Capítulo 103
Aquella conversación terminó en una
dirección que Chen Zeming jamás habría imaginado.
Tras su partida, Xiao Ding envió de
inmediato nuevas recompensas al campamento. Casi podía decirse que, en cuanto
Chen Zeming puso un pie dentro de su tienda, las recompensas llegaron detrás. Y
junto con ellas venía otra persona: “un joven guardia”. En el edicto imperial
se decía que aquel muchacho era extraordinario en arco y equitación,
sobresaliente en artes marciales, y que se lo concedía especialmente a Chen
Zeming como escolta personal.
El joven se llamaba Lu Congyun. No era
mayor, pero ya poseía un rango militar de octavo grado. Chen Zeming lo observó
con atención: su figura era ágil, su porte firme, y su rostro le resultaba
vagamente familiar. Parecía ser el mismo que, aquel día en la Puerta Chaohua,
había abatido de un flechazo a Pang-Pang Yong. Recordando la escena, Chen
Zeming no podía asegurar que aquella flecha no hubiera tenido como verdadero
blanco su propia espalda. El pensamiento le dejó cierta reserva, pero no podía
desobedecer la voluntad de Xiao Ding; así que lo aceptó bajo su mando y lo
nombró jefe de sus guardias personales.
En los días siguientes, Chen Zeming
descubrió que Lu Congyun era estable, eficiente y de carácter amplio: un
talento raro. Tenerlo solo como guardia personal era casi un desperdicio. Pensó
en ascenderlo a comandante auxiliar, pero Lu Congyun se negó: dijo que Su
Majestad lo había enviado para protegerlo, y que no debía desviarse de esa
orden.
Chen Zeming no respondió. Simplemente lo
dejó quedarse.
Lu Congyun se inclinó para agradecer.
Chen Zeming estaba convencido de que Xiao
Ding aún no confiaba del todo en él y había puesto a ese muchacho como un clavo
a su lado. Aunque trataba a Lu Congyun con cortesía, seguía siendo algo
distante. Se limitó a asentir y a indicarle que se retirara. Luego, abrumado
por los asuntos militares, lo olvidó por completo.
Cuando todo estuvo dispuesto y los
generales se retiraron, Chen Zeming salió de la tienda y vio a Lu Congyun de
guardia con la lanza en la mano. Sorprendido, preguntó:
—¿Hoy te tocaba a ti?
Lu Congyun respondió:
—Este subordinado tiene algo que informar
al general, por eso intercambié turno con el compañero de guardia.
Intrigado, Chen Zeming lo hizo entrar:
—¿De qué se trata?
Lu Congyun cayó de rodillas sobre una
pierna, levantó la cabeza y dijo:
—¿El general no me recuerda?
Chen Zeming se quedó perplejo. Lu Congyun
sonrió:
—… Su Alteza el Príncipe Jing me envía a
preguntar por la salud del general.
Chen Zeming por fin comprendió.
Cuando se despidió al Príncipe Jing, había
un joven vestido para la batalla esperando al borde del camino. Debía de ser
él. Después, Chen Zeming también los había visto marcharse. Pero había pasado
tanto tiempo, y Lu Congyun había crecido y se había vuelto más robusto, que era
imposible reconocerlo de inmediato.
Al pensar en el Príncipe Jing, el corazón
de Chen Zeming se calentó. No pudo evitar levantarse y ayudar a Lu Congyun a
incorporarse:
—¿Cómo está ahora Su Alteza?
—Su Alteza es nuevamente el Príncipe Heredero.
Agradece al general la ayuda prestada en el pasado. El príncipe dice que,
ocurra lo que ocurra, siempre hará cuanto pueda por proteger al general.
Chen Zeming se quedó un instante inmóvil.
No dijo nada; solo sonrió levemente.
Al verlo callar, Lu Congyun añadió con
cierta incomodidad:
—En aquel entonces, Su Majestad también
sabía del plan de restauración, y Su Alteza me envió aquí. Ese asunto…
Chen Zeming alzó la mano, indicándole que
no continuara.
