Capítulo
75: Esto lo llamo ser franco.
Si
quieres decir que soy un pervertido, también lo admito.
Qi
Zhen, que apenas estaba probando el sabor del amor, había sido guiado por Lin
Yan —ese viejo conductor experto— por un camino que él aún no sabía recorrer. Y
después, entre tropiezos, seguía siendo solo un novato; ¿cómo iba a ser rival
para alguien como Lin Yan? Bastó una frase suya para encenderlo de pies a
cabeza, el rostro completamente sonrojado.
—No
bromees. Xu Fuquan me dijo que estos días, en el palacio, estuviste llamándome
en sueños y haciendo tonterías. Tu cuerpo ya está débil, no puedes seguir así.
El
ceño de Lin Yan se frunció.
«¡Condenado
Xu Fuquan! ¡Arruinándome el momento!»
—¿Y
no es culpa de este cuerpo tan flojo? Si fuera el mío de verdad, podría estar
contigo hasta el amanecer, ¿me crees?
Cuanto
más hablaba, más se agitaba.
Qi
Zhen lo empujó hacia abajo con suavidad.
—Te
llevo de vuelta.
—¿Y
si volvemos sí se puede?
—Tampoco.
Hay que esperar dos días.
El
ceño de Lin Yan se frunció aún más.
«¡¿Esperar
dos días?!»
Y
dicho así, “dos días” sonaba a aproximación.
Dos
días como mínimo.
Lin
Yan tomó la mano de Qi Zhen. En sus ojos, nublados por el alcohol, brillaba un
gancho irresistible.
Se
inclinó, rozando los labios de Qi Zhen con descaro.
—¿Tú
puedes aguantar?
La
mente de Qi Zhen estalló. Su garganta se movió una y otra vez, y al final,
incapaz de contenerse, atrapó los labios de Lin Yan con un mordisco cargado de
deseo reprimido.
***
La
luz de la mañana se filtró por la rendija de la ventana.
Sobre
la cama colgaba un dosel de gasa fina; la luz era suave, casi soñada. Lin Yan
despertó con la garganta seca, como si ardiera. Y en cuanto abrió los ojos, la
resaca le golpeó la cabeza.
Se
incorporó sujetándose la sien.
Había
bebido demasiado.
Solo
quería un poco de valor…
Pero
el vino tenía más fuerza de la que esperaba.
Se
frotó el entrecejo, frustrado, y entonces descubrió lo peor:
No
había perdido la memoria.
Recordaba
absolutamente todo.
Recordaba
cómo había estado provocando a Qi Zhen en el restaurante.
Recordaba
cómo, en medio del caos, la herida de Qi Zhen se había abierto.
Recordaba
cómo, al darse cuenta, lo había colmado de caricias torpes, soplos preocupados
y besos que solo empeoraban la situación.
Recordaba
cómo, al llegar a casa, Qi Zhen lo había tomado en brazos sin darle tiempo a
pensar.
Y
él… él había correspondido sin reservas.
En
su mente resonaron unas palmadas imaginarias.
El
sistema dijo: “Mi experiencia vital es poca, soy demasiado inocente. No sabía
que hay personas que, aunque parecen ponerse una máscara, en realidad se la
están quitando. Cuando haces de pequeño tonto, coqueteas, provocas y te
desatas… te lo pasas muy bien, ¿verdad?”
Lin
Yan: “…”
Sistema:
“Descubrí ese pequeño defecto tuyo de perder la memoria cuando bebes, así que
te lo corregí. Después de todo, Qi Zhen dijo que si te atrevías a olvidar… no
podrías levantarte de la cama.”
El
rostro de Lin Yan se calentó. Se levantó como pudo.
—Eso
se llama ser franco. Aunque si quieres decir que soy un pervertido, también lo
acepto. Desde el principio… me gustaba su cuerpo.
Sistema:
“¿Franco? Si eres tan franco, ¿por qué te pones rojo? Admítelo: ¿qué estabas
haciendo pegado a la rendija de la ventana?”
Lin
Yan intentó abrir la ventana.
