RT 138

  

Capítulo 138: Ambición.

Un cuerpo lleno de espíritu caballeresco, una inmensa ambición.

 

El joven maestro Mingyu que tenía delante no era del todo igual al de los rumores. Yang Qingfeng solo pudo decir:

—Hay beneficios.

 

—¿Qué beneficios? —Lu Zhui apoyó la cabeza en una mano, perezoso, con un aire muy parecido al del segundo dueño del restaurante Shanhaiju cuando está calculando algo.

 

—Prometo hacer por ti una cosa —dijo Yang Qingfeng—. Cuando sea, donde sea, si el joven maestro Lu lo pide, yo lo haré.

 

Lu Zhui negó con la cabeza.

—Señor, confía demasiado en mí. Esa: “una cosa” puede ser grande o pequeña. ¿No teme perder?

 

—Si fuera otra persona, jamás haría una promesa tan grande —Yang Qingfeng soltó una carcajada—. Pero el joven maestro Lu no es alguien que se aproveche ni que haga peticiones absurdas. No creo que me pida que suba a la luna o que pesque en el fondo del mar.

 

—Bien, trato hecho —Lu Zhui le tendió la mano con decisión—. ¿Y qué necesita el señor de mí?

 

Yang Qingfeng arrastró un taburete y se acercó, con expresión de preocupación.

—Tengo un gran defecto: mi ojo para juzgar a la gente es pésimo. El joven maestro Lu habrá oído algo al respecto.

 

Lu Zhui le pasó una taza de té.

—Sí, he escuchado un poco. Cuando el señor servía como general, era invencible y brillante. En teoría, estaba en su mejor momento. Incluso siendo directo de carácter, no debería haber acabado degradado a barrer y vigilar la puerta de la ciudad. Según Lord Ye, fue traicionado por un cercano que llevó sus quejas privadas al difunto Emperador Chu, lo que provocó su caída.

 

—Ese maldito monje Faci —continuó Yang Qingfeng—. Aunque es insoportable, su adivinación es muy precisa. Dijo que en este viaje aceptaría un discípulo. Así que supongo que lo encontraré en unos días. Quiero pedirle al joven maestro Lu que me ayude a observarlo. Si resulta ser alguien de mal carácter, mejor no aceptarlo.

 

—¿Solo eso? —dijo Lu Zhui—. Observar no es problema. Pero el corazón humano es insondable. No puedo dar un veredicto absoluto. El señor también debe tener criterio propio.

 

—El joven maestro Lu es inteligente. Mucho mejor que dejarme adivinar a ciegas —Yang Qingfeng quedó satisfecho—. Entonces queda decidido.

 

Lu Zhui sonrió y asintió.

—El señor manda.

 

Con esa promesa, Yang Qingfeng se sintió mucho más tranquilo. Silbando, salió a pasear por el patio. Ye Jin entró con una cesta de hierbas.

—¿De qué hablaban? El señor está tan contento que casi se le cae la otra mitad del diente.

 

—Sobre aceptar discípulos —respondió Lu Zhui, tomando una flor rosada de la cesta—. ¿Qué es esto? Rosada y bonita.

 

—“Hierba atraviesaentrañas” —dijo Ye Jin.

 

Lu Zhui la soltó de inmediato y se limpió las manos con un paño húmedo.

 

—Mentira —Ye Jin imitó su postura, apoyando la cabeza en la mano.

 

Lu Zhui: “…”

 

—Es solo una flor silvestre —explicó Ye Jin—. Crecía en una rama, pero un pájaro la picoteó y cayó. Está en su mejor momento. Sería una pena dejarla en el barro. Si la ponemos en agua, quizá dure unos días más.

 

—Lord Ye sí que tiene corazón de médico —suspiró Lu Zhui—. Hasta una flor o una hoja, si puede salvarse, la salva. Esa delicadeza… pocos la tienen.

