Capítulo 40: Un Caballero seductor (II)
Huai Yu, al ver aquella reacción, no pudo evitar
sentirse confundido.
—¿Qué decía el periódico?
Ming Changyan maldijo para sus adentros: «¡Esa
maldita Xiu Linglong! ¡Ya ajustaré cuentas con ella cuando la vea!»
Sin perder un instante, hizo una bola con el
periódico del Pabellón Linglong. Luego consideró que aquello quizá no era
suficiente para ocultar las pruebas, así que volvió a desplegarlo y, utilizando
energía interna, lo redujo a una nube de finísimos fragmentos. Solo entonces se
sintió tranquilo.
—No decía nada. Xiu Linglong siempre está
diciendo tonterías. No creas ni una palabra de lo que publica. Ah, y tampoco se
te ocurra comprar el periódico de hoy.
Al verlo tan nervioso, la curiosidad de Huai Yu
no hizo más que aumentar.
Ming Changyan tenía un dolor de cabeza terrible.
Con aquella rápida ojeada le había bastado para comprobar que el artículo era
larguísimo. Sin duda se trataba de una de esas historias prefabricadas sobre
amores apasionados y corazones atormentados.
Después de todo, al pueblo llano le encantaban
los escándalos románticos de nobles y poderosos.
Huai Yu ocupaba una posición elevadísima, además
de ser el soltero más codiciado entre las jóvenes distinguidas de la capital.
¿Cómo iba Xiu Linglong a dejar escapar semejante oportunidad de negocio?
Aquel artículo difamatorio incluso había
inventado a una misteriosa mujer llamada: “A-Zhao”.
(El apodo de Changyan es
Zhaozhao xD)
Y era evidente que estaba inspirada en él.
Ming Changyan recorrió la habitación fingiendo
absoluta normalidad y cambió de tema sin inmutarse:
—Después de dormir tanto tiempo, tengo bastante
hambre. ¿Hay algo de comer?
—Ya está preparado.
Tras la comida, llegó un informe urgente
procedente del Palacio Imperial convocando a Huai Yu de regreso a la capital.
Los dos permanecieron dos días más descansando
en Guangling. Después se despidieron de Zhu Chuankang y emprendieron el viaje
de vuelta junto al magistrado Xiao Cheng.
Cuando estaban saliendo de la ciudad, vieron a
Zhao Xiaolan corriendo tras ellos, jadeando.
—¡Hermana mayor Yan! ¡Llévame con ustedes!
¡Llévame también!
A su lado corría Zhu Rong.
Ming Changyan les echó una mirada.
—¿Tú también te marchas? Te vi hace un rato tan
entretenido en los burdeles que creí que pensabas quedarte en Guangling para
siempre.
Zhao Xiaolan trepó al carruaje con gran
esfuerzo.
—No es así. Hermana Yan, solo fui a despedirme
de ellas. Si me hubiera marchado sin decir nada, las habría puesto muy tristes.
Ming Changyan se quedó sorprendido.
—¿Llevas aquí apenas unos días y ya te has hecho
íntimo de todas las hermanas del burdel?
Zhao Xiaolan respondió con total inocencia:
—Todas las mujeres bajo el cielo son igual de
fáciles de contentar. ¿Qué tiene eso de difícil?
Ming Changyan sintió una sincera admiración.
—Qué galán. Qué galán.
Zhao Xiaolan imitó inmediatamente su tono.
—Qué vergüenza. Qué vergüenza.
Desde pequeño, Zhao Xiaolan había crecido entre
mujeres. Se había criado envuelto en perfumes y coloretes, revolcándose entre
grupos de muchachas, por lo que sus confidentes y amigas estaban dispersas por
todo el mundo. Su actitud galante era completamente natural, libre de cualquier
afectación.
Tras dos días de viaje, el grupo regresó
finalmente al Palacio Imperial.
Ming Changyan se acarició la barbilla y, con la
práctica adquirida tras meses de experiencia, volvió a ponerse un conjunto de
ropa femenina.