Lu Congyun percibió su cansancio y, tras
dudar un largo momento, por fin dijo:
—Este subordinado vino por voluntad propia,
no por orden de Su Majestad.
Chen Zeming no pudo evitar abrir los ojos.
Lu Congyun continuó:
—Desde niño he admirado al general. Ahora
que el país atraviesa una calamidad, deseo permanecer a su lado y aportar lo
poco que pueda.
Chen Zeming se sorprendió profundamente. Si
no era para vigilarlo, ¿por qué Xiao Ding había enviado a Lu Congyun con tanto
despliegue? Pensó un instante y algo pareció encajar:
—¿A cuántos pasos puedes disparar? ¿Qué tan
certero eres?
Lu Congyun se inclinó:
—Aquel día, si el general no se hubiera
apartado, esa flecha habría pasado por el hueco bajo su brazo y habría
atravesado el pecho de Pang-Pang Yong.
Chen Zeming lo observó fijamente. Aunque Lu
Congyun lo decía con total naturalidad, no había en su rostro ni rastro de
orgullo. Tras un torbellino de pensamientos, Chen solo pudo suspirar:
—… Eres un joven arquero prodigioso.
***
En la corte, Xiao Ding rechazó la propuesta
de una gira imperial hacia el sur.
A esas alturas, los habitantes de la
capital que podían huir ya lo habían hecho antes de la llegada de los hunos.
Los que quedaban eran quienes no podían abandonar su hogar o quienes no tenían
fuerzas para marcharse: entre ellos había plebeyos y también funcionarios y
familias acomodadas.
La ciudad, que antaño albergaba cerca de un
millón de personas, había perdido siete u ocho de cada diez. Por todas partes
había casas vacías; uno podía caminar largo rato sin cruzarse con nadie. Las
tiendas, alineadas como escamas, estaban todas cerradas. La antigua prosperidad
solo hacía más evidente la desolación actual.
Y precisamente por eso, los víveres
restantes podían durar un tiempo.
Cuando Xiao Jin partió a la campaña, se
llevó la mayor parte del grano de la capital. Aunque después los funcionarios
transportaron arroz por el canal, apenas alcanzaba para cubrir el consumo
diario. Los precios se dispararon y el pueblo se quejaba sin cesar. Nadie
imaginó que, poco después, el viento del norte, cargado de hierro y guerra,
soplaría hasta allí, y que la huida masiva de la población aliviaría,
paradójicamente, la carestía del arroz.
Pero el cerco huno también
significaba la interrupción total del transporte fluvial. No habría más
suministros. Nadie sabía cuánto tiempo podrían resistir con las reservas
actuales.
Xiao Ding ordenó inspeccionar todos los
graneros restantes y estableció una oficina especial para repartir gachas. Por
un tiempo, el ánimo del pueblo se estabilizó. Los rumores que habían surgido
sin motivo se disiparon poco a poco bajo la defensa firme e imperturbable de
Chen Zeming.
Sin embargo, el corazón de Xiao Ding estaba
lleno de ansiedad.
Los víveres comenzaban a escasear, y
ninguno de los exploradores enviados había regresado. Muchos debían de haber
muerto en el camino. Si alguno lograse llegar a los campamentos de socorro, era
un misterio.
En la corte, ya no había nada que discutir.
Los funcionarios solo pensaban en si el cerco podría romperse y cuándo, pero
nadie podía dar una respuesta. En el estrado imperial, la calma de Xiao Ding
mantenía el orden, pero tras esa fachada, nadie podía imaginar el terror que lo
corroía.
***
Era al atardecer. Dos pequeñas literas
avanzaban con rapidez por una calle desierta. En la segunda, un asistente
caminaba junto a la ventana, cuya cortina estaba ligeramente levantada desde
dentro.
Aparte del roce de los pasos de los
porteadores y los guardias, solo se oía el viento.
