Capítulo 78
Cuando Chen Zeming oyó los rumores, se
quedó profundamente alarmado.
Ya sabía que su proceder había sido algo
inapropiado, pero no imaginaba que la reacción del pueblo sería tan rápida. En
menos de dos meses, ya había quienes comenzaban a inquietarse. Si esto seguía
así, en pocos días el asunto del golpe de Estado —que ya parecía haber quedado
atrás— volvería inevitablemente a salir a la luz.
Estaba a punto de convertirse en blanco de
los ataques de los eruditos de todo el imperio. Aunque tuviera el control del
ejército y su poder intimidara a los ministros, no podía dormir tranquilo. Casi
de inmediato redactó una petición formal solicitando devolver el poder al
trono.
Xiao Jin tardó en responder, así que Chen
Zeming no tuvo más remedio que entrar al palacio para presentarse ante el
emperador.
Todos los ministros debían esperar la
convocatoria para ver al soberano, pero el Príncipe Regente gozaba de
privilegios especiales y no estaba sujeto a esa norma.
Así, cuando los eunucos lo condujeron al
salón, Xiao Jin estaba con los ojos vendados, corriendo por todo el recinto,
jugando al escondite con varios jóvenes sirvientes. Se divertía como nunca.
Chen Zeming se detuvo en seco. Resultaba
que Su Majestad ya estaba completamente recuperado, pero seguía fingiendo estar
enfermo para no asistir a las audiencias.
Xiao Jin dio varias vueltas y se dirigió
hacia donde él estaba. Chen Zeming permaneció inmóvil, sin esquivarlo, y el Emperador
Xiao se le lanzó encima, abrazándolo de lleno.
Xiao Jin, encantado, soltó una carcajada:
—¡Te atrapé! ¡Y si te atrapo, hay que darte
un beso!
Los sirvientes se quedaron helados, sin
atreverse a decir palabra.
Xiao Jin se sintió profundamente
desconcertado. Al notar que la persona entre sus brazos permanecía en absoluto
silencio, inmóvil como una roca, sin el menor gesto de complacencia o
coquetería, se alarmó. Tanteó con las manos de arriba abajo, y de pronto el
corazón le dio un vuelco. Rápidamente se arrancó la venda de los ojos y, al ver
con claridad quién era, se sobresaltó aún más. Soltó al instante y retrocedió
apresuradamente.
Cuando ambos estuvieron separados por
varios pasos, Xiao Jin por fin cayó en cuenta de lo que acababa de hacer. No
pudo evitar sentir un impulso de golpearse el pecho de arrepentimiento. Pero no
se atrevió a exteriorizarlo, y solo podía mirar una y otra vez sus propias
manos, con el corazón latiéndole desbocado. Por un momento, incluso sintió que
todo le daba vueltas.
Chen Zeming frunció el ceño con fuerza y
lanzó una mirada severa a los eunucos presentes. Todos retrocedieron con el
rostro pálido, llenos de temor.
«¡Vaya emperador absurdo!» pensó, con una mezcla de ira y decepción.
No ignoraba que Xiao Jin era por naturaleza
perezoso y temeroso de gobernar, pero después de tanto tiempo en el trono, ¿aún
seguía con esa actitud frívola y evasiva?
Al recordar cómo Xiao Ding se ocupaba
personalmente de todo en su tiempo, y cómo incluso Du Jindan lo había atacado
con veneno precisamente por su diligencia incansable, Chen Zeming no pudo
evitar sentirse desmoralizado. Una duda lo asaltó: ¿acaso se había equivocado…?
Pero casi de inmediato desechó ese
pensamiento, negándose a seguir profundizando. Aun así, la sensación de vacío,
como si pisara en falso, no desaparecía. Su rostro se tornó aún más sombrío.
Tras un momento de tenso silencio, Chen
Zeming se arrodilló y realizó la reverencia debida entre gobernante y ministro.
Xiao Jin, al notar su evidente enfado, se
apresuró a recomponerse y, con una sonrisa forzada, dijo:
—El médico imperial dijo que ya he estado
demasiado tiempo en cama… que debía mover un poco los músculos…
—¿Desde cuándo ha vuelto a levantarse Su
Majestad? —preguntó Chen Zeming con tono grave.
—Fue anteayer —respondió Xiao Jin.
En realidad, llevaba ya cuatro o cinco días
levantado, pero al ver la expresión de Chen Zeming, se mostró inusualmente
obediente y acortó el plazo.
Al oírlo, Chen Zeming relajó un poco el
semblante.
—Hace unos días presenté una petición
oficial. ¿Por qué Su Majestad no ha dado respuesta?
Xiao Jin alzó la cabeza, sorprendido.
—¿Qué petición?
Una vez aclarado el asunto, Xiao Jin soltó
un largo suspiro de alivio y agitó la mano.
—Esos rumores no me preocupan. El Príncipe Regente
puede estar tranquilo.
Pensó un momento y añadió:
—En unos días volveré a la corte. Mandaré
tallar una placa con las palabras “Lealtad y Rectitud”, para que todo el
imperio sepa que fue voluntad mía delegar el gobierno en el Príncipe Regente.