Llevaba varios meses fuera.
Cuando regresó al Pabellón Tinghe, Fu Ling y
Shao Yao estaban tan sorprendidas que se quedaron boquiabiertas. Acto seguido
rompieron a llorar y comenzaron a preguntarle dónde había estado todo ese
tiempo y por qué parecía haber crecido más que antes.
Ming Changyan se puso de inmediato a inventar
excusas. Mezcló verdades y mentiras, cambió de tema varias veces y terminó
embaucándolas hasta que dejaron de preguntar.
El emperador había llamado a Huai Yu de vuelta a
la capital porque ya se había descubierto la verdad detrás de los supuestos
fantasmas que causaban problemas en el palacio. Sin embargo, al vivir recluido
en el harén, Ming Changyan todavía no podía averiguar los detalles concretos.
Según oyó comentar a Fu Ling, el culpable había
resultado ser el príncipe heredero mayor.
Nada más escucharlo, Ming Changyan supo que
aquel hombre había sido utilizado como chivo expiatorio.
Aun así, como el final de año estaba a la vuelta
de la esquina, el asunto fue zanjado con prisas. El emperador no profundizó
demasiado en la investigación y el caso quedó cerrado.
Ming Changyan no pudo evitar pensar que el
emperador era realmente despiadado y carente de afecto familiar.
Suspiró con emoción. Como de costumbre, se llevó
la mano al pecho dispuesto a sacar uno de los bollos al vapor que utilizaba
para rellenar su disfraz femenino y engañar al hambre, cuando A-Jun apareció de
improviso acompañada de Duanduan.
—¡Ha ocurrido algo importantísimo!
De una patada abrió la puerta del patio del
Pabellón Tinghe.
Ming Changyan se apresuró a volver a esconder el
bollo dentro de la ropa.
—¡Oh! ¡Su Alteza la princesa nos honra con su
visita! ¡Perdone esta falta de cortesía!
A-Jun se sentó de golpe.
—Olvídate de las cortesías. Tengo un asunto
gravísimo que conversar contigo. ¡Ven conmigo inmediatamente!
A-Jun se levantó de nuevo a mitad de movimiento.
—¡No, espera! ¿Por qué me he sentado? ¡Tú
tampoco te sientes! ¡Levántate y sígueme!
—¡Pero todavía no me he terminado el té con
leche! —dijo Ming Changyan.
—¡¿Quién necesita té con leche en un momento
como este?! ¡Vamos!
Ming Changyan no tuvo más remedio que dejar la
taza. Arrastrado por A-Jun, que tiraba de él sin la menor consideración,
recorrió tambaleándose varios jardines hasta llegar finalmente al campo Taoyuan.
El campo Taoyuan era uno de los paisajes más
famosos de los jardines imperiales. Debía su nombre a la gran cantidad de
melocotoneros plantados allí. Además, estaba situado cerca del palacio de la Emperatriz
y era uno de los lugares favoritos de A-Jun para pasar el tiempo.
Solo cuando llegaron allí le permitió detenerse.
Ming Changyan aprovechó para recolocarse
discretamente los dos bollos ocultos bajo la ropa, no fuera a ser que se le
cayeran en público.
Al levantar la vista descubrió que ya había
cuatro personas esperando. Tres mujeres y un hombre.
El hombre era, naturalmente, Zhao Xiaolan.
Las tres jóvenes vestían respectivamente de
rojo, azul y verde. Por su forma de vestir no parecían concubinas del harén,
así que probablemente eran amigas de A-Jun.
La princesa comenzó las presentaciones:
—Esta es Wanwan, hija del Ministro de Justicia.
Esta es A-Jiao, hija del viceministro de la Izquierda. Y esta última es Zhu’er,
hija del príncipe Ruiwen.
Después señaló a Ming Changyan.
—La persona que querían conocer ya ha llegado.
Era evidente que se trataba de varias de sus
amigas íntimas.
