RT 153

 

Capítulo 153: Anhelo.

El cielo y la tierra no son más que un suspiro en un instante.

 

Al verlo decir primero “me mordió” y luego “no me mordió”, Ye Jin lo miró con sospecha.

—Aclara de una vez. ¿Te mordió o no?

 

Lu Zhui: “…”

 

Luego preguntó:

—Si me mordió y no hago nada… además del entumecimiento, ¿qué más pasa?

 

—¿Cómo que no hacer nada? —Ye Jin se indignó—. Si no lo tratas, en tres o cinco días, o tres o cinco años… incluso podrías quedarte entumecido de por vida.

 

A Lu Zhui casi se le saltaron las lágrimas.

—¡¿Por qué existen bichos así?!

 

—Son muy útiles —dijo Ye Jin, orgulloso—. En momentos críticos sirven como anestesia. Basta con que muerdan la herida del paciente y pierde toda sensibilidad. Pero los demás médicos no se atreven a usarlos, desperdiciando un tesoro que el cielo nos dio.

 

Lu Zhui pensó: «Creo que los demás médicos están muy bien así.»

 

—¿Y cómo se extrae el veneno? —preguntó Lu Zhui.

 

—Lo mejor es succionar con la boca. Si no, puedes apretar con la mano —explicó Ye Jin.

 

Lu Zhui no pudo evitar imaginar la escena de “succionar y apretar”, y sintió que un rayo le partía la cabeza. Era indecoroso, indecente… y no solo la zona mordida se le entumeció: hasta la espalda se le quedó rígida.

 

Ye Jin, viendo su cabello aún húmedo, por fin entendió.

 

Si lo mordió mientras se bañaba… entonces podía haber sido “cualquier” parte.

 

Ye Jin: “…”

 

El patio quedó aún más silencioso.

 

—¿Solo produce entumecimiento? —preguntó Lu Wuming.

 

Ye Jin asintió.

—Solo entumecimiento.

 

Entonces no había nada más que decir. El gran héroe Lu se excusó y salió del patio.

«¡Que se le entuma lo que quiera!»

 

Ye Jin le entregó a Xiao Lan un frasco de medicina.

 

Lu Zhui suspiró de alivio.

—¿Puedo tomar medicina en vez de… eso?

 

Ye Jin le indicó a Xiao Lan:

—Antes de succionar el veneno, sostén esto en la boca. Si no, se te entumecerá la lengua.

 

Lu Zhui: “…”

 

Xiao Lan: “…”

 

Lu Zhui pensó que, sumando a todos los ladrones de flores y libertinos del mundo, ninguno alcanzaba el nivel de desvergüenza de ese maldito insecto gordo.

 

Ya en la habitación, Xiao Lan le preguntó en voz baja:

—¿Sientes algo?

 

—Ya pasó… —respondió Lu Zhui.

 

—¡No es necesario extraer el veneno! —añadió Lu Zhui enseguida.

 

Xiao Lan lo levantó en brazos y lo dejó sobre la cama.

—No hay nada que no haya visto. No hagas drama.

 

Lu Zhui se cubrió la cabeza con la manta, como si así pudiera escapar de la vergüenza. La zona mordida estaba tan entumecida que ni con una aguja reaccionaría. Podía fingir que no era parte de su cuerpo.

 

Ese pensamiento lo tranquilizó un poco.

 

Xiao Lan dejó su ropa a un lado. Pasó un largo rato sin moverse.

 

—¡Te atreves a reírte! —gruñó Lu Zhui desde debajo de la manta.

 

—No me estoy riendo —dijo Xiao Lan, con una sonrisa que se escapaba por cada sílaba. Su mano descendió y apretó suavemente una de sus nalgas. En otro momento habría sido un gesto íntimo entre amantes, pero ahora, con Lu Zhui sin sensibilidad y lleno de furia, no era precisamente apropiado.

 

Lu Zhui, que llevaba años practicando artes marciales, tenía músculos firmes y bien definidos. Su piel clara hacía que la marca de la mordida se viera aún más roja, como un pétalo de ciruelo sobre nieve.

 

Xiao Lan se inclinó y le dio un beso.

 

El joven Mingyu seguía sin sentir nada, con el ceño fruncido e indignado.

