de ignorar.

 

Al ver que el palanquín se detenía, Dugu Hang se volvió de pronto y caminó hacia la gran litera de ocho cargadores. Los acompañantes gritaron para detenerlo, interponiéndose uno tras otro. Dugu Hang dijo:

—Apartaos.

 

Los sirvientes de la residencia del canciller, acostumbrados a la arrogancia que daba su rango, se indignaron al ver a un desconocido —sin uniforme, sin insignias— comportarse con tal desfachatez. Enfurecidos, se remangaron para darle una lección.

 

Pero la voz de Yang Ruqin los detuvo:

—Dejadlo pasar.

 

Los sirvientes se miraron entre sí y abrieron un camino.

 

Dugu Hang permaneció inmóvil un instante, luego avanzó lentamente.

 

Yang Ruqin salió del palanquín y se incorporó. Por fin quedaron frente a frente.

 

A esa hora, el cielo estaba ya oscuro. La gente común había vuelto a casa para cenar; los transeúntes eran pocos y, al ver el palanquín de un alto funcionario, se apartaban sin atreverse a intervenir.

 

Yang Ruqin preguntó en voz baja:

¿Por qué no regresaste a la frontera? ¿Dónde has estado?

 

Dugu Hang bajó ligeramente la mirada sin responder. Siempre había sido un hombre parco en palabras; incluso cuando habían estado juntos, no contestaba a cada pregunta. Al verlo así, Yang Ruqin sintió una familiaridad inexplicable, casi el impulso de despeinarle el cabello. Dugu Hang era mucho más joven que él; en el pasado, aunque Yang Ruqin no hubiera puesto demasiado sentimiento en aquella relación, siempre había adoptado una actitud de hermano mayor preocupado. Con el tiempo, se había vuelto costumbre.

 

Pensó que, en un lugar tan público, no debía hacerlo. Pero, aun así, extendió la mano y le rodeó el hombro.

 

No debería ser un gesto tan extraño, pensó. Sin embargo, un dolor agudo le atravesó el vientre. Instintivamente se aferró al hombro de Dugu Hang y bajó la mirada: una hoja de espada sobresalía por su abdomen; la otra mitad estaba hundida en su cuerpo.

 

La sangre cayó enseguida, goteando sobre la nieve a sus pies, formando pronto un charco rojo brillante.

 

Los presentes por fin notaron que algo iba mal. Gritos de alarma y maldiciones estallaron en un caos repentino.

 

Entre aquel murmullo brumoso, Yang Ruqin clavó la mirada en el rostro del otro. Dugu Hang alzó por fin los ojos. Su expresión era serena. Dijo en voz baja:

—Pensé en perdonarte pero Su Majestad ya había cedido, y aun así tú te empeñaste en no perdonar a mi señor.

 

Yang Ruqin quiso decir que no era así, pero la sangre le subió a la garganta, bloqueándole las palabras. Empezó a escupir sangre, empapando por completo el hombro de Dugu Hang.

 

Dugu Hang lo observó sin moverse, dejando que la sangre lo manchara de arriba abajo. Solo cuando alguien descargó un golpe de espada hacia la nuca de Dugu Hang, él retrocedió.

 

Yang Ruqin cayó al suelo. Desde allí, vio a Dugu Hang esquivar entre las sombras de las hojas, sus pies moviéndose con una rapidez y una gracia casi irreales.

 

Alguien lo sostuvo por detrás. Yang Ruqin señaló a Dugu Hang y murmuró:

—Dejadlo ir

 

El hombre que lo sostenía, sorprendido, le preguntó varias veces, pero solo obtuvo esa misma respuesta. Al fin comprendió que no era un desvarío, y empezó a gritar órdenes.

 

La multitud fue deteniéndose poco a poco. Dugu Hang quedó solo en medio de todos, mirando a Yang Ruqin, que no podía mantenerse en pie ni con ayuda. En aquellos ojos siempre fríos apareció, por primera vez, un rastro de dolor.

 

Yang Ruqin lo miró fijamente y dijo con firmeza:

Dejadlo ir.

 

El que lo sostenía era su asistente personal. Al oírlo, levantó la cabeza y gritó:

¡VETE! ¡EL SEÑOR DICE QUE TE MARCHES YA!

 

Pero los pies de Dugu Hang parecían haberse arraigado al suelo; no se movió en absoluto. Yang Ruqin cerró los ojos y murmuró en voz baja:

Vete

 

De pronto, Dugu Hang rugió:

¡YANG RUQIN!

 

Todos se sobresaltaron. Lo vieron cambiar la espada a la mano izquierda y, con un movimiento veloz, cortarse el brazo derecho. La hoja cayó, y el brazo, aún tibio y sangrante, se desplomó en la nieve; incluso los dedos se estremecieron una vez.

 

Yang Ruqin abrió los ojos, horrorizado. Dugu Hang, presa de un dolor atroz, dio unos pasos tambaleantes y arrojó la espada al suelo. Su voz, desgarrada, dijo entre dientes:

—Tú y yo juramos ser hermanos, y ante el cielo prometimos morir el mismo año, mes y día. Aunque tú me engañaste, mi juramento no puede quedar en nada. Hoy pago tu deuda de sangre con mi brazo en lugar de mi vida. Desde ahora, no nos debemos nada. Nuestra gracia y nuestra lealtad quedan rotas para siempre.

 

Dicho esto, sin volver a mirarlo, se marchó tambaleándose, sujetándose el muñón. Todos quedaron sobrecogidos por su brutal determinación; nadie se atrevió a detenerlo.

 

Yang Ruqin lo vio alejarse y, solo entonces, se sintió en paz. Miró el brazo cercenado que había quedado atrás y, sin saber por qué, lágrimas brotaron de sus ojos. La escena de su primer encuentro aún parecía de ayer, y en un instante ya habían llegado al final.

 

La nieve caía en silencio, copo tras copo. Solo entonces se escucharon voces y empujones acercándose: por fin habían llegado los guardias.

 

Cuando Xiao Ding recibió la noticia de la muerte de Yang Ruqin, quedó profundamente conmocionado. De inmediato entregó el caso al Ministerio de Justicia y emitió un edicto para capturar a Dugu Hang.

 

Pero el asesino era también un alto funcionario del imperio, lo que despertó una curiosidad desbordante entre el pueblo. Surgieron innumerables versiones de la historia, cada una más exagerada que la anterior. Sin embargo, en contraste con aquellos rumores cada vez más disparatados, la orden de captura nunca tuvo seguimiento. Con el tiempo, se desvaneció sin ruido, sin resultado alguno.

 

Notas de la traductora:

LuuuuuNa!: Esperen... dejen lloro un poco... jeje Dios, llore más que cuando murió Zeming... vtlb TT