Capítulo
99: Extra 1.
Lin Yan, era el profesor más popular de la academia. No por otra cosa: principalmente por su hermoso rostro.
Incluso
las doncellas de familias nobles habían buscado contactos para entrar a su
clase.
Al
principio no era tan grave: venían una o dos, disfrazadas de sirvientas. En
clase señalaban un carácter y preguntaban cómo se leía; o decían que su
caligrafía era fea y pedían que Lin Yan les tomara la mano para guiarlas.
Lin
Yan no se dio cuenta al principio y solo lo entendió cuando vio a Qi Zhen
celoso.
Lo
persiguió por todo el palacio, jurándole que de verdad veía a esas chicas como
a sus hijos.
«Como
sus hijos. Ni una pizca más.»
Qi
Zhen no respondió. Y al día siguiente… quiso llevarlo él mismo a trabajar.
Cuando
el carruaje se detuvo frente a la academia, afuera alguien gritó:
—¡EL
PROFESOR LIN HA LLEGADO!
Qi
Zhen lo miró de reojo.
Lin
Yan soltó dos risitas.
—Prometo
que entraré con cara de hielo.
—¿Saben
que eres mi Guirén?
—Sí.
—¿Tú
se los dijiste?
La
confianza de Lin Yan se infló de golpe.
—¡Claro
que se los dije! ¿Por qué no me crees? ¿Quieres pelear?
Alguien
golpeó el carruaje desde afuera. Era una voz femenina.
—¿Por
qué no baja el joven maestro Lin? ¿Se siente mal?
La
mirada de Qi Zhen se volvió fría.
La
valentía de Lin Yan se desinfló.
—¿Qué
tal si bajo… y se lo recuerdo?
Qi
Zhen no respondió.
Lin
Yan entendió que “sí”, que debía hacerlo. Levantó la cortina para bajar, pero
Qi Zhen le sujetó la muñeca.
—Antes
de bajar… ¿no tienes nada que decirme?
Lin
Yan lo miró, pestañeó, y con toda la seriedad del mundo dijo:
—No
me extrañes…
Qi
Zhen no soltó su mano.
Lin
Yan cayó en cuenta: ¡la frase tenía una pausa entre la primera y la segunda
mitad! Volvió sobre sus pasos y le plantó un beso en la mejilla.
—Eres
más pegajoso que un cachorro.
Qi
Zhen fingió enfado.
—¡Atrevido!
—Por
la noche seré más atrevido aún —Lin Yan terminó de provocarlo con una sonrisa,
luego levantó la cortina y bajó del carruaje. Con voz clara anunció— ¡Buenos
días a todos! Soy el Guirén de Su Majestad. ¡He venido a trabajar!
El
silencio fue absoluto.
Dentro
del carruaje, Qi Zhen se estaba riendo a escondidas.
***
El
trabajo de Lin Yan en la academia se volvió cada vez más fluido y cada día
podía dedicarle muchas horas.
Qi
Zhen, por su parte, estaba probando nuevas políticas en la corte imperial.
Siguiendo una sugerencia de Lin Yan, creó un departamento de investigación
dedicado a mejorar la productividad agrícola y a difundir gratuitamente los
resultados entre el pueblo. También entrenó perros militares para rastrear
criminales.
Como
veía que Lin Yan tenía tiempo libre, Qi Zhen le entregó dos negocios: una
taberna y una tienda de sedas. Cada una generaba ingresos equivalentes a los de
tres calles enteras.
Además,
le dio un local vacío, en una zona excelente y de gran tamaño, para que Lin Yan
decidiera qué negocio quería montar.
Lin
Yan sintió que acababa de hacerse rico.
—Por
la tarde haré que te envíen los libros de cuentas de las dos tiendas. Cuando no
tengas nada que hacer, puedes ir a supervisarlas. Pero debes volver a casa
antes del atardecer.
La
última frase hizo que Lin Yan se echara a reír.
«Un
toque de queda antes del anochecer… solo lo tuve en la primaria.»
—¿No
te da miedo que arruine negocios tan buenos?
—Aunque
los arruines, puedo asumirlo.
—Ese
costo de prueba es demasiado alto. En el mundo moderno sería como darme
doscientos millones para “probar”.
Lin
Yan recordó que en secundaria quiso emprender y su hermano solo le dio diez
yuanes. Abandonó la idea de inmediato.
