La Orden Del General 105

    

Capítulo 105

 

Ya entrada la noche, Xiao Ding por fin emprendió el regreso al palacio. Tras despedir al soberano fuera del campamento, Chen Zeming volvió al pabellón de mando y descubrió, junto al camino, una figura familiar. Sorprendido, desmontó de un salto:

—¿Dugu? ¿Ha ocurrido algo?

 

Los ojos de Dugu Hang brillaron.

—Mi señor.

 

A lo lejos, Lu Congyun estaba de pie frente a la casa, observando a ambos.

 

Chen Zeming tomó la mano de Dugu Hang y sintió sus dedos helados: debía de llevar mucho tiempo esperando bajo el viento nocturno.

 

Una vez dentro, los guardias encendieron las lámparas y se retiraron. A la luz de las llamas, el ceño de Chen Zeming estaba profundamente fruncido. Aunque sostenía a Dugu Hang, su mente parecía lejos; al final incluso soltó su mano y caminó unos pasos, inquieto, antes de sentarse junto a la mesa, dejando a Dugu Hang olvidado en medio de la habitación.

 

Dugu Hang no pudo evitar preguntar en voz baja.

 

Solo entonces Chen Zeming pareció recordar su presencia y lo llamó apresuradamente para que se acercara y tomara asiento.

 

Tras intercambiar unas palabras, Chen Zeming finalmente dijo que la ciudad estaba a punto de quedarse sin víveres, y que la situación futura sería aún más dura, quizá incluso mortal.

 

Dugu Hang, que venía con algo que decir, quedó petrificado al oírlo.

 

Tras un silencio, dijo:

—General, permítame salir de la ciudad a pedir refuerzos.

 

Chen Zeming, aún disperso, tardó un momento en reaccionar. Luego volvió la mirada hacia él.

 

El corazón de Dugu Hang latía con fuerza. Chen Zeming le había salvado la vida, luego lo había criado y promovido; y desde el golpe de Estado en la Puerta Chaohua, él cargaba además con una culpa silenciosa. En ese momento, aunque alguien le pidiera morir en lugar de Chen Zeming, lo aceptaría sin dudar. Pero no quería que Chen Zeming lo notara; si lo hacía, ¿cómo podría mirarlo a los ojos?

 

Chen Zeming lo observó largo rato antes de asentir:

 

—Tengo un caballo que puede recorrer mil li en un día, pocos pueden alcanzarlo. Si lo montas, tendrás una oportunidad. Además, conoces bien la situación del enemigo; con tu guía, las tropas de socorro tendrán muchas más posibilidades. Pero la ciudad solo tiene víveres para medio mes. Si no logras regresar con el ejército a tiempo… —Chen Zeming se detuvo. Permaneció en silencio un instante, con la mirada perdida. Poco a poco, su expresión se volvió abatida, y murmuró— … Si… si me he equivocado otra vez…

 

Al pensarlo, un escalofrío lo recorrió. Se estremeció y se levantó de golpe, caminando unos pasos con impaciencia.

 

Dugu Hang podía imaginar, más o menos, lo que pasaba por su mente.

 

A su juicio, quienes habían arruinado al país y perjudicado al pueblo siempre habían sido aquel joven Emperador, Xiao Jin y el traidor Du; su propio señor, en cambio, poco tenía que ver con esas culpas. Por mucho que cambiara quien se sentara en el trono, ¿acaso el actual Xiao Ding no dependía igualmente de Chen Zeming para sostener el peso del Estado? ¿Por qué debía cargar Chen con errores que no eran suyos? Al verlo tan abatido y fuera de sí, no pudo contenerse:

—Mi señor ha agotado cuerpo y espíritu por el país y por el pueblo, ¿Por qué…?

 

Chen Zeming se volvió y lo miró, como si por un instante no entendiera lo que decía. Cuando comprendió, su expresión cambió de golpe: levantó el brazo y alzó la mano frente a él, prohibiéndole con firmeza continuar.

 

Dugu Hang tuvo que callar. Pero, inquieto, tras pensarlo un momento, no pudo evitar decir:

—Mi señor, hay algo que no sé si debería decir.

 

Chen Zeming, distraído:

—Dilo.

 

Dugu Hang vaciló largo rato. Recordó la escena de antes, cuando había visto a Chen Zeming y a Xiao Ding sentados uno frente al otro, y la sangre se le calentó. Impulsivamente dijo:

—Mi señor, Su Majestad lo trata ahora con gran favor… pero temo que nada de eso sea sincero. Debe pensar en su futuro.

 

Chen Zeming volvió en sí y lo miró sorprendido.