 

—Ve a descansar —dijo Ye Jin—. El sol está por ponerse. No vayas a resfriarte otra vez.

 

—No aún, tengo otra cosa que consultarle —Lu Zhui carraspeó y bajó la voz—. ¿La media ceja del viejo Yang… podrá volver a crecer algún día?

 

—Está completamente lisa. Lo más probable es que no vuelva a salir —Ye Jin frunció el ceño—. ¿Por qué preguntas eso?

 

—Y si tuviera la ceja original… ¿se podría pegar de nuevo? —Lu Zhui dio un rodeo y volvió a preguntar.

 

Ye Jin: “…”

 

Lu Zhui lo miró con total inocencia.

 

Ye Jin se puso alerta.

—¿Qué está pasando?

 

Lu Zhui le contó, a grandes rasgos, lo del paquetito que le había dado el maestro Faci, y terminó con un suspiro:

—No sé si debería sacarlo o no. Yo pensé de todo: que si era pluma de un pájaro divino, que si era barba de un viejo inmortal del monte… jamás imaginé que fuera una ceja. Y ni idea de para qué la quiere.

 

Ye Jin soltó una carcajada.

—Segundo jefe Lu, mejor guárdala. No la saques. No vaya a ser que el señor… se emocione demasiado.

 

—Oh —Lu Zhui guardó el paquetito en la manga con toda calma, bien escondido.

 

Todos fingieron que nada había ocurrido.

 

Los días siguientes fueron cada vez más tranquilos. Lu Zhui consiguió quién sabe de dónde un guqin destartalado; tardó tres días en repararlo. Cuando hacía buen clima, encendía incienso y tocaba en el patio, elegante y sereno. Lord Ye lo escuchaba con cierta envidia y, animado, sacó una flauta de jade para acompañarlo, soñando con un “Gao Shan Liu Shui” entre amigos. Pero tras dos notas, no solo Lu Zhui, hasta los pájaros del árbol desaparecieron.

 

Ye Jin: “…”

 

En el muro, el guardia secreto de la Mansión del Sol y la Luna tenía el rostro contraído. Quería taparse los oídos, pero no se atrevía. Sufría en silencio.

 

—¡¿Qué estás haciendo?! —estalló Ye Jin.

 

—Lord Ye, llegó una carta de la Tumba Mingyue… y un frasco de porcelana —el guardia secreto se apresuró a entregarlos.

 

«¿De Xiao Lan?» Ye Jin dejó la flauta, tomó la carta, la leyó por encima y se alegró. Sacudió el frasco y entró a toda prisa para arrastrar a Lu Zhui fuera.

 

—Estoy débil y agotado… no tengo fuerzas para tocar —Lu Zhui se abrazó a un árbol, fingiendo languidez.

 

—Viene de la Tumba Mingyue —Ye Jin le estampó el sobre en la cara.

 

A Lu Zhui le ardió la nariz. Se enderezó sin saber si reír o llorar y leyó la carta con atención.

—¿“Escarcha Nublada”?

 

—¿Te suena? —preguntó Ye Jin.

 

—Antes no mucho, pero ahora que lo mencionas, sí. De niño pasó algo así —dijo Lu Zhui.

 

—Entonces es eso —Ye Jin le dio una palmada en el hombro—. ¿Seguimos lo que dice la carta? Esperar un mes, ver si Xiao Lan encuentra el antídoto, y luego decidir el siguiente paso.

 

Lu Zhui asintió.

—Bien.

 

Sostuvo las dos hojas bajo la luz del sol y sonrió. Sus cejas y ojos irradiaban juventud y vitalidad.

 

Era hermoso.

 

En la Tumba Mingyue, Xiao Lan meditaba con los ojos cerrados. Kong Kong Miaoshou estaba en cuclillas a su lado, con el corazón encogido.

 

—Señor, se va a quedar pegado al suelo —Xiao Lan abrió los ojos y lo levantó—. ¿No siente que está frío?