No
se abrió.
Afuera,
una voz femenina preguntó:
—¿El
joven maestro ha despertado? ¿Desea que llamemos a alguien para atenderlo?
Lin
Yan parpadeó.
—¿Está
rota la ventana?
—No,
joven maestro. El príncipe dijo que, al despertar, quizá intentaría escapar por
la ventana. Nos ordenó vigilar todo alrededor, sin abrir ventanas ni puertas.
Si se siente sofocado, cuando el príncipe regrese podrá abrirse. Por ahora,
debe aguantar un poco.
Lin
Yan se quedó sin palabras.
El
sistema soltó una carcajada.
“¿A
dónde crees que vas?”
Lin
Yan se pasó una mano por la cara, como si quisiera recomponerse, y volvió a
dejarse caer en la cama.
“Al
final uno tiene su dignidad… Ayer bebí demasiado y rendí por encima de mis
posibilidades. Solo quería tomar aire, no huir. Lo hecho, hecho está; un hombre
debe asumir lo que hace.”
Lin
Yan hizo una pausa.
“¿Y
tú por qué apareces de repente?”
Sistema:
“Vine a ver el espectáculo.”
Lin
Yan: “…”
Sistema:
“Te gusta Qi Zhen, estás dispuesto a quedarte y así este pequeño mundo puede
estabilizarse. Todos salimos ganando. Si necesitas algo, puedes invocarme; te
protegeré en todo momento hasta que te marches.”
Lin
Yan: “Bien, entendido.”
El
sistema desapareció poco después.
La
puerta se abrió, los pasos se acercaron, alguien levantó el dosel de gasa.
Qi
Zhen, vestido de negro, se sentó al borde de la cama.
—¿Despertaste?
¿Recuerdas lo de anoche?
Un
golpe directo al corazón.
Lin
Yan vaciló, eligiendo con cuidado sus palabras:
—Solo
recuerdo que te dije que me gustas. Lo demás… ¿pasó algo entre nosotros?
En
ese momento, una de las sirvientas entró con respeto.
—Hace
un momento, el joven maestro quiso abrir la ventana. Vengo a preguntar si aún
desea que la abra.
Los
ojos de Qi Zhen se entrecerraron mientras lo observaba.
—¿Para
qué abrir la ventana?
Lin
Yan sonrió con torpeza.
—Estaba…
sofocado.
Qi
Zhen no pudo contener una risa.
—Mi
dormitorio es pequeño, sí. He dejado a mi joven esposa apretada y molesta.
Lin
Yan echó un vistazo al dormitorio.
Doscientos
metros cuadrados, por lo menos.
Tuvo
la sensación de que Qi Zhen lo había visto todo… y simplemente no lo decía.
Lin
Yan, tragándose la vergüenza, siguió la conversación:
—Sí…
abre la ventana.
Qi
Zhen, aun conteniendo la risa, despidió a la sirvienta y se levantó para
abrirla él mismo. La luz de la mañana inundó la habitación, haciéndola mucho
más luminosa.
Se
quedó de pie un instante, luego volvió a la cama. Sacó algo de su pecho y lo
extendió hacia Lin Yan.
Lin
Yan lo reconoció de inmediato: era el jade que él había arrebatado para Qi Zhen
tiempo atrás, la reliquia que había pertenecido a la madre de Qi Zhen.
Se
incorporó, mirando la pieza con desconcierto.
Sabía
muy bien lo importante que era ese jade para Qi Zhen.
—¿Lo
quieres?
Lin
Yan alzó la mirada. En los ojos de Qi Zhen vio tensión, expectativa. De pronto
recordó aquel día del golpe de palacio, cuando él había preguntado: “¿Quieres
el corazón del monstruo?”
Qué
parecido era todo.
Pero
esta vez, no permitiría que Qi Zhen se entristeciera.
Lin
Yan tomó las puntas de los dedos de Qi Zhen, lo acercó con suavidad, inclinó la
cabeza y besó su palma antes de tomar el jade.
—Lo
quiero.

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