 

Xiao Lan dejó escapar una risa baja y, primero, le extrajo un poco de la sangre envenenada. Con esas manos grandes recorriéndole la espalda, fuertes y firmes, Lu Zhui por fin sintió, entre la anestesia, un leve cosquilleo punzante. Pasado un momento, no pudo evitar girar un poco la cabeza; justo entonces vio a Xiao Lan inclinarse, los labios posándose sobre la herida roja.

 

Un calor súbito le recorrió todo el cuerpo. Lu Zhui hundió la cara en la manta. No era alguien tímido, y hacía tiempo que ambos compartían intimidad; en teoría, nada de esto debía avergonzarlo, y menos aun cuando se trataba de extraer veneno. Pero una cosa es la razón, y otra el corazón. Solo de imaginar la postura en la que estaban, deseó que aquel insecto gordo le hubiera mordido la cabeza para desmayarse de una vez.

 

No sabía cuánto tiempo pasó hasta que Xiao Lan se incorporó y fue a enjuagarse la boca en la mesa.

 

Lu Zhui sintió alivio, pero siguió tumbado, esperando que Xiao Lan viniera a vestirlo. Sin embargo, en lugar de ropa, lo que llegó fueron unas manos.

 

Afuera, el cielo se había oscurecido, como si fuera a llover. La tarde parecía ya un anochecer, amarillenta y silenciosa. En el patio no se oía nada, salvo el viento moviendo las hojas.

 

No había nadie más. El único que quedaba, estaba herido y dormía profundamente, incapaz de despertar ni con truenos.

 

Era, realmente… el momento perfecto.

 

—¿Ya no temes al veneno? —preguntó Lu Zhui, con la voz amortiguada.

 

—El médico divino lo dijo —Xiao Lan deslizó las manos por su cintura y sus piernas, la piel más cálida y suave por el sudor reciente. Su aliento tibio rozó su oído, la voz suave como siempre—: si te portas bien…

 

Lu Zhui apretó el borde del almohadón bordado.

—Aún estoy entumecido —murmuró.

 

Xiao Lan le mordió suavemente el hombro, dejando una hilera de marcas.

 

Afuera comenzó a llover. El cielo se oscureció por completo. La ventana crujía con el viento, como si quisiera abrirse.

 

—¿Tienes frío? —susurró Xiao Lan junto a su oído.

 

Lu Zhui no respondió. Con los ojos entrecerrados, recostado sobre la almohada, el cabello negro suelto, los labios encendidos por el calor… había en él una belleza íntima, distinta de su elegancia habitual, algo que nadie más podría ver.

 

Xiao Lan le levantó la barbilla y lo besó, profundo, llevándose toda dulzura y temblor. Le sujetó las muñecas contra la almohada, inmovilizándolo por completo.

 

En ese cuerpo joven ardía un deseo intenso y desbordado, como una llama cayendo en un barril de vino: un fuego capaz de quemar hasta la sangre.

 

Quizá por temor al veneno del Hehuan Gu, Lu Zhui sintió que esta vez Xiao Lan era más suave que de costumbre, más paciente. Pero, aun así, terminó empapado en sudor, hundido en las sábanas, empujándolo con desesperación, buscando alivio. Sus ojos estaban rojos, como pétalos de begonia humedecidos.

 

Xiao Lan entrelazó sus manos, como si quisiera protegerlo así toda la vida. Afuera, la tormenta rugía; los truenos estallaban sobre el techo, ocultando los gemidos ahogados, agudos y contenidos, como los de una pequeña fiera.

 

Xiao Lan lo abrazó y lo besó una y otra vez. Mucho después, preguntó:

—¿Estás bien?

 

Lu Zhui levantó la cabeza. Su rostro estaba completamente húmedo.

 

Xiao Lan le acomodó el cabello mojado, le sostuvo la cintura y lo tranquilizó:

—Duerme.

 

Lu Zhui respondió con un murmullo y cayó dormido enseguida. Durmió tan profundamente que, cuando despertó, ya era la mañana siguiente.

 

Unas urracas se posaron en el árbol, cantando con alegría. La luz del sol le calentaba el rostro. Lu Zhui entrecerró los ojos, tardando un buen rato en recuperar la claridad.

 

Estaba limpio y cómodo; alguien lo había aseado. Junto a la almohada había una jarra de té, aún tibia. Al probarla, no tenía sabor a té, sino un dulzor ácido y refrescante: ciruela dulce con hierbas.

 

En la habitación contigua se oían voces, probablemente Xiao Lan y Ye Jin. Lu Zhui se estiró, sin ganas de levantarse, y abrazó la jarra mientras bebía a sorbos, como un anciano ocioso.

