La Orden Del General 85

 

Capítulo 85

 

Xiao Jin seguía en el estudio imperial.

 

Chen Zeming, a mitad de camino, se cruzó con un joven eunuco que venía cargando una caja de comida. Al verlo, el muchacho se quedó paralizado, luego rodeó con rapidez para interceptarlo.

 

—¿Príncipe Regente? —dijo.

 

Chen Zeming se vio obligado a detenerse. Al observarlo con atención, el joven le resultó vagamente familiar, y respondió con un leve asentimiento.

 

El eunuco que llevaba la lámpara delante se percató y también se detuvo a esperar.

 

El joven sonrió con entusiasmo:

—¿Su Alteza no me recuerda?

 

Chen Zeming se sorprendió aún más. Iba a responder con cortesía, pero de pronto notó que el muchacho, de espaldas a los demás, le hacía señas con los ojos, urgentes y llenos de temor. Su corazón dio un vuelco. Su tono se volvió más pausado:

—… Me pareces conocido. ¿Tu nombre es…?

 

El joven no alcanzó a responder. Varios eunucos se acercaban apresurados desde el camino, encabezados por Huang Mingde.

 

El muchacho palideció al instante, bajó la cabeza y se apartó con rapidez.

 

Huang Mingde, al ver que había hablado con Chen Zeming, ya lo había observado con atención. Cuando el joven se retiró, se acercó con calma, hizo una reverencia y sonrió:

—Príncipe Regente, por favor, acompáñeme.

 

Indicó el camino hacia el este, en dirección opuesta al estudio imperial.

 

Chen Zeming se sorprendió:

—¿Su Majestad ya no está en el estudio?

 

Huang Mingde respondió:

—Después de tomar un refrigerio, Su Majestad se trasladó al Pabellón Cálido del Este. Me quedé en el estudio para limpiarlo. Al oír que Su Alteza había llegado, temí que se retrasaran sus asuntos, así que vine personalmente a guiarlo.

 

Chen Zeming asintió con la cabeza.

 

Tras caminar un trecho junto a Huang Mingde, la inquietud en el corazón de Chen Zeming no solo no se disipó, sino que se volvió aún más intensa.

 

Huang Mingde era el eunuco personal de Xiao Jin. «¿Cómo podía no estar con él? ¿Cómo podía haberse quedado “a limpiar”?»

 

Y cuanto más pensaba en aquel joven eunuco de antes, más familiar le parecía. Lo había visto antes, sin duda, aunque no lograba recordar cuándo.

 

Miró a su alrededor. Al ver el arco que llevaba uno de los guardias nocturnos, de pronto lo comprendió: ese joven eunuco… ¿no era el mismo al que Xiao Jin había disparado con una flecha?

 

Entonces, aquella mirada… era una advertencia.

 

Sintió un vuelco en el pecho. Se detuvo de inmediato.

 

Huang Mingde se volvió, extrañado:

—¿Su Alteza?

 

Chen Zeming, pálido, le hizo una seña con la mano y murmuró:

—Mi jaqueca ha vuelto. No me siento del todo bien.

 

Huang Mingde se apresuró a sostenerlo:

—Entonces mandaré llamar al médico imperial.

 

Hizo una pausa y añadió en voz baja:

—Su Majestad lo espera, Excelencia. Debemos darnos prisa.

 

En su tono había una urgencia apenas disimulada, como si aguardara algo con ansias.

 

Chen Zeming lo observó unos segundos.

 

Detrás de él, varios eunucos altos y fornidos lo escoltaban sin separarse ni un paso. En ese instante, comprendió perfectamente lo que eso significaba.

 

Podría vencerlos, sí. Pero si alertaba a los guardias, dentro del palacio imperial no tendría escapatoria.

 

Tenía las manos heladas. No por el peligro en sí… sino porque Xiao Jin, en efecto, había tomado esa decisión.

 

Ese era el verdadero propósito de haber restituido a Pu Han como comandante de la Guardia del Palacio.

 

En apariencia, Chen Zeming aún conservaba el mando militar. Pero el recinto imperial ya no era su territorio. Salvo el Palacio Jinghua, toda la guardia estaba bajo el control de Pu Han.