 

—Más frío está mi corazón —respondió Kong Kong Miaoshou.

 

Xiao Lan ya estaba acostumbrado a sus lamentos diarios. Se levantó y sirvió dos tazas de té caliente.

 

—¿Cómo te sientes hoy? —preguntó Kong Kong Miaoshou.

 

—Bien —respondió Xiao Lan—. Planeo salir de la Tumba Mingyue dentro de tres días.

 

—¿De verdad estás bien? —Kongkong Miaoshou seguía inquieto—. ¿Por qué no te quedas unos días más y tomas más medicina de esa vieja bruja?

 

—De verdad ya estoy bien —Xiao Lan le sujetó los hombros y lo empujó suavemente hacia la silla—. Se lo ruego, señor, déjeme un poco de tranquilidad, ¿sí?

 

Los ojos de Kong Kong Miaoshou seguían llenos de melancolía.

 

Xiao Lan, como si calmara a un niño, le metió en las manos una caja de mecanismos para entretenerlo y se dio la vuelta para dirigirse al salón exterior.

 

Tal como había previsto, al descubrir que realmente había sido envenenado con “Escarcha Nublada” y que el frío en su cuerpo avanzaba con ferocidad, la tía Fantasma y la boticaria se habían asustado. No podían imaginar en qué momento había ocurrido el error, pero tampoco tenían tiempo para investigarlo. Más que el veneno frío, temían que los “Wucun Ding” aprovecharan la oportunidad para reproducirse sin control y devorarlo de nuevo, dejándolo como un idiota sin recuerdos. Así que, además del antídoto, abrieron para él la fuente de agua ardiente, permitiéndole bañarse allí hasta expulsar por completo aquel frío extraño y cortante. Solo entonces se tranquilizaron.

 

—¡Oye! ¡Aquí! —Ah Liu lo esperaba afuera, saludándolo desde detrás de unos arbustos. No sabía cómo llamar a Xiao Lan: si lo llamaba “señor Xiao”, sonaba raro; si lo llamaba “madre”… imposible. Así que cada vez que lo veía, solo decía “¡eh, eh!”, que más o menos servía como saludo.

 

—¿Hay carta? —preguntó Xiao Lan acercándose.

 

—La envió la residencia del comandante. Tiene el sello de cera de Lord Wen Liunian —Ah Liu se la entregó.

 

—¿De Lord Wen? ¿No es para Mingyu? —Xiao Lan se sorprendió.

 

Ah Liu negó con la cabeza.

—Es para ti…

«Seguro es para recordarte que cuides bien a mi padre: tres comidas al día con pescado y carne, y tres bandejas de dulces por la noche, ni una menos.»

 

Xiao Lan abrió la carta.

 

Ah Liu estiró el cuello para mirar, pero ya estaba oscureciendo y no veía nada. Solo podía desesperarse.

 

La carta no era larga. Cuando Xiao Lan terminó de leerla, guardó silencio durante mucho tiempo.

 

—Eh —Ah Liu se puso nervioso y lo empujó—. No me asustes. ¿Qué dice?

 

—No es nada malo —respondió Xiao Lan.

 

—¿Y esa cara? —Ah Liu sospechó—. No, no, déjame verla. ¿Y si tiene que ver con mi padre?

 

Xiao Lan le pasó la carta.

 

Ah Liu la acercó a la luz de la luna y, tras mucho esfuerzo, logró leerla. Se quedó boquiabierto.

—¿¡GUERRA!? —exclamó.

 

Xiao Lan no respondió. Se recostó en la hierba, con las manos bajo la cabeza, mirando las estrellas altas y lejanas.

 

Nunca había imaginado que esa también podría ser una ruta para él.

 

«La vida es realmente… impredecible.»

 

—No te quedes callado. Dime —Ah Liu lo pinchó con un dedo—. ¿Qué piensas?

 

—¿Quieres la verdad? —preguntó Xiao Lan.