Ming Changyan estaba completamente confundido,
pero aun así se sentó primero y dirigió una pregunta a Zhao Xiaolan:
—¿Cómo es posible que estés libre todo el santo
día?
Zhao Xiaolan respondió:
—Es Año Nuevo. No tengo nada que hacer. Mi tía
me pidió que pasara las fiestas en la capital. Ya se lo he comunicado a mi
hermana mayor.
Ming Changyan asintió y finalmente no pudo
contener más la pregunta que llevaba tiempo rondándole la cabeza:
—Por cierto… ¿y el pequeño… quiero decir, el Joven
Primer Ministro? ¿Por qué no lo veo por ninguna parte?
Nada más pronunciar aquellas palabras, el lugar
entero quedó en silencio.
Ming Changyan arqueó una ceja.
—¿Y esas caras? ¿Qué les pasa ahora?
Wanwan, la hija del ministro de Justicia,
exclamó:
—¡Así que era verdad!
A-Jiao asintió con entusiasmo.
—¡Verdad, verdad! ¡Yo ya me había dado cuenta!
Zhu’er se llevó una mano a la boca.
—¡Vaya! ¡Qué emocionante…!
Ming Changyan estaba totalmente perdido.
A pesar de ser el número uno bajo el cielo,
dominar las seis artes y poseer unas habilidades marciales extraordinarias,
adivinar los pensamientos de las jovencitas era una tarea completamente fuera
de su alcance.
Las cuatro muchachas negaron repetidas veces con
la cabeza mientras lo examinaban de arriba abajo.
Y como observar no parecía suficiente para
satisfacerlas, acabaron acercándose para manosearlo y comprobar cosas por sí
mismas.
Ming Changyan estuvo a punto de salir disparado
hacia el cielo del susto.
Las cuatro muchachas se lanzaron sobre él y, con
una velocidad digna de expertos en artes marciales, terminaron de
inspeccionarlo en un abrir y cerrar de ojos.
Después comenzaron a emitir sus veredictos:
—El cuello es largo. Nada mal.
—La cintura también es fina. ¡Incluso más fina
que la mía! A esos hombres odiosos les encantan las cinturas delgadas. Vaya… qué
suave al tacto.
—La piel es blanca. Ah, aunque tiene demasiados
callos en las manos. Pero eso no es un problema importante.
—Es verdad que tiene cierto atractivo. No me
extraña que, después de haber visto incontables bellezas, mi padre siga sin
poder olvidarte.
Esta vez Ming Changyan sí entendió
perfectamente. Lo estaban alabando por lo guapo que era. Como buen descarado,
aceptó todos los elogios sin pestañear.
—Ja, ja, ja. Demasiado amables, demasiado
amables.
Wanwan suspiró con compasión.
—Pobrecita. Mírenla. Está sonriendo a la fuerza.
La sonrisa permaneció congelada en el rostro de
Ming Changyan: «¿Eh?»
A-Jiao añadió:
—No te pongas tan triste. Aunque ya seas una de
las concubinas del emperador, el amor verdadero no tiene precio. Si de verdad
no quieres seguir con esto, nadie puede obligarte.
Zhu’er asintió con solemnidad.
—Ahora lo entiendo. Con razón Su Majestad nunca
te ha tocado.
Las cejas de Ming Changyan comenzaron a temblar
cada vez con más violencia.
—¿Pero qué demonios están diciendo? ¡A-Jun,
habla tú! ¿Cuál era ese asunto tan importante?
A-Jun soltó un suspiro tan profundo que parecía
cargar con todas las desgracias del mundo.
—Deja de fingir que estás bien. ¡Ya lo sabemos
todo!
Nada más decirlo, se giró apresuradamente y
empezó a rebuscar dentro de los brazos de Duan Min. Tras un largo forcejeo,
consiguió sacar un periódico arrugado hasta límites lamentables.
Lo extendió sobre la mesa.
Cuanto más lo miraba Ming Changyan, más familiar
le parecía. Se inclinó hacia delante. Entonces, vio aquellas dos líneas de
letras enormes que conocía demasiado bien.