 

Una vez abierta la boca, el miedo de Dugu Hang se disipó:

—Hace mucho que quería decirlo, mi señor. ¡Nosotros nos rebelamos contra Su Majestad, incluso lo confinamos! Es imposible que él lo haya olvidado. Ahora necesita hombres capaces; se trata de la vida o muerte del Imperio, por eso perdona todo lo pasado. Pero cuando los hunos se retiren… ¿seguirá tratándolo con esta cercanía, sin rencor alguno?

 

El rostro de Chen Zeming se ensombreció. Guardó silencio un largo rato antes de decir, con frialdad:

—¿Y en este momento te pones a pensar en eso?

 

Dugu Hang se estremeció.

—Mi señor…

 

Él solo quería que Chen Zeming se preparara, que no cayera en una trampa futura. No esperaba que sus palabras fueran recibidas con desagrado, y se sintió perdido.

 

Para él, Chen Zeming era como un padre y un maestro. Y ahora, al ver su expresión cambiar, fue él quien sintió miedo.

 

Si no lo hubiera visto con sus propios ojos, ¿quién imaginaría que el invencible general Dugu, temido en los campos de batalla, no pudiera resistir ni una sola mirada de Chen Zeming?

 

Al ver la confusión y desorientación de Dugu Hang, la expresión de Chen Zeming se suavizó. Pensó en que el joven estaba a punto de salir a una misión mortal, con un destino incierto, y no pudo evitar suspirar:

—Mientras tú lo tengas claro en tu corazón, basta. No debemos hablar más de esto. Si se filtra una sola palabra, sería una desgracia… Yo tengo mis propios planes, no te preocupes.

 

Tras meditar un instante, añadió:

—Ahora lo primero es el país. Si logras obtener refuerzos, quizá podamos revertir la guerra de un solo golpe. Sería una gran obra en beneficio del pueblo. Ya he ordenado preparar el caballo; vuelve a tu habitación a descansar un poco. Partirás de inmediato.

 

Al hablar de la guerra, sus ojos recuperaron brillo; no quedaba rastro de la abatida sombra de antes.

 

Dugu Hang, al oírlo, comprendió que Chen Zeming no estaba actuando a ciegas y que además se preocupaba sinceramente por él. Se sintió aliviado, se inclinó y se dispuso a retirarse. Tras dar unos pasos, recordó algo:

—Ah, cierto… el general Duan…

 

Apenas escuchó ese nombre, Chen Zeming se tensó y lo miró con atención.

 

***

 

Últimamente, Duan Qiyi estaba especialmente desafortunado.

 

Primero, el puesto de comandante en jefe que ya creía asegurado cambió de manos. Luego, cuando surgió con fuerza la propuesta de la gira imperial hacia el sur, se alineó con el bando equivocado. Curiosamente, ambas cosas estaban relacionadas con Chen Zeming, quien había asumido el cargo de Comandante de la Guardia del Palacio.

 

Chen había sido su antiguo superior, un general famoso cuyo nombre resonaba en los campos de batalla. Que él tomara su lugar no era extraño, pero Duan Qiyi no podía evitar sentirse incómodo. Después de todo, Chen había continuado aplicando la misma estrategia de defensa que él había establecido; nada sorprendente, nada nuevo. Duan sentía que él había plantado el árbol y otro disfrutaba de la sombra.

 

Días atrás, cuando Su Majestad visitó el campamento, elogió públicamente a Chen Zeming por su defensa de la ciudad y le otorgó una espada imperial. Un objeto personal del Emperador: símbolo de un favor incomparable.

 

El corazón de Duan Qiyi se llenó de amargura. Para él, aquella recompensa era como una bofetada: ¿quién le mandó decir que los hunos ya estaban debilitados?

 

Aun así, él no creía haberse equivocado. Los libros militares decían: «Por la mañana, el ánimo es afilado; al mediodía, templado; al atardecer, decaído.» Eso era exactamente lo que estaba ocurriendo. El ímpetu inicial del enemigo había disminuido. ¿No demostraba eso que su juicio era correcto? El problema era que la vacilación del Emperador lo había llevado a malinterpretar la situación. Y como no era un favorito de Su Majestad, no podía adivinar sus verdaderas intenciones.

 

Además, en su opinión, aunque Chen Zeming no estaba actuando mal, su defensa era demasiado conservadora, sin brillo, y por aferrarse a la prudencia había dejado pasar varias oportunidades para golpear la moral enemiga. Chen Zeming era un general famoso, sí, pero tras tantos altibajos en la corte, quizá había perdido su instinto militar. Si Su Majestad no se hubiera dejado llevar por su reputación y lo hubiera dejado a él, Duan Qiyi, al mando… tal vez la defensa sería aún mejor.

