La Orden Del General 66

 


Capítulo 66

 

 

Al escuchar esto, Wuzile no apartó la mirada de su padre.

 

Pero Lü Yan guardó silencio de pronto. Miró a lo lejos hacia la torre de la ciudad, reflexionó unos instantes, y poco a poco pareció sumirse en sus pensamientos.

 

Ese día, Yan Qing descansaba en casa.

 

Desde que fue reasignado a Beijing, sus antiguos amigos no cesaban de organizar banquetes para felicitarlo por su ascenso. Por fin, tras atender todos esos compromisos sociales, podía permitirse un día de verdadero descanso en su residencia.

 

Por eso, cuando el sirviente vino a anunciar que alguien más había llegado de visita, no pudo evitar sentirse algo fastidiado. Aun así, tuvo que reponerse y preguntar por la situación. El sirviente respondió que el visitante no quiso dar su nombre, solo dijo que era un viejo conocido del señor, y que el encuentro sería sin duda una grata sorpresa.

 

Yan Qing se sintió intrigado. En el último mes, incluso los conocidos más superficiales ya habían pasado a saludar. ¿Acaso había olvidado a alguien?

 

Cuando el sirviente condujo al visitante hasta el salón principal, Yan Qing lo miró de reojo… y se quedó pasmado.

 

El recién llegado hizo una reverencia y sonrió.

 

—General Yan, cuánto tiempo sin vernos… Aunque ahora debería decir Comandante Yan.

 

Yan Qing dudó en responder.

 

Al ver su reacción, el otro añadió:

—¿Acaso el comandante, tras tantos años de separación, ya no reconoce a un viejo amigo? —Miró a su alrededor y dijo con tono desenfadado— ¿O está pensando en cómo llamar a los guardias de la puerta para que me arresten?

 

Lo dijo con una expresión despreocupada, como si fuera una broma, pero logró sobresaltar a Yan Qing.

 

La verdad sea dicha, Yan Qing no podía negar que esa idea le había cruzado por la mente. Sin embargo, al ver la actitud serena del visitante, se llenó de dudas y no supo qué decisión tomar en ese momento.

 

No pudo contener su curiosidad. Ambos sabían que bastaba con que él alzara la voz para que los guardias irrumpieran en el salón. Y entonces, aunque el otro tuviera la fuerza de mil hombres, sería imposible resistir. Más aún si se trataba de un simple erudito sin utilidad alguna.

 

Pero Yang Ruqin, frente a él, mostraba una expresión serena, como si todo estuviera bajo control. Entonces, ¿de dónde provenía esa confianza tan imperturbable?

 

¿Qué venía a hacer?

 

Yan Qing reflexionó unos instantes, conteniendo su desconcierto —en el que no dejaba de asomar un leve atisbo de sorpresa—, y se levantó para recibirlo:

 

—¡Qué va! ¡qué va! ¿Cómo podría uno no recordar los lazos del pasado? Cuantos más amigos, más caminos… —Se inclinó con cortesía—. Señor Yang, por favor, adelante.

 

Yang Ruqin sonrió con agrado y tomó asiento.

 

****

 

Chen Zeming estaba molesto.

 

Había logrado llegar a la frontera antes que los hunos, lo cual fue un gran alivio para Lu Jiangping, el comandante de la ciudad. Sin embargo, también provocó que Lü Yan, al ver la situación, se replegara una decena de li, y ambas partes quedaron en un punto muerto.

 

En otros tiempos, él habría optado por mantenerse firme en la defensa, esperando a que los hunos agotaran sus provisiones y su ímpetu antes de lanzar el contraataque.

 

Pero ahora, ya no era solo un general. Era un príncipe con funciones de regente.

 

Las palabras de Xiao Ding no eran del todo infundadas. Dejar únicamente a Du Jindan al lado de Xiao Jin no era precisamente tranquilizador.

