Capítulo
71: Parece que él te gusta.
Ma Boling se sobresaltó ante el grito.
Sintió como si hubiera pisado la cola
de un gato: el gato saltó de inmediato y, al volverse, le soltó un zarpazo.
—Entonces… entonces será que no le
gusta —murmuró el profesor.
«Qué cosa tan pequeña para tanto
alboroto.»
Lin Yan se dio la vuelta para
marcharse, pero Ma Boling propuso que, ya que se habían encontrado, comieran
juntos. Lin Yan aceptó. Como Ma Boling era profesor de Qi Zhen, Lin Yan
insistió en pagar la comida.
Los ojos de Ma Boling brillaron; dio
una palmada sobre la mesa.
—¡Entonces tráiganos otra jarra de Nü’er
Hong!
Lin Yan frunció el ceño.
—… ¿Cómo puede Qi Zhen tener un profesor
como usted?
Ma Boling se alisó la barba blanca y
soltó una carcajada.
—Cuando fui profesor de Ziji,
naturalmente no era así. En aquel entonces, en el Palacio del Príncipe
Heredero, había muchas reglas y memoriales que cumplir. Una vez que salí, se
acabaron las ataduras. En el Jianghu, vestido de blanco, uno viaja ligero. Pero
volviendo al asunto, pequeño joven maestro… ¿qué eres tú para Ziji?
—Yo soy… —Lin Yan buscó una identidad
más adecuada— su amigo.
—¿Eres de la capital?
—Sí.
—Hace mucho que este viejo no vuelve a
la capital. Antes, en esta misma calle había una tienda de bollos al vapor:
piel fina, relleno abundante, deliciosos. Lástima que, al regresar esta vez, ya
no está. Ay… este viejo ya no sabe qué buen licor o qué buenos platos hay por
aquí. ¿Tú sabes algo?
—Un poco, pero siempre es Ziji quien
me los trae. De dónde los consigue, no lo sé muy bien. En un rato haré que
alguien le prepare una lista.
Ma Boling asintió y cambió de tema
hacia asuntos de la corte imperial.
—Este viejo escuchó que la princesa de
los Huihu ha entrado en la capital, e incluso se ofreció como concubina
ante Su Majestad en pleno salón del trono.
—Sí, es cierto.
Ma Boling bebió un sorbo de vino, su
expresión se volvió grave.
—El Reino Huihu es poderoso. Hace unos
años, cuando su ejército presionó nuestras fronteras, nuestra corte optó por la
paz, y el difunto Emperador envió a una princesa en matrimonio. Dicen que la
princesa dio a luz a un pequeño príncipe, pero aun así no fue favorecida. Ahora
que la princesa Huihu ha venido a la capital y se ofrece de nuevo al Emperador…
temo que haya un complot detrás.
—Ajá —respondió Lin Yan, tomando un
trozo de carne de res con los palillos—. Por eso Ziji lleva varios días sin
volver al palacio imperial.
El movimiento de Ma Boling al dejar la
copa se detuvo un instante. Miró a Lin Yan unos segundos antes de posar la copa
por completo.
Con preocupación, dijo:
—El Príncipe Heng cayó hace poco, pero
su facción aún tiene poder en la corte. Su grupo pertenece al ámbito militar y
su influencia no es poca cosa. Aunque ahora esté caído, un animal acorralado
sigue luchando. Si llega a unirse con gente de ambiciones salvajes, podría
causar un gran problema.
El corazón de Lin Yan se tensó.
—¿Entonces Ziji no está en peligro?
Ma Boling guardó silencio.
Lin Yan frunció el ceño.
—¿Por qué no dice nada?
—¿Y todavía dices que no te gusta Ziji?
—¡No me gusta!
—Este viejo te habla de las costumbres
de la capital y tú mencionas a Ziji. Te hablo de la princesa Huihu, y sigues
hablando de Ziji. Te hablo del príncipe Heng, y vuelves a hablar de Ziji. Sea
lo que sea, siempre das vueltas hasta llegar a él. ¿No es eso gusto?
Lin Yan se quedó mudo un instante y se
señaló a sí mismo.
—Señor, míreme. Soy un hombre.
—Las dos esposas de Ziji también eran
hombres. Si fueras una mujer, quizá tendría que aconsejarte que lo dejaras.
Además, los sentimientos de este mundo no se juzgan por género ni por edad. La
amistad es así y el amor también.
Lin Yan no pudo refutarlo. Se levantó
de golpe, enfadado, dio una vuelta sobre sí mismo, ansioso por justificarse.
—No me gusta. ¿Cómo podría gustarme?
Ma Boling lo miró con absoluta
incredulidad.
—Tú tienes toda la pinta de que sí te
gusta.
A Lin Yan le dieron ganas de volverse
loco.
«¿Cómo puede hablar semejantes
disparates?»