«La luna perfecta doblega incluso a los
inmortales; el Joven Primer Ministro oculta un romance con una hermosa dama.»
El color abandonó su rostro. De repente giró la
cabeza hacia Zhao Xiaolan.
Este estaba bebiendo té mientras intentaba
desesperadamente reducir su presencia al mínimo posible. Al notar aquella
mirada asesina, dio un salto como un conejo asustado.
—¡Yo, yo, yo, yo, yo no sé nada! ¡No fui yo!
Al observar el intercambio entre ambos, A-Jun
consideró que su teoría acababa de quedar confirmada. Abriendo mucho los ojos,
exclamó:
—¡Así que era cierto! Xiaolan dijo que tú y el
hermano Huai Yu tenían una aventura, y que últimamente te había abandonado
después de seducirte. ¡Parece que era verdad!
A-Jun hizo una pausa y añadió con expresión
grave:
—Pero no te pongas demasiado triste. Los hombres
son así. Siempre tienen tres esposas y cuatro concubinas. Mira al hermano Huai
Yu. Es tan apuesto, ¿verdad? ¿Cómo podría conformarse con una sola mujer?
Después de escuchar semejante disparate, Ming
Changyan comenzó a toser violentamente mientras se golpeaba el pecho.
Sin embargo, no se atrevía a golpear demasiado
fuerte por miedo a aplastarse los bollos escondidos bajo la ropa, así que solo
pudo jadear varias veces para recuperar el aliento.
A-Jun reprimió con dificultad su inmenso deseo
de cotillear y adoptó una expresión profundamente comprensiva.
—Bueno, bueno. Te entiendo. ¿Qué muchacha de la
capital no está enamorada de él? Créeme, lo comprendo perfectamente.
Ming Changyan pensó con indignación: «¡Comprender,
mis narices! ¿Qué demonios entiendes tú, mocosa? ¡Qué tragedia! ¿Cómo ha
llegado hasta el palacio un rumor absurdo y tan detallado? ¡Mi reputación está
arruinada!»
Pero apenas terminó su falso consuelo, A-Jun ya
no pudo contenerse más. Ella y las otras tres muchachas acercaron
inmediatamente las cabezas, formando un círculo alrededor de Ming Changyan.
Las preguntas comenzaron a llover una tras otra:
—¿Cuándo empezasteis tú y el Joven Primer
Ministro?
—¡Pero si siempre se ha dicho que jamás se
interesa por las mujeres!
—¡Se acabó, se acabó! ¡Ahora eres el enemigo
público de todas las doncellas de la capital!
Al oír aquello, A-Jun se apresuró a corregirla:
—¡Un momento! ¡Yo no la odio! ¡Esta princesa ya
tiene a alguien en su corazón!
Wanwan respondió:
—Perdón, te había olvidado. Muy bien, muy bien,
sabemos que para ti solo existe el profesor Liu. ¡Entonces todas las jóvenes de
la capital excepto tú!
Zhu’er, dejándose llevar por una idea repentina,
exclamó:
—¿Y si escribieras un libro enseñando el
secreto? ¿Cómo lo has conseguido? ¡Eso es más difícil que ascender a los
cielos!
Ming Changyan no sabía si reír o llorar.
—Queridas hermanas, ¿de verdad se creen
cualquier rumor que escuchan?
A-Jun respondió de inmediato:
—¡Si lo ha publicado el periódico, tiene que ser
verdad! Además, ¿sabes quién es esa hermosa dama con la que el hermano Huai Yu
se reúne en secreto?
Ming Changyan estuvo a punto de responder: «¡Pues
soy yo mismo!»
Pero, tras pensarlo mejor, comprendió que eso
solo empeoraría el malentendido. Así que se limitó a decir:
—No lo sé, y tampoco me lo pregunten a mí. Pero
ya que tienen tanta curiosidad, ¿por qué no se lo preguntan directamente al Joven
Primer Ministro?
