Capítulo 3: El tonto gana la carrera.
Lin
Shouyan corrió en la dirección en la que Qi Zhen había desaparecido.
A
lo lejos lo vio… y también vio al Quinto Príncipe.
Respaldado
y consentido por el viejo Emperador, el Quinto Príncipe estaba actuando con una
arrogancia desmedida: sostenía un colgante de jade y quería que Qi Zhen
compitiera con un perro, a ver quién alcanzaba primero la pelota arrojada
montaña abajo.
Si
la alcanzaba, el colgante sería de Qi Zhen.
El
rostro de Xu Fuquan se puso verde.
—Ese
colgante es…
El
sistema intervino a tiempo: “Es una reliquia de la madre biológica de Qi Zhen.”
Cuando
la madre de Qi Zhen murió, dejó varias pertenencias.
Pero
Qi Zhen era demasiado pequeño; apenas podía protegerse a sí mismo, mucho menos
conservar las cosas de su madre.
Que
el príncipe heredero de un país compitiera con un perro por una pelota… ¡era
una humillación intolerable!
En
la corte, Qi Zhen era el único capaz de enfrentarse al Emperador y a los demás
príncipes. Era evidente que no era alguien con quien se pudiera jugar.
Los
otros príncipes tenían algo de cerebro, pero el Quinto Príncipe… no. Arrogante,
malcriado por la Consorte Li, y respaldado por su madre y por el Emperador-perro,
no había nada que no se atreviera a hacer. Sin medir las consecuencias, provocó
a Qi Zhen. Al ver que este no aceptaba, soltó una carcajada y lo desafió:
—Como
príncipe heredero, ¿no tienes amor por tu madre? ¿Ni siquiera te importa una
reliquia suya?
Xu
Fuquan temblaba de rabia.
Lin
Shouyan, en su corazón, encendió una vela por ese Quinto Príncipe.
Con
esta situación, ni siquiera hacía falta que él empujara la trama: el Quinto Príncipe
solito podía llevar a Qi Zhen a un cien por ciento de ennegrecimiento.
Qi
Zhen, con el rostro inexpresivo, le lanzó una mirada fría y se marchó, como si
realmente no le importara el colgante.
El
pequeño tonto corrió tras él y, justo cuando agarró la manga de Qi Zhen, el Quinto
Príncipe chilló:
—¿No
es este el esposo de Su Alteza? ¿Por qué no está en el pabellón de las mujeres,
y anda por aquí mostrándose?
El
pequeño tonto actuó como si no oyera nada. Siguió tirando de la manga de Qi
Zhen hasta que por fin obtuvo su atención.
—Taizi‑gege, Yanyan puede competir.
La
mirada de Qi Zhen cayó sobre él.
¿Sería
menos vergonzoso que la Consorte del Príncipe compitiera con un perro?
No.
No
lo sería.
Pero
Lin Shouyan era un tonto.
Y
a Qi Zhen no le importaba lo que le ocurriera.
A
ojos de Qi Zhen, Lin Shouyan estaba muy por debajo de la importancia de ese
colgante.
—Pero
Yanyan tiene una condición. Taizi‑gege,
hagamos una apuesta.
Así
que Qi Zhen preguntó:
—¿Qué
apostamos?
—Apostamos
a que Yanyan puede ganar. Si Yanyan gana, ¿puedo dormir contigo esta noche?
Yanyan tiene miedo de dormir solo. Si pierdo… hago lo que gege diga.
Qi
Zhen no dijo que sí, pero tampoco dijo que no.
El
pequeño tonto corrió de inmediato hacia el Quinto Príncipe y, con absoluta
convicción, anunció que él quería competir.
Estalló
una carcajada general.
El
perro del Quinto Príncipe era una bestia feroz, había mordido a gente antes,
estaba bien entrenado. Incluso si competían, era imposible ganarle.
Todos
se burlaban de Lin Shouyan.
Qi
Zhen mantenía una expresión indiferente, sin mostrar interés alguno.
A
un lado, Xu Fuquan sudaba frío.
¿Cómo
iba su consorte, que no tenía fuerza ni para atar un pollo, a correr más rápido
que un perro de presa?
Comenzó
la competencia.
La
pelota roja fue lanzada.
El
perro salió disparado… y al segundo siguiente, Lin Shouyan lo derribó de un
salto.
Todos
quedaron boquiabiertos.
Antes
de que pudieran reaccionar, Lin Shouyan le soltó un puñetazo al perro, luego
usó su propio cinturón para atarle las patas y empezó a arrastrarlo montaña
abajo.
El
perro, del que el Quinto Príncipe solía presumir, ahora rebotaba por los
escalones como un cerdo, soltando aullidos entrecortados.
Alguien
reaccionó primero y no pudo evitar reír.
El
rostro del Quinto Príncipe se puso verde de furia.
El
pequeño tonto seguía gritando en medio del viento helado:
—¡Pelota!
¡No corras!
Perro:
«Guau, guau, guau, guau‑guau».