Avanzaban hacia la puerta de la ciudad.
Desde el centro, donde aún se veía algún transeúnte, habían llegado a un
silencio absoluto. Aunque el sol no se había puesto, las casas vacías a ambos
lados, iluminadas por la luz rojiza del crepúsculo, ofrecían una desolación
indescriptible. El asistente miraba constantemente hacia adelante y hacia
atrás. Por fin, escuchó un murmullo lejano y se animó.
A medida que avanzaban, el bullicio crecía:
estaban cerca de la puerta.
Y, en efecto, pronto unos soldados se
adelantaron para detenerlos y preguntar quiénes eran.
La persona que iba en la primera litera
levantó la cortina y asomó el rostro. Intercambió unas palabras con los
soldados; enseguida llegó un oficial, que al reconocerlo se inclinó repetidas
veces y, sin atreverse a inspeccionar nada, ordenó a los guardias apartarse. El
ocupante de la litera volvió a su asiento, y las dos pequeñas literas de
cortinas claras reanudaron la marcha, avanzando hacia el patio donde residía el
comandante en jefe.
A esas alturas, las viviendas cercanas a la
muralla estaban casi todas vacías; el ejército había ocupado muchas de ellas. Chen
Zeming vivía en una choza con patio. Dos guardias personales custodiaban la
entrada, y por delante de la puerta pasaban sin cesar soldados heridos, algunos
sostenidos por sus compañeros.
Las literas se detuvieron frente a la
puerta, y los guardias preguntaron quién venía.
En ese momento, Lu Congyun, al oír voces,
se apresuró a acercarse. Al ver a la persona que descendía de la segunda
litera, se quedó atónito. Dio unos pasos adelante, detuvo a los guardias que
iban a interrogar y cayó de rodillas. El recién llegado lo ayudó a incorporarse
y le dijo algo en voz baja. Lu Congyun asintió varias veces y lo condujo hacia
el interior. Los demás lo siguieron. Los dos guardias se quedaron mirando,
desconcertados.
Al llegar frente a la choza, Lu Congyun
empujó suavemente la puerta y se hizo a un lado para dejar pasar al visitante.
El hombre se volvió y ordenó con un gesto
que los demás esperaran fuera. La habitación era demasiado pequeña para tantos;
todos se detuvieron, y solo Lu Congyun entró con él.
Acababa de terminar una batalla
encarnizada. Lu Congyun murmuró:
—El comandante no ha dormido en toda la
noche. Acaba de bajar del campo de batalla.
El visitante se acercó a la mesa. Vio una
caja de comida, la abrió y encontró dentro un frasco de medicina. Al
destaparlo, un aroma intenso llenó la habitación.
—¿Qué medicina es esta?
Lu Congyun respondió con respeto:
—Es para el dolor de cabeza. Cada día familia
Chen envía a alguien a prepararla y traerla. La de hoy aún no ha tenido tiempo
de beberla.
El visitante guardó silencio un largo rato.
Frente al lecho, la luz agonizante del
atardecer teñía el suelo como si alguien hubiera extendido una capa de sangre
en el aire. A través de ese resplandor rojizo se veía a Chen Zeming, aún con la
armadura puesta, recostado boca arriba con los ojos cerrados. El casco reposaba
junto a su almohada. La manta estaba desplegada a medias: una parte cubría su
cuerpo, la otra seguía doblada bajo él. En su rostro apuesto quedaban restos de
sangre seca, y bajo aquella luz roja parecía encajar perfectamente con la escena.
Sus cejas estaban fruncidas, como si incluso en sueños hubiera preocupaciones
que no lograba desatar.
El visitante se acercó y lo observó en
silencio. La habitación estaba tan quieta que ni siquiera el borde de su túnica
se movía.
Lu Congyun aguardaba conteniendo la
respiración. De pronto, el hombre se volvió y dijo:
—Llévame a ver la muralla.