 

—Por supuesto. No soy una jovencita para que me digas cosas bonitas para alegrarme —Ah Liu se estremeció.

 

Xiao Lan sonrió. En su mente volvió a ver al ejército del Tigre de Hierro aquel día, y la luz en los ojos de Lu Zhui.

 

Aquellas palabras, aquella rectitud heroica. La persona que él amaba no tenía ambición política, pero en su corazón siempre llevaba al país y al pueblo.

 

Gran benevolencia, gran justicia, entrega absoluta. Lu Zhui parecía digno de todas las palabras grandiosas del mundo. La Tumba Mingyue había sido su prisión y su cadena, le había dado un pasado lleno de dolor y un cuerpo lleno de cicatrices. Pero, aun así, la esperanza en sus ojos nunca se había apagado.

 

Fue entonces cuando Xiao Lan comprendió por primera vez que uno no solo podía vivir por sí mismo, por la persona amada, o por los amigos. También podía vivir por el mundo entero, por la justicia, por la rectitud.

 

—Tú y yo… tenemos buena suerte —dijo Xiao Lan.

 

—¿Ah? —Ah Liu parpadeó.

 

—Te dejo a mi madre —dijo Xiao Lan, incorporándose.

 

Ah Liu dijo:

—A la señora Tao la cuidaré bien, eso seguro. Pero yo claramente te estaba preguntando por lo de la guerra. No cambies de tema tan fácil.

 

—Hablaré con Mingyu —respondió Xiao Lan—. Gracias por traer la carta hoy. Me retiro.

 

Ah Liu: “…”

«¿Así nada más se va?»

 

El viento de la montaña sopló limpio, barriendo la pesadez y el sopor del aire.

 

En la Ciudad Huanhua, Lu Zhui estaba apoyado en la ventana, mirando cómo Ye Jin recogía rocío de luna.

 

—Si un paciente normal desobedeciera las indicaciones del médico como tú, ya lo habría golpeado —dijo Ye Jin sin volverse, señalando la luna brillante—. Mira la hora que es. Vuelve a la cama.

 

—No puedo dormir —dijo Lu Zhui.

 

—¿Cómo que no puedes dormir? —Ye Jin se giró de golpe, mirándolo con sospecha.

 

—No —respondió Lu Zhui con firmeza.

 

—¿Seguro? —Ye Jin le tomó el pulso. Estaba estable.

 

Lu Zhui mantuvo una actitud sincera. De verdad no podía dormir… y aunque pudiera, solo de pensar que luego tendría que escribirle al divino doctor un informe de cientos de palabras sobre “lo indescriptible”, se le quitaban las ganas.

 

Ye Jin carraspeó.

 

Lu Zhui sacó un brazo por la ventana y apoyó la barbilla.

—En la Tumba Mingyue tampoco podía. Él decía que no quería que me atacara el veneno.

 

—El futuro es largo —lo consoló Ye Jin.

 

Lu Zhui: “…”

 

—Sí —respondió al final.

 

—Bien, cierra la ventana y duerme —ordenó Ye Jin—. No te vayas a resfriar otra vez.

 

Lu Zhui obedeció. Se dio la vuelta para ir a la cama, pero de pronto la vista se le nubló. Se sostuvo de la mesa, se frotó los ojos y solo entonces se le aclaró.

 

—¡A dormir, eh! —Ye Jin golpeó la ventana desde afuera, fuerte.

 

Lu Zhui se lanzó a la cama de inmediato y se cubrió la cabeza con la manta.

 

«Así sí.» Ye Jin, satisfecho, se llevó el platito de rocío de luna al herbolario.

 

En ese patio todos debían acostarse temprano… excepto el médico divino.

 

Porque el líder de la Alianza Shen no estaba, y nadie podía controlarlo.

 

Recolectar hierbas, alimentar insectos gu.

 

Una vida feliz como la de un inmortal.

 

¿Quién demonios querría dormir?


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