 

Ye Jin le hizo un gesto con la mano.

—Ya despertó.

 

—¿Mingyu estará bien? —preguntó Xiao Lan.

 

Ye Jin negó con la cabeza.

—¿Y por qué no te preguntas si “tú” estarás bien? El veneno del Hehuan Gu es doble. La madre del gu está en tu cuerpo.

 

Xiao Lan suspiró.

—Pero cuando el veneno se activa, el que sufre siempre es él.

 

—También es cierto —Ye Jin caminó por la habitación con las manos a la espalda—. Lo que dijo la tía Fantasma no era del todo mentira. La boticaria puso el gu en tu cuerpo porque estaba segura de que no recordarías al segundo jefe Lu. Pero ahora que lo recordaste, en cuanto haya emoción, los gu reaccionan a la sangre y se multiplican.

 

—¿No hay otra forma? —preguntó Xiao Lan.

 

—Podría extraer primero los gu de tu cuerpo —dijo Ye Jin, dudando—. Pero si la madre muere, será difícil atraer los gu restantes del cuerpo del segundo jefe Lu.

 

Xiao Lan frunció ligeramente el ceño. Si no los extraían, ambos tendrían cada vez más gu. Si los extraían, solo él se salvaría, y el otro caería en un abismo aún más profundo. La jugada de la boticaria era realmente cruel.

 

Al oír la puerta, Lu Zhui giró la cabeza, abrazando la jarra de té.

—Justo terminé de beber, y ya volviste.

 

—¿Quieres más? —Xiao Lan se sentó a su lado.

 

—No, ¿me tomas por un búfalo? —Lu Zhui se estiró y le sonrió—. Tengo hambre.

 

—El desayuno ya está preparado —dijo Xiao Lan—. Lo traerán en un momento.

 

—¿Qué hablaste con el médico divino Ye? —preguntó Lu Zhui.

 

—Sobre el Hehuan Gu —respondió Xiao Lan—. Ayer dijo que quería comprobar cuántos gu han despertado en nuestros cuerpos.

 

Lu Zhui bajó la voz.

—¿Tengo que escribir otra vez?

 

Xiao Lan parpadeó.

—¿Escribir qué?

 

Lu Zhui lo miró un instante.

—Escribir caracteres.

 

Xiao Lan quedó en silencio.

 

—Me ayuda a concentrarme —explicó Lu Zhui.

 

Xiao Lan lo miró con sospecha.

 

Lu Zhui cambió de tema.

—¿Entonces los insectos gu despertaron?

 

—Despertaron —Xiao Lan no lo ocultó. Le rozó la nariz con un dedo—. Y no solo despertaron: hay bastantes. Culpa tuya, que me amas demasiado.

 

Lu Zhui se recostó en el cabecero, aceptando su culpa.

—La próxima vez intentaré ser más frío.

 

—¿Y cómo sería eso? —preguntó Xiao Lan mientras lo ayudaba a vestirse.

 

—Pues amar a quien vea. Zhao, Qian, Sun, Li… feos o guapos, si me gustan, me los llevo a Shanhaiju y los mantengo allí —dijo Lu Zhui, por fin comportándose como un auténtico bandido.

 

—¿También te llevarías a los feos? —Xiao Lan le apretó la planta del pie y le puso los calcetines.

 

—¿Y qué tiene de malo? A lo mejor tienen buena educación. Eres muy superficial —refunfuñó Lu Zhui.

 

—Ahora resulta que me desprecias —Xiao Lan le puso una toalla caliente en la cara—. ¿Acaso no tengo educación?

 

Lu Zhui se secó la cara.

 

—Ahí te equivocas. No es que no tengas educación. Es que nunca la tuviste —dijo con toda naturalidad—. Crecimos juntos. ¿Crees que no sé cómo eras estudiando?

 

Xiao Lan negó con la cabeza, sonriendo, y lo observó mientras se recogía el cabello.

—Aquí dentro está sofocante. ¿Por qué no desayunamos en el patio? Llovió anoche, y esta mañana el sol está hermoso.

 

—¿Y lo del Hehuan Gu? ¿No lo hablaremos? —preguntó Lu Zhui.

 

Xiao Lan negó con la cabeza.

 

Lu Zhui lo pensó un momento, luego soltó una risita y le tomó la mano para levantarse.

—Está bien. Con un sol así y un día tan bonito, mejor hablar de cosas alegres. Vamos, primero a comer.

 


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