El
Quinto Príncipe, con la sangre subiéndole a la cabeza, gritó:
—¡Su
Alteza! ¿Así es como educáis normalmente a vuestra esposa?
Qi
Zhen respondió con calma:
—Es
un tonto. No se le puede controlar.
El
Quinto Príncipe quedó sin palabras, a punto de ordenar que rescataran al perro.
Pero Xu Fuquan, muy oportuno, dio un paso adelante, inclinándose con cortesía:
—Quinto
Alteza, la competencia aún no ha terminado.
El
Quinto Príncipe rechinó los dientes.
Miró,
impotente, cómo Lin Shouyan arrastraba a su perro hasta dejarlo medio muerto.
Miró,
impotente, cómo, al no poder alcanzar la pelota, Lin Shouyan aflojaba la
correa… y el perro rodaba solo por el sendero de la montaña, chocando con un
árbol y soltando un “aúú” antes de detenerse.
Miró,
impotente, cómo el pequeño tonto recogía la pelota, la alzaba y corría de
vuelta gritando:
—¡Taizi‑gege! ¡Gané!
La
competencia estaba ganada.
La
apuesta también.
Sin
cinturón, la ropa del pequeño tonto se agitaba con el viento helado mientras
subía la cuesta. Pero la sonrisa de su rostro no se enfriaba ni con la
ventisca.
Xu
Fuquan aplaudió de alegría y se volvió para pedirle al príncipe que reconociera
el mérito de Lin Shouyan.
El
príncipe solo dejó que su mirada, un poco más oscura que de costumbre, se
posara en el pequeño tonto dos segundos más de lo habitual. Luego apartó la
vista y se marchó.
Lin
Shouyan llegó jadeando: “Sistema, esta noche terminamos la misión.”
“Voy
a pasar de ser un “.” a ser un “0”
Sistema:
“…”
Xu
Fuquan no se fue. Esperó a que Lin Shouyan subiera, lo ayudó a canjear el
colgante de jade y, con mucha diplomacia, lo empujó a disculparse con el Quinto
Príncipe. También pidió que subieran al perro. Cuando todo estuvo hecho,
consoló al pequeño tonto:
—Su
Alteza tiene el corazón frío, pero es cálido por dentro. En realidad, aprecia
mucho que hayas dado un paso al frente.
Lin
Shouyan pensó: «¿Quién quiere su aprecio?»
«Con
que esta noche me deje “jugar”, basta.»
****
Lin
Shouyan cumplió su deseo.
Entró
en la habitación del príncipe en el templo de Qianshan.
La
cama del príncipe era, como esperaba, grande, suave y perfumada.
¡El
lugar destinado por el cielo!
El
sistema habló de pronto: “Los pastelitos de la mesa tienen un problema.”
Lin
Shouyan se acercó. Había una bandeja de dulces delicados, con un aroma
delicioso.
“¿Si
me los como, me muero?”
El
sistema vaciló: “No morirás… ni dolerá mucho… solo que…”
Lin
Shouyan tomó uno y le dio un mordisco.
El
sistema se horrorizó: ¡…!
“¡Te
dije que tenían un problema y aun así te los comes!”
“Si
no me los como, ¿no se arruina el plan de esos perros? Si me los como, Qi Zhen
tendrá que agradecerme. Es un buen negocio. Oye, ¿puedes analizar qué veneno
es?”
“Si
no lo sabes…” —sonrió Lin Shouyan— “Entonces, en este momento, solo puedo
asumir que es “ese” tipo de droga.”
El
sistema guardó un silencio inusual y luego dijo: “Adivinaste.”
Lin
Shouyan: “…”
“Y…
¿es de las fuertes?”
Sistema:
“…”
Lin
Shouyan: “¡Maldita sea!”
“En
un templo budista… Esta gente… ¡Ahg!… De verdad…
“¡Esta
gente es increíble!”
****
Qi
Zhen acababa de salir de la habitación del príncipe de una rama colateral de la
familia imperial. Su hijo había enfermado hacía poco, con fiebre alta
persistente; ningún médico había podido curarlo, y la princesa consorte lloraba
día y noche.
Ya
que se habían encontrado allí, como príncipe heredero, Qi Zhen no podía evitar
mostrar preocupación.
Al
salir, afuera estaba oscuro y soplaba un viento cortante.
La
negrura profunda de la montaña era como un estanque helado.
Alguien
caminaba delante con una lámpara, iluminando un pequeño círculo de suelo.
Qi
Zhen sintió que regresaba a su infancia, a cuando varios príncipes lo habían
sujetado por la nuca y hundido la cabeza en un tanque de agua.
No
sabía si ese tanque seguía existiendo.
Ojalá
sí.
Quería
ahogarlos a todos allí, verlos retorcerse, suplicar, arder en fiebre, agonizar.
Qi
Zhen dobló el corredor y vio su habitación.
La
luz estaba encendida.
Recordó
al pequeño tonto que había corrido hacia él ese día, sonriendo como un idiota.
De
pronto, sintió un poco de envidia hacia Lin Shouyan.
No
ver las intrigas.
Poder
alegrarse solo porque se cumple un deseo sencillo.