—Señor, hay cosas que no puedo decirle
a Ziji, pero con usted puedo ser sincero. Yo soy alguien que tarde o temprano
debe marcharse. Mi familia me espera. Tengo que volver. Y cuando vuelva, ya no
lo tendré a él. ¿Qué voy a hacer entonces? ¿Pasarme la vida pensando en él,
recordándolo, llorando mientras sigo adelante?
—Señor, no soy un niño de pocos años,
ni un joven de diez y tantos. He rodado por el mundo, sé demasiado bien que,
siendo humanos, debemos protegernos. Vine a este mundo con las manos vacías, y
así debería irme. No dejar nada aquí y no llevarme nada… Cada día me repito que
no debo quererlo.
Ma Boling quedó aturdido. La copa que
había levantado llegó a sus labios, bajó, volvió a subir. Tras un largo rato,
preguntó, desconcertado:
—¿Por qué tienes que decirte eso?
Suena más a que te estás imponiendo una especie de autosugestión.
«Como una prisión psicológica.»
Lin Yan se atragantó, bebió un gran
sorbo de té y recalcó con fuerza:
—No es autosugestión, ¡es previsión!
Ma Boling soltó una risa.
—Bien, bien, este viejo no va a
discutir eso contigo. Comamos, comamos, que los platos se van a enfriar.
Lin Yan volvió a sentarse.
Sentía que no había logrado convencer
a Ma Boling, pero como el anciano ya había dejado el tema, si él insistía más,
sería como “no hay plata enterrada aquí”.
Ma Boling comió un par de bocados,
miró a Lin Yan de reojo y en su mirada brilló un destello pícaro.
—Escuché que ayer la princesa de los
Huihu entró en la mansión del Príncipe Regente y no volvió a salir. Dicen que
su belleza es incomparable. No sé si mi discípulo Ziji habrá caído ante el paso
de una belleza.
—No lo hará.
«Puedes estar tranquilo. Tu discípulo
es un homosexual, no le gustan las mujeres.»
—¿Ah, sí? Entonces ¿por qué lleva días
encerrado en su mansión? Si no es que la princesa lo tiene atrapado, ¿será su
nueva consorte?
—¿Está en su mansión?
—¡Claro! —respondió Ma Boling con toda
seriedad—. ¿Has visto a su nueva consorte? Dicen que también es de una belleza
poco común.
Lin Yan frunció el ceño.
—Usted es un profesor, ¿cómo puede ser
tan chismoso?
—¿Chismoso? Este viejo se dedica a
enseñar, no soy taoísta; no entiendo de diagramas de formaciones.
—… Me refiero a por qué le interesan
tanto los asuntos privados de los demás.
Ma Boling bebió un sorbo de vino.
—Por diversión. El alboroto de un
estudiante es más entretenido que cualquier otro.
Lin Yan: “…”
«Este viejecito… si uno dijera que no
es un buen profesor, en su conversación se nota su educación, su amplitud de
miras, su compostura. Pero justo cuando uno lo percibe… enseguida vuelve a ser
un descarado.»
—Ziji dijo que no le gusta su
consorte.
—¿No le gusta? Pero este viejo escuchó
que, tras la boda, pasaron tres días sin abrir la puerta de la habitación.
Lin Yan: “…”
El rostro de Lin Yan se calentó; no
quiso responder a eso.
—Ahora vuelve a encerrarse en su
mansión sin salir, eso no parece desagrado. Piénsalo: después de lidiar con los
asuntos del Estado, tener a una esposa que sepa si tiene frío o calor, que le
sirva té y encienda incienso a su lado… ¡cualquier hombre del mundo se
conmovería! —dijo Ma Boling.
Las palabras de Ma Boling dibujaron
ante los ojos de Lin Yan una escena vívida: Song Ming, delicado y encantador,
con las mangas rojas perfumando el aire a su lado.
Qi Zhen atendiendo los asuntos de la
corte, levantando la vista para dedicarle una sonrisa.
Lin Yan apretó silenciosamente el puño
sobre la rodilla.
Los dos eran una pareja oficial desde
el principio.
Era de esperar que surgiera esa
atracción inexplicable, una chispa que encendiera la pradera, fuego y leña
seca… hasta la cama acabaría hecha astillas.
Ma Boling le echó una mirada de
soslayo y, al ver su expresión oscura como si fuera a gotear agua, no pudo
evitar reír para sus adentros. El viejecito era muy malo: lo veía todo
clarísimo, aun así, para disimular, levantó la copa y bebió un sorbo antes de
continuar:
—Según lo que este viejo conoce de Ziji,
me temo que está más pendiente de esta nueva consorte que de la difunta
anterior.
A Lin Yan no le gustó nada.
—¿Por qué dice eso?
Ma Boling sonrió.
—Porque este viejo jamás ha visto en
el mercado ningún relato romántico o librito escandaloso sobre Ziji y su nueva
consorte. ¿No es eso consideración? ¿Cuidarlo? ¿Evitar que lo difamen?

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