Capítulo
59
Xiao Ding mostró una leve sorpresa, pero al
instante la disimuló. En su lugar, adoptó una mirada deliberadamente exagerada,
cargada de curiosidad burlona, como si lo observara con juguetona ironía.
Chen Zeming, al ver esa expresión, sintió
una punzada incómoda. Bajó la vista un momento, reflexionó, y luego alzó los
ojos:
—Por cierto… ya no eres el Emperador.
Xiao Ding arqueó una ceja. Seguía mostrando
esa arrogancia punzante, pero en el fondo de sus ojos, la calma se había
quebrado.
Esa coraza tan dura… aún tenía fisuras.
Chen Zeming sintió de pronto un extraño placer al herirlo. Miró alrededor.
—¿Los días son aburridos?
Xiao Ding soltó una risa sarcástica, con
desgano:
—¿Por qué no viene el Príncipe Regente a
vivir aquí? Así lo sabría.
Chen Zeming se acercó lentamente al altar
budista. Alzó la vista. La imagen del Buda era solemne y majestuosa, pero el
devoto que la veneraba no parecía tener verdadera fe.
—Pasar de estar por encima de todos a vivir
solo frente a un Buda… sí que es un descenso.
Xiao Ding ni siquiera respondió. Se cubrió
el rostro con el sutra.
Chen Zeming dijo:
—Informaré a Su Majestad. Que envíe más
novicios aquí… Con más voces recitando sutras, esto se volverá más animado.
Xiao Ding apartó el libro y sonrió:
—No hace falta. Si de verdad tienes buen
corazón, mejor envía algunos hombres.
Alzó las cejas.
—Y que todos… se parezcan al Príncipe
Regente.
Chen Zeming se volvió bruscamente y lo
agarró por el cuello de la túnica. Su armadura emitió un leve sonido al chocar
entre sí.
Xiao Ding estalló en carcajadas.
Chen Zeming, al oír esa risa, se sintió aún
más irritado, con los nervios a flor de piel. Xiao Ding no se resistía. Reía
mientras lo dejaba arrastrarlo al suelo, con la mano aún en su cuello.
—¿Quieres que te golpee? —Chen Zeming alzó
el puño derecho, lo llevó hasta la altura de la oreja… pero no podía
descargarlo.
Había decidido no tocarlo más. ¿Por qué ese
hombre insistía en provocarlo?
Xiao Ding, tumbado en el suelo, murmuró:
—¿Duermes bien por las noches?
Chen Zeming lo miró.
Xiao Ding parecía no notar el puño
suspendido.
—¿El alma de Wu Guo no ha venido a
reclamarte?
Chen Zeming, al fin, sin dudar, lanzó el
golpe. Lo recibió en esa boca que nunca había aprendido lo que era la
contención.
Xiao Ding soltó un gemido, se cubrió la
boca. La sangre brotó entre sus dedos.
Chen Zeming le apartó la mano con fuerza,
tomó la sangre que fluía de su nariz y la frotó en sus propios dedos,
mostrándosela.
—¿Esto es lo que querías? ¿Has llegado a
este nivel de aburrimiento?
Xiao Ding escupió con fuerza. La sangre de
su boca salpicó el rostro de Chen Zeming.
Chen Zeming se limpió el rostro con el
dorso de la mano, echó una mirada, y de pronto levantó la mano y le dio una
bofetada.
La cabeza de Xiao Ding se ladeó
violentamente. Cerró los ojos y tardó un buen rato en recuperar el aliento.
En medio de su furia, Chen Zeming se dio
cuenta, vagamente, de que seguía siendo arrastrado por el otro. Xiao Ding lo
había provocado deliberadamente, y él había caído en la trampa. Pero, por
alguna razón, esta vez no hubo lucha interna ni contención. Al contrario, se
dejó llevar por la ira sin reservas.
Se levantó, caminó hacia la puerta y le
indicó a Du Guhang que no permitiera que nadie se acercara. Du Guhang,
sorprendido, asintió desde lejos.
Chen Zeming cerró la puerta. Al volverse,
vio a Xiao Ding intentando incorporarse. El golpe había sido tan fuerte que lo
dejó aturdido, y volvió a sentarse.
Chen Zeming se acercó lentamente. Xiao Ding
lo notó y alzó la cabeza.
La habitación, súbitamente oscurecida,
adquirió una atmósfera extrañamente ambigua. La luz del sol se filtraba con
dificultad por las rendijas del papel de las ventanas, sin alcanzar los pies de
ambos.
—¡Wu Guo murió por ti, y tú aquí
lamentándote como un niño!
Xiao Ding lo miró, sorprendido. Tras unos
segundos de silencio, soltó una carcajada.
—No puedo creerlo… ¿El Príncipe Regente
está planeando otra rebelión?
Chen Zeming le agarró la garganta.
—¡Alguien como tú no merece mi lealtad!
Fue apretando lentamente.
—¡Quiero que sepas que voy a desmantelar
tus cimientos, uno por uno, hasta arrancarlos por completo!
Xiao Ding se aferró a su muñeca, intentando
liberarse, pero no tenía la fuerza suficiente.
Poco a poco, su rostro empezó a tornarse
azulado. Un zumbido constante llenó sus oídos, como si un enjambre de abejas lo
rodeara sin cesar.
Clavó la mirada en Chen Zeming. Su visión
comenzó a blanquearse. Respiraba con dificultad, sin lograr tomar aire. Luchaba
solo en medio de las sombras, sintiendo la cercanía de la muerte.
Chen Zeming se inclinó, apretando los
dientes, y murmuró:
—…¡Deja de buscarme problemas!

