La Orden Del General 73

   

Capítulo 73

 

Se acercó al lecho, levantó con cuidado el dosel, y vio a Xiao Ding acostado dentro, con los ojos cerrados, durmiendo profundamente.

 

Chen Zeming se quedó inmóvil unos instantes, hasta que por fin pudo soltar un suspiro desde lo más hondo del pecho.

 

Antes de verlo, lo dominaban el rencor, el remordimiento, la lucha interna. Una maraña de emociones lo asediaba sin tregua, como una red que se tensaba y se aflojaba sin cesar, impidiéndole hallar sosiego.

 

Aunque lo había protegido con todo su empeño, en el fondo no podía negar que alguna vez había deseado que alguien más lo eliminara en secreto, para acabar de una vez con todo. Cuando sus subordinados le informaban que seguía con vida, no podía decir que no sintiera cierta desilusión. Ese hombre era la raíz de su sufrimiento, y todas sus batallas internas estaban ligadas a él. Odiarlo era natural. Pero ese deseo de verlo muerto no nacía de la razón ni de la necesidad política, sino de su propio egoísmo. Y fue consciente de ello de inmediato. Esa conciencia lo llenó de vergüenza, al punto de empaparse en sudor.

 

Ahora, al verlo dormir en paz, al menos ya no tenía que enfrentarse a esas torturas mentales. No necesitaba seguir preguntándose qué haría si ese hombre muriera.

 

La luz de la luna, suave como el agua, se colaba por la ventana y llegaba hasta el lecho.

 

Xiao Ding frunció el ceño y se dio vuelta. Chen Zeming soltó el dosel y se ocultó junto al lecho.

 

Esperó un momento. Al no oír más movimiento, se asomó de nuevo. Xiao Ding dormía tranquilo. Tal vez por el fresco de la noche, se había encogido, con la cabeza hundida en la almohada. En ese instante, su expresión se parecía un poco a la de Xiao Jin, cuando dormía.

 

«Después de todo, son hermanos» pensó.

 

Chen Zeming se acercó al lecho. Con la mirada nublada por el vino, no pudo evitar alzar una mano hacia él. Pero antes de tocarlo, ya la había retirado.

 

Bajó la vista, lo observó en silencio durante un largo rato. Poco a poco, la embriaguez se disipó… y en su interior, algo se estremeció con espanto.

 

Ese impulso era tan evidente como irrefrenable: justo lo que más deseaba hacer en ese momento. Pero el gesto era tan vergonzoso que parecía que al extender la mano no estaba tocando a otro… sino levantando un espejo que revelaba cada rincón de sí mismo. No había dónde esconderse.

 

Su rostro se tornó rojo, luego pálido. El sudor le corría como lluvia.

 

Quedó allí, inmóvil, por un buen rato. Al ver que el otro se encogía de frío, Chen Zeming comprendió que era por haber abierto la ventana. Avergonzado, se retiró por donde había entrado.

 

Xiao Ding, medio dormido, oyó el sonido de la ventana. Se despertó de golpe, se levantó y la abrió. Asomó la cabeza, miró a ambos lados, pero no vio a nadie.

 

Era justo el momento más oscuro antes del amanecer. Los soldados estaban cambiando de turno.

 

Xiao Ding frunció el ceño, sin entender, y cerró la ventana.

 

No se le ocurrió mirar hacia arriba. Justo a dos pies sobre su cabeza, Chen Zeming colgaba de una viga, usando una técnica acrobática para evitar ser visto.

 

En la puerta del palacio, el comandante Dugu Hang pasó la mirada por allí y se sorprendió al ver al Príncipe Regente en semejante postura.

 

Chen Zeming, avergonzado, se apresuró a llevar un dedo a los labios, pidiendo silencio. Dugu Hang comprendió, y sin decir palabra, desvió la vista.

 

Mientras tanto, bajo ese gesto, Xiao Ding seguía buscando rastros de alguien, sin encontrar nada, y cerró la ventana con desconcierto.

 

Xiao Jin, tras aquella noche de banquete y brisa fresca, cayó enfermo.

 

El Hospital Imperial le diagnosticó un resfriado leve, pero tras varias consultas y tratamientos, los remedios no surtieron efecto. Pasaron varios días, y la fiebre no cedía. Incapaz de asistir a la corte matutina, Xiao Jin redactó un decreto: el Príncipe Regente Chen asumiría temporalmente la administración del Estado.

 

Al conocerse la orden, varios ministros presentaron objeciones por escrito.

 

Pero Xiao Jin los rechazó uno por uno, molesto:

—¡Estoy así de enfermo! ¿Acaso quieren que siga yendo cada día a gobernar?

 

Chen Zeming intentó rechazar el encargo dos veces, pero Xiao Jin no cedía. Du Jindan, por su parte, no dijo nada.

 

En privado, Chen Zeming buscó la ocasión para advertirle: él mismo había conspirado contra Xiao Ding en el pasado. Que esta situación se parecía demasiado, y que podía dar pie a rumores. No era prudente.