 

Con ese estado de ánimo, Duan no podía evitar quejarse.

 

Ese día se encontró con su antiguo subordinado Zhao Ying. Tras unas palabras, Zhao le confesó que tenía unas botellas de buen licor escondidas y lo invitó a beber. Se escabulleron a la habitación, sin más acompañamiento que unos bollos secos.

 

Duan Qiyi bebió dos tazones y, entre rabia y resentimiento, se emborrachó rápidamente. Bajo los efectos del alcohol, exclamó:

—¿Qué general famoso? ¡Solo se esconde tras la muralla escuchando flechas! Esta batalla la podría pelear cualquiera.

 

Luego, inclinándose hacia Zhao Ying, murmuró:

—El comandante Chen ha perdido oportunidades decisivas. Deberían ejecutarlo. Su Majestad ha sido engañado… ¡y aún lo recompensa!

 

Zhao Ying lo miró con los ojos muy abiertos.

 

No pasó mucho antes de que varias personas irrumpieran en la habitación y lo arrastraran afuera. Mientras forcejeaba, Duan Qiyi vio a alguien de pie frente a la puerta, con las manos a la espalda. Cuando reconoció su rostro, el alcohol se convirtió en sudor frío.

 

Era Lu Congyun, el joven y sereno guardia personal de Chen Zeming.

 

Cuando Lu Congyun anunció el cargo —“perturbar la moral del ejército”—, Duan sintió que el alma se le congelaba.

 

En tiempos de guerra, ese era un crimen capital.

 

Jamás imaginó que no moriría en el campo de batalla, sino en una absurda borrachera.

 

Después, al repasar lo ocurrido, no podía dejar de preguntarse: «¿Cómo era posible que, justo en ese momento, Lu Congyun pasara frente a la casa de Zhao Ying… y escuchara exactamente sus palabras?»

 

En medio de la confusión, de su pecho brotó un odio amargo. Solo sentía que Chen Zeming era realmente venenoso: había tendido una trampa esperando que él mismo cayera en ella. De no ser así, unas palabras dichas en la embriaguez podían ser graves o triviales, pero ¿por qué Chen Zeming insistía en castigarlo bajo el pretexto de perturbar la moral del ejército? Eso era, sin duda, quererlo muerto. Quién habría pensado que aquel hombre de semblante sincero resultaría ser un desgraciado capaz de cualquier cosa con tal de eliminar a quien le estorbara.

 

Por otro lado, por más indignación y rabia que sintiera, no podía hacer otra cosa que permanecer encerrado en la habitación, desalentado, esperando noticias.

 

Duan Qiyi, como vicecomandante, ocupaba un cargo demasiado alto; Chen Zeming no se atrevía a tocarlo por su cuenta. Solo podía elevar un informe a Xiao Ding y esperar su decisión.

 

Para entonces, el problema de la escasez de provisiones ya había empezado a mostrarse. En el campamento, los soldados se quejaban sin cesar de la comida: decían que la papilla que preparaba la cocina era cada vez más aguada, casi lo bastante clara como para reflejar el rostro. Ellos ignoraban que en la ciudad el precio del arroz se había disparado, y ni con diez taeles de plata se podía comprar una sola medida. Si las palabras que Duan Qiyi había dicho en su borrachera —acusando a Chen Zeming de retrasar la oportunidad militar— llegaban a difundirse, la inestabilidad del ejército sería casi inevitable. Chen Zeming estaba furioso hasta el extremo; deseaba enviarlo a algún lugar apartado del mundo. Pero, considerando los múltiples factores implicados, temía que un solo movimiento desencadenara consecuencias incontrolables.

 

Llegada la noche, Chen Zeming volvió a revolverse sin poder conciliar el sueño.

 

No era cosa de uno o dos días. Desde el incidente en la Puerta Chaohua, el insomnio se había vuelto habitual para él; solo cuando el cielo empezaba a clarear lograba dormitar un instante. Con el tiempo, la acumulación de fatiga había vuelto sus dolores de cabeza cada vez más severos.

 

A ojos de Chen Zeming, la razón por la que el Imperio Celestial había llegado a semejante situación recaía, en gran parte, sobre sus propios hombros.