 

Un movimiento que, aunque no parecía grande, era suficiente. No para forzar al Príncipe Regente a rebelarse… pero sí para someterlo.

 

El verdadero golpe mortal… estaba en este último paso. Las recompensas, al final, no eran más que un señuelo para deslumbrar los ojos y confundir el corazón.

 

El caballo de sangre pura, por supuesto, era un cebo. Quien tendió la trampa sabía que él, ansioso por ver al emperador, no esperaría hasta el día siguiente.

 

Una jugada así… no era idea de Xiao Jin. Pero la había ejecutado.

 

Pu Han, aunque en el pasado fue hombre de Xiao Ding, había sido ascendido desde lo más bajo por Xiao Jin. Un favor que sellaba su lealtad. A la hora de arrestar —o matar— al Príncipe Regente, él sería de fiar.

 

Chen Zeming analizaba con una frialdad inusitada. De pronto, su mente se volvió clara como el agua. Podía ver cada hilo oculto tras los hechos.

 

Los fue enlazando uno a uno, siguiendo el rastro con aparente indiferencia, como si el que había caído en la trampa no fuera él… sino otro con su mismo nombre.

 

Entonces comprendió, de golpe, que Wei Hanjue no había tenido elección. Si se quedaba, ¿qué pasaría con su hermano mayor, funcionario en la corte? ¿Y con su familia?

 

Chen Zeming sintió que aquel joven, que se retiraba por proteger a los suyos, no era tan distinto de él mismo en sus primeros años.

 

Borró de su corazón el último rastro de rencor.

 

Observó con atención el rostro arrugado de Huang Mingde, iluminado por la lámpara. El viejo eunuco sonreía con su habitual servilismo, sin mostrar nada fuera de lo común. De pronto, Chen Zeming pensó: «Quizá estoy siendo paranoico. Xiao Jin… ¿qué puede hacer un niño como él? ¿Qué podría hacer?»

 

Solo cuando asintió con la cabeza, Huang Mingde pareció aliviado. Llamó a otros eunucos para que ayudaran al Príncipe Regente a avanzar.

 

Chen Zeming hizo un gesto para que aquel hombre se retirara.

—No es necesario.

 

Huang Mingde sonrió:

—Entonces está bien. Que Su Alteza camine con cuidado.

 

Sus palabras parecían tener un doble sentido. Chen Zeming respondió con un leve murmullo. Pensó que, en realidad, el otro no esperaba respuesta alguna.

 

Al llegar al Pabellón Cálido del Este, Huang Mingde no anunció su presencia. Simplemente empujó las puertas del salón y lo invitó a entrar.

 

Dentro, las lámparas brillaban intensamente… pero no había ni una sola figura humana.

 

Chen Zeming levantó el borde de su túnica y entró.

 

Las puertas se cerraron tras él.

 

Las llamas de las velas, alineadas una tras otra, danzaban con fiereza al paso del viento. Al cabo de un momento, la luz se apagó de golpe: el viento nocturno atravesó el salón y extinguió varias lámparas imperiales.

 

No había sirvientes en el pabellón. Nadie reponía las luces.

 

Chen Zeming permaneció en silencio bajo el umbral, escuchando los sonidos del salón vacío.

 

Era un ruido peculiar: muchas respiraciones, entrecortadas, apenas audibles, pero presentes. Las reconocía. Imaginaba a los soldados tras los biombos, tensos como cuerdas de arco. Y no pudo evitar que sus labios se curvaran en una sonrisa irónica.

 

Su corazón… o bien se había hundido, o bien acababa de tocar tierra firme. Porque lo que había sospechado… se había vuelto realidad. No sabía cómo sentirse.

 

Esperó en silencio el desarrollo de los acontecimientos.

 

Tras permanecer de pie durante largo rato, por fin se abrió la puerta del pabellón lateral. Al frente, vestido con una túnica bordada y con el ánimo visiblemente alterado, apareció Xiao Jin.

 

Al ver a Chen Zeming, el rostro del joven Emperador Xiao se tornó sombrío. Parecía nervioso. Se quedó inmóvil unos instantes antes de avanzar lentamente hasta la Silla del Dragón. Una vez sentado, su cuerpo, aún delgado por la juventud, se encorvó ligeramente.