¡Su corazón leal y justo puede ser atestiguado por el cielo y la tierra!
Chen Zeming no sabía si reír o llorar. «¿Acaso
la lengua del pueblo puede silenciarse tan fácilmente?»
No tuvo más remedio que responder:
—Si Su Majestad ya está recuperado, este
servidor no debería seguir ejerciendo funciones de regente. No quiero dar pie a
habladurías.
Xiao Jin, al ver que insistía en renunciar,
pensó en los días venideros, llenos de reuniones con ministros y discusiones
sobre asuntos lejanos y tediosos. De pronto, sintió una gran desgana. Se dejó
caer en su asiento, apoyó la cabeza en la mano y murmuró con hastío:
—En realidad… en realidad mi enfermedad aún
no ha sanado del todo…
Chen Zeming guardó silencio un momento.
Luego, conteniéndose, preguntó:
—¿Dónde siente aún molestias Su Majestad?
Xiao Jin improvisó:
—Mi cabeza… sigue algo mareada. Tal vez
tengo fiebre otra vez…
Chen Zeming no respondió de inmediato. Tras
unos segundos, soltó un suspiro.
—…Entonces mandaré llamar al médico
imperial para que lo examine.
Xiao Jin, al ver que claramente no le
creía, se sintió inseguro. Alzó la mano y se tocó la frente: en efecto, estaba
algo caliente. De inmediato se sintió con razón, apartó el cabello de la frente
y, con gesto agraviado, dijo:
—¡De verdad tengo fiebre!
Chen Zeming, sorprendido por su expresión,
dio un paso adelante y le tocó la frente. Tras un momento de reflexión,
murmuró:
—… Está algo caliente… —Y se giró— ¡Llamen
al médico imperial!
Un eunuco recibió la orden y salió de
inmediato.
Xiao Jin, satisfecho, no pudo evitar
alegrarse en secreto. Al alzar la vista, vio a Chen Zeming de pie frente a él,
con el borde de su túnica a apenas un palmo de sus rodillas. No resistió la
tentación de mover los pies y rozar la tela.
Chen Zeming estaba preguntando a los
eunucos por el estado reciente de Su Majestad. Aunque notó el leve movimiento
de su ropa, no le dio importancia.
Xiao Jin percibió vagamente el aroma del
otro. Ese leve roce reavivó de golpe el deseo que había logrado reprimir.
Lamentó que el contacto anterior, al tocarle la frente, hubiera sido tan breve,
apenas un instante, y no le había bastado.
Cuando lo abrazó antes, estaba demasiado
asustado como para sentirlo con claridad. Ahora, al recordarlo, pensaba en ese
cuerpo delgado y firme bajo la túnica, con músculos tensos, ni toscos ni
débiles. Y al ver que estaban tan cerca, que con solo extender los brazos podía
rodearlo por completo, no pudo evitar que su mente se llenara de pensamientos
erráticos. Poco a poco, sus mejillas se tiñeron de rojo.
Chen Zeming terminó de preguntar y se
volvió. Al ver sus mejillas sonrojadas y el sudor corriendo como ríos, se
sorprendió.
—Si Su Majestad no se siente bien, sería
mejor que guardara cama unos días más…
No había terminado de hablar cuando vio que
Xiao Jin apoyaba las manos en los brazos del sillón, como si fuera a
levantarse. Apenas se incorporó, cayó hacia adelante. Chen Zeming, alarmado, lo
sostuvo de inmediato.
Xiao Jin lo rodeó con los brazos. Al fin
había logrado lo que quería.
Al principio, solo pretendía aprovecharse
un poco con una artimaña. Pero al tenerlo realmente entre sus brazos, se sintió
invadido por una profunda tristeza. Se aferró a la tela de su espalda y no
quiso soltarlo.
Chen Zeming intentó levantarlo, pero Xiao
Jin se negaba a alzar la cabeza. Fue entonces cuando Chen Zeming notó algo
extraño, aunque no entendía por qué. Solo pudo decir en voz baja:
—… Su Majestad…
Xiao Jin lo abrazó con fuerza.
Recordaba que, cuando entró al palacio, era
una cabeza más bajo que él. También recordaba que, al conocerlo, le temía a ese
general silencioso como el hierro. ¿Cuándo había empezado a cambiar todo?
Había crecido. Aunque aún no lo alcanzaba,
sabía que algún día caminarían lado a lado. Tenía esa confianza, ese anhelo.
Pero en todo ese camino de esfuerzo, parecía que los ojos del otro nunca lo
habían mirado de verdad.
«¿Por qué?»
Sentía que había hecho todo lo posible.
Aunque detestaba ser un títere ante los ojos del mundo, había cooperado con
todas sus fuerzas. Sin embargo, ese ministro nunca estaba satisfecho.
«¿Por qué?»
«¿Con quién me estás comparando?»
«Tras tu severidad, ¿qué es lo que
realmente esperas?»
«¿A quién estás mirando en realidad?»
«¿En quién quieres que me convierta?»