A-Jun se mostró incómoda al instante.
—E-es que… ¡está muy ocupado! La ceremonia de
bendición del Festival de los Faroles está a punto de comenzar. El hermano Huai
Yu debe pasar siete días purificándose con baños rituales y quemando incienso.
Wanwan le sacó la lengua.
—¡Lo que pasa es que te da miedo!
—¡N-no me da miedo! —protestó A-Jun—. ¿Y a ti
no?
—¡Yo ni siquiera tengo ocasión de verlo! ¿Por
qué iba a darme miedo? ¡No cambies de tema! Oye…
De pronto, se inclinó hacia Ming Changyan con
entusiasmo.
—¿De verdad no piensas escribir un libro? En la
capital están de moda las novelas sobre el Joven Primer Ministro. Los demás
inventan romances de la nada, pero tú eres diferente. ¡Lo que escribieras sería
lo más real de todo! Además, si lo publicaras, ganarías una fortuna.
Ming Changyan levantó una mano para detenerla.
—Te agradezco la consideración, pero prefiero
abstenerme.
Y pensó para sí: «¿Escribirlo yo? Si estas
muchachas supieran que el famoso “Galán de Rostro de Jade” soy precisamente yo,
seguro me obligarían a sentarme delante de un escritorio y no me dejarían salir
hasta terminar diez volúmenes.»
A-Jiao jugueteó con la punta de su cabello y
frunció los labios.
—No seas tan rígida. La hija menor del consejero
Yü está perdidamente enamorada del Primer Joven Ministro. Dicen que fue amor a
primera vista durante la Ceremonia de Oración por el Cielo y la Tierra de hace
tres años. Lleva todo este tiempo suspirando por él, incapaz de olvidarlo. Ay,
qué muchacha tan enamorada, qué muchacha tan enamorada. Por cierto, hace unos
meses, Qin Yuejun, del Diario de Jianghu, publicó una nueva novela. Una
historia de amor desgarradora y apasionada cuyo protagonista era, naturalmente,
el Joven Primer Ministro.
Wanwan levantó la mano de inmediato.
—¡Yo lo sé! ¡Compré un ejemplar! Lo imprimió la
librería que está debajo de la Academia Bailu. Venía incluso con ilustraciones.
Se vendió tan bien en la capital que el precio del papel se disparó. ¡La hija
del consejero Yü compró más de mil ejemplares de una sola vez! El día que fue a
recogerlos tuvo que llevar varios carruajes para transportarlos.
—Qué envidia ser rica. Mi padre jamás me
permitiría semejante extravagancia. Todos los días me obliga a leer cosas como
los Preceptos para Mujeres. ¡Es un aburrimiento insoportable!
De repente, se volvió hacia Ming Changyan.
—¿Tú compraste uno?
Ming Changyan respondió:
—¿Yo? ¿De dónde iba a sacar tanto dinero?
Además, aunque quisiera comprarlo, ni siquiera sabría dónde conseguirlo.
Wanwan se quedó estupefacta.
—¿Cómo que no? ¿Por qué no mandaste a una sirvienta
a comprarlo? Además, cada día quince del mes se abre la Puerta Shaoyang durante
tres horas. Un montón de vendedores entran a comerciar allí. ¿Nunca has ido?
Ming Changyan no tenía ni idea de aquello.
Wanwan pareció sufrir un ataque de indignación.
—¡De verdad eres un pedazo de madera! Lo único
salvable de ti es esa cara bonita. Con razón luego no supiste retener el
corazón del Primer Joven Ministro —Mientras hablaba, rebuscó dentro de la manga
y sacó un librito ilustrado— ¡Toma!
Ming Changyan reconoció de inmediato aquel
estilo recargado y colorido de la portada. Era, sin duda alguna, obra de Qin
Yuejun.
En la esquina inferior derecha figuraba el sello
oficial del Diario de Jianghu, utilizado para impedir que otras
imprentas realizaran copias piratas.
Lo abrió al azar.