 

Varios guardias armados con espadas se colocaron frente a él.

 

Chen Zeming se sorprendió de que Xiao Jin hubiera decidido presentarse. Tal vez fue esa misma sorpresa la que le permitió, por fin, sentir con claridad dónde estaba herido.

 

Se arrodilló y ofreció el saludo imperial.

 

Xiao Jin no lo miró, ni pronunció palabra. Tal vez por nerviosismo.

 

El emperador no le ordenó levantarse, así que Chen Zeming permaneció postrado. Alzó la vista y contempló al joven en la Silla del Dragón.

 

Él mismo lo había sostenido con sus propias manos, le había enseñado artes marciales con total entrega, había deseado sinceramente ayudarlo a convertirse en un gran soberano. Y, al final… él no pudo tolerarlo.

 

Xiao Jin, al notar su mirada, desvió el rostro. Fruncía el ceño con fuerza. Aún no se había acostumbrado a traicionar, aún sentía culpa. Esa incomodidad lo hacía sentirse como sobre espinas frente a Chen Zeming.

 

Este lo observó en silencio. Y por fin, pudo exhalar con un atisbo de alivio. Pero ya que habían llegado hasta este punto… ¿qué sentido tenía volver atrás?

 

Chen Zeming inclinó el cuerpo y dijo con claridad:

—Últimamente, mi dolencia de cabeza se ha vuelto frecuente. Los asuntos del Consejo Secreto son numerosos, y este humilde funcionario considera que ya no está en condiciones de asumir tan pesada carga. Hace tiempo debí ceder el paso a los más capaces. Ruego a Su Majestad que retire el mando de los tres cuerpos militares. Este servidor desea retirarse del cargo. Suplico la gracia imperial.

 

No se anduvo con rodeos. Fue directo al punto. Si dejaba pasar ese instante, tal vez no tendría otra oportunidad para hablar.

 

Su voz no fue alta, pero el salón estaba tan silencioso que Xiao Jin escuchó cada palabra con total claridad. En su rostro apareció una expresión de sorpresa y desconcierto. Miraba, atónito, al poderoso ministro que seguía arrodillado en la distancia, sin atreverse a acercarse ni un paso.

 

Si Chen Zeming hubiera actuado como siempre —saludando de rodillas y luego levantándose para hablar—, en el trayecto hacia el trono, los guardias ocultos tras los biombos habrían irrumpido para reducirlo.

 

Pero él se había arrodillado lejos, y por voluntad propia entregaba el mando militar.

 

Xiao Jin se desorientó. Esa reacción no estaba contemplada en el plan que había trazado junto a Du Jindan, y él no tenía la agilidad para improvisar.

 

Le había tomado mucho tiempo reunir el valor para tomar esta decisión. Si Chen Zeming no hubiera insistido en repartir las recompensas imperiales entre los soldados —confirmando así las sospechas de Du Jindan sobre su influencia—, tal vez aún estaría dudando. Necesitaba derribar a Chen Zeming, despojarlo de sus garras, para poder conservarlo a su lado sin temor.

 

Había imaginado muchas posibles reacciones: ira, discusión, desafío, incluso desprecio. Pero nunca… esta calma.

 

Esa serenidad, tan llana como el agua, le provocó una ilusión: como si no hubiera soldados tras los biombos, como si él aún fuera aquel joven emperador que admiraba con todo el corazón al Príncipe Regente. Esa calma lo arrastraba, lo hacía recordar cada gesto de bondad de aquel hombre, uno tras otro, filtrándose en su corazón como la lluvia fina.

 

Pero a estas alturas… ¿cómo podría haber marcha atrás?

 

Xiao Jin no dijo nada. Permanecía sentado, encogido, incapaz de reaccionar, hasta que Chen Zeming repitió, palabra por palabra, lo que acababa de decir.

 

Entonces, Xiao Jin se levantó de golpe y, como si huyera derrotado, se retiró por donde había venido. Los guardias se miraron entre sí, desconcertados, y se apresuraron a seguirlo. Pronto, los pasos tras los biombos se fueron apagando, hasta desaparecer por completo.