—Mientras
yo esté aquí para sostenerte, ¿qué hay que temer?
—Eso
también es verdad.
Qi
Zhen siempre decía que el tesoro imperial era su monedero personal.
—Si
pierdes dinero tres meses seguidos, recuperaré las tiendas.
Lin
Yan: ¿…?
—Hace
un momento dijiste que me respaldabas —comentó Lin Yan.
Una
sonrisa leve apareció en la comisura de los labios de Qi Zhen.
—Detener
pérdidas a tiempo también es respaldarte.
Lin
Yan se quedó atascado con esta frase, sin saber qué responder.
Tenía
que pensar muy bien qué negocio abrir. Primero debía hacerse cargo de las dos
tiendas que ya tenía.
Lin
Yan pensó que sería difícil, que lo pondrían a prueba, que lo mirarían por
encima del hombro. Pero no: todo fue tan fluido que daba miedo. Qi Zhen
prácticamente podría haberle escrito “relación privilegiada” en la frente. Con
ese trato, perder dinero era casi imposible.
Al
final, Lin Yan decidió abrir un Jiusi, básicamente un bar moderno.
Llamó
a los grandes chefs del palacio imperial para que lo ayudaran.
El
día que abrió, el negocio explotó. Lin Yan ganaba dinero a manos llenas.
Incluso comerciantes de otras provincias venían a comprar su licor y lo
enviaban a casa desde miles de li de distancia.
Para
facilitarlo, Lin Yan abrió una pequeña ruta comercial y aprovechó los barcos
oficiales del Ministerio de Obras para distribuir la “Gaceta Oficial del Gran
Qi” por todo el país, impulsando el desarrollo conjunto.
A
finales del verano, hubo una inundación en el río Huang. Wu Ji recibió la orden
de ir con los generales del ejército a dirigir la ayuda y el rescate.
En
principio, Lin Yan no tenía por qué involucrarse. Pero cometió un error fatal:
durante una reunión en la academia, habló un poco de más. Los funcionarios y profesores
quedaron impresionados. Y al día siguiente, en la corte matutina, un ministro
que no temía a la muerte mencionó su nombre.
El
socorro en desastres no era peligroso, pero sí requería mucho tiempo fuera. A
Qi Zhen no le hacía gracia, pero al final dejó que Lin Yan fuera.
Lin
Yan era un caballo de mil millas: no debía quedar encerrado solo en la capital.
Entre
los que iban a la misión de socorro estaba también el hermano mayor de Wu Ji: Shen
Shen, el último discípulo que quedaba de Ma Boling. Lin Yan recordaba que, de
los tres alumnos de Ma Boling, él había sido el primero en apoyar a Qi Zhen.
También había obtenido excelentes resultados en los exámenes imperiales.
Cuando
el grupo llegó a la cuenca del Río Huang, trabajaron sin descanso. Tras
controlar la inundación, un grupo entero de hombres quedó agotado como perros.
Incluso los perros militares de búsqueda estaban tirados en el suelo, rendidos.
Antes
de partir, Lin Yan se había enfadado con Qi Zhen y le había dicho que no lo
extrañaría, que no le escribiría ni una sola carta.
Ahora,
con la añoranza metida en los huesos, cuando ya no podía contenerla, escribía
una carta a escondidas. O un pequeño papelito. Sin darse cuenta, había llenado
una caja de madera. Estaba a punto de reventar.
Lin
Yan pensó en buscar una segunda caja… O destruir todo ese material vergonzoso
antes de volver a la capital.
Levantó
la cortina de su tienda y vio a Shen Shen pasar apresurado frente a él, seguido
por Li Jiangling y Wu Ji, que lo perseguían con aire sospechoso.
Lin
Yan: ¿…?
Abrió
la boca para llamar a Shen Shen, pero Li Jiangling lo arrastró hacia ellos.
—El
hermano Shen va a ver a su amante. ¿Vienes a mirar?
—¿Y
vosotros, siendo hermanos de estudio, necesitáis andar a escondidas?
—Su
hermana es muy bonita. Una vez le pedí que me la presentara. Desde entonces no
me deja verla.
—¿Y
aun así lo sigues? ¿Y arrastras a Wu Ji?
Shen
Shen estaba a punto de desaparecer en la distancia. Li Jiangling preguntó:
—¿Vienes
o no?
La
respuesta de Lin Yan fue inmediata:
—Iré.

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