Las páginas estaban llenas de ilustraciones que
representaban la vida cotidiana de Huai Yu. Naturalmente, la inmensa mayoría
eran pura invención.
Por ejemplo, una de ellas mostraba a Huai Yu
descansando bajo un árbol con las ropas medio abiertas, sosteniendo un abanico
en la mano.
Aquello era un disparate evidente.
Resultaba obvio que había sido dibujado
exclusivamente para satisfacer las fantasías de las jóvenes de la capital. Porque,
según sabía Ming Changyan, Huai Yu era una persona extremadamente meticulosa
con su apariencia. Su vestimenta siempre estaba impecablemente ordenada,
compuesta por innumerables capas y piezas cuidadosamente colocadas.
De hecho, ponerse un conjunto completo le
llevaba fácilmente el tiempo que tarda en consumirse media varilla de incienso.
¿Abrirse la ropa de forma descuidada para
refrescarse bajo un árbol? Ni aunque el cielo se desplomara ocurriría algo
semejante.
—¿Qué tal? Guárdalo bien. ¡Ya no lo venden en
ningún otro sitio!
Ming Changyan no quiso despreciar tan sincera
muestra de afecto y aceptó el librito con auténtica gratitud.
La tertulia de señoritas continuó durante
bastante tiempo más.
Partiendo de Huai Yu, la conversación derivó
poco a poco hacia todos los jóvenes caballeros destacados de la corte.
Quién era el más apuesto.
Quién era el más tacaño.
Quién era el más insoportable.
Quién tenía peor carácter.
Y así sucesivamente.
Ming Changyan escuchó durante un rato, cada vez
más somnoliento, hasta que finalmente decidió levantarse para despedirse.
Al fin y al cabo, aquellas jovencitas habían
convencido a A-Jun para que les presentara a la legendaria amante del Joven
Primer Ministro únicamente para satisfacer su curiosidad.
Ya la habían visto. Ya habían cotilleado. Ya
habían hecho todas las preguntas indiscretas posibles y su interés estaba
completamente satisfecho.
Con un gesto despreocupado de la mano, le
concedieron permiso para retirarse.
Ming Changyan no podía estar más agradecido, bostezó
y se dispuso a marcharse.
Zhao Xiaolan lo siguió a toda prisa.
—Hermana Yan, ¡te juro que yo no fui quien lo
divulgó! Fue la princesa A-Jun quien vio el periódico. Luego vino a
interrogarme sin piedad. Y claro, yo no dije nada. Ni una palabra. Así que
terminó viniendo directamente a buscarte.
Ming Changyan arqueó una ceja.
—De acuerdo. Por esta vez te creeré.
Tras toda la conmoción que había provocado A-Jun,
el cielo ya comenzaba a oscurecer.
El estómago de Ming Changyan llevaba rato vacío
y protestaba ruidosamente.
Zhao Xiaolan tosió ligeramente y preguntó en voz
baja:
—Hermana Yan… ¿tienes hambre?
Ming Changyan asintió.
—Creo que resulta bastante evidente.
—Entonces… ¿vas a volver al Pabellón Tinghe?
Ahora mismo, la situación de Ming Changyan
dentro del harén no era muy distinta a la de una concubina caída en desgracia.
La comida del Pabellón Tinghe estaba muy lejos
de la que se servía en las residencias más favorecidas del palacio.
Muchos días sobrevivía únicamente a base de
bollos al vapor.
Su existencia era realmente miserable. Por eso
respondió sin dudar ni un instante:
—¡No volveré, no volveré!
—¡Eso está genial! Justo iba a cenar con mi tía.
¿Por qué no vienes conmigo?
El corazón de Ming Changyan dio un vuelco: «¿Su
tía? ¡Su tía es la emperatriz!»
Y la comida de la emperatriz no era algo que una
humilde «concubina» como él pudiera probar cualquier día. Lo que se servía en
su mesa debía de ser lo mejor entre lo mejor; si no eran manjares exquisitos,
ni siquiera merecerían aparecer ante sus ojos.