 

Xiao Jin no dio señales de haber entendido. No cambió de opinión.

 

Al final, Chen Zeming no tuvo más remedio que aceptar.

 

Xiao Jin, al verlo acceder, se alegró mucho:

—Si el Príncipe Regente me puso en el trono, ¿cómo habría de traicionarme?

 

Solo entonces Chen Zeming comprendió que aquella aparente incomprensión era, en realidad, una forma de expresar confianza. Aunque infantil y poco reflexiva, no podía evitar sentirse conmovido. Solo le quedaba actuar con la mayor prudencia y entrega.

 

Unos días después, al revisar los memoriales, Chen Zeming encontró uno que acusaba al príncipe heredero de haber ocupado terrenos sagrados del templo ancestral.

 

En ese momento, el príncipe heredero seguía siendo el antiguo Príncipe Jing. Xiao Jin, joven y sin descendencia, no podía destituir abiertamente al hijo de Xiao Ding, así que el asunto se había ido postergando. Pero el príncipe Jing, ya sin poder, era como un piojo sobre la cabeza de un monje: imposible de ignorar.

 

Chen Zeming se sentía culpable con el príncipe Jing. Nunca se había atrevido a visitarlo en persona, solo enviaba a sus allegados para vigilarlo. Desde el golpe de Estado, habían pasado dos años sin que viera al hijo de Yinyin. Al leer aquel memorial, se alarmó: ocupar terrenos del templo ancestral era un crimen capital. ¿Quién quería condenar al príncipe Jing?

 

Tras indagar, supo que el memorial llevaba ya tiempo en la corte, presentado durante su campaña militar. Xiao Jin, por alguna razón, nunca lo había tramitado.

 

Chen Zeming fue de inmediato a verlo. Xiao Jin, febril y confuso, al verlo llegar se aferró a él llorando, como si eso le aliviara. Chen Zeming aprovechó para mencionar el asunto. Xiao Jin respondió:

—Que el Príncipe Regente lo resuelva como mejor le parezca…

 

Y volvió a quejarse de lo mal que se sentía.

 

Chen Zeming lo consoló, pero seguía sin saber cómo manejar el asunto. Al regresar a su residencia, lo discutió con Wei Hanjue. Finalmente, emitió un decreto: el príncipe heredero Jing sería rebajado nuevamente al título de Príncipe Jing, enviado de regreso a su feudo, sin permiso para entrar en Beijing salvo convocatoria expresa. Además, debía devolver el doble de las tierras ocupadas.

 

El decreto causó revuelo. De inmediato, surgieron voces que criticaban a Chen Zeming.

 

Él no dio explicaciones. Sabía que cuanto más se aclarara el asunto, más se enturbiaría. No valía la pena.

 

El día que el príncipe heredero Jing partió de Beijing, Chen Zeming fue a despedirlo vestido de civil, acompañado solo por sus allegados.

 

El joven, a quien no veía desde hacía años, se había convertido en un adolescente alto y sereno. Su expresión recordaba a Xiao Ding, pero sus rasgos también conservaban algo de Yinyin. Al ver a Chen Zeming, sonrió:

—Sé bien que esto es una jugada para quitarme la escalera una vez que estoy en el tejado. Esa acusación de ocupar tierras es una excusa… Pero qué triste que ya no quede nadie en la corte imperial. Solo puedo aceptar que me manchen. Gracias, Su Alteza, por haber mediado.

 

Y se inclinó con respeto.

 

Chen Zeming, al ver su madurez, se sintió reconfortado. Pero no podía evitar cierta incomodidad: aquel joven, que había nacido con un destino noble, estaba en esa situación por su culpa.

 

El Príncipe Jing se despidió, montó su caballo y partió. Su carruaje lo esperaba más adelante. Solo un joven vestido de guerrero, con arco al hombro, lo aguardaba en el camino.

 

Chen Zeming los vio reunirse y alejarse entre el polvo del camino. Al fin, su corazón se sintió un poco más tranquilo.

 

Al regresar a la mansión, Chen Zeming siempre sentía cierta melancolía y le decía a Wei Hanjue:

—Un talento como tú, que no puede ser funcionario, ¿no es una lástima?

 

Antes, la corte perdonó a la familia Wei porque Wei Hanjue estaba loco desde pequeño. Si se retractara en este momento y la noticia llegara a oídos de personas con malas intenciones, sin duda podría ser acusado de engaño al emperador. Chen Zeming solo pudo tomarlo como asesor bajo su mando, pero en el fondo sentía que estaba desaprovechado.

 

Wei Hanjue sonrió y dijo:

—El camino del funcionario es el más accidentado. Está lleno de peligros, y dado que el Príncipe Regente ya ha tenido tanto éxito, no debería permanecer en él por mucho tiempo.

 

Chen Zemin, al escucharlo hablar a medias verdades, a medias mentiras, de forma desordenada, sin poder entender su verdadera intención, solo sonrió.