 

La ambición de Du Jindan por el poder era evidente, incluso previsible. Si él permanecía demasiado tiempo al frente del ejército en la frontera, perdería toda ventaja en la lucha por el poder. Y en esa contienda, una vez que uno queda en desventaja, es inevitable que el adversario avance paso a paso… hasta arrinconarlo por completo.

 

Y sus preocupaciones no terminaban ahí.

 

Antes de partir, había advertido repetidas veces a Du Guhang que no permitiera que nadie se acercara sin autorización al Palacio Frío y que tuviera especial cuidado con los alimentos. Pero eso solo bastaba para prevenir un atentado.

 

Si Du Jindan pretendía utilizar a Xiao Jin para eliminar a Xiao Ding, ni diez Du Guhang podrían detenerlo.

 

Aquella frase que Xiao Ding le dijo antes de su partida, en realidad, contenía un dejo de debilidad —aunque su porte aún pareciera altivo.

 

«¿Que tuviera cuidado con Du Jindan?»

 

«Probablemente… hablaba de un asesino enviado contra él.»

 

Así pues, por más firme que fuera su actitud, Xiao Ding comprendía, en el fondo, que debía su supervivencia a Chen Zeming.

 

Chen Zeming, al notarlo, no pudo evitar encontrarlo gracioso. ¿Esa era la actitud de alguien que pedía ayuda? Aun así, había dispuesto a sus hombres: esa era su respuesta para Xiao Ding.

 

Y si esa era su respuesta, entonces debía cumplirla.

 

Pensándolo bien, Xiao Ding no era alguien incapaz de inclinar la cabeza. Sabía soportar humillaciones, reprimir su filo, adoptar una actitud sumisa, recitar sutras y alimentarse con sencillez, mostrando una imagen de desapego mundano.

 

Con los demás, sabía adaptarse al viento y virar las velas. Pero justo con él… no podía pronunciar ni una sola palabra suave.

 

Chen Zeming: “…”

 

Chen Zeming se sobresaltó de pronto, casi se puso de pie de un brinco.

 

«¿Y qué si decía una palabra suave?»

 

«Si él cedía… ¿qué se suponía que debía hacer?»

 

Se sonrojó de pronto, el rostro encendido y su ropa estaba empapada de sudor.

 

«Yinyin… Yinyin… ¿En qué estoy pensando? ¿Cómo podría enfrentarte en el más allá?»

 

No pudo evitar que la vergüenza lo invadiera por completo. Aquel pensamiento, tan débil que rozaba lo despreciable, lo hizo sentirse indigno, sin lugar donde esconderse.

 

Escuchó un sonido extraño. Afinó el oído por un momento y se dio cuenta de que era su propia respiración agitada. Se sobresaltó, y se dejó caer en el asiento.

 

Permaneció inmóvil unos instantes. Luego alzó la mano y se cubrió el rostro, bloqueando la luz tenue de la lámpara. Solo al quedar envuelto en sombras, pareció recuperar un poco de calma.

 

Debía regresar a Beijing cuanto antes.

 

Se obligó a recobrar el ánimo, a recoger sus pensamientos.

 

Fuera lo que fuera esa idea extraña, debía enterrarla. No podía ver la luz del día. Sería su vergüenza, su carga. Lo sabía bien, lo comprendía con claridad. La rehuía con todas sus fuerzas, sin embargo, lo que más le dolía… era que naciera de sí mismo.

 

Si pudiera, la extirparía sin dudarlo, como quien empuña un cuchillo y corta de raíz. Pero en este mundo, no todo es tan sencillo.

 

Desvió su mente, esforzándose por ignorar ese abismo que no estaba tan lejos.

 

Sus exploradores habían averiguado que el almacén de provisiones del enemigo se encontraba cuarenta li al norte del campamento.

 

Chen Zeming reunió de inmediato a sus oficiales y trazó un plan.

 

Esa situación de estancamiento no podía prolongarse. Tenía que poner fin a esta guerra cuanto antes.