Cuando había llegado a las Llanuras Centrales
años atrás, lo que más lo había impresionado no habían sido las artes marciales
ni los paisajes, sino la comida.
Comparados con aquellos sabores, los platos del
Reino Gran Yue parecían barro rescatado de una cuneta y sazonado con una pizca
de sal.
Si la comida corriente ya era tan buena, ¿hasta
qué nivel de perfección llegarían los banquetes de la emperatriz?
Pensar en ello hizo que casi se le hiciera la
boca agua.
—¡Sí, sí, sí! ¡Vamos! ¡Donde coma Su Majestad la
Emperatriz, allí comeré yo también!
Al verlo tan hambriento que prácticamente
caminaba tambaleándose, Zhao Xiaolan no perdió tiempo y lo condujo directamente
hacia el Palacio Yongxian.
Sin embargo, antes incluso de llegar, Zhao
Xiaolan soltó una exclamación de sorpresa.
—¿Eh? ¿Por qué hay tanta gente hoy?
Siguieron avanzando.
A la entrada los recibió la señora Lingzhi, una
de las asistentes de confianza de la emperatriz.
—Joven maestro Xiaolan, ya has llegado. ¿Y esta
señorita es…?
—Ah, ella es Yan Shaoshi, del Pabellón Tinghe.
Nos encontramos por el camino. Resulta que quería venir a presentar sus
respetos a mi tía, así que vinimos juntos —Luego Zhao Xiaolan preguntó— señora Lingzhi,
¿por qué está tan concurrido hoy el Palacio Yongxian?
La mujer respondió:
—La emperatriz no se ha sentido bien estos días.
Tememos que haya sido perturbada por alguna presencia maligna. Ahora mismo el
Inmortal Yunqing está realizando un ritual de purificación para expulsar las
influencias nocivas.
El corazón de Ming Changyan dio un pequeño
salto.
Sin motivo aparente, comenzó a caminar más
despacio.
Los dos atravesaron senderos bordeados de flores
y sauces. Al cruzar el puente sobre el estanque delantero, Ming Changyan miró
su reflejo en el agua y aprovechó para arreglarse discretamente la ropa.
Zhao Xiaolan cruzó alegremente al patio
principal.
—¡Tía!
Ming Changyan lo siguió.
Nada más entrar vio a una mujer de porte
majestuoso sentada sobre un diván imperial.
A juzgar por su atuendo y su aspecto, aquella
debía de ser la emperatriz.
Frente a ella estaba Huai Yu.
Había cambiado de vestimenta y llevaba una más
solemne y refinada que de costumbre. Sostenía en la mano derecha una ramita de
hojas de sauce que mojaba en el agua contenida en un cuenco de porcelana blanca
y después esparcía sobre el suelo.
Al terminar el ritual, estaba a punto de
despedirse.
La emperatriz se incorporó ligeramente.
—¿Ya te marchas? Quédate a compartir la cena.
Huai Yu juntó las manos en señal de respeto.
—Yunqing no desea importunar a Su Majestad.
Se volvió dispuesto a marcharse. Y entonces vio
a Zhao Xiaolan y a Ming Changyan entrar por la puerta principal.
Todavía no habían llegado hasta ellos cuando la
voz de Zhao Xiaolan resonó por todo el patio:
—¡Tía, me muero de hambre! Ah, por cierto, hoy
he traído a alguien para cenar con nosotros. Es Yan Shaoshi, del Pabellón
Tinghe. Justamente venía a presentar sus respetos.
Huai Yu se quedó inmóvil durante un instante.
El pie que ya había dado un paso hacia la salida
regresó silenciosamente a su sitio.
Luego giró sobre los talones con absoluta
serenidad, como si nada hubiera ocurrido, y dijo a la emperatriz:
—Pensándolo mejor… sí que voy a importunarla.
El autor tiene algo que
decir:
Joven Primer Ministro, eso ha sido muy poco
convincente.


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