 

Las miradas desdeñosas y las burlas que recibió tras perder el favor no eran nada comparadas con el peso aterrador de la culpa que lo oprimía. Por eso, cuando Xiao Ding volvió a emplearlo, incluso sintió gratitud: agradecía que aquel hombre le hubiera dado una última oportunidad, la posibilidad de corregir el caos. Las humillaciones y odios que había atesorado durante la primera mitad de su vida se desvanecieron entonces como humo; no porque tuviera un corazón magnánimo, sino porque, frente al crimen de arruinar un país, los asuntos de honor personal eran demasiado insignificantes para mencionarse.

 

Solo cuando volvió al campo de batalla, al ver otra vez la sangre salpicando la arena y el humo de guerra elevándose por todas partes, comprendió poco a poco lo que debía hacer en adelante: los errores que había cometido, debía enmendarlos al máximo.

 

Recordaba bien las palabras de Qingqing y las de Dugu Hang; sabía también cuál era el propósito de la cercanía y el favor que Xiao Ding le mostraba. Pero no le importaba. Estaba dispuesto a colaborar en esa representación de soberano sabio y ministro virtuoso. Incluso pensaba que, por alcanzar su objetivo final, no habría acto indigno que no pudiera llevar a cabo.

 

En sus propias conjeturas, se agitaba sin descanso. Para esperar la oportunidad militar que había previsto, se mantuvo inmóvil, decidido a librar esta batalla defensiva con el menor desgaste posible. Estaba convencido de que su estrategia era viable; sin embargo, la ausencia prolongada de refuerzos y las malas noticias sobre la escasez de provisiones se sucedían una tras otra, añadiendo a su plan una cantidad creciente de incertidumbres.

 

Aquellas cosas eran como enormes peñascos que se hundían sobre su corazón, aplastándolo hasta volverle imposible conciliar el sueño. Pasaba noche tras noche imaginando la estrategia de toda la campaña, sopesando y examinando cada detalle una y otra vez.

 

A los ojos de los guardias apostados fuera, la lámpara en la habitación del comandante jamás se apagaba. Y cuando Chen Zeming cruzaba la puerta al amanecer, su rostro mostraba cansancio, pero no el menor rastro de abatimiento. En cada batalla estaba en la primera línea; para los demás, parecía poseer una energía inagotable. Solo que, en realidad, se iba adelgazando día tras día, y ni siquiera los medicamentos lograban contener aquellos dolores de cabeza. Cuando el dolor se volvía insoportable, cortaba una tira de tela, se la ataba con fuerza alrededor de la frente y luego se colocaba el casco para ocultarla. No volvió a buscar médicos; pensaba que aquello era un castigo del cielo.

 

Los pecados que debía pagar… ya habían mostrado señales desde hacía muchos años.

 

Dugu Hang llevaba diez días fuera de la ciudad.

 

En esos diez días, los ataques de los hunos no habían sido feroces, pero los refuerzos seguían sin llegar. Chen Zeming podía sentir la inquietud de la gente; aquella atmósfera no provenía del frente, sino del interior de los corazones.

 

Salió con una lámpara en la mano. Afuera, uno de los guardias dormía apoyado contra el muro, mientras el otro, con la cabeza gacha, al oír el ruido se apresuró a despertar a su compañero y ponerse de pie.

 

Chen Zeming iba a inspeccionar el campamento. Tenía demasiadas horas nocturnas y necesitaba hacer algo para llenarlas. Llamó al guardia que no estaba dormido y se dirigió hacia la muralla.

 

En el camino pasaron junto al pabellón de los heridos. Incluso a esas horas avanzadas de la noche, aún se oían gemidos débiles y apagados. Chen Zeming se detuvo. En sus planes, aquel nivel de bajas ya era el mínimo posible, pero aun así resultaba inevitable. Y lo inevitable continuaría, y sería más.

 

En la guerra, uno se enfrenta siempre a la tensión entre la mayoría y la minoría, entre el conjunto y la parte. En esos momentos, solo queda sacrificar algo; siempre habrá decisiones forzosas.

 

Justo entonces, unos pasos apresurados resonaron a su espalda.

 

Chen Zeming se volvió. Un guardia se acercó a toda prisa, se inclinó y dijo:

—General, el emisario de Su Majestad ha arribado. Informa que el soberano requiere su presencia inmediata en palacio para tratar asuntos de Estado.

 

General, ha llegado el enviado de Su Majestad. Dice que solicita su presencia inmediata en palacio para deliberar.

 

Chen Zeming giró de nuevo la vista hacia la distancia, hacia la enorme sombra que se alzaba en el centro de la ciudad. Era el conjunto de palacios de la corte interior, mucho más altos que las viviendas comunes, majestuosos e imponentes, visibles incluso desde allí de un solo vistazo.

 

Sí… la persona que habitaba allí también había dicho, alguna vez, que había cosas que eran… inevitables.