 

El salón quedó, al fin, en silencio.

 

La puerta del pabellón lateral se cerró con un sonido profundo, como un suspiro.

 

Pasó mucho tiempo… y volvió a abrirse.

 

Un eunuco entró sin hacer ruido, portando pincel y tinta. Se acercó hasta donde Chen Zeming seguía arrodillado.

 

Chen Zeming alzó la cabeza. El eunuco se arrodilló también, inclinó el cuerpo y colocó el papel sobre una bandeja, que luego sostuvo en alto.

 

Chen Zeming tomó el pincel. Miró hacia la puerta del pabellón lateral.

 

«¿Está ahí Xiao Jin? ¿Se atreve a estar?»

 

Preferiría que sí. Preferiría que él mismo le arrojara esa hoja, con una arrogancia imperial, exigiéndole que escribiera la petición de renuncia. Así, podría consolarse pensando que había formado a un gobernante que no desmerecía a Xiao Ding.

 

Pero Xiao Jin… se había ocultado.

 

En el salón se podía escuchar el caer de un alfiler, y él escribió cada trazo de su solicitud de retiro, tan meticulosamente como cuando revisaba los informes por la noche.

 

Cuando la última pincelada estuvo lista, la revisó de nuevo desde el principio, confirmando que lo escrito era correcto, y luego arrojó el pincel a la bandeja.

 

El pequeño eunuco cerró el libro, guardó el pincel, se levantó y se dispuso a retirarse.

 

Chen Zeming extendió la mano de repente y tiró de la manga del eunuco.

—Dile a Su Majestad que las personas en el Palacio Jinghua, yo mismo me encargaré de eliminarlas…

 

El eunuco se volvió sorprendido para mirarlo, pero lo vio con el rostro sereno como siempre, sin parecer que estuviera diciendo tonterías.

 

El eunuco lo miró fijamente por un momento, con pasos desordenados, y salió corriendo del palacio con prisa.

 

Después de un rato, alguien regresó, pero era Huang Mingde.

 

Chen Zeming se levantó lentamente.

 

Huang Mingde se acercó a él y le dijo en voz baja:

—Felicidades, Su Alteza, Su Majestad lo aprobó.

 

Chen Zeming lo miró fríamente, con una mirada que parecía cortar con una cuchilla. Huang Mingde levantó la cabeza, aterrorizado, no pudo evitar retroceder medio paso.

 

La puerta del pabellón lateral finalmente se cerró con llave.

 

El sonido de las cadenas entrelazadas pareció perturbar la luz de las velas, que parpadearon débilmente, agonizando.

 

Chen Zeming se sentó solo bajo el trono, observando la luz de la luna que se asomaba por las celosías de las ventanas, trepando centímetro a centímetro.

 

No tenía ni un poco de sueño, ni se volvió a pensar en nada.

 

No quería pensar en Xiao Ding, y menos aún en Xiao Jin.

 

Él solo se sentó allí, vacío.

 

Esperando el amanecer.

 

***Fin del segundo volumen***

 

El autor tiene algo que decir:

Tengo dos noticias que contaros, una es buena y la otra es mala.

Lo bueno es que este artículo definitivamente no será vip. Los tx del grupo ya lo sabían, pero no lo dije aquí ^^

Lo malo es que como aún queda mucho espacio por seguir, este artículo hay que dividirlo en tres partes. He dicho antes que solo hay dos partes, pero eso realmente se debe a un error al estimar la extensión de este artículo, así que por favor no prestes demasiada atención....

Originalmente quería escribir una posdata o algo así, pero es completamente diferente de la primera parte.

La tercera parte viene inmediatamente después de la segunda, así que después de pensarlo detenidamente, no hay necesidad. Por cierto, escribí la serialización. Proceso de la segunda parte de "Orden General". Este es el período más confuso desde que escribí, y he experimentado más cosas que en muchos años antes. Este tipo de experiencia es también la cosecha de la vida ~~

Muchas gracias por su apoyo y mensajes desde siempre ~


💫Fin del